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SALVAJES Y SENTIMENTALES, Javier Marías

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JAVIER MARÍAS, Salvajes y sentimentales: Letras de fútbol, Alfaguara, Madrid, 2011, 320 páginas.

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LA RECUPERACIÓN SEMANAL DE LA INFANCIA

   El escritor Guillermo Cabrera Infante detesta el fútbol. La escasa tradición cubana en este deporte podría justificarlo, pero sus más de veinticinco años en Inglaterra anulan tal explicación. Recuerdo su cólera y sus denuestos cuando ocurrió la tragedia de Heysel. Apartándose por una vez de Nabokov, que fue guardameta en su exilio de Cambridge y hasta el final de su vida gustó de ver partidos por televisión, no culpaba a los hinchas del Liverpool, sino al propio deporte: “Ese juego nefasto”, decía, “incita a la violencia porque es violento en sí mismo: se juega con los pies, y pocos movimientos hay tan feroces como el que supone dar una patada”. Es curioso que, en cambio, en Estados Unidos el fútbol no haya prosperado porque allí se lo considera demasiado lento y blando, una práctica propia de señoritas. Y en efecto, cuando estuve unos meses en la Universidad exclusivamente femenina de Wellesley College, el deporte preferido de las alumnas no era otro que el arte de Di Stéfano, para mi gran sorpresa. Claro que allí podía deberse a la influencia del propio Nabokov, que pasó por el lugar en los años cincuenta y quizá instauró la tradición.
   Lo que sí sé es que no hay deporte que más angustie, cuando es angustioso. Es más, en mi caso particular confesaré que es de las pocas cosas que me hacen reaccionar hoy en día de la misma manera –exacta- en que reaccionaba cuando tenía diez años y era un salvaje, la verdadera recuperación semanal de la infancia. Hace un mes llegué a asustarme: al carecer de descodificador en mi televisión, hube de seguir la última jornada de la Liga española por radio, como en la postguerra y aun después. Tal vez fue eso lo que me retrotrajo con demasiada vehemencia a los años más indómitos de mi niñez, pero lo cierto es que cuando, acabados los partidos, mi editor culé me llamó con el himno del Barça como música de fondo y dispuesto a hacer bromas de las que –siempre entre risas y sin asomo de ceño- nos gastamos doscientas a lo largo del mes, le anuncié muy serio que ya no podría publicar nunca más con él; y no sólo eso, sino que dudaba que volviera a pisar Barcelona (ciudad que me encanta y en la que viví) y desde luego no pondría jamás pie en Tenerife. Me salió el hooligan que todos los aficionados llevamos dentro.
   Por suerte todo se me pasó al cabo de unas horas –pero no menos-, porque el fútbol soporta una maldición que a la vez es la salvación de jugadores, entrenadores y forofos compungidos por una derrota. Se trata de una actividad en la que no basta con ganar, sino que hay que ganar siempre, en cada temporada, en cada torneo, en cada partido. Un escritor, un arquitecto, un músico pueden sestear un poco tras haber hecho una gran novela, un maravilloso edificio, un disco inolvidable. Pueden no hacer nada durante un tiempo o hacer algo menor. Entre los primeros, que son los que más conozco, los hay que han pasado a ser buenos por decreto y hasta el fin de sus días gracias a una sola obra estimable escrita cincuenta años atrás. En el fútbol, por el contrario, no caben el descanso ni el divertimento, de poco sirve tener un extraordinario palmarés histórico o haber conquistado un título el año anterior. No se considera nunca que ya se ha cumplido, sino que se exige (y los propios jugadores se lo exigen a sí mismos) ganar el siguiente encuentro también, como si se empezara desde cero siempre, analogía del resultado inicial de todo partido. A diferencia de otras actividades de la vida, en el deporte (pero sobre todo en el fútbol) no se acumula ni atesora nada, pese a las salas de trofeos y a las estadísticas cada vez más apreciadas. Haber sido ayer el mejor no cuenta ya hoy, no digamos mañana. La alegría pasada no puede hacer nada contra la angustia presente, aquí no existe la compensación del recuerdo, ni la satisfacción por lo ya alcanzado, ni por supuesto el agradecimiento del público por el contento procurado hace dos semanas. Tampoco, por tanto, existen durante mucho tiempo la pena ni la indignación, que de un día para otro pueden verse sustituidas por la euforia y la santificación. Quizá por eso el fútbol sea un deporte que incita a la violencia, como decía Cabrera: pero no por las patadas, sino por la angustia. A cambio hay que reconocer que tiene algo inapreciable y que no suele darse en los demás órdenes de la vida: incita al olvido, lo que equivale a decir que a lo que no incita nunca es al rencor, algo que se aprende sólo en la edad adulta.

LECTURAS CON DAIQUIRI, Manuel Vicent

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MANUEL VICENT, Lecturas con daiquiri, Alfaguara, Barcelona, 2018, 308 páginas.

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Dice el autor en Prosas que teje y desteje el tiempo (pp. 13-14): «rescatadas de la desmemoria, bajo el formato de libro, las palabras escritas adoptan otro sonido, otro sentido, y pueden abrir armarios durante mucho tiempo cerrados que contienen aromas perdidos y también algunos cadáveres».
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LAS PALABRAS

   “Mentir es un vicio terrible. Lo único que nos une y nos hace humanos son las palabras”, dice Montaigne. Tal vez sea cierto, pero los animales también hablan, aunque lo hacen a través de códigos más puros, que no permiten ningún engaño. El ladrido del perro, el canto del gallo e incluso el gruñido del cerdo expresan una verdad y a veces aventajan en sutileza a las expresiones de algunos políticos, que suelen utilizar el lenguaje para ocultar el pensamiento. Solo una mínima parte de las relaciones entre personas se establece con palabras; el resto lo hacemos con actos, gestos, miradas y silencios. La mejor palabra es la que no se pronuncia, dicen en Palermo. En plena campaña electoral he aquí un consejo para protegerse de la turbia corriente verbal que generan los políticos. Antes de creer en lo que dicen, míralos a la cara. Verás rostros de cemento armado, que están de mierda hasta el cuello y es como si la corrupción no fuera con ellos; los hay cuya ambición se nota en los ojos muy juntos a semejanza de los predadores; en cambio, otros tienen la mirada de rumiante y son capaces de mover las orejas hacia atrás para avizorar al enemigo que llega por la espalda. Pero ante todo, guárdate de ese espécimen que se llama animal político. Suele ser alguien que conoce por instinto las reglas de circo mediático; en la pista unas veces usa las palabras del domador y otras las del payaso; puede dar un salto mortal en el trapecio siempre con red y tal vez te asombre su empatía con los monos cuyo lenguaje entiende a la perfección a la hora de pedirles el voto. Hay políticos con sonrisa de arroz con leche que apacientan las palabras como ovejas, mientras otros las usan como balas. A la hora de votar fíate solo de su cara. En ella está todo escrito. Basta un gesto, un tic, una mirada o un silencio para adivinar su pensamiento.

AQUELLA ORILLA NUESTRA, Elvira Sastre

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ELVIRA SASTRE, Aquella orilla nuestra, Alfaguara, Barcelona, 2018, 176 páginas.

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Emba ilustra estos poemas breves o aforismos líricos.
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Olvidar es construir un recuerdo sobre lo ya vivido.


PRIMERAS PERSONAS, Juan Cruz Ruiz

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JUAN CRUZ RUIZ, Primeras personas, Alfaguara, Barcelona, 2018, 340 páginas.

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«Escribir es volver a leer» declara Juan Cruz en esta colección de semblanzas de sus autores predilectos.  
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ZONA DE ADIOSES: RECUENTO DE LAS ÚLTIMAS VECES

   La última vez que vi a Miguel Delibes estaba triste, furioso, por no saber manejar su cuerpo. Los años, esa tiranía. A Gonzalo Torrente Ballester se le quedaron pálidas las manos. Rafael Alberti quería seguir conversando hasta el infinito y más allá; la muerte, decía, será eso. A María Zambrano le colgaba la ceniza del cigarrillo a través de cuyo humo creía ver las playas de Málaga. No quise ver el último instante de José-Miguel Ullán. No quise ver los últimos instantes de nadie, pero una mañana el azar me puso ante la obligación de ser consciente de que la vida es muerte también, el último instante que no eliges. Y desde entonces no entiendo ni el desamor ni la vanagloria.

CUANDO LOS TONTOS MANDAN, Javier Marías

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JAVIER MARÍAS, Cuando los tontos mandan, Alfaguara, Madrid, 2018, 302 páginas.

