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CANTO LIBRE DEL ORFEO REBELDE, Miguel Torga

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MIGUEL TORGA, Canto libre del Orfeo rebelde, Edhasa, Barcelona, 1998, 128 páginas.

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Recoge João Terra en ¿Quién es Miguel Torga? (pp. 11-20) la siguiente sentencia: «La peor desgracia que le puede acontecer a un artista es el empezar por la literatura en vez de empezar por la vida... Sólo la experiencia, el dolor y el trabajo le traen dignidad a una obra literaria». 
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Un tirano es el agricultor que planta un árbol seco y se empecina en esperar que eche brotes.
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Debe estar el oído más atento al silencio del futuro que a las palmas del presente.
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Lo malo del arte moderno está en que la imaginación de los procesos sustituye a la imaginación craedora y la gente en vez de saciar el hambre del espíritu con la belleza de la obra, se llena con el talento de los autores.
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Negar a Dios. Muy bien. Pero que no sea para divinizar sucedáneos más absurdos que él.
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El cobarde duda entre el decúbito cómodo de la sepultura y la verticalidad dolorosa del exisitr.
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Los dioses son realmente respuestas transitorias a nuestras preguntas eternas.
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La vida no se ocasiona, se cumple. He intentado que en la mía la determinación moderase, hasta donde fuera posible, la fatalidad. El sentimiento de frustración es nuestra más exacta medida. Baliza la distancia que va de lo que quisimos a lo que hemos podido.

LA NAVE DE LOS NECIOS, Sebastian Brant

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SEBASTIAN BRANT, La nave de los necios, Akal, Madrid, 1998, 344 páginas.

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En la muy documentada Introducción (pp. 5-61) Antonio Regales Serna sostiene la originalidad de la obra del humanista alsaciano, a pesar de que «ninguno de los elementos fundamentales de La nave de los necios es nuevo: ni la figura del necio, ni el carro o la nave cargado de ellos, ni la sátira social, ni el verso dividido en cuatro partes». Reproduce las xilografías que ya contenía la edición de 1494, atribuidas, entre otros autores, a Durero. 
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DEL JACTARSE DE LA FELICIDAD

   Un necio es quien osa jactarse de que le sonríe mucho la fortuna y tiene suerte en todas las cosas: éste espera el rayo sobre el tejado. Pues la fortuna es un signo de la fugacidad de las cosas y una señal de que Dios se despreocupa del hombre, a quien no visita en todo momento. En el proverbio se dice comúnmente: «el amigo visita a menudo al otro». El padre reprende con frecuencia a su hijo, para que tenga temor y aprenda a obrar rectamente; el médico proporciona bebedizos ácidos y amargos, para que el enfermo cure tanto más pronto; el cirujano sonda y saja la herida, para que el enfermo sane en seguida, y pobre del enfermo si el médico pierde el valor y no amonesta ni dice: «esto no debería haberlo hecho el enfermo, y eso y aquello debería haberlo dejado»; sino que dice: «dadle en buena hora todo lo que quiera y le guste». A quien el diablo quiere engañar, le da felicidad y mucha riqueza. La paciencia es mejor en la pobreza que toda la felicidad, la riqueza y los bienes del mundo. De su felicidad nadie se jacte, pues, si Dios lo desea, se la arrebatará. Un necio es quien a menudo se lamenta: «¡Oh felicidad! ¿Por qué me abandonas? ¡Oh felicidad! ¿Qué me reprochas? ¡Dame lo suficiente para seguir sien do un necio más tiempo!» Por ello, nunca han existido necios más gran des que los que aquí siempre tuvieron felicidad.


 Quien piensa que nada le falta y que tiene la mejor felicidad el mundo, acaba recibiendo el mazo del cielo.

LOS SILENCIOS DE HOMERO, Raúl Renán

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RAÚL RENÁN, Los silencios de Homero, Ciudad de México, Aldus-UAM, 1998, 112 páginas.

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CANTOS DE MUSAS

   Los cantos que entonaban las Musas con timbres de todas las gargantas, iban alados hacia los héroes que blandían las espadas en defensa de su tierra. La cítara de Apolo no auxiliaba en modo alguno a las voces, porque su música la inventaba para las mujeres que desde sus aposentos tejían los dedos con muslos apretados. En el campo de batalla los combatientes sentían concentradas sus fuerzas en el ángulo de las piernas, e inspirados arremetían contra el enemigo.

