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CUENTOS SALVAJES, Ednodio Quintero

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EDNODIO QUINTERO, Cuentos salvajes, Atalanta, Vilaür, 2019, 544 páginas.

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TATUAJE

   Cuando su prometido regresó del mar, se casaron. En su viaje a las islas orientales, el marido había aprendido con esmero el arte del tatuaje. La noche misma de la boda, y ante el asombro de su amada, puso en práctica sus habilidades: armado de agujas, tinta china y colorantes vegetales dibujó en el vientre de la mujer un hermoso, enigmático y afilado puñal.
   La felicidad de la pareja fue intensa, y como ocurre en esos casos: breve. En el cuerpo del hombre revivió alguna extraña enfermedad contraída en las islas pantanosas del este. Y una tarde, frente al mar, con la mirada perdida en la línea vaga del horizonte, el marino emprendió el ansiado viaje a la eternidad. En la soledad de su aposento, la mujer daba rienda suelta a su llanto, y a ratos, como si en ello encontrase algún consuelo, se acariciaba el vientre adornado por el precioso puñal.
   El dolor fue intenso, y también breve. El otro, hombre de tierra firme, comenzó a rondarla. Ella, al principio esquiva y recatada, fue cediendo terreno. Concertaron una cita. La noche convenida ella lo aguardó desnuda en la penumbra del cuarto. Y en el fragor del combate, el amante, recio e impetuoso, se le quedó muerto encima, atravesado por el puñal. 

BREVIARIO DE ESCOLIOS, Nicolás Gómez Dávila

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NICOLÁS GÓMEZ DÁVILA, Breviario de escolios, Atalanta, Vilaür, 2018, 296 páginas. 
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Madurar no consiste en renunciar a nuestros anhelos, sino en admitir que el mundo no está obligado a colmarlos.
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Toda civilización es un diálogo con la muerte.
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La única ejecutoria de nobleza, en nuestro tiempo, es la derrota.
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El individualismo degenera en beatificación del antojo.
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La imbecilidad muda de tema en cada época para que no la conozcamos.
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El hombre llama «neutro» lo que quiere imponer sin confesar sus motivos.
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La vida es taller de jerarquías.
Sólo la muerte es demócrata.
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Dudar del progreso es el único progreso.
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El que escucha atento el ruido de su tiempo no escribirá su música. 
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El tránsito de un libro a otro se hace a través de la vida.

ÉRASE UNA VEZ UNA MUJER QUE QUERÍA MATAR AL BEBÉ DE SU VECINA, Liudmila Petrushévskaia

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LIUDMILA PETRUSHÉVSKAIA, Érase una vez una mujer que quería matar al bebé de su vecina,
Atalanta, Vilaür, 2011, 256 páginas.

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UN SUCESO EN SOKÓLNIKI

   Una mujer vivía en Moscú al empezar la guerra. Su marido era aviador y, aunque ella no le querría demasiado, vivían bien. Cuando estalló la guerra, le destinaron a un aeródromo próximo a la capital,  y la mujer, Lida, solía ir a visitarle. En cierta ocasión se presentó en la base y le dijeron que la víspera había sido derribado el avión de su marido por allí cerca y que el funeral se celebraría el día siguiente.
   Lida asistió al funeral, en el que vio tres ataúdes cerrados, y después regresó a su residencia en Moscú, donde le esperaba una orden para incorporarse a una brigada encargada de cavar zanjas antitanques. No volvió hasta el otoño, y entonces se dio cuenta de que a veces la seguía un joven de apariencia extraña: flaco, pálido, demacrado. Se lo encontraba por la calle, en la tienda donde se abastecía de patatas, de camino a su puesto de trabajo. Una tarde sonó el timbre de su apartamento y Lida fue a abrir. Allí estaba aquel individuo. Dijo:
   —Lida, ¿cómo es posible que no me reconozcas? Soy yo, tu marido.
   Resultó que no le habían enterrado; habían dado sepultura en su lugar a un puñado de tierra. Una ráfaga de viento le había arrojado contra unos árboles, y él había decidido no reincorporarse al frente. Lida no quiso preguntarle cómo había vivido durante esos dos meses largos. Él le contó que había dejado todas sus cosas en el bosque y que había conseguido ropas de civil en una casa abandonada.
   Y así reanudaron su vida. A Lida le preocupaba mucho que los vecinos llegaran a enterarse, pero todo fue bien: casi todos habían sido evacuados de Moscú en aquellos meses. Un día, el marido le dijo a Lida que se acercaba el invierno y que deberían ir a enterrar el uniforme que había dejado abandonado entre unos matorrales, antes de que alguien lo encontrara.
   Lida le cogió una pala a la portera y se encaminaron hacia allí. Había que viajar en tranvía hasta el barrio de Sokólniki y después adentrarse en el bosque, siguiendo el curso de un arroyo. Nadie los detuvo, y al atardecer llegaron a un extenso claro, en uno de cuyos extremos había un gran cráter de un proyectil. Ya había oscurecido. El marido le dijo que estaba agotado, pero que era preciso tapar aquel cráter, porque recordaba haber arrojado allí su uniforme. Lida echó un vistazo y, efectivamente, vio en el fondo algo que podía ser el mono de un aviador. Empezó a cubrirlo de tierra y el marido no cesaba de apremiarla, porque ya había caído la noche. Estuvo tres horas echando tierra, hasta que se dio cuenta de que su marido había desaparecido. Lida se asustó, se puso a buscarlo, echó a correr y estuvo a punto de caerse al cráter. En ese instante vio que el mono se estaba removiendo en el fondo. Lida salió corriendo. El bosque ya estaba completamente a oscuras, pero Lida consiguió salir de allí al rayar el alba y se dirigió al tranvía. Al llegar a casa se acostó.
   En sueños se le apareció su marido y le dijo:
   —Gracias por haberme enterrado.