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Recoge este volumen los artículos publicados en El País Semanal desde febrero del 2015 hasta enero del 2017.
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LA INVASIÓN DEL NEOESPAÑOL

   En pocos días he oído o leído, en prensa o en libros, las siguientes expresiones inexistentes y por tanto difícilmente comprensibles: “Le echaron el pato encima”; “Se desvivía en elogios de ella”; “Le dio a la sin lengua”; “Es una mujer-bandera”. Uno trata de “traducir”, y supone que en la primera hay una mezcla de “pagar el pato” y “cargarle el muerto”; en la segunda, de “desvivirse por ella” y “deshacerse en elogios”; en la tercera, una metamorfosis (a la lengua se la llama castizamente “la sin hueso”); en la cuarta, lo que siempre se dijo “una mujer de bandera” ha quedado comprimido en una extraña figura: mujeres que se llevan en un asta, para dolor de ellas. Escribí bastantes artículos comentando estas corrupciones y absurdos, hasta que di la batalla por clamorosamente perdida. Alertar de los imparables maltrato y deterioro del castellano, en España como en Latinoamérica (hay la fama de que allí se habla mejor que aquí, pero es falsa: cada lado del Atlántico, simplemente, destruye a su manera), carecía de sentido cuando los embates son constantes y sañudos y además contradictorios entre sí, no obedecen a un plan ni a un esquema. Los anglicismos superfluos, por supuesto, campan a sus anchas (hoy muchos dicen “campean”). Las concordancias han saltado por los aires: “Quiero decirle a los españoles”, se oye en boca del Presidente del Gobierno y también del último mono, ya que a nadie le importa que el plural “españoles” exija “les” en esa frase. Los modismos son “creativos” y no hay dos personas que coincidan en ellos: el antiguo e invariable “poner la carne de gallina” admite todas las variantes, desde “la piel” hasta “los vellos” hasta “la carne de punta”.
   Hice bien en abandonar la lucha, porque la magnitud del desastre es aún mayor de lo que creía, según compruebo en un libro que me llega, Guía práctica de neoespañol, de Ana Durante, veterana profesional de la edición que se ha pasado años observando anomalías, analizándolas y recopilándolas, para llegar a la conclusión de que, sin que nos percatemos mucho, hay una “neolengua” o “Idioma Aproximado” (de ambas formas lo llama) que está suplantando al español tradicional que todavía muchos hablamos y escribimos. Esto no sería demasiado grave si no fuera porque este “neoespañol” no está organizado ni hay acuerdo alguno entre sus usuarios: cada cual dice o escribe lo que le parece; todo vale con tal de que sea incorrecto o inexistente o inventado; cada uno se expresa –en solitario– como le viene en gana. Y aunque la autora se abstiene de identificar sus ejemplos con títulos, nombres y apellidos, para no perjudicar a nadie, tiene razón cuando señala que “bajo ninguna circunstancia tendría imaginación suficiente como para inventar algo ni remotamente parecido” a dichos ejemplos. (Nadie la tendría, en efecto.) Al recorrerlos uno, además, a menudo los reconoce: los ha visto u oído antes, o cosas muy similares. Pero probablemente los ha visto u oído sueltos, sin calibrar la dimensión del destrozo. Al encontrárselos agrupados en los diferentes capítulos de esta Guía de neoespañol, la carcajada es casi continua (para los que aún empleamos el idioma “no aproximado”) y también la desolación (de nuevo para los que preferimos que la lengua sea algo sólido y firme y comprensible para todos, y no una especie de papilla que salpica de diversas maneras a cuantos meten la cuchara en ella).
   Sus delirantes, tronchantes y a la vez tristísimos ejemplos están sacados de prensa escrita y hablada, pero también de obras literarias, tanto originales como traducidas. Uno va leyendo, y casi a cada página le da la risa y se lleva las manos a la cabeza, desesperado: “Esa camisa le profería un aire chulesco”, o “Dijo el rey propiciándole un beso en la frente”, o “El religioso ahorcó los hábitos”, o “Habían fletado todo el hotel” son muestras de cómo los verbos se permutan alegremente y de que cualquiera les sirve hoy a muchos hablantes y escritores. Claro que esto no es nada al lado de las “creaciones” enigmáticas: “Su trato a veces puede aminorarse difícil”, o “Lo miró atusando las pestañas”, o “La oyó desertar hondos suspiros”, o “Pifió ella, mirándolo a los ojos”. Hay que ser muy sagaz para traducir todo eso. La autora no pretende serlo. Trata de descifrar lo indescifrable, y reconoce a veces su fracaso, es incapaz de “traducir” de una neolengua cuyos códigos desconocemos, seguramente porque se caracteriza por no tenerlos. Tampoco se rasga las vestiduras, no dice que esta extraña suplantación del español sea en sí buena ni mala, tan sólo da cuenta de ella. Lo hace con resignación y humor: ante la frase “Tan pronto le quitó el ojo, la joven salió corriendo”, se limita a apostillar: “Lo que no es de extrañar, cualquiera de nosotros habría hecho lo mismo”. Apenas se inmuta al leer: “El viento cambió de dirección sin cita previa” o “Intentó besarle los labios de él con los suyos”. Yo maldije, en cambio. Para mí el conjunto es aterrador, pese a lo mucho que me he divertido. Es demasiada la gente (incluidos renombrados autores y traductores) que ya no domina la lengua, sino que la zarandea y avanza por ella a tientas y es zarandeada por ella. Hubo un tiempo en el que podía uno fiarse de lo que alcanzaba la imprenta. Ya no: es tan inseguro y deleznable como lo que se oye en la calle. El problema de esta Guía de neoespañol es que sólo puede ser descriptiva, porque ¿cómo puede aprenderse a manejar lo que en modo alguno es manejable?

VIBRATO, Isabel Mellado

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ISABEL MELLADO, Vibrato, Alfaguara, Madrid, 2018, 320 páginas.

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CLÍNICA DEL CARMEN 

   Me encantaban esas clínicas de desintoxicación donde lo visitábamos. Ya las conocíamos casi todas. A él le gustaba una en especial adonde iban sus poetas amigos, pero esa solía estar repleta. 
   Mi padre subyugaba a las enfermeras con iniciativa y carisma. Una vez pasada la peor fase del síndrome de abstinencia, jardineaba de buen ánimo, organizaba talleres y sellaba amistades. Reinaban allí la rutina y la lógica. Así cada noche tendría lugar en el mismo sitio y a la misma hora. Comprendí a mi padre y sus recaídas, ahí daban ganas de regresar. 
   Con picardía y linda voz de hueso, saludó mi padre a una enfermera y nos comentó luego: 
   —Las mucosas son quizá lo mejor de nosotros, no lo olviden. 
   Cruzábamos el jardín de la clínica. Se agachó y abrió un tarro grande de leche Nido. Estaba repleto de caracoles recolectados y alimentados por él con entrega. Después de una tarde distendida, regresábamos a casa, mi hermano Raúl y yo, la canasta llena de Pepsis que mi padre atesoraba pensando en nosotros durante la semana y con mermelada de moras del jardín. 
   A la semana siguiente fuimos a visitarlo y nos dijeron que no estaba: se había fugado de la clínica. No era la primera vez. Buscamos en el jardín el tarro de caracoles, queríamos llevarlos con nosotros a casa, pero alguien los había cocinado. 
   Adelgazó mucho. Cuando lo volvimos a ver, su mirada también era huesuda. 

EL LIBRO DE AURORA, Aurora Bernárdez

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AURORA BERNÁRDEZ, El libro de Aurora, Alfaguara, Madrid, 2017, 288 páginas.

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Subtitulado Textos, conversaciones y notas de Aurora Bernárdez este volumen, editado por Julia Salyzmann y Phillippe Fénelon, está dividido en las siguientes secciones: Poesía (pp. 15-88),  Relatos (pp. 91-138), De los cuadernos (pp. 149-196) y Conversaciones (pp. 201-279). El compositor francés Phillippe Fénelon, también amigo, en ¿Quién fue Aurora Bernárdez? (pp. 7-10) la presenta como una mujer que nunca debió permanecer al margen.
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Pizarnik
La poesía de Alejandra: un pájaro que dibuja en el aire la palabra clave.
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Una sola palabra
Le decía a Héctor Biancciotti: «Todo escritor quisiera ser poeta. Entre tanto va escribiendo Guerra y paz». Es cierto. Quizá porque la meta es la de mi sueño: llegar a decir en una sola palabra el nombre de un pez con circunstancias de tiempo y lugar.
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Preferencias
Clásicos que me llevaría a la isla desierta: Don Quijote, Ensayos de Montaigne, La Recherche de Proust, el Cántico espiritual. Modernos. Cortázar, Calvino y algunos poetas.
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Dioses
Los antepasados del hombre primitivo son los dioses; los nuestros son los hombres. Nostalgia del padre dios, de la madre diosa, eterna, invariable, que aparece desgarradora en los sueños. Quizás eso explica nuestros remordimientos hacia quienes alguna vez, en nuestra mente infantil, fueron dioses.
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Muerte
¿Qué le dijo a Eva la serpiente? Le reveló que era mortal. Y ahí comienza el pecado: los gorriones que arrancan inocentes su tal vez último vuelo del árbol peludo en el patio gris. Vuelan con la alegría de antes de la revelación. Ya no somos capaces de esa alegría, porque sabemos que todo se acaba y de la peor manera. El orden de los dioses se llama ciclón o leucemia.