ZONA ETÉREA, Marcos Rodríguez Leija

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MARCOS RODRÍGUEZ LEIJA, Zona etérea, Gobierno del Estado de Tamaulipas, Ciudad Victoria, 1998, 48 páginas.
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UN HOMBRE DESALMADO

   De niño fue el más terrible en la pandilla del barrio. En la familia se ganó el título de “oveja negra” durante la adolescencia. Los estudios jamás le agradaron, mucho menos trabajar. Prefirió ganar el dinero fácil. Se hizo de amigos que le enseñaron a matar. Al cumplir los cuarenta años se había convertido en el hombre más desalmado y perseguido por las autoridades de investigación criminal. Se volvió pendenciero a tal grado que asesinó a sus cómplices de crímenes y asaltos. Ya ningún cabecilla de las bandas y pandillas del bajo mundo quisieron tener nexos con él. En su familia hacía mucho tiempo que lo habían dejado de considerar parte de los de su sangre. Quedó tan solo en el mundo y absolutamente nadie lo quería que una noche, al encontrarse oculto en su madriguera, sentado sobre la cama, vio de frente su sombra reflejada en la pared, y ésta, avergonzada, se levantó y se marchó por la ventana para siempre.

PROVERBIOS DE TODO EL MUNDO, Axel Scheffler

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AXEL SCHEFFLER, Proverbios de todo el mundo, Destino, Barcelona, 1998, 126 páginas.



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 Axel Scheffler ilustra esta selección de sabiduría popular del mundo.
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 Las peores lluvias caen sobre los techos más destartalados.
Japón

HECHOS INQUIETANTES, Juan Rodolfo Wilcock

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JUAN RODOLFO WILCOCK, Hechos inquietantes, Sudamericana, Buenos Aires, 1998, 242 páginas.

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TRADUCCIONES MODERNAS

   En ciertos ambientes universitarios de los Estados Unidos se ha puesto de moda y traducir los clásicos latinos como hizo Ezra Pound con Propercio, pero mucho más libremente. Un ejemplo reciente lo encontramos en las Poesías Completas de Cayo Valerio Catulo, traducidas por Frank O. Copley y publicadas por la Universidad de Michigan. Copley observa en su prefacio: “¿Quién fue Catulo? Un rebelde, un radical, un experimentador, un innovador, un pionero. En Roma, en aquellos tiempos, había muchos como él”. Según Copley, el rebelde Catulo escribía así:

Hay como te digo, viejo, viejo mío
Te vendrá bien una buena comida
?
qué
será
de MI
bien
bien, mira esta billetera
sí, ésas son telarañas
pero oye
yo también te diré algo
I CAN'T GIVE YOU ANYTHING BUT LOVE,  BABY

UNA PERFECTA FELICIDAD, Gustavo Zappa

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GUSTAVO ZAPPA, Una perfecta felicidad, Ediciones Simurg, Buenos Aires, 1998, 56 páginas.

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LAS TÍAS

   Invariablemente hacia fin de año, desde su viudez, tía Celia venía a pasar unos días con su hermana. Nati vivía sola en un departamento ubicado en el centro de la ciudad, había tenido un matrimonio desafortunado y sin hijos. Celia, en cambio, lo tenía a Osvaldo, el hijo juez, pero también vivía sola con la compañía en sordina de una mucama quejosa.
   En Buenos Aires las tías se las arreglaban para visitar a un puñado de sobrinos y pasar las fiestas en la casa de Beba, la hija de Delia. Cuando ellas venían, mi padre adoptaba una expresión casi infantil y volvía a ser el sobrino predilecto. “Mi sobrino es un santo varón”, repetía Nati ya un poco ebria por el vermú. Todos los veranos era lo mismo. Las tías se quedaban unas horas, mamá preparaba una picada, nos reíamos, se hablaba de otros tiempos, Celia nos invitaba a pasar unos días en Mendoza y después mis tías se iban muy satisfechas a pasar unos días a la casa de mi prima Beba.
   A medida que mi padre se acercó a la edad que tenían las tías cuando venían de visita, las noticias de ellas fueron más esporádicas. Nos enterábamos por Beba, que entonces viajaba a Mendoza por lo menos una vez al año. Nati se mudó, así estaban las dos juntas, y Celia escribía una tarjeta para cada navidad.
   Finalmente Beba dejó de viajar, Nati murió y, después de un tiempo, Celia se internó en un geriátrico. Entonces su letra temblorosa comenzó a hacerse presente más a menudo. Hace poco escribió una tarjeta navideña para mi padre diciendo: “Pensá que la única tía que te queda por parte de tu padre está feliz y te recuerda siempre con mucho cariño. Tía Celia”.

