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LOS OFICIOS PERDIDOS, René Avilés Fabila

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RENÉ AVILÉS FABILA, Los oficios perdidos, Universidad Autónoma de Sinaloa, Sinaloa, 1988, 90 páginas.

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APUNTES PARA SER LEIDOS POR LOS LOBOS 

   El lobo, aparte de su orgullosa altivez, es inteligente, un ser sensible y hermoso con mala fama, acusaciones y calumnias que tienen más que ver con el temor y la envidia que con la realidad. El está enterado, mas no parece importarle el miserable asunto. Trata de sobrevivir. Y observa al humano: le parece abominable, lleno de maldad, cruel; tanto así que suele utilizar proverbios tales como Está oscuro como boca de hombre, para señalar algún peligro nocturno, o El lobo es el hombre del lobo, cuando este animal llega a ciertos excesos de fiereza semejante a la humana. 

LO MEJOR DE FREDRIC BROWN

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ROBERT BLOCH (ed.), Lo mejor de Fredric Brown, Ediciones B, Barcelona, 1988, 368 páginas.
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EL FINAL

   El profesor Jones había trabajado en la teoría del tiempo a lo largo de muchos años.
   —Y he encontrado la ecuación clave —dijo un buen día a su hija—. El tiempo es un campo. La máquina que he fabricado puede manipular, e incluso invertir, dicho campo.
   Apretando un botón mientras hablaba, dijo:
   —Esto hará retroceder el tiempo el retroceder hará esto —dijo, hablaba mientras botón un apretando.
   —Campo dicho, invertir incluso e, manipular puede fabricado he que máquina la. Campo un es tiempo el. –Hija su a día buen un dijo—. Clave ecuación la encontrado he y.
   Años muchos de largo lo a tiempo del teoría la en trabajado había Jones profesor el.
   Final el.

88 SUEÑOS, Juan Eduardo Cirlot

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JUAN EDUARDO CIRLOT, 88 sueños, Moreno-Ávila, Madrid, 1988, 124 páginas.
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Me entregan uno de los libros que yo he escrito, encuadernado en seda rosa quemada por los bordes.
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Unas manos llegaban a mi corazón, pero otra mirada permanecía en el horizonte.
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Una ciudad se derrite lentamente como carcomida por un incendio invisible.
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Al tener que ponerme una máscara, yo elegía una de demonio y , en el momento de estrenarla, se abría un hueco en la pared y advertía que una extraña mujer me estaba observando.
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Atravieso habitaciones y habitaciones, todas iguales, en las que sólo el papel de las paredes cambia de color. No hay muebles en ninguna de ellas. No encuentro lo que busco.
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Transito por el espacio y veo las ciudades a mis pies. No vuelo, sino que ando por el aire.
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El espíritu es una prisión más monstruosa que la carne, oí que me decían. Era una reunión de ancianos, gente de pueblo reunida en la plaza mayor, tal vez para juzgarme.
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No me interesa la otra vida, dije, puesto que en ella también hay suplicios y verdugos.
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Claro del bosque. Una mujer desnuda y transparente está sobre mí, pero yo no sólo estoy en mi cuerpo, sino en todos los elementos del bosque.

PRIVADO PARAÍSO, Adolfo García Ortega

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ADOLFO GARCÍA ORTEGA, Privado paraíso, Endymión, Madrid, 1988, 132 páginas.

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LOS SIGLOS DE LA INFANCIA
¿Cuántos siglos caben en las horas de un niño? 
Luis Cernuda