CUENTOS DE LA MONTAÑA, Miguel Torga

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MIGUEL TORGA, Cuentos de la montaña, Alfaguara, Madrid, 1994, 344 páginas.
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CAVACO

   El Ronda era el hombre más pobre de Vilele. Pero le dio tal alegría saber que a Julio, su hijo, le habían dado sobresaliente en su primer examen escolar que le juró por su alma que le regalaría algo por Navidad. El muchacho oyó la promesa con desconfianza. A pesar de sus diez años, ya conocía la vida. ¡Un regalo, cuando ni siquiera tenían dinero para borona! De todos modos, y por si acaso, no dejó enfriar el asunto, y ya en diciembre, la víspera de la feria mensual del día veintitrés, se decidió a preguntarle a su padre:
   -¿Sigue pensando en ir a la Vila?
   -Sí.
   -¿Y va a traerme el regalo?
   -¡Claro!
   Se hizo un silencio. Habían cenado sopa de coles y castañas cocidas. Nada más. Hacía una noche de perros. Sobre el tejado caían cortinas de agua. Y como la casa era de piedra suelta y teja hueca y estaba llena de rendijas, el viento, que parecía el diablo, soplaba húmedo sobre la llama del candil, que se retorcía toda, y desaparecía por debajo de la puerta como un fantasma. Pero como en la lumbre estaba ardiendo corteza de castaño y su padre le había asegurado tan firmemente que cumpliría su promesa, todo parecía tener un color dorado de abundancia y bienestar.
   -¿Qué va a ser el regalo?
   -No te lo voy a decir…
   -¡Dígamelo!
   Tuvo que intervenir la madre y dar la conversación por terminada con las oraciones y la cama.
   -Infinitas gracias te sean dadas, Señor y Dios mío…
   Las palabras salían de su boca, límpidas, cálidas, solemnes. Y el chiquillo, que ya había oído esa cantinela miles de veces, y cayéndose siempre de sueño, se despabiló para intentar comprender el sentido íntimo de cada invocación.
   -A san Andrés Avelino, para que nos libre de una mala muerte…
   Padre e hijo respondían a una:
   -Padrenuestro que estás en los cielos…
   -A san Bartolomé, para que nos libre de las tentaciones del demonio, de los malos vecinos, de los momentos difíciles…
   -Padrenuestro…
   A pesar de todo, la atención del pequeño no tardó en cansarse. Al tercer misterio su voz vacilaba, y en la Salve, bóveda del solemne rito, dormía como un tronco.
   Ya iba a desplomarse sobre el banco de la cocina, cuando el amén definitivo le hizo volver a la vida. Abrió los párpados con todas sus fuerzas y consiguió dirigir la mirada hacia su padre, para hacerle una última pregunta.
   -¿De verdad que me lo va a traer? ¿De verdad?
   Pero su madre no dejó que le arrancase la confirmación deseada. Lo cogió por el brazo y, adormilado, lo levantó, lo llevó casi a rastras hasta la habitación, y poco después Julio caía en un sueño profundo, entoldado únicamente por la incertidumbre con que se había quedado dormido.
   Por la mañana, cuando se despertó, el padre ya había salido. La Vila estaba a tres leguas y la feria comenzaba temprano. Entonces se fue a atar la cabra, con una preocupación sabrosa, tibia, que le hacía detenerse morosamente en todas las encrucijadas, extasiado ante las zarzas y las piedras.
   -Muchacho, andas como atontado…
   Su madre no podía comprender lo que para él significaba recibir un regalo: extender la mano y ver en ella, en lugar del plato de sopa habitual, algo inesperado y gratuito, que representaba la irrealidad de la riqueza en la realidad de una pobreza tangible. Por eso se enfadó cuando vio que hacía ascos a la sota de maíz del desayuno y que al mediodía no comía más que una sardina.
   ¡Vaya por Dios! ¡Solo le faltaba que el crío se le pusiese enfermo!, ¡tener en casa una boquita escogida que desdeñase lo que había para comer!
   ¡Pobrecilla! Lo quería mucho… Solo que… ¡Era tan fácil de entender!
   Cuando la noche empezó a caer del lado de san Cibrão, cansado ya de vigilar el camino viejo por el que, desde que el mundo es mundo, se regresaba de la Vila, le pidió a su madre que le dejase ir a esperar a su padre. Solo hasta la Castanheira. ¡Que si no se daba cuenta de la niebla que había! ¡Que si no había oído el toque de ánimas! ¡Que fuese bueno!
   Se quedó mirando a su madre. ¡Tanto como lo quería y ahora no era capaz de entenderlo!
Se resignó. Se quedaría allí hasta que su padre asomase por la Silveirinha. Y en cuanto lo viera, ¡pies para qué os quiero! Pero, ¿qué sería el regalo? ¿Qué sería?
   La niebla, que no cubría más que el monte de san Romão cuando su madre le había hecho la advertencia, se posaba ahora espesa y húmeda sobre el pueblo. Y con ella también había llegado la noche.
   Desde la puerta solo se veía la oscuridad. Además, a la lluvia se había unido el viento y el frío para helarlo todo. Estaba tiritando y se acercó a la lumbre.
   -Padre se está atrasando…
   -En ir a la Vila y volver todavía se tarda…
   Se notaba que ella también estaba inquieta. ¿No sería que, al igual que él, estaba esperando un regalo?
   Ya era noche cerrada. Ahora estaba lloviendo a cántaros. Por las grietas de la casa el viento iba dando puñaladas traicioneras.
   -¡Ay Dios mío!
   El lamento de la madre terminó de llenar la cocina, ya inundada de humo.
   -¡Qué noche! ¡Y ese hombre por ahí!
   Se quedó mirándola con los ojos enrojecidos por la hoguera de leña verde.
   De repente, a la idea del regalo que le había acompañado alegremente durante todo el día, se unió otra, triste, imprecisa, que le daba miedo.
   -También ha ido el tío Adriano, ¿no?
   -Sí.
   Se hizo de nuevo el silencio entre ellos. Pero duró poco.
   -Cena y vete a dormir, que ya es hora…
   -¡Yo quería esperar a padre!
   -Cena y vete a dormir…
   A pesar de que su madre le obligaba no pudo tragarse la sopa ni, ya en la cama, podía quedarse dormido. La oía llorar en la oscuridad y oía cómo martilleaban en el tejado las gotas de lluvia gruesas y pesadas.
   Súbitamente oyó pasos en el huerto. ¡Por fin! ¡Era su padre! ¿Qué sería el regalo?
   El que llegaba golpeó la puerta suavemente y llamó a la madre en voz baja:
   -María…
   -¿Quién es? -preguntó la madre.
   -Soy yo, Adriano…
   Le dio un vuelco el corazón. ¿Así que el tío Adriano había regresado solo? Aguzó el oído, como un animalito asustado.
   Y así se enteró de que, en una reyerta, habían matado a su padre de una puñalada y que allí se había quedado, tirado en el suelo, junto a un cavaco que traía para él.

PISCINAS VACÍAS, Laura Ferrero

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LAURA FERRERO, Piscinas vacías, Alfaguara, Barcelona, 2016, 196 páginas.

