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EROS Y AFRODITA EN LA MINIFICCIÓN

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DINA GRIJALVA (ed.), Eros y Afrodita en la minificción, Ficticia, Ciudad de México, 2016, 232 páginas.
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Dina Grijalva realiza esta selección de "artefactos textuales, de diverso voltaje, más o menos elusivos y etéreos, o candentes, algunos convocando a un sentido en particular y, otros, a la sensibilidad corporal, siempre persiguiendo un temblor, un estremecimiento, un estallido",

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HACERSE GRANDE

   Como había hecho de niño tantas veces, preparó el baño para su tía y se escondió para espiarla. Pero esta vez era diferente: él ya había cumplido los dieciocho años. No se ocultó afuera para mirar por la ventana. Se quedó adentro, tras la puerta del baño.
   Cuando la tía se desnudó y se sumergió en la espuma, él se abalanzó. Ella lo recibió con una sonrisa y le dijo al fin.

Leo Dolengiewich

MINIFICCIONES, Agustín Monsreal

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AGUSTÍN MONSREAL, Minificciones. Antología personal, Ficticia, Ciudad de México, 2018, 128 páginas.
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ÁNGEL DE LUZ

   “Mamá está en mi cuarto”, le dije a mi hermana. “Dice que quiere hablar contigo, que vayas.”
   Mi hermana me miró con lástima, aunque también con reproche.
   “No puede ser”, me contestó. “Mamá está muerta.”
   “Ya lo sé, pero ahí está. Ven a ver.”
   “Bueno, está bien. Vamos.”
   Y atravesamos la pared cogidos de la mano.

MINIFICCIONES, Raúl Brasca

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RAÚL BRASCA, Minificciones. Antología personal, Ficticia, Ciudad de México, 2017, 128 páginas.
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Tal como destaca Francisca Noguerol en el prólogo, Brasca "domina las brevedades como pocos, demostrando que el conocimiento de la tradición [...] ayuda a pergeñar cada uno de sus textos.»
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PERPLEJIDAD 
a Guillermo Martínez 

   La cierva pasta con sus crías. El león se arroja sobre la cierva, que logra huir. El cazador sorprende al león y a la cierva en su carrera y prepara el fusil. Piensa: si mato al león tendré un buen trofeo, pero si mato a la cierva tendré trofeo y podré comerme su exquisita pata a la cazadora. De golpe, algo ha sobrecogido a la cierva. Piensa: si el león no me alcanza, ¿volverá y se comerá a mis hijos? Precisamente el león está pensando: ¿para qué me canso con la madre cuando, sin ningún esfuerzo, podría comerme a las crías? Cierva, león y cazador se han detenido simultáneamente. Desconcertados, se miran. No saben que, por una coincidencia sumamente improbable, participan de un instante de perplejidad universal. Peces suspendidos a media agua, aves quietas como colgadas del cielo, todo ser animado que habita sobre la Tierra duda sin atinar a hacer un movimiento. Es el único, brevísimo hueco que se ha producido en la historia del mundo. Con el disparo del cazador se reanuda la vida.

EL SEÑOR MOZART Y UN TREN DE BREVEDADES, Marco Antonio Campos

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MARCO ANTONIO CAMPOS, El señor Mozart y un tren de brevedades, Ciudad de México, Ficticia, 2018, 264 páginas.
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LA CIUDAD DE LA POESÍA
a Raúl Renán

   ¿Por qué no construir una ciudad donde plazas y calles, jardines y edificios públicos, dejen de tener nombres de próceres sospechosos de heroísmo o de políticos con las manos llenas de sangre? Que los nombres de comercios y almacenes y cines y teatros y clubes se correspondan estéticamente con el edificio, para que quienes caminen no se defiendan en su interior ante lo desagradable o lo feo. Que aquellos que no respeten el llamado a la belleza sean expulsados a otra ciudad, lejos de la sabiduría del ciprés y de las informaciones de viaje que redactan los pájaros. Como en Florencia resuenan en muros versos de Dante, en Verona de Shakespeare y en Salzburgo de Trakl, que los muros de la ciudad sean páginas donde, perfectamente repartidos los versos, se lea una antología del tiempo.

NÚMEROS PARA CONTAR, Manuel Lino

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MANUEL LINO, Números para contar, Ficticia, Ciudad de México, 2007, 120 páginas.