   Como Leiris, tú también puedes hablar de una «metafísica de la infancia». No lo harás como él, en quien lo primero dibujado en su sensibilidad fue la muerte, por aquellas visitas con su madre al cementerio Pére-Lachaise o por los cromos ilustrados de un hechizo naturalista para describir la escena suicida de un rajá y sus muchas esposas. Tampoco tendrá, como en Leiris, tu infancia la presentida madurez que los colores ponen a las cosas, creando así una gama hacia lo decrépito y finito mediante la degradación de los más vivos a los más tenues, de los puros y nuevos a los mezclados e imprecisos. Tu infancia es para ti una metáfora de la quietud, y si regresas a ella con nostalgia, no es para añorar la traslación a sucesos ni a estados físicos (a veces solo queda en tu memoria extasiada un sabor de boca hecho de imágenes, de atisbos, de indicios, de oscuridades y sensaciones caóticas, desgranadas y opacas, inaprensibles y lejanas), sino para desoír la llamada hacia las postrimerías, detener el tiempo y anhelar aquella dilación de sus horas. «Ese caos que es la primera etapa de la vida, ese estado irreemplazable en el que, como en los tiempos míticos, todas las cosas están aún mal diferenciadas, en el que no habiéndose aún consumado la ruptura del micro y del macrocosmos, uno está sumergido en un universo fluido parecido al seno de lo absoluto», escribe Leiris y tú lo secundas fielmente, porque alguien —un camión de mudanzas, unos hombres que no conoces— te ha traído unos muebles —dos sillones, una radio vieja, una vitrina— que pertenecen al pasado, a tu pasado primero, y llegan de una casa deshecha, te corresponden proporcionalmente de un reparto, son ahora tuyos como antes solo eran de una bruma de mitos que habías podido asimilar a los sueños, son tu propiedad por si no te bastara creerlos seguros en el magma perdido que te construyó, cuando el horror de la vida y el éxtasis de la vida se unían, como dice Baudelaire, en un sentimiento contradictorio. 
   Los muebles están ahí y los contemplas. Como dicen los franceses, «tu les connais par coeur», te los sabes de memoria, y piensas que es muy afortunada y exacta esa fórmula. «Conoces por el corazón», «recuerdas», que recordar procede también de «corazón» y es hacer doblemente intensa su función anímica. Ante el decurso de tu experiencia, ante el abultado llenarse de los años, aparecen ahora estos rastros emotivos de cuando nada recubría el poso de las cosas ni era imaginable —¡qué gran estupidez cruel de la vida sería que pudiera imaginarse!— la pertinaz tristeza dueña del alma adulta. La infancia no es un paraíso. Esa cualidad puedes atribuírsela hoy, cuando meditas. En cambio, es para ti la patria de los mitos y de las sensaciones que te han acompañado por siempre. Todo estaba allí, solo que detenido. Metáfora —ahora que reflexionas— de lo inmóvil, de lo enorme paralizado, desde entonces no ha cabido más que veloz muda, metamorfosis de la luz en miedo y de la longitud en soledad. No, no añoras volver, pero persiste el deseo de reiniciarlo todo, de recurrir a lo previo, a lo posible, a lo inexperto. Porque así es. Las atmósferas que no te nombras, el desconocimiento que te hacía ingenuo, la ineptitud para medir el tiempo y la experiencia, su sombra, que te apartaba del «mal melancólico», fueron trozos que desde hoy explican hacia delante y hacia atrás tu vida, tal vez por no existir en ellos la muerte o verla como su huella, del lado de los vivos, igual que en ese cuento de Joyce que tanto te impresionó («Las hermanas», en Dublineses). También para ti, lo mismo que le sucedió a Leiris, el infinito fue una caja de cacao de Holanda, el alma un bizcocho atravesado por una aguja, y lo sobrenatural una chimenea. Miras los muebles, han regresado. Pero tú no, tú ya solo sabes de memoria otra cosa (en tu corazón igualmente, no lo olvides, porque te han salvado tantos versos...) que ha caído de tus labios al cerrar la puerta, tras el adiós a los desconocidos hombres del camión de mudanzas. Otra cosa que ya escribió Quevedo en su Salmo XIX: 

¡Cómo de entre mis manos te resbalas! 
¡Oh, cómo te deslizas, edad mía! 

LA MUJER DE YESO, Alejandra Basualto

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ALEJANDRA BASALTO, La mujer de yeso, Ediciones Documentas, Santiago de Chile, 1988, 80 páginas.

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ROSAS

Soñabas con rosas envueltas en papel de seda para tus aniversarios de boda,  pero él jamás te las dio. Ahora te las lleva todos los domingos al panteón.

LOS CÍRCULOS, Astrid Fugellie

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ASTRID FUGELLIE, Los círculos, La Trastienda, Santiago de Chile, 1988, 132 páginas.

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RAULINA YAGÁN YAGÁN

   Raulina Yagán Yagán, la última yámana de Tekenica y de Ukika, poblados de nutrias y sembraderos vecinos a la crueldad de las redes y el mar, murió un diez y siete de abril de mil novecientos ochenta y siete.
   Raulina Yagán Yagán no dejó más descendencia que algún tejido a telar, que la infeliz hubo de aprender para sobrevivir porque el mínimo empleo repelió su oficio de entrelazadora de canastos y canoas en miniatura.
   Y así, Raulina Yagán Yagán, la última yámana de Tekenica y de Ukika subió a los cielos donde Pedro, en nombre del Dios Padre Todo Poderoso la recibió:
   -¿Tu nombre?
   -Raulina Yagán Yagán, repuso la indígena con la cabeza gacha, y luego agregó, Annu lalayala...
   -¿Qué dices?, interrogó el Blanco Santo.
   -¡Los he dejado!, ¡Ya los he dejado!, ¿Dónde puedo encontrar a mi padre dios yámana?
   -¿Tu dios padre yámana?, ¿Te refieres al dios padre de los yaganes?, insistió algo desconcertado el bueno de Pedro.
   -¡Sí!, sí sí, se esperanzó Raulina Yagán Yagán.
   -Murió, Raulina, tu padre murió el diez y siete de abril de mil novecientos ochenta y siete, en la tarde. 