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EL RASTRO DE LOS CARACOLES

   No recuerdo muchas cosas de mi infancia, pero sí la lluvia. Salir corriendo por la puerta de atrás y quedarme quieta. Levantar la cabeza hacia el cielo, abrir la boca e intentar tragar gotas de agua. Quería formar parte de la lluvia.
   Estas son algunas de las cosas que recuerdo.
   Pero uno no escoge su propia memoria. Solo es verdadera la primera imagen del recuerdo, a partir de entonces cada vez que volvemos atrás es para deformar esa primera instantánea.
   No podemos estar seguros de que nuestra visión del pasado sea verdadera. De lo que sí tenemos certeza es de que cada vez nos alejamos más de él.
   Platón creía que la vida presente es el recuerdo de la realidad que nuestra alma conoció antes de caer encerrada en el cuerpo. Conocemos recordando, decía, al revés de Borges, para quien el recuerdo consiste en irse alejando de la realidad.
   Qué poco duraderas son esas imágenes de la memoria, y con qué facilidad las sometemos a esa mutación involuntaria que las hace apartarse de lo que eran en un principio. Son fugaces. Como el rastro que dejaban los caracoles sobre las baldosas de gres del patio de casa.
   Nunca he confiado en mi memoria, pero sé que siempre que llovía quería salir a mojarme y cerrar los ojos. Quería pensar que yo también podía ser agua que se deslizaba por los árboles y por las calles, que formaba charcos en las aceras y llenaba los embalses vacíos. Agua que se precipitaba sobre el mar, que empapaba mi pelo y rodaba por mis mejillas.
   Durante muchos años he tenido la creencia de que la lluvia se asemeja a las lágrimas, las mismas que con los años dejan imperceptibles surcos en la expresión, como el agua que erosiona la tierra.
   Los días de lluvia me ponía mis botas de agua de color violeta. Me las compraron dos tallas más grandes para que pudiera aprovecharlas más tiempo. Aún las tengo; el pie no me creció tanto como esperaban. Nadie había contado con mi enfermedad. Ni siquiera yo misma.
   «Te pondrás enferma, ten cuidado», me advertía mi abuela. Pero a mí me gustaba chapotear con las botas puestas. Recuerdo mi mano agarrada a la de mi abuelo. Íbamos a buscar caracoles para que mi abuela los cocinara. Yo solía quedarme unos cuantos y les daba de comer hojas de lechuga. No quería que murieran, al menos no ahogados y hervidos en la cacerola. Prefería matarlos de otra manera.
   Qué animales tan extraños, los caracoles, pensaba. esas antenas que siempre intentaba pellizcar y arrancar.
   No sé de dónde nacía la manía de perturbar la vida de los animales. Supongo que necesitaba comprobar que yo también podía destruir cosas con una pisada, que nidos enteros de hormigas podían ser destrozados de un puntapié. Que podía aplastar un caracol y sentirme fuerte y dueña del destino de un ser pequeño e insignificante.
   Crecí mirando a través de la ventana. Fui una niña enferma, débil, obligada a guardar cama continuamente. Vivía observando cómo las hojas muertas cubrían un jardín que la maleza había copado hacía ya mucho tiempo. Me daban pena todas esas hojas. Al igual que los dientes que iba perdiendo. No sabía qué hacer con las cosas que caían, con aquello que moría.
   No sé dónde quedaron mis dientes de leche o los mechones de pelo que llenaron el suelo del baño cuando decidí que la trenza era demasiado larga. Mi abuela cogió una escoba y lo barrió todo.
   En la vida solo hacemos dos cosas: acumular, y después tirar. Construimos la vida alrededor de cosas que desechamos cuando han cumplido su función.
   Tengo algunas fotos de mamá de cuando era joven. No sé si llegaré a la misma edad que tenía ella cuando murió. Es extraño ser mayor que tu madre muerta.
   Mi madre me dejó con mis abuelos cuando yo era una niña. Murió con treinta y cinco años. Padecía la misma enfermedad que yo.
   La vi muerta, en la caja.
   Aquí y ahora; desde la cama donde escribo, viendo el final de las cosas, empiezo a entender que la vida era solamente intentar trazar un camino, dejar una marca. Por muy pequeña e insignificante que fuera. Como el rastro de los caracoles.

LA VACA, Augusto Monterroso

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AUGUSTO MONTERROSO, La vaca, Alfaguara, Madrid, 1999,  152 páginas.

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Se pasean por estos veinte breves estudios Tomas Moro, Erasmo, Onetti o Tolstoi.
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LOS FANTASMAS DE RULFO

   Juan Rulfo nace, al parecer, en Sayula, estado de Jalisco, al parecer en 1918, y entra en la literatura fantástica por un camino propio y singular. En México no hay hombres-lobo, ni seres reconstruidos en una mesa de operacio­nes, ni vampiros. Pero abundan los fantasmas que se pasean en los cementerios y en las calles de los pueblos perdidos por la miseria, o por la violencia de la Revolución de 1910. Y hay un fantasma que recorre la obra entera de Rulfo en forma de viento, polvo, desolación y tristeza. Si la atmósfera de que hablan los re­tóricos es un elemento fundamental en las na­rraciones fantásticas, las atmósferas creadas por Rulfo son tales que en ocasiones bastan para producir más de un estremecimiento, querá­moslo o no.
   Curiosamente, cuando hice en México una especie de encuesta entre conocedores del género fantástico, varios de ellos opusieron fuer­te resistencia a considerar fantástica esta litera­tura de Rulfo, sustentada en seres no venidos del más allá, sino en pobres almas no desprendidas aún del todo de su condición terrena, tumbas a medio cerrar e insinuaciones de muerte en ca­da página. Tal vez su argumento en contra se basara, una vez más, en que en México las cosas «son así». Y bueno, cada quien tiene los fantas­mas que puede. En cuanto a los de Rulfo, di­fieren ciertamente de los norteamericanos o los europeos en que, en su humildad, no tratan de asustarnos sino tan sólo de que les ayudemos con alguna oración a encontrar el descanso eter­no. Sobra decir que son fantasmas muy pobres, como el campo en que se mueven; muy cató­licos y, sobre todo, resignados de antemano a que no les demos ni siquiera eso. En pocas pa­labras, lo que ocurre con los fantasmas de Rulfo es que son fantasmas de verdad. ¿Significa eso que les neguemos también este último derecho, el derecho de pertenecer al glorioso mundo de la literatura fantástica? Sucede asimismo que ha­ce años se creyó equivocadamente que Rulfo era realista cuando en realidad era fantástico, y nuestra buena crítica estaba convencida de que lo fantástico sólo se hallaba en las vueltas de tuer­ca de Henry James o en los corazones revelado­res de Edgar Allan Poe. Entonces se planteaba también la dicotomía campo-ciudad como el ámbito o los ámbitos posibles de la narrativa mexicana, y en algunos sectores había como la necesidad de escoger tajantemente la ciudad en oposición a los problemas del campo, demasia­do usados ya: la ciudad o nada. Rulfo resistió he­roicamente esa demanda absurda y, para bien, se dedicó a escribir lo suyo.

22 CARTAS EXTRAORDINARIAS DE ESCITORES MUY REALES, María Negroni

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MARÍA NEGRONI, 22 cartas extraordinarias de escritores muy reales, Alfaguara, Buenos Aires, 2014, 192 páginas.

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En el Prólogo a esta edición ilustrada por Fidel Sclavo, Negroni dice de estas cartas que, «aunque inventan con descaro, no descartan la cita escondida ni intentan disimular un vínculo estrecho con las circunstancias biográficas, históricas y sociales que las rodearon.»
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Turín, 25 de abril de 1911