BICHOS, Miguel Torga

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MIGUEL TORGA, Bichos, Alfaguara, Madrid, 1998, 150 páginas.


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RAMIRO

   —¡Buenos días nos dé Dios!
   —Hum...
   Y el que pasaba hasta cambiaba de color.
   Se le encogía el corazón al oír una respuesta así en un paraje tan desolado. ¡Hasta daba miedo!
   Felizmente no se trataba de ningún ladrón.
   Después de mascullar aquel gruñido por todo saludo, permanecía quieto, tranquilo, apoyado en la guadaña, con sus ojos opacos clavados en la blancura del rebaño. Ramiro era pastor.
   Más de un domingo, a la entrada de la iglesia, Manuel el Pelinhas, que era un charlatán, se había metido con él.
   —Cualquiera diría que te cuesta trabajo hablar...
   Pero Ramiro respondía a estas bromas sin despegar los labios, y sin despegar los labios oía la misa que decía don Joáo. Si al final había letanía, no contestaba, y si el cura, en el altar, hacía señas a los hombres para que cantasen el Tantum ergo, él no cantaba.
   Veinte años en el monte Maráo le habían llenado el alma de silencio. En una aridez como aquélla, sólo las vidas que latían sin ruido conseguían salir adelante. La chamiza, la retama, el tojo, las lagartijas, las culebras y los saltamontes crecían en medio de ese mismo receloso mutismo. En marzo, florecían los urces. Pero esta explosión de color no tenía fuerza suficiente para despertar a las rocas. Y la lección que Ramiro aprendía diariamente era la de una irremediable afonía cósmica, quebrada de vez en cuando por el monosilábico balido de un cordero que se quedaba absorto contemplando un guijarro o por los ladridos del Rilha que, presuroso, denunciaba la presencia de algún lobo. Y, por todo esto, no utilizaba palabras sino un lenguaje muy diferente: un silbido seco, estridente, instantáneo, que les lanzaba a sus interlocutores con la misma violencia que a las reses descarriadas. El pitido, que salía de sus labios con el ímpetu de una embestida, se metía por los oídos como un puñal. Los tímpanos llegaban casi a sangrar.
   —¡Y todavía quieres que con esa manera de hablar te caiga la Rosa en los brazos!
   Sí que quería. Cuando pasaba a su lado, se la comía con los ojos. Desgraciadamente no sabía formular de otro modo el deseo que lo consumía. Y, a pesar de que su madre le preparaba el terreno, seguía soltero, por no poder expresarse.
   Por la mañana, se levantaba incluso más temprano que su perro guardián. Sin embargo, ni le pedía la bendición a la pobre de la tía Etelvina, que consideraba a aquel hijo como un castigo del cielo, ni le daba los buenos días al rebaño... Un silbido, y nada más. Y así avisaba a la madre y al ganado de que era la hora. La infeliz acudía a darle el zurrón, y el rebaño se preparaba para salir. Poco después, la procesión se ponía en marcha camino del Maráo, ese desierto sin voz. Ramiro iba siempre solo. Nunca buscaba la compañía de otros pastores. Su norma era caminar en solitario aunque llevase el rebaño a los mismos confines de la sierra.
   —¿Hay pasto en la Gralheira?
   —Hum...
   Nada más. El que quisiera saberlo que fuese hasta allí. Y seguía distante, absorto, sin decir una palabra. Si por casualidad se encontraba a algún compañero en un valle, y no podía o no quería evitarlo, se quedaba allí plantado sin abrir la
boca, sin darse por enterado de la presencia del intruso.
   Y eso fue lo que sucedió aquel día. Se presentó el Ruela y sus ovejas se metieron a pastar entre las de Ramiro. No abrió la boca, y permaneció así horas y horas, hasta que ocurrió la desgracia. Tampoco después, al consumarse la tragedia,
dijo nada. Cuando el Ruela quiso justificarse, le respondió con una mirada todavía más dura. Y cuando levantó la guadaña, lo hizo también en silencio, como si fuese a cumplir un voto.
   —¡Te juro que no he querido darle!
   Pero Ramiro estaba como loco. La Mimosa era la oveja más bonita de Arca. Y verla así, tendida y muerta, era algo que iba más allá de su poder de comprensión.
   —¡Créeme, ha sido sin querer!
   Al pobre Ruela, al separar el ganado,se le había ido la mano. El resultado fue que le había pegado tal pedrada a la oveja en la barriga, que la desgraciada, con un vientre como el de una vaca preñada, había abortado y había muerto. No fue en el acto. Ya habían pasado algunas horas cuando empezó a balar, a balar, con una desesperación tan grande que parecía una criatura humana. A balar y a irse en sangre. Ramiro, mientras duró la agonía, apretaba el cabo de la guadaña con una rabia amordazada. Los ojos se le iban tiñendo de rojo de los esfuerzos que hacía para contenerse. Desgraciadamente, ocurrió lo peor... El corazón del animal, de repente, dejó de latir. Y entonces ya no pudo dominarse.
   —¡Por el alma de tus muertos, Ramiro!
   Esta súplica, de una angustia ilimitada, brotó con el fervor de una oración del oprimido pecho del condenado. Pero la guadaña hendía ya el aire como un destino. Y su grito de terror no encontró eco. Fue flotando, indeciso, sierra adelante
y acabó perdiéndose en un barranco. Y así tenia que ser la eternidad de ese instante, para que Ramiro estuviese en consonancia consigo mismo. Su alma era muda como una tumba. En el momento preciso en que la cuchilla iba a caer sobre la cabeza del Ruela, hasta los montes se quedaron atónitos de espanto. Sólo que, ahora más que nunca, la boca de Ramiro estaba cerrada. Rasgada y fina, hacía pensar en una larga herida cicatrizada. En su rostro rudo lo único que hablaban eran sus grandes ojos abiertos. Inyectados en sangre, no expresaban más que una determinación total, feroz, en la que no cabía el perdón.
   Y, sobre el cadáver inocente de aquel hombre, no se oyó, en un instante fugaz, más que un silbido seco, agudo, llamando al rebaño para que regresara al redil.