CORNELIA FRENTE AL ESPEJO, Silvina Ocampo

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SILVINA OCAMPO, Cornelia frente al espejo, Tusquets, Barcelona, 1988, 232 páginas.

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EL ZORZAL

   A mi rey del bosque cordobés le gustaba comer carne cruda, le gustaba imitar el ruido que hace un trapo cuando limpia los vidrios de las ventanas: ése era su canto y por eso dejé que se fuera y adopté un zorzal cordobés, recién nacido, que no aceptó la libertad, por más que se la brindara con la jaula abierta. No quiso dejarme: fue su tiranía. En vano le enseñaba a volar, lanzándolo al aire. En su vuelo más prolongado se posó un día en el techo de la casa. Volvió y corrió a mis pies, buscando su cautiverio. Así vivió, como un perro con alas, que me seguía hasta el fondo de la casa y que salía al jardín cuando yo salía. A mí todo esto me perturbaba. Lo llevé a San Isidro. Me ocupaba de él. Le hablaba. Abría la jaula. El zorzal salía, pero nunca se escapaba. Y qué hubiera hecho, yo pensaba, entre pájaros desconocidos y extranjeros. ¿Cómo viviría entre árboles?. Siempre me preocupaba las vidas de los animales como si fuesen de mi especie. Mi padre se enfermó gravemente en mi casa, y yo pensé que era por culpa del zorzal. Por una semana dejé de verlo y me fui a San Isidro. Cuando lo visité quiso clavarme el pico en la mano. Tanta furia me espantó. No podía reconciliarme con él. Tres días después volví. Había abierto los barrotes de la jaula y se había ido. Miré al cielo y pensé que no volvería a tener un zorzal porque no volvería a recuperar la amistad de ese único zorzal, que me torturaría con su canto todos los veranos. 

CUENTOS CON TANGOS, Pedro Orgambide

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PEDRO ORGAMBIDE, Cuentos con tangos, Ameghino, Buenos Aires, 1988, 196 páginas.

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AQUELLA VICTROLERA

   Siempre me gustaste, Rosa, siempre. Y ahora que somos viejos te lo puedo decir. Antes no: eras la mujer de Ignacio Braceras. ¡Mira que casualidad, venir a encontrarnos aquí, en el café donde vos trabajabas! ¡Cómo pasa el tiempo, che! Parece mentira, Rosa, que estés charlando conmigo. Yo era muy pibe cuando venía al café para verte. Eras la diosa del barrio, Rosa, la diosa del café. Allá en lo alto, en el palco de la victrolera, camapaneabas a los giles. No, el palco ya no está. Y ya nadie escucha tangos, Rosa. ¿Te acordás? Vos ponías los discos en la victrola y nosotros te mirábamos las piernas. Indiferente, mirabas la pared. Me acuerdo, Rosa; me acuerdo de tus medias corridas y me dan ganas de llorar. Yo cerraba los ojos y me hacía la ilusión de que eras vos la que cantaba y no Libertad Lamarque, Azucena Maizani o la Merello. Eras vos, la más linda de todas. Nunca te lo pude decir porque yo era un pibe y a vos te vigilaba tu hombre, ese cafiolo de barrio que te llevó al trocen. Tomaban el tranvía y se iban juntos a la pieza. Después pasó lo que pasó, Rosa, esa desgracia que salió en los diarios. Supe que Ignacio Braceras te faltó, que te dio la biaba y que vos lo tiraste bajo un tren. No llorés, Rosa, ya pasó, ya pasó. Estuviste mucho tiempo en la gayola, es cierto, y eso jode a cualquiera. Pero aquí estás,otra vez. Giraron muchos discos, muchas noches y yo siempre me acordé de vos. Si te parece, si no lo tomas a mal, si no tenés otro compromiso, me gustaría que vinieras a mi bulín para tomar unos mates y escuchar unos tangos. No, no es tarde. Nunca es tarde cuando la dicha es buena, dicen. Y ¿sabés una cosa, che? Me compré una victrola, como la de antes. La lustro todos los días. Está linda. Sólo faltas vos.

LAS FORMAS DEL FUEGO, José Antonio Ramos Sucre

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JOSÉ ANTONIO RAMOS SUCRE, Las formas del fuego, Siruela, Madrid, 1988, 550 páginas.