Queridos hijos,

   Esta carta no la escribí nunca, pero sé que vosotros la leeréis, infinitas veces, cada vez que intenten entender quién fui o quise ser. A ese enigma me he enfrentado yo mismo muchas veces, sin encontrar más respuesta que el dibujo que agregan las rayas de un tigre a una jungla negra. A esas horas de enfrentamiento con el misterio las he llamado escribir. También: confiar en el diseño inexplicable (pero no incomprensible) de la nada.
   Tres ideas me han sostenido siempre: l'altrove, l'acqua, il dissenso. Combinadas, son todo lo que tuve. Si no fuera por ellas, habría sucumbido al miedo, ese fuego que se encendió, para no apagarse más, con el suicidio de mi padre. El agua, en cambio, fue cuna de muchos viajes, apertura a un lejos que se alejaba con mi acercamiento, distancia que se interponía entre mi corazón y mis ojos para que yo pudiera inventar lo inexistente. La insubordinación no es otra cosa. Hay que romper el contrato con lo cotidiano para poder ser quien se es, vale decir, un desconocido para los demás y sobre todo, para uno mismo.
   Estas reflexiones me tomaban tiempo. Las hacía a orillas del Po, saliendo de la ciudad y adentrándome como hoy por los vecinos bosques para pensar algún nuevo episodio de mi corazón. ¡Cuántas aventuras me dieron esos paseos! Turín, engalanada para la Exposición Universal, se me antojaba una nave espléndida y yo la montaba dispuesto a cruzar los siete mares y dirigirme a Borneo, donde peleaba el gran príncipe Sandokán, con sus tigres de Mompracén.
   Allí me esperaba una pasión malsana, esencial. Rebelarme contra las fuerzas inglesas de ocupación, lo descubrí muy pronto, era otra forma de reclamar mi propia independencia. A la sangría del colonialismo, le oponía mi ensoñación, la decisión altiva y un poco tímida de un muchacho dispuesto a no dejarse interpretar, traducir, reducir a una versión legible de su propio caos. Entre corsarios rojos, fieras salvajes, digamos, me volvía invisible de un modo retorcido, así podía mover mis piezas como si fueran miniaturas, soñar mundos y nomenclaturas, escandir mi vida como si ella misma fuera un folletín, tapizándola de páginas cuyos secretos sólo a mí concernían. He sido infeliz. ¿Pero qué hombre no lo es? Los odiosos monstruos de la realidad son duros de enfrentar. En mi caso, no fue suficiente que mis editores se enriquecieran a mi costa, forzándome a escribir sin descanso, en condiciones humillantes, para poder alimentar a mi familia; tuve que ver cómo se llevaban a Aída, oír sus alaridos, aceptar que la encerrasen en un manicomio, dejándome a mí sin mujer y a ustedes, sin madre. Me siento agotado, quebrantado, sin palabras, sin fuerzas. He llegado al final y ahora camino, atormentado por la ceguera que me persigue hace tiempo, en dirección a las verdaderas tinieblas, ese destino fatal que conoció mi padre y que, sin duda, ustedes también heredarán.
   Este año la primavera es lluviosa y ahora, mientras escribo, todo es gris en torno a mí, lo cual está bien. Quizá la humedad del bosque me penetre cuando realice el seppuku, y la novela renazca una vez más en mi fantasía, lúcida y precisa, para alumbrar un mundo menos despiadado.
   Os dejo, además de esta carta, mi modesta y popular literatura, la locura generosa de mis héroes, mi orgullo de italiano y mi irrevocable apuesta a los reinos de lo extraño.
   Mañana no existiré.

Os ama,

Vuestro padre,

Emilio Salgari

OBABAKOAK, Bernardo Atxaga

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BERNARDO ATXAGA, Obabakoak, Alfaguara, Madrid, 2007, 384 páginas.

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PARA ESCRIBIR UN CUENTO EN CINCO MINUTOS

   Para escribir un cuento en sólo cinco minutos es necesario que consiga —además de la tradicional pluma y del papel blanco, naturalmente— un diminuto reloj de arena, el cual le dará cumplida información tanto del paso del tiempo como de la vanidad e inutilidad de las cosas de esta vida; del concreto esfuerzo, por ende, que en ese instante está usted realizando. No se le ocurra ponerse delante de una de esas monótonas y monocolores paredes modernas, de ninguna manera; que su mirada se pierda en ese paisaje abierto que se extiende más allá de su ventana, en ese cielo donde las gaviotas y otras aves de mediano peso van dibujando la geometría de su satisfacción voladora. Es también necesario, aunque en un grado menor, que escuche música, cualquier canción de texto incomprensible para usted: una canción, por ejemplo, rusa. Una vez hecho esto, gire hacia dentro, muérdase la cola, mire con su telescopio particular hacia donde sus vísceras trabajan silenciosamente, pregúntele a su cuerpo si tiene frío, si tiene sed, frío-sed o cualquier otro tipo de angustia. En caso de que la respuesta fuera afirmativa, si, por ejemplo, siente un cosquilleo general, evite cualquier forma de preocupación, pues sería muy extraño que pudiera encaminar su trabajo ya en el primer intento. Contemple el reloj de arena, aún casi vacío en su compartimiento inferior, compruebe que todavía no ha pasado ni medio minuto. No se ponga nervioso, vaya tranquilamente hasta la cocina, a pasitos cortos, arrastrando los pies si eso es lo que le apetece. Beba un poco de agua —si viene helada no desaproveche la ocasión de mojarse el cuello— y antes de volver a sentarse ante la mesa eche una meada suave (en el retrete, se entiende, porque mearse en el pasillo no es, en principio, un atributo de lo literario).
   Ahí siguen las gaviotas, ahí siguen los gorriones, y ahí sigue también —en la estantería que está a su izquierda— el grueso diccionario. Tómelo con sumo cuidado, como si tuviera electricidad, como si fuera una rubia platino. Escriba entonces —y no deje de escuchar con atención el sonido que produce la plumilla al raspar el papel— esta frase: Para escribir un cuento en sólo cinco minutos es necesario que consiga.
   Ya tiene el comienzo, que no es poco, y apenas si han transcurrido dos minutos desde que se puso a trabajar. Y no sólo tiene la primera frase; tiene también, en ese grueso diccionario que sostiene con su mano izquierda, todo lo que le hace falta. Dentro de ese libro está todo, absolutamente todo; el poder de esas palabras, créame, es infinito.
   Déjese llevar por el instinto, e imagine que usted, precisamente usted, es el Golem, un hombre o mujer hecho de letras, o mejor dicho, construido por signos. Que esas letras que le componen salgan al encuentro -como los cartuchos de dinamita que explotan por simpatía- de sus hermanas, esas hermanas dormilonas que descansan en el diccionario.
   Ha pasado ya algún tiempo, pero una ojeada al reloj le demuestra que ni siquiera ha transcurrido aún la mitad del que tiene a su disposición.
   Y de pronto, como si fuera una estrella errante, la primera hermana se despierta y viene donde usted, entra dentro de su cabeza y se tumba, humildemente, en su cerebro. Debe transcribir inmediatamente esa palabra, y transcribirla en mayúsculas, pues ha crecido durante el viaje. Es una palabra corta, ágil y veloz; es la palabra RED.
   Y es esa palabra la que pone en guardia a todas las demás, y un rumor, como el que se escucharía al abrir las puertas de una clase de dibujo, se apodera de toda la habitación. Al poco rato, otra palabra surge en su mano derecha; ay, amigo, se ha convertido usted en un prestidigitador involuntario. La segunda palabra desciende de la pluma deslizándose a dos manos para luego saltar a la plumilla y hacerse con la tinta un garabato. Este garabato dice: MANOS.
   Como si abriera un sobre sorpresa; tira de la punta de ese hilo (perdóneme el tuteo, al fin y al cabo somos compañeros de viaje), tira de la punta de ese hilo, decía, como si abrieras un sobre sorpresa. Saluda a ese nuevo paisaje, a esa nueva frase que viene empaquetada en un paréntesis: (Sí, me cubrí el rostro con esta tupida red el día en que se me quemaron las manos).
   Ahora mismo se han cumplido los tres minutos. Pero he aquí que no has hecho sino escribir lo anterior cuando ya te vienen muchas oraciones más, muchísimas más, como mariposas nocturnas atraídas por una lámpara de gas. Tienes que elegir, es doloroso, pero tienes que elegir. Así pues, piénsalo bien y abre el nuevo paréntesis: (La gente sentía piedad por mí. Sentía piedad, sobre todo, porque pensaba que también mi cara había resultado quemada; y yo estaba segura de que el secreto me hacía superior a todos ellos, de que así burlaba su morbosidad).
   Todavía te quedan dos minutos. Ya no necesitas el diccionario, no te entretengas con él. Atiende sólo a tu fisión, a tu contagiosa enfermedad verbal que crece y crece sin parar. Por favor, no te demores en transcribir la tercera oración: (Saben que yo era una mujer hermosa y que doce hombres me enviaban flores cada día).
   Transcribe también la cuarta, que viene pisando los talones a la anterior, y que dice: (Uno de esos hombres se quemó la cara pensando que así ambos estaríamos en las mismas condiciones, en idéntica y dolorosa situación. Me escribió una carta diciéndome, ahora somos iguales, toma mi actitud como una prueba de amor).
   Y el último minuto comienza a vaciarse cuando tú vas ya por la penúltima frase: (Lloré amargamente durante muchas noches. Lloré por mi orgullo y por la humildad de mi amante; pensé que, en justa correspondencia yo debía hacer lo mismo que él: quemarme la cara).
   Tienes que escribir la última nota en menos de cuarenta segundos, el tiempo se acaba: (Si dejé de hacerlo no fue por el sufrimiento físico ni por ningún otro temor, sino porque comprendí que una relación amorosa que empezara con esa fuerza habría de tener, necesariamente, una continuación mucho más prosaica. Por otro lado, no podía permitir que él conociera mi secreto, hubiera sido demasiado cruel. Por eso he ido esta noche a su casa. También él se cubría con un velo. Le he ofrecido mis pechos y nos hemos amado en silencio; era feliz cuando le clavé este cuchillo en el corazón. Y ahora solo me queda llorar por mi mala suerte).
   Y cierra el paréntesis —dando así por terminado el cuento— en el mismo instante en que el último grano de arena cae en el reloj.