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CONFUSIÓN

   Si digo que la burra es parda es porque la confundí con un gato. Y si tengo los pelos en la mano es porque me los quite de la lengua. No, no me comí al gato. Bueno, sí. Es que estaba muy oscuro.

RETABLO DE QUIMERAS, Luis Bernardo Pérez

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LUIS BERNARDO PÉREZ, Retablo de quimeras, Ficticia, Ciudad de México, 2002, 96 páginas.

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SIRENAS

   Como es bien sabido, hay en todos los puertos del mundo por lo menos una taberna en la que, a cambio de un vaso de vino o de algunas monedas, algún viejo marinero relata sus largas travesías y sus amores breves e intensos con las sirenas. ¿Habrá bajo el mar lugares donde las viejas sirenas narren sus antiguos amores con los marineros?

PULPO EN SU TINTA Y OTRAS FORMAS DE MORIR, Will Rodríguez

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WILL RODRÍGUEZ, Pulpo en su tinta y otras formas de morir, Ficticia, México D.F., 2006, 104 páginas.

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ASESINATO DE UNA CEBOLLA

   El cocinero partió en dos a la pobre cebolla, pero ésta no sintió pesar; murió satisfecha porque al ser descuartizada hizo llorar al asesino.

UN COLIBRÍ ES EL CORAZÓN DE UN DIOS QUE LEVITA, Marcial Fernández

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MARCIAL FERNÁNDEZ, Un colibrí es el corazón de un dios que levita, Ficticia, México D.F., 2014, 212 páginas.
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ENIGMA

   El  hombre  de  la  isla  desierta  se  convirtió  en  caníbal.
   De entonces data su misteriosa desaparición.
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Los castillos son las murallas silenciosas del pasado.
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El origen de las percusiones son los latidos del corazón.
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Fumar es un acto de ilusionismo en el que el cigarrillo desaparece.
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El sueño del fabricante de matrioskas es perpetuar el infinito.

LA EXPULSIÓN DEL PARAÍSO, Marco Aurelio Chavezmaya

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MARCO AURELIO CHAVEZMAYA, La expulsión del paraíso, Ficticia, México D.F., 2011, 120 páginas.

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AGOSTO

   En febrero las polvaredas nos obligaban a jugar dentro de la casa y en el tapanco. En los aguaceros de mayo la abuela nos obligaba a los nietos a caer de hinojos en la sala, frente a la Virgen de Guadalupe, y nos ponía a rezar para que no cayera la “cola”, que era un cielo negro, cargado de granizo y de truenos y de miedo. Eso sí, terminada la tormenta, corríamos a una barranca cercana a lanzar barquitos de papel.
   De manera que, comparado con los anteriores, agosto era sin duda el mejor periodo del año, no sólo porque eran las vacaciones de la escuela, sino porque la verde y luminosa milpa de la abuela, detrás de la casa, se convertía en la tierra del nunca jamás, la tierra prometida, el país de las maravillas, el mejor escondite para perderse de los padres, el sagrado suelo de los deseos y la ansiedad. 
    Y lo más bello de agosto y de las vacaciones era mi prima Verónica, un caramelo terso y jugoso, de trenzas limpias y unos vestidos ampones y almidonados. Tenía un año menos que yo, y lo más importante de esta circunstancia era que Verónica me obedecía cuando la jalaba de la mano rumbo a la milpa de la abuela. El maíz no había alcanzado su verde madurez, pero su altura era suficiente para ocultarnos tan pronto cruzábamos el umbral del primer surco.
   En la milpa siempre era domingo. Y los rayos del sol no alcanzaban a penetrar nuestro refugio, formado por plantas de maíz y guías de calabaza. En el centro del escondite yo había desyerbado y formado un redondel de tierra fresca y lisa donde Verónica se tendía con las piernas apretadas y las manos cubriéndole el frente del vestido. Mi prima jugaba a negarse y no quería enseñarme la panochita, y yo jugaba a reclamarle y le decía: “Ándale cómo eres, entonces para qué viniste”, pero ella, retozona, decía: “no y no hasta que atrapes un camaleón”, lo que a fin de cuentas me parecía un sacrificio razonable, pues a cambio de arriesgar la palma de la mano sobre las jurásicas espinas del pavoroso animal, recibía de ella la recompensa de subirle el vestidito ampón y luego bajarle sus calzones satinados y repletos de los consabidos olanes para descubrir allí, quieta e inocente, su rajita sonrosada y húmeda que casi me decía: “Ven y bésame los pétalos en flor”.
   Y yo, enternecido, febril, bajaba y la besaba. Un rato más tarde le pedía a Verónica que me tocara el miembro y lo besara. Ella se negaba al principio, jugaba a negarse, pero yo entonces jugaba a obligarla. Verónica simulaba bajar la cabeza a la fuerza. sus mejillas ardían al rozar mis muslos. La quemadura era mutua, correspondida. El camaleón, absorto, no atinaba a correr, y se quedaba quieto, con los ojillos cerrados, en el lindero del surco, bajo la penumbra de agosto.