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Los tres únicos libros publicados por el autor venezolano, La torre de timón, El cielo de esmalte y Las formas del fuego, se recogen en este volumen, permitiendo así un completo acercamiento a su literatura. La Introducción de Salvador Garmendia con admiración subraya "una prosa que sólo existe como tal en el montaje gráfico, ya que su contenido poético reposa en la esencialidad del lenguaje, así como un ritmo, una cadencia de caracteres ceremoniales".

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EL REMORDIMIENTO

   El gentil hombre pinta a la acuarela una imagen de la mujer entrevista. La vio en el secreto de su parque, aderezada para salir a caza, en medio de una cuadrilla de monteros armados de venablos.
   El gentil hombre imprime la visión fugaz, marca la figura delgada y transparente.
   Los caballos salieron a galope, ajando la hierba de la pradera lustrada por la lluvia. El gentil hombre se incorporó a la cabalgata, de donde toma la escena para el arte de su afición.
   Recuerda las peripecias y los casos de la partida y, sobre todo, la muerte de su rival, precipitando dentro de un foso inédito en el curso de la carrera.
   El gentil hombre fue inhábil para salvar la vida del jinete y llega hasta considerarse culpable. Abandona el pincel y se cubre con las manos el rostro demudado por las sugestiones de una mente sombría.

CUENTOS LARGOS COMO UNA SONRISA , Gianni Rodari

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GIANNI RODARI, Cuentos largos como una sonrisa, La Galera, Barcelona, 1988, 185 páginas.

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HISTORIA DEL TÍO BARBA

   Esta es la historia de un hombre que tenía la barba larga. ¿Conocéis al tío Barba? Vosotros no y yo sí. Es viejo, más viejo que nadie, más viejo incluso que él mismo. Su barba se ha ido haciendo cada año más larga y nunca se la ha cortado.
   Se ha hecho tan larga que el tío Barba, cuando va de paseo, tropieza siempre con su barba y se cae. ¿Y qué creési que hace? Compra un maletín y mete denro la barba, la parte de la barba que no le deja caminar. Va de paseo con el maletín y parece un viajante de comercio que vende chocolate y caramelos. Sin embargo, dentro del maletín sólo está su barba.
   Es una barba tan larga que el tío barba cuando tiene sueño y se encuentra en campo abierto, donde no hay nada para protegerse del sol, hace una cabaña con su barba. ¿Cómo lo hace? Planta dos palos y sujeta arriba la punta de la barba. Se tumba a la sombra de su propia barba y duerme.
   Es una cabaña toda blanca. al verla de lejos parece una cabaña de nieve, como las de los esquimales. Sin embargo es la cabaña hecha con la barba del tío Barba.

EL ARTE DE SER FELIZ, Juan Guerra Cáceres

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JUAN GUERRA CÁCERES, El arte de ser feliz, EDAF, Madrid, 1988, 192 páginas.

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Según se indica en el Prólogo (pp. 11-12), este es un libro "para la reflexión. Su presentación en frases cortas, cargadas de espíritu positivo y altruista, facilita la asimilación del mensaje que contienen y su transformación en experiencia viva."

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La rosa no le pide al rosal que se deshaga de las espinas.
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El coche no sirve para orientar aviones en vuelo, pero es muy útil para dirigir su trayectoria en el aeropuerto.
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No se elimina la tristeza mirando a las sombras sino volviendo el rostro a la luz.
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Aprende a contemplarte en el espejo del cielo.
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Es tras haber llorado y reído mucho cuando uno comienza a situarse más allá del llanto y la risa.
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Sueña, sueña, mas sé un idealista práctico: convierte en realidad tus utopías.
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No te pidas imposibles. Ya es un milagro hacer adecuadamente lo posible.

GREGUERÍAS, Ramón Gómez de la Serna

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RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA, Greguerías, Cegal, Madrid, 1988, 116 páginas.

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Ricardo Senabre en Ramón y la greguería (pp. 7-10) desmonta,  atinadamente, la definición  insuficiente, acuñada por el propio autor: "humorismo + metáfora = greguería". Para superar un lenguaje anquilosado, Ramón acude a "la experimentación tenaz con las palabras, la búsqueda constante de nuevas relaciones y significados, la utilización del instrumento verbal como objeto".
Para esta edición no venal del año 1988, selecciona en bloques temáticos las greguerías.

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La muerte es la abrepuertas fatal. Tiene ganzúa para todas.
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El epitafio es la última tarjeta de visita que se hace el hombre.
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El más pequeño ferrocarril es la oruga.
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La lechuga es toda enaguas.
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El encanto de la mujer tirada en la arena es que parece la estatua a medio desenterrar.
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Sólo la mujer da cuerda a los corazones.
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LA B es el ama de cría del alfabeto.
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Hay un momento en que al bandoneón parece que se le cae una pila de libros que no ha podido abarcar con las dos manos.