FUEGOS, Marguerite Yourcenar

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MARGUERITE YOURCENAR, Fuegos, Alfaguara, Madrid, 1982, 128 páginas.

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Existe entre nosotros algo mejor que un amor: una complicidad.
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Cuando estás ausente, tu figura se dilata hasta el punto de llenar el universo. Pasas al estado fluido, que es el de los fantasmas. Cuando estás presente, tu figura se condensa; alcanzas las concentraciones de los metales más pesados, del iridio, del mercurio. Muero de ese peso, cuando me cae en el corazón.
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Soledad... Yo no creo como ellos creen, no vivo como ellos viven, no amo como ellos aman... Moriré como ellos mueren.
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Lo único horrible es no servir para nada. Haz de mí lo que quieras, incluso una pantalla, incluso un metal buen conductor.
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Se dice: loco de alegría. También podría decirse: cuerdo de dolor.
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No me mataré. Se olvidan tan pronto de los muertos...
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No puede construirse una felicidad sino sobre unos cimientos de desesperación. Creo que voy a poder ponerme a construir.
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Que no se acuse a nadie de mi vida.

UNA MUJER, Péter Esterházy

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PÉTER ESTERHÁZY, Una mujer, Alfaguara, Madrid, 2001, 200 páginas.

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El escritor húngaro compone un catálogo de noventa y siete mujeres que alternan el amor y el odio.
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UNA MUJER [16]

   Hay una mujer. Me odia. Rompe conmigo una y otra vez. Me manda a paseo. Me tira a la basura, como si fuera un limón exprimido. De una manera inteligente, lógica e irrefutable me explica por qué tenemos que dejarlo. Por qué se ha acabado ya. Estamos siempre ocupados, ella y yo, así que estos diálogos, estos actos normalmente se desarrollan en la cama. Por decirlo así, yo me dejo convencer por sus argumentos. Yo, por mi parte, no veo nada terrible en el hecho de que nuestros cuerpos no se encandilen, porque aun a desgana se engastan piezas bonitas. A mí, me gusta incluso estar simplemente acostado a su lado, dejando reposar mi mano en su regazo. Ella no se refiere a eso, se refiere a todo en general, mientras que yo siempre hablo de los detalles, y los detalles, por su naturaleza, siempre están bien, de una forma fragmentada, pero no en su totalidad. «Hemos estado lamentables», así suele empezar. A lo que yo le levanto un poco los muslos. Que por otra parte son largos. «Ha sido tan bonito durante tantos años», me dice. Yo no digo nada, simplemente la vuelvo hacia mí, vuelvo sus pechos hacia mí. «No estaría mal dejar a un lado todos esos pensamientos oscuros sobre la plenitud, y ocuparnos tan sólo de la carne, de los huesos, de los tendones.» Que ella no está hablando de eso, sino de algo inevitable; de que todo parezca absurdo, peor que aburrido, peor que cotidiano, o sea, peor que un cliché.
   «¡No me siento realizada en la cama!»
   A lo que la quito de encima de mí, con sus pechos y con todo, dejo mis órganos al descubierto, entre ellos mi cola: «¡Aquí estoy!, ¡hola!». No dice nada. «Si me abandonas, te mataré», le digo, y aprieto su cabeza contra la almohada. «Esa frase está muy bien, suele funcionar —dice gimiendo—, pero de una manera absurda, aunque me fueras a matar, sería sólo como si lo imaginaras». «A lo mejor te vas a enfadar con lo que te voy a decir: perdóname», le respondo. «No hay por qué», me dice.

RELATOS MEXICANOS POSMODERNOS, Lauro Zavala

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LAURO ZAVALA, Relatos mexicanos posmodernos, Alfaguara, México, 2001, 136 páginas.


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Lauro Zavala reúne 23 relatos breves marcados por la propuesta de "un universo ficcional lo suficientemente irónico y fragmentario, preciso y a la vez indeterminado", que permita al lector el privilegio de "la interpretación de sus múltiples dimensiones".

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ROCÍO BAILA

Olga baila en la ventana...
Salomón Villaseñor Otero

   Rocío baila bajo la tela frágil de su vestido negro una danza de certezas que obliga a su cuerpo a formar constantes símbolos inéditos del transcurrir; los puntos blancos del vestido en la noche ajena y en la de Rocío son un delicado, frívolo, ágil, decadente, fugitivo cosmos que dibuja los femeninos malabares de sus brazos, las bondadosas contorsiones de la cintura y los gestos dolorosos y cálidos de su faz.
   Crean en el aire de sombras una mágica sucesión de esculturas móviles, configuraciones cambiantes del erotismo.
   Rocío baila en el borde de esta noche, sus muslos morenos penetran y abandonan la penumbra; a momentos son parte de la oscuridad y la traicionan luego para ser ellos la noche misma, las firmes y ligeras piernas de la noche.
   Rocío baila en el fin de los giros oscuros y sobre el piso sus pies delinean novedosos signos del zodiaco.

Guillermo Samperio

BICHOS, Miguel Torga

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MIGUEL TORGA, Bichos, Alfaguara, Madrid, 1998, 150 páginas.


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RAMIRO

   —¡Buenos días nos dé Dios!
   —Hum...
   Y el que pasaba hasta cambiaba de color.
   Se le encogía el corazón al oír una respuesta así en un paraje tan desolado. ¡Hasta daba miedo!
   Felizmente no se trataba de ningún ladrón.
   Después de mascullar aquel gruñido por todo saludo, permanecía quieto, tranquilo, apoyado en la guadaña, con sus ojos opacos clavados en la blancura del rebaño. Ramiro era pastor.
   Más de un domingo, a la entrada de la iglesia, Manuel el Pelinhas, que era un charlatán, se había metido con él.
   —Cualquiera diría que te cuesta trabajo hablar...
   Pero Ramiro respondía a estas bromas sin despegar los labios, y sin despegar los labios oía la misa que decía don Joáo. Si al final había letanía, no contestaba, y si el cura, en el altar, hacía señas a los hombres para que cantasen el Tantum ergo, él no cantaba.
   Veinte años en el monte Maráo le habían llenado el alma de silencio. En una aridez como aquélla, sólo las vidas que latían sin ruido conseguían salir adelante. La chamiza, la retama, el tojo, las lagartijas, las culebras y los saltamontes crecían en medio de ese mismo receloso mutismo. En marzo, florecían los urces. Pero esta explosión de color no tenía fuerza suficiente para despertar a las rocas. Y la lección que Ramiro aprendía diariamente era la de una irremediable afonía cósmica, quebrada de vez en cuando por el monosilábico balido de un cordero que se quedaba absorto contemplando un guijarro o por los ladridos del Rilha que, presuroso, denunciaba la presencia de algún lobo. Y, por todo esto, no utilizaba palabras sino un lenguaje muy diferente: un silbido seco, estridente, instantáneo, que les lanzaba a sus interlocutores con la misma violencia que a las reses descarriadas. El pitido, que salía de sus labios con el ímpetu de una embestida, se metía por los oídos como un puñal. Los tímpanos llegaban casi a sangrar.
   —¡Y todavía quieres que con esa manera de hablar te caiga la Rosa en los brazos!
   Sí que quería. Cuando pasaba a su lado, se la comía con los ojos. Desgraciadamente no sabía formular de otro modo el deseo que lo consumía. Y, a pesar de que su madre le preparaba el terreno, seguía soltero, por no poder expresarse.
   Por la mañana, se levantaba incluso más temprano que su perro guardián. Sin embargo, ni le pedía la bendición a la pobre de la tía Etelvina, que consideraba a aquel hijo como un castigo del cielo, ni le daba los buenos días al rebaño... Un silbido, y nada más. Y así avisaba a la madre y al ganado de que era la hora. La infeliz acudía a darle el zurrón, y el rebaño se preparaba para salir. Poco después, la procesión se ponía en marcha camino del Maráo, ese desierto sin voz. Ramiro iba siempre solo. Nunca buscaba la compañía de otros pastores. Su norma era caminar en solitario aunque llevase el rebaño a los mismos confines de la sierra.
   —¿Hay pasto en la Gralheira?
   —Hum...
   Nada más. El que quisiera saberlo que fuese hasta allí. Y seguía distante, absorto, sin decir una palabra. Si por casualidad se encontraba a algún compañero en un valle, y no podía o no quería evitarlo, se quedaba allí plantado sin abrir la
boca, sin darse por enterado de la presencia del intruso.
   Y eso fue lo que sucedió aquel día. Se presentó el Ruela y sus ovejas se metieron a pastar entre las de Ramiro. No abrió la boca, y permaneció así horas y horas, hasta que ocurrió la desgracia. Tampoco después, al consumarse la tragedia,
dijo nada. Cuando el Ruela quiso justificarse, le respondió con una mirada todavía más dura. Y cuando levantó la guadaña, lo hizo también en silencio, como si fuese a cumplir un voto.
   —¡Te juro que no he querido darle!
   Pero Ramiro estaba como loco. La Mimosa era la oveja más bonita de Arca. Y verla así, tendida y muerta, era algo que iba más allá de su poder de comprensión.
   —¡Créeme, ha sido sin querer!
   Al pobre Ruela, al separar el ganado,se le había ido la mano. El resultado fue que le había pegado tal pedrada a la oveja en la barriga, que la desgraciada, con un vientre como el de una vaca preñada, había abortado y había muerto. No fue en el acto. Ya habían pasado algunas horas cuando empezó a balar, a balar, con una desesperación tan grande que parecía una criatura humana. A balar y a irse en sangre. Ramiro, mientras duró la agonía, apretaba el cabo de la guadaña con una rabia amordazada. Los ojos se le iban tiñendo de rojo de los esfuerzos que hacía para contenerse. Desgraciadamente, ocurrió lo peor... El corazón del animal, de repente, dejó de latir. Y entonces ya no pudo dominarse.
   —¡Por el alma de tus muertos, Ramiro!
   Esta súplica, de una angustia ilimitada, brotó con el fervor de una oración del oprimido pecho del condenado. Pero la guadaña hendía ya el aire como un destino. Y su grito de terror no encontró eco. Fue flotando, indeciso, sierra adelante
y acabó perdiéndose en un barranco. Y así tenia que ser la eternidad de ese instante, para que Ramiro estuviese en consonancia consigo mismo. Su alma era muda como una tumba. En el momento preciso en que la cuchilla iba a caer sobre la cabeza del Ruela, hasta los montes se quedaron atónitos de espanto. Sólo que, ahora más que nunca, la boca de Ramiro estaba cerrada. Rasgada y fina, hacía pensar en una larga herida cicatrizada. En su rostro rudo lo único que hablaban eran sus grandes ojos abiertos. Inyectados en sangre, no expresaban más que una determinación total, feroz, en la que no cabía el perdón.
   Y, sobre el cadáver inocente de aquel hombre, no se oyó, en un instante fugaz, más que un silbido seco, agudo, llamando al rebaño para que regresara al redil.