EL MAGO NATURAL Y OTROS ABRACADABRAS, Rafael García Z.

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RAFAEL GARCÍA Z., El mago natural y otros abracadabras, Ficticia, México D.F., 2008, 96 páginas.

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EL SUEÑO DE UN ÁNGEL

   Miguel Ángel Buonarroti duerme plácidamente. No, no está descansando; está creando. Por eso, al despertar, toma sus herramientas, se para frente al bloque de mármol y comienza a eliminar los pedazos de realidad que le sobran a su sueño.

FULGORES BREVES DE LARGO INSOMNIO, Edilberto Aldán

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EDILBERTO ALDÁN, Fulgores breves de largo insomnio, Ficticia, México D.F., 2013, 82 páginas.

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ARTISTA

   Entonces dijo: Hagámoslo a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra y en todo animal que se arrastra sobre la tierra.
   No encontrando espejo alguno, modeló a ciegas.

MINIFICCIONES. ANTOLOGÍA PERSONAL, Ana María Shua

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ANA MARÍA SHUA, Minificciones. Antología personal, Ficticia, México D.F., 2016, 128 páginas.

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Esta antología, que se compone de textos escogidos por la propia autora de sus cinco libros de microficción publicados hasta el momento, fue reconocida con el primer Premio Iberoamericano de Minificción "Juan José Arreola".
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   Mi  papá  no  está  contento  conmigo.  Me  mira  más  triste  que  enojado  porque  sabe  que  le  oculto  un  secreto.  Estás  muerto, quisiera decirle. Pero tengo miedo de que no venga más. 

UN REFLEJO EN LA PENUMBRA, Fernando Sánchez Clelo

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FERNANDO SÁNCHEZ CLELO, Un reflejo en la penumbra, Ficticia, México D.F., 2016, 88 páginas.

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AUGURIO

   El Adivino Merkel agitó la cucharilla en la taza de café caliente y el vapor adquirió la forma difusa de un revólver. La lectura del porvenir en las espirales etéreas los había mantenido vivos, a él y a su esposa, hasta de la persecución de la mafia. Esta vez percibió que el detective Buck andaba cerca y que quería hacerle pagar por la muerte de la niña Adriane. Desistió del asalto a la gasolinera que para esa noche había planeado, a pesar del enojo de su mujer. ‘Sólo en ese sótano viejo estaremos a salvo’, pensó al salir del café de chinos. Nunca se enteró de la nueva espiral en forma de un cuchillo empuñado por la esposa.

LOS PIGMEOS VUELVEN A CASA, Agustín Monsreal

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AGUSTÍN MONSREAL, Los pigmeos vuelven a casa, Ficticia, México D.F., 2016, 320 páginas.

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DESTINO DE MADERA

   Cuando experimentó el peso de la vejez, Pinocho decidió arrojarse al mar en busca del vientre de la ballena como su sepulcro eterno. Pero no lo halló, y su cadáver fue a dar a una playa desierta donde se pudrió, se llenó de moho cual si fuese un pedazo de barril o de embarcación y acabó siendo guarida de algunos bichitos que pululan por la arena. 

CUCOS, Laura Elisa Vizcaíno

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LAURA ELISA VIZCAÍNO, CuCos, Ficticia, México D.F., 2015, 112 páginas.

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COBARDÍA

   A pesar de haber muerto hace siete años, mi abuelita apareció en una reunión familiar. La recibimos con gusto y, como un acuerdo implícito, nadie mencionó su condición de muerta, para no molestarla.
   La velada transcurrió cómodamente, pero, al despedirnos, ninguno de nosotros se ofreció a llevarla.  