PREGUNTARIO, Jairo Aníbal Niño

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 JAIRO ANÍBAL NIÑO, Preguntario, Panamericana, Bogotá, 1998, 188 páginas.

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Al lado de las ilustraciones de Henry González, estos breves textos animan a que la mirada del lector, joven o ya no tanto, siga cargada de entusiasmo siempre, y no deje de extrañarse y preguntar nunca.

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¿CÓMO SE PASA AL OTRO LADO DEL ESPEJO?

   Para pasar al otro lado del espejo, se necesita del valor temerario de un niño de siete años, de su facultad para convertir el azul en quetzal y la nube en garza. El sabe que tiene que ascender por la vertiente más peligrosa del espejo, trepar cuidadosamente para no tropezar con el brillo, afianzar con firmeza el pie para evitar hundirse en la garganta de los reflejos, y eludir el encuentro cegador con los ojos de su doble. Entonces llegará a la cúspide y pasará al resplandor del otro lado, descendiendo
por la parte oscura de la luna.

TAREA DE ESCRIBIR, Carlos Pujol

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CARLOS PUJOL, Tarea de escribir, Pamiela, Pamplona, 1998, 96 páginas.

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Siempre se cuenta la misma historia, ningún escritor se sale de sí mismo, como nadie se sale de su piel.
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La literatura tiene un orden oculto que finge el desorden, la improvisación, el falso azar de la vida.
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Se escribe a tienta y a ciegas, con las palabras como lazarillos.
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Escribir o meter en cintura sueños desbocados.
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El ideal de la metáfora es ser a la vez disparatada y exacta, absurda y verdadera.
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Alguien escribe como para engañar a la muerte, aun sabiendo que sólo se engaña a sí mismo.