JURO NO DECIR NUNCA LA VERDAD, Javier Marías

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JAVIER MARÍAS, Juro no decir nunca la verdad, Alfaguara, Madrid, 2015, 378 páginas.

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Este volumen de sugerente título recoge las 95 colaboraciones publicadas por El País Semanal en el periodo de febrero de 2013 a febrero de 2015.
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EN FAVOR DE LA OCULTACIÓN NATURAL



   Hace dieciocho años me adaptaron al cine una novela, Todas las almas, y la cosa acabó en un pleito que gané. Quedé escaldado durante bastante tiempo, y rechacé otras propuestas (ya nunca españolas: inglesas, italianas de un director que más tarde ha ganado un Oscar, francesas), sobre todo para Mañana en la batalla piensa en mí. Pasados los años, mi desconfianza menguó, o bien empezó a no importarme lo que se pudiera hacer en película a partir de algo escrito por mí: al fin y al cabo, yo sólo soy responsable de lo que he puesto sobre papel, no de su azarosa plasmación en un arte distinto. Pero todo lo cinematográfico es muy lento y etéreo, por lo que veo. En estos momentos un productor europeo va renovando la opción de mi novela Corazón tan blanco desde hace más de un lustro y todavía no existe un guión; una gente muy conocida de Hollywood lleva tres años ampliando la de la larguísima Tu rostro mañana y también sigue sin haber guión. El único que me ha llegado es el de la adaptación de un cuento, “Mientras ellas duermen”, que quiere trasladar a la pantalla un realizador chino-estadounidense. El relato en cuestión tiene ya veinticuatro años, ocupa una treintena de páginas y la verdad es que me da igual lo que hagan con él. Aun así, cuando me enviaron el guión inicial, me tomé la molestia de leérmelo, pese a lo aburrido que resulta ese género. Como es natural, habían alargado la historia; habían llevado la acción de la Menorca del cuento a San Sebastián, bien estaba; los personajes españoles eran ahora americanos e ingleses, tanto daba. La última noticia es que, por cuestión de financiación (más fácil encontrar dinero en Asia, al parecer), la acción tendrá lugar en el Extremo Oriente y una de las dos parejas protagonistas será china probablemente. Hagan lo que se les antoje, he respondido sin pestañear.
   Sólo le pedí una cosa al director, cuando leí aquel primer guión: en él había un diálogo entre el matrimonio principal (americanos cultivados) en el que ella le decía a él algo así como: “Mira, te he visto cagar las suficientes veces para que nada me sorprenda de ti”. Pensé: “Qué grosería, pero di por descontado que se trataba de una expresión figurada. Sin embargo, bastantes páginas después, había una escena en la que no recuerdo si él o ella hacían efectivamente sus menesteres con la puerta del cuarto de baño abierta, mientras hablaban. Me quedé estupefacto. Pero en seguida recordé haber visto escenas similares en varias películas recientes estadounidenses, y no sólo en comedias “gamberras” o descerebradas, que tanto abundan y que son todo menos comedias, sino incluso en las llamadas “románticas”, con Jennifer Aniston y así, y hasta en la Casa Blanca. De modo que cuando escribí al director le acepté sus cambios e invenciones, los de nacionalidad, escenario y argumento, pero: “Mire”, le dije, “no sé cuáles son las actuales costumbres de las parejas norteamericanas, y si me guío por otras películas que he visto a fragmentos, empiezo a temerme que semejante falta de pudor y atentado contra la libido se esté dando en la realidad. Pero en Europa, francamente, sería inimaginable que unos cónyuges educados se prestaran a defecar el uno en presencia del otro, y luego hicieran mención de ello. En todo caso le ruego que suprima esa escena y ese diálogo de algo basado en un texto mío. Imagínese que los espectadores, que no tendrían por qué conocer mi relato, creyeran que esas zafiedades provenían de él. Me moriría de vergüenza, no lo soportaría. Se lo ruego, hágase cargo”.
   El director, al que aprecio, es muy parco en sus mensajes, y a eso no contestó nada. Ignoro cómo se las gastan los matrimonios asiáticos (ahora que por lo visto mis personajes van a ser de ese vasto y variadísimo continente), o si en la nueva versión se mantendrán las defecaciones “públicas”, espero que no. Pero la reincidencia de escenas así me lleva a pensar, como le expuse, si esa inaudita costumbre reflejará algo ya no infrecuente en la vida real. Y, si es así, a qué se puede deber. A lo largo de mi vida mis diferentes parejas y yo –y doy por sentado que casi todo el mundo que conozco– hemos sido extremadamente cuidadosos en ocultarnos todo lo desagradable o poco airoso, por decoro y porque nada puede aniquilar tanto el deseo sexual como la visión de la persona apetecida en tareas embarazosas, incluido orinar (bueno, salvo que se sea coprófilo, supongo, o aficionado a las golden showers). No es raro abrir un grifo o encender la maquinilla de afeitar para amortiguar cualquier ruido delator, o así solía ser. Me temo que si ha cambiado esta actitud pudorosa, de ocultación natural de lo que nadie ha de ver, es por una sandez más de nuestros tiempos imbéciles. Hay parejas que presumen no sólo de no tenerse secretos, sino de aceptar todo lo del otro como prueba de sus absolutos amor o incondicionalidad. “Quiero todo lo tuyo, abrazo cuanto de ti procede”, viene a ser la formulación implícita o explícita. “Nada tuyo me repugna, ni me avergüenza, ni disminuye mi amor”. Y eso incluye, posiblemente, asistir a las deposiciones del ser amado con expresión de arrobo y no de asco o desazón. Confío en que tales escenas sean caprichos de guionistas soeces, pero sospecho lo peor. Sea como sea, si alguna vez aparece una en película que se diga basada en texto mío, sépase, por favor, que eso no figuraba nunca en la obra original. No quiero ver por los suelos mi muy modesta reputación.

A CUERPO ABIERTO, Manuel Rivas

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MANUEL RIVAS, A cuerpo abierto, Alfaguara, Madrid, 2008, 344 páginas.