RE / CUENTOS FAMILIARES, Godofredo Olivares

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GODOFREDO OLIVARES, Re / cuentos familiares, Ficticia, México D.F., 2011, 104 páginas.

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EVERARDO

   Un viejo diván en casa de mis padres aún conserva la silueta larga y profunda de mi abuelo paterno, Everardo. Es un diván tapizado en piel parda, que ahora permanece recluido en un rincón del estudio. En mi niñez, sin embargo, lucía lustroso y nuevo en la recámara de mis abuelos.
   El abuelo Everardo, aunque fue un hombre arisco, duro, obstinado al silencio, a no hablar de sus propósitos o sus penas, ni de sus gustos o sus alegrías, será siempre mi héroe. Luchó en la Revolución Mexicana, sufrió hambre, graves heridas y llegó a sobrevivir recurriendo a lo inconfesable.
   De niño, cuantas veces le pedía que me contara sus hazañas, lo hizo a pesar de su arisca mudez. Son imborrables aquellos momentos: mi abuelo recostado en ese diván parduzco, y yo sentado sobre una pequeña silla de palo y palma, escuchando su vozarrón rasposo y concentrándome en las arrugas que marcaban su rostro, que a ratos parecían hundírsele más o desaparecían cuando le ganaba la emoción.
   Me gustaba oírle cuando se quedo tres semanas atrapado con otro compañero en una mísera y polvorienta trinchera, bebiéndose su propios orines y devorando, al principio, la carne cruda de un perro roñoso y, luego, todo lo que se moviera. O que me narrara, una vez más, su mayor hazaña: el haber sido de los primeros en adentrarse la tarde de junio de 1914, bajo un torrente de metralla, en la sitiada ciudad de Zacatecas.
   Mi abuelo Everardo formó parte de las tropas del general Felipe Ángeles, al que admiró y quiso con mucho respeto, y durante esa batalla, cuando galopaba bajo un fuego granado, un cañonazo federalista le cayó cerca y tres esquirlas de metralla lo alcanzaron de lleno; una le recorrió el vientre de costado a costado, otra se alojó en el muslo izquierdo y la tercera le quedó a una pulgada del corazón. Un médico, en el hospital de campaña, logró sacarle las dos primeras, pero no hubo manera de extraer la tercera; tendría que vivir con ella hasta que algún día le traspasará el corazón.
   Mi abuelo imaginó tener contados los días con esa minúscula bomba de tiempo en el pecho, pero con el correr de los meses y los años se acostumbró a ella. Contra las recomendaciones médicas de no realizar esfuerzos, ni fatigarse, en realidad nada que pudiera acelerar su ritmo cardíaco, él hizo de todo.
   A veces, mientras me relataba sus terribles aventuras, yo veía, una a una, las pocas fotografías de mi abuelo Everardo que se hallaban sobre la cómoda y los burós de su recámara. Y observaba en ellas a un gigante bigotón, de sombrero y botas con espuelas, montado en un alazán oscuro y levantando una carabina 30-30. Luego volteaba hacia el diván y descubría a un hombre diferente: mayor, con gruesos lentes, de escasos cabellos blancos, pero aún con un rostro enérgico y colorado. Una cara muy roja que, cuando se enojaba, se volvía de un tono casi purpúreo.
   Mi gran héroe murió cerca de los 96 años, mientras dormía la siesta en su diván favorito. La abuela Sabina, que estaba a unos pasos de él, aseguró que de pronto se escuchó un estallido seco dentro del pecho de mi abuelo Everardo.

FIN DE FIESTA Y OTRAS CELEBRACIONES, Luis Bernardo Pérez

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LUIS BERNARDO PÉREZ, Fin de fiesta y otras celebraciones, Ficticia, México D.F., 2008, 108 páginas.

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CASTIGO

   El castigo impuesto a Prometeo por el vengativo Zeus todavía despierta nuestra compasión. Llenos de pena, imaginamos al hijo de Japeto y Climene encadenado a su solitaria roca con las entrañas expuestas a la voracidad de un águila. Sin embargo, nadie parece sentir lástima por la hastiada ave, la cual desearía poder cambiar de menú aunque sea una vez por semana.