LAS MIL CARAS DEL DIABLO, José Manuel de Prada Samper

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JOSÉ MANUEL DE PRADA SAMPER, Las mil caras del Diablo, Editorial Juventud, Barcelona, 1998, 146 páginas.

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 Subtitulado Cuentos, leyendas y tradiciones contiene cincuenta y seis relatos de más de treinta tradiciones orales. En Un poco de historia (pp. 11-17) el editor nos recuerda que "en los primeros escritos cristianos, que están redactados en griego, el término hebreo satan se traduce por la palabra diabolus que significa "adversario". Las ilustraciones son obra de Luis Filella.
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¿QUIÉN ES EL MÁS FUERTE?

   Un día, estaban Jack y el Diablo sentados bajo un árbol, discutiendo quién era el más fuerte de los dos. La disputa se fue acalorando hasta que al final, harto de tanta palabrería, el Diablo se puso en pie y levantó una mula como como si nada. Jack se acercó entonces y agarró la mula con la misma facilidad. Picado, el Diablo se dirigió a un viejo y frondoso roble y lo arrancó de cuajo. Jack agarró un árbol igual de grande y lo arrancó tam­bién como si tal cosa. El Diablo partió entonces una de esas cadenas enormes que se usan para agarrar el ancla de los bar­cos. Jack tomó la cadena y la partió todavía más.
   —¡Venga! —vociferó entonces el Diablo—. ¡Esto no son más que juegos de niños! Mañana por la mañana, a las nueve en punto, te espero en el claro grande del bosque. Ya veremos entonces quién tira más lejos mi martillo. El que gane será el más fuerte.
   —Muy bien, allí estaré —repuso Jack.
   Así que, a la mañana siguiente, el Diablo llegó puntualmente al lugar de la cita, cargado con su martillo, que era más grande que una iglesia. También vinieron un montón de personas deseosas de ver quién sería el ganador.
   Jack llegó con retraso, montado en su caballo. Se apeó de un salto y dijo:
   —¡Ya estoy aquí! No perdamos más tiempo, ¿quién comienza?
   —Yo —contestó el Diablo—. A ver, que todo el mundo se aparte. Dejadme espacio.
   Así que arrojó el martillo a lo alto, y éste subió y subió, haciéndose cada vez más pequeño, hasta que era imposible verlo.
   —Bueno —dijo el Diablo—. Hoy es martes. Marchaos todos a casa y vol­ved el jueves por la mañana, a las nueve. El martillo no caerá hasta en­tonces.
   Pues era verdad. El martillo cayó el jueves por la mañana, a las nueve en punto, y abrió un agujero tan grande como el condado.
   Sacaron el martillo del agujero, lo taparon y le llegó el turno a Jack.
   Jack se tomó su tiempo. Caminó alrededor del martillo hasta llegar al mango, lo agarró, y levantando la cabeza hacia lo alto exclamó:
   —¡Cuidado, San Pedro! ¡Sal de ahí, Gabriel! ¡Será mejor que te apartes, Jesús! ¡Me estoy preparando para tirar!
   Pues, naturalmente, Jack pensaba enviar el martillo al mismísimo cielo.
   El Diablo se acercó corriendo hasta él y le dijo:
   —¡Espera un momento! ¡Ni se te ocurra! Cuando me echaron de ahí arriba me dejé un montón de herramientas, y todavía no me las han de­vuelto. ¡Así que ni hablar de tirar allí mi martillo!

[Florida, Estados Unidos]


LOS SERES IMPOSIBLES, Antón Castro

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ANTÓN CASTRO, Los seres imposibles, Destino, Barcelona, 1998, 184 páginas.

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LA DAMA INVISIBLE

   El suyo era un amor sin nombre. Se había perpetuado en el rocío de los mirtos, en los aleros de los edificios y en el cauce del río. Nadie la conocía pero adivinaban su llanto en la catedral a medianoche, presagiaban las amapolas de ceniza de sus ojos y su destino de peregrina invisible por callejas sombrías y por los patios donde el agua abastecía los rosales. Cuando las campanas se deshacían en llanto en Albarracín, la gente afirmaba que era ella quien plañía, o si la lluvia azotaba las murallas y crujía pesadamente en las rejas oxidadas, nadie dudaba de que era la dama en un arrebato de cólera. El cielo se estremecía de estrellas a su paso y los pregoneros, en el centro de la plaza, evocaban un pasado de caballos, de espadas y de linajes. Nadie se atrevió jamás a nombrarla y sólo un joven, un ciego de pedir por puertas, creyó verla en la ribera del río en una noche de luna, desnuda de asombro, con el cabello negrísimo y blanca.