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Así lo presenta el autor en su prólogo: "Éste es un viaje de periodismo indie. Independiente, libre, irónico, crítico y de fábrica literaria. Digo eso, lo de literario, sin complejo. El mejor periodismo constituye siempre una pieza literaria."
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RÉQUIEM

   Era noche espesa y Ángel González detuvo el auto ante un semáforo en verde. Un patrullero de Nuevo México lo llevó detenido. Él explicó ante el sheriff sureño que se había parado en nombre de la humanidad. El jefe ordenó su ingreso en el calabozo. ¿Qué clase de tipo podía ser ese barbudo quijotesco que se detenía en verde para evitar atropellos? En la celda había quince chicanos con los que cantó y recitó poemas. El sheriff se acercó a las rejas y los mandó callar. Todos fueron saliendo en libertad, salvo Ángel. Y el último en marchar le confió: «Doctor, ¿qué hace usted aquí, intentando civilizar a estos pendejos?». Ángel siempre se dedicó a civilizar, sabiendo que la naturaleza era extraña. De niño, en la posguerra, vio que una patata cocida se movía en el plato. Pensó que era un episodio del realismo mágico hasta que descubrió que la llevaba en el lomo una cucaracha. Mataron a su hermano cuando era niño rojo, aunque él amaba una muchacha de calcetines blancos. Y en aquellas fechas un antiguo conocido, ufano con los correajes fascistas, le colocó una pistola en el pecho: «Mataremos a toda tu estirpe». Nosotros también intentamos matarlo. Lo llevamos a un acantilado, en el faro de Hércules, como extra en una película. Y él acudió generoso. Era agosto. Buen mes para los crímenes de antaño. Pero ocurrió algo imprevisible. Cuando llegó la hora de fusilarlo, se levantó un temporal no pronosticado. Toda la noche se encrespó furiosa la mar y no hubo forma de abatir al poeta. Dos noches lo intentaron, dos noches el océano lo impidió. Por eso no me creo lo que cuentan los periódicos desde la capital. Esa noticia de que se ha muerto Ángel González. Y si finalmente se confirma, proclamo lo que Antón Tovar cuando tropezó con el entierro de un niño: ¡No estoy de acuerdo!

PERROS E HIJOS DE PERRA, Arturo Pérez-Reverte

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ARTURO PÉREZ-REVERTE, Perros e hijos de perra, Alfaguara, Madrid, 2014, 152 páginas.

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Las ilustraciones de Augusto Ferrer-Dalmau acompañan fielmente esta antología de artículos escritos entre 1993 y 2014 que tienen en común la figura del perro en el desempeño del papel protagonista.

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SOBRE CACHORROS Y NIÑOS

   Una vez tuve un amigo negro, silencioso y fiel como una sombra, al que, a pesar del tiempo transcurrido desde que se durmió en mis brazos, todavía sigo buscando con la mirada cada mañana al despertarme, en su rincón favorito del jardín. A veces sueño con él; y otras veces, despierto, imagino que se encuentra en ese lugar magnífico -un prado cubierto de flores hermosas- donde van a descansar los perros buenos y valientes: allí donde sólo hay agua limpia y fresca, huesos con mucho tuétano y perras guapas que siempre están en celo. Ya sé que como paraíso canino suena algo prosaico, pero estoy seguro de que cualquier perro prefiere eso a un sitio lleno de ángeles tocando el arpa y bibliotecas con las obras completas de Marcel Proust.
   Desde hace unos días, está de nuevo en casa. Algo cambiado, es cierto; pero no cabe duda de que es él. De pronto se le han quitado de encima los achaques de trece años de vida, esa pesada y dolorida torpeza de los últimos meses que pasamos juntos. Sus ojos melancólicos ya no miran con tristeza, pero sí con la misma atención, idéntica curiosidad que mostraba en los primeros tiempos, cuando era joven y vigoroso. Ahora lo es de nuevo. Otra vez tiene mes y medio y es un cachorro de labrador fuerte y sano que va marcando el territorio, que tanto conoce pero que por alguna razón quiere descubrir de nuevo, con rigurosas meadillas para dejar las cosas claras. Mide apenas dos palmos y parece de peluche, pero sus colmillos, todavía finos como agujas, ya los ejercita a conciencia, el cabroncete, en cuanta madera y cuero encuentra en las incursiones de comandos que lanza si le quitas la vista de encima. Adora roer cables de la luz y cordones de zapatos como si estuviera majareta. Cuando se siente inseguro en lo alto de la escalera gime lastimero, pero ayer ladró por primera vez con un ladrido minúsculo, agudo y bravo, cuando se cabreó porque nadie atendía sus demandas de juego. Ahora se llama como el hijo de Milady en Veinte años después, un nombre sonoro y temible que acentúa todavía más, por contraste, su aspecto de cachorro cuando duerme arropado en su manta o resbala, torpe, haciendo una insólita pirueta en el suelo. Pero cuando miro sus ojos grandes y oscuros se que de nuevo es él, y que ha vuelto.
   Pensaba en mi perro cuando vi pasar una fila de niños por la calle. Debían de tener cuatro o cinco años e iban cogidos de la mano, por parejas, quince o veinte bajo la vigilancia de tres profesoras que corrían de punta a punta de la fila, pastoreando como podían aquella tropa enfundada en anoraks multicolores, con pequeñas mochilas a la espalda. El espectáculo era muy divertido: como un grupo de locos bajitos, que es lo que puntualmente parecen los críos a esa edad, se movían tan pequeños y torpes como mi cachorrillo. De pronto los primeros se paraban y todos los que venían detrás chocaban unos con otros. Algunos gritaban, otros lloraban, a aquél le limpiaba los mocos una de las maestras; el de allá iba marcando muy serio el paso como si estuviera en un desfile, éste iba hablando solo, la rubita acababa de deshacerse el lazo del pelo, una pareja seguía andando cogida de la mano con aire muy responsable y el último se había sentado en un charco. Mientras tanto, uno acababa de darse a la fuga hacia el semáforo más próximo, corriendo como una bala, y una cuidadora corría despavorida a atraparlo antes de que un automóvil lo hiciera picadillo.
   Los estuve siguiendo un rato por disfrutar del espectáculo, hasta que, para alivio de las pobres maestras, la tropa fue puesta a buen recaudo en un autocar. Y recuerdo que, viéndolos irse, pensé en qué diablos les depararía el futuro. Cuántos de estos enanos chalados, me pregunté, serán con el tiempo guapos, feos, buenos y malos, triunfadores o fracasados, felices o no. Cuántos justificarán el hecho de su creación, engorde y supervivencia, y cuántos se convertirán en perfectos hijos de puta con quienes más hubiera valido que la maestra no llegara a tiempo al semáforo. En cualquier caso, asociando mi cachorro con aquella diminuta tropa, tuve una certeza: a esa edad no importa que seamos capaces de lo peor. No importan la infelicidad, el error, la muerte y la derrota. No importa que a menudo nos veamos atrapados en una broma de mal gusto diseñada por el azar o por un relojero cósmico desprovisto de sentimientos. A cada instante se pone a cero el contador, y el ser humano tiene un don maravilloso: la oportunidad de empezar, e intentarlo de nuevo.

1986. CUENTOS COMPLETOS, Rodrigo Rey Rosa

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RODRIGO REY ROSA, 1986. Cuentos completos, Alfaguara, Madrid, 2014, 456 páginas.

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En los seis libros de cuentos que compila este volumen podemos encontrar formas breves; especialmente en El cuchillo del mendigo (1986).
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EL CUARTO UMBROSO

   Vivía solo con su hermana, en un edificio ahora inexis­tente. Tenía para sí que la puerta que daba a la calle era la boca de un túnel, en el que se negaba a entrar. Le bastaba con andar de pared a pared en su habitación rectangular, con la ayuda de una vara que hacía oscilar pendularmente. Algunas noches despertaba con los brazos extendidos, para protegerse el rostro, o para alcanzar algo que presentía delante. Cerca de él estaba su hermana, que lo tocaba para calmarlo.
   Lo que conocía del mundo lo había aprendido a través de su hermana. Ella solía leer para él, y le había tomado las ma­nos para hacerle sentir el filo de la mesa. Le había enseñado a deslizar el tacto por la superficie de otros objetos, para percibir así sus cualidades. Aunque él no concebía su verdadera apa­riencia, el cuarto, con el tiempo, se había convertido en un mundo concreto y limitado. Intuía la forma de su universo: suponía el sórdido suelo, la cocina, las ollas oscuras, la ventana, las ventanas de enfrente.