CIRCO DE TRES PISTAS Y OTROS MUNDOS MÍNIMOS, Luis Felipe Hernández

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LUIS FELIPE HERNÁNDEZ, Circo de tres pistas y otros mundos mínimos, Ficticia, México D.F., 2002, 120 páginas.

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VICTORIA

   Disputadísima, sólo uno disfrutará jactancioso la última cerveza del estadio.

PUNTO DE FUGA, Elizabeth Flores

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ELIZABETH FLORES, Punto de fuga, Ficticia, México D.F., 2012, 94 páginas.

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EL ÁRBOL QUE FLORECE EN INVIERNO

   —Tengo que volver sobre los pasos de mis hijos muertos para poder morir en paz.
   La voz sorprendió a la enfermera, que dejó caer la bandeja. La gelatina se estrelló en el suelo con un ruido acuoso, inquietante y salpicó sus albos zapatos de piel de ternera.
   Se volvió para mirar al viejo de la cama nueve. Al verlo tan quieto, por un momento pensó que el comentario había sido una alucinación. Pero el viejo volvió a hablar.
   —Tengo que ir a Praga, señorita, ver con mis propios ojos a la prostituta de la calle Nadrazni.
   La piel del rostro de la enfermera se contrajo ligeramente alrededor de los ojos, pero sólo por un instante. Su seno subió y bajó casi imperceptible, y su mano se deslizó hacia su costado. Sin mirar al viejo, sacó del bolsillo derecho la hipodérmica de emergencia, hurgó entre las sábanas buscando el delgadísimo brazo y hundió la aguja lenta y mecánicamente en la maltrecha vena basílica.
   El viejo la miró con odio reptiliano por un segundo antes de quedarse dormido, pensando en el sonido de las palabras child, kiltham, kilpei, y su origen gótico: vientre. Útero. La "k" resonando como en una cueva. ¿Cómo podía decir que eran sus hijos, sus retoños, su nada, si le estaba negado llevar vida dentro de sí? ¿Cómo podía sentirlos suyos?
   El veneno que llevaba en sus gotas el propofol, solución 5%, parecía quedarse suspendido, mordiendo las ancianas venas. El viejo, sin embargo, luchaba por mantener la expresión concentrada y ausente que deben tener los moribundos. La mirada de la enfermera se posaba, ya en el cabello blanco y quebradizo, ya en la almohada que lo sostenía. Blanco. Blanco azulado. Gris. Negro.
   Los ojos cerrados del viejo no eran suficiente confirmación; la enfermera tomó el pulso. Lo arropó como se hace con los niños recién nacidos, casi vegetales, y apagó la lámpara de la mesita antes de comenzar a limpiar el suelo y sus zapatos. Su expresión se veía perturbada a ratos por un ligero cambio en la luz o en la posición de la máquina que, a cada cierto tiempo, confirmaba que el cliente del cuarto nueve seguía respirando. La voz entrecortada del monitor que respondía, a su manera, la pregunta más triste, la más necesaria, ¿sigues vivo? Hundido en la artificial ensoñación diurna, recorría calles cuyas luces se prendían al paso, sólo para apagarse inmediatamente después.

EL REHILETE, Armando Gutiérrez Méndez

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ARMANDO GUTIÉRREZ MÉNDEZ, El rehilite, Ficticia, México D.F., 2011, 120 páginas.

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LOS PÁJAROS ARTIFICIALES

   Los magos bizantinos colocaron junto a la estatua de Palas un hatajo de pájaros mecánicos que cantaban y batían las alas. Después de arrasar Constantinopla, los turcos destruyeron la estatua de Palas y liberaron a los pájaros artificiales. Tres siglos después, unos pájaros de cobre fueron vistos volando sobre el jardín del castillo del barón Gerard antes de entrar en una torre donde los aldeanos aseguraban oír el trinar de los pájaros en las noches de invierno. Durante la primera guerra mundial los soldados ingleses vieron su cielo surcado por palomas mensajeras blindadas que explotaban en el momento en que tocaban el suelo. En el zoológico informático de Bec habitan viscosas criaturas filiformes, organismos escurridizos, cefalópodos imposibles, y los boids, una especie de pájaros electrónicos que vuelan agrupados en triángulo y que son capaces de desquiciar los sistemas computacionales más protegidos; cada uno de ellos lleva un morrión, parecido al de Palas, sobre su cabeza.