TREN DE HISTORIAS, José de la Colina

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JOSÉ DE LA COLINA, Tren de historias, Editorial Aldus, México, 1998, 139 páginas.

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LA CULTA DAMA

   Le pregunté a la culta dama si conocía el cuento de Augusto Monterroso titulado "El dinosaurio".
    —Ah, es una delicia —me respondió— ya estoy leyéndolo.

EL SILENCIO ROTO, Manuel Neila

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MANUEL NEILA, El silencio roto, Llibros del Pexe, Gijón, 2008, 96 páginas.

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Es un héroe de nuestro tiempo: cultiva con entusiasmo el cuerpo, la estupidez y la impostura.
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Las respuestas cambian con el tiempo, sólo las preguntas permanecen. Lo difícil es dar con esas preguntas.
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Anémico: sólo vive de ilusiones perdidas.
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En materia de pensamientos, todos somos autodidactas.
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No hay manera de comprender la necesidad del arte si no es como compensación de la precariedad de la vida.
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Escribir como se hable; es decir, aproximar el tiempo de la escritura al tiempo de los latidos.
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La obra principal de un escritor es su vida. Escriba de lo que escriba, siempre termina por trazar el perfil de su rostro.
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Es fácil juzgar a alguien por lo que hace: lo difícil es juzgarle por lo que voluntariamente deja de hacer.

LAS NOCHES LÚGUBRES, Alfonso Sastre

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ALFONSO SASTRE, Las noches lúgubres, Hiru, Hondarribia, 1998, 380 páginas.

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Publicado por primera vez en la Editorial Horizonte en 1964, bajo Las noches lúgubres se acogen dos nouvelles, "Las noches del Espíritu Santo" y "Delirium", y una veintena de cuentos que conforman "Las células del terror".
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NAGASAKI

   Me llamo Yanajido. Trabajo en Nagasaki y había venido a ver a mis padres en Hiroshima. Ahora ellos han muerto. Yo sufro mucho por esta pérdida y también por mis horribles quemaduras. Ya sólo deseo volver a Nagasaki con mi mujer y mis hijos. Dada la confusión de estos momentos, no creo que pueda llegar a Nagasaki enseguida, como sería mi deseo; pero sea como sea, yo camino hacia allá. No quisiera morir en el camino. ¡Ojalá llegue a tiempo de abrazarlos!

SOLILOQUIOS Y DIVINANZAS, José Mateos

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JOSÉ MATEOS, Soliloquios y divinanzas, Pre-Textos, Valencia, 1998, 74 páginas.

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Utilidad de la sabiduría: saber las cosas que nos quedan por saber.
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La rosa, esa metáfora de la muerte con la eternidad dentro.
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Al muerto reciente lo cubrimos con una sábana para hacer con él ese fardo que vamos a tener que cargar durante toda la vida.
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Las pesadillas son la mejor prueba de que llevamos un enemigo dentro.
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El arte que más emociona es casi siempre como un mar limpio y sereno, pero en cuyo fondo se ocultan los barcos que naufragaron.
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Sobre ciertos asuntos, que suelen ser los más importantes, sólo se puede aprender —y con cuánto dolor— lo que ya se sabe.
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Original. —De un escritor se dice que es original cuando, a su manera y casi siempre sin saberlo, disimula bien lo que ya se sabe.
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Grábalo en estos muros: las cárceles sólo son cárceles cuando se quiere salir de ellas.

AMARES, Eduardo Galeano

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EDUARDO GALEANO, Amares, Alianza Editorial, Madrid, 1998 (1993), 263 páginas.

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Esta antología preparada por Galeano contiene textos de diversos libros del autor uruguayo. 
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LA PEQUEÑA MUERTE

   No nos da risa el amor cuando llega a lo más hondo de su viaje, a lo más alto de su vuelo: en lo más hondo, en lo más alto, nos arranca gemidos y quejidos, voces de dolor, aunque sea jubiloso dolor, lo que pensándolo bien nada tiene de raro, porque nacer es una alegría que duele. Pequeña muerte, llaman en Francia a la culminación del abrazo, que rompiéndonos nos junta y perdiéndonos nos encuentra y acabándonos nos empieza. Pequeña muerte, la llaman; pero grande, muy  grande ha de ser, si matándonos nos nace.

(El libro de los abrazos)

QUIEBROS Y POEMAS, Samuel Beckett

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SAMUEL BECKETT, Quiebros y poemas, Árdora, Madrid, 128, 128 páginas.

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Lorena Casado, traductora de este volumen bilingüe, es también responsable de un magnífico epílogo donde explica que "mirlitonnades —de mirliton, flauta o pito en francés, y vers de mirliton, o versos malos que se escriben en tiras de papel con las que se envuelven las flautras para los niños— es el nombre que Samuel Beckett dio a los pequeños poemas que hemos traducido por «quiebros», evocando la poesía escueta, escuálida, de estas máximas minimalistas" que, aun expresando la imposibilidad de comunicar, insisten "en la necesidad de seguir diciendo, seguir diciéndonos".

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nada nadie
habrá sido
par nada
tanto sido
nada
nadie

TODOS LOS CUENTOS MÁS UNO, Adriano González Leon

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ADRIANO GONZÁLEZ LEÓN, Todos los cuentos más uno, Alfaguara, 1998, Madrid, 250 páginas.
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INÉS
A Carlos Contramaestre, Alfonso Montilla y Marcos Miliani

   Ayer te vi con la hija del Almacén Mundial y te hiciste el que no me vites, soltó ella, entre ofendida y burlista, toda escamada por lentejuelas y dientes de oro brillando en la cerveza. En el burdel, era soberana. Nos desvirgó a cinco por bolívares veinte, con cincuenta céntimos y varios besos de ñapa. Otras veces no cobraba. Y otras se guardaba el paltó como rehén, contra alguno que la quiso carriar. Allí estaba chisporroteando, vela, rosa encarnada arriba, con su falda de sirena, siempre.
   Los domingos venía al cine, para la vespertina de tiros y trompadas. La seguían en fila, nadie sabe por qué, La Cucuteña y La Gata. Entonces uno sentía demasiado el colorete, el tufo, las escamas. Había que esquivar a toda costa el saludo, porque cerca estaban las novias del colegio. Al fin, cuando se prendían las luces, era lo mismo. Perderse, hechos los locos, entre el gentío y después verla ir a lo lejos, seguramente abrumada por nuestra enorme traición.

AMORES PATOLÓGICOS, Nuria Barrios

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NURIA BARRIOS, Amores patológicos, Ediciones B, Barcelona, 1998, 178 páginas.

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Amores patológicos conforma su naturaleza de novela mediante la yuxtaposición de los relatos que componen la sección titulada Textos. Tras esas narraciones, que permiten una lectura autónoma, sorprenden al lector veinte Textículos.  
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AL DESEO, ¿QUIÉN DIABLOS LO HA LLAMADO?

   En el principio eran el hombre y la mujer en un cuarto de baño. Ella estaba desnuda en la ducha; él sentado en el váter, desnudo, con un libro en las manos y un cigarrillo en los labios. ¿Cagando? Como no sabían qué hacer con sus grandes cuerpos, el hombre y la mujer se ignoraban. Al verles tan solos y confusos, el deseo fue a su encuentro. ¿Un movimiento desinteresado? La mujer lanzó un gemido, mientras se doblaba sobre sí misma. Un calambre la recorría como una lanza. ¿Un infarto? Asustada, salió de la ducha y acudió al hombre en busca de ayuda. Se sentó sobre él y, sin saber muy bien por qué, cogió su pene con las manos y lo introdujo con delicadeza dentro de ella. ¿Acoso y violación? El deseo empezó a circular entre ellos como una corriente eléctrica. Se abrazaron muy fuerte, entre pequeñas convulsiones. ¿Intento de asesinato? Hubo una descarga. Entonces se besaron con un beso largo y cálido. ¿Una toma de tierra para evitar nuevas descargas? Con el ruido del timbre de la puerta, el hombre y la mujer salieron del letargo. ¿Lo habrían soñado? En cualquier caso, si ellos estaban antes tan tranquilos, al deseo, ¿quién diablos lo había llamado?