SENDAS DE OKU, Matsúo Basho

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MATSÚO BASHO, Sendas de Oku, Atalanta, Girona, 2014, 196 páginas.

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Publica Atalanta una nueva edición de Oku-No-Hosomichi. Añade a las presentadas en España por Barral Editores (1970) y Editorial Seix Barral (1981), el texto caligrafiado e ilustrado por Yosa Buson. Como en las ediciones mentadas, (responsabilidad de Octavio Paz y Eikichi Hayashiya), abren el volumen dos documentados ensayos del Nobel mexicano: La tradición del haikú (pp. 11-32) y La poesía de Matsúo Basho (pp. 38-55). A este último, pertenece esta cita: "El haikú de Basho nos abre las puertas de satori: el sentido y la falta de sentido, vida y muerte coexisten". 
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   Me hospedé en el suburbio de Daishoji, en un monas­terio llamado Zensho-ji. Este sitio pertenece todavía a la provincia de Kaga. Sora también se había hospedado en ese templo la noche anterior y había dejado este poema:

Viento de otoño:
lo oí toda la noche
en la montaña.

   Nos separaba la distancia de unas horas pero me pare­ció que entre nosotros había ya más de mil ri. Yo también, escuchando el viento otoñal, me acosté en el dormitorio destinado a los novicios. Al romper el alba se oyeron rezos, sonó la campana y me apresuré a entrar en el refec­torio. "¡Ahora a Echizen!", me dije con brío y salí a toda prisa del templo, mientras unos jóvenes bonzos me perse­guían con papel y pinceles hasta el pie de la escalera. En ese momento caían las hojas de los sauces en el jardín. Al po­nerme las sandalias, y aparentando más prisa de la que tenía, tracé estas líneas:

Antes de irme
¿barro el jardín hojoso,
sauces pelados?


ESCOLIOS A UN TEXTO IMPLÍCITO, Nicolás Gómez Dávila

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NICOLÁS GÓMEZ DÁVILA, Escolios a un texto implícito, Atalanta, Girona, 2009, 1408 páginas.

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No puede considerarse gratuita la etiqueta de "Nietzsche colombiano" que Franco Volpi le asigna a este autor al comienzo del prólogo: son más de 8000 aforismos que atestiguan las semejanzas, unos escolios que "se condensan y aglutinan en torno a los eternos problemas de la filosofía: Dios, el alma, el mundo. (…) Nicolás Gómez Dávila recoge estos temas en uan visión sombría y desilusionada, pero lúcida e iluminadora del desolado paisaje de la Modernidad y de sus dudas nihilistas."

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Negarse a admirar es la marca de la bestia.
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De los seres humanos que amamos su existencia nos basta.
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El pueblo no elige a quien lo cura, sino a quien lo droga.
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La imbecilidad de sus pasiones salva al hombre de la imbecilidad de sus sueños.
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Madurar es descubrir el otro lado de las cosas.
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La historia debe relatarse como tragedia, no como desacierto.
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El mito es el único modo de expresar verdades simples.
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El único que agradece a la vida lo que la vida le da, es el que no espera todo de la vida.
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Todos debemos resignarnos a no bastar primero y a sobrar después.
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Hay que desnudar la verdad, no desollarla.
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La vida escribe sus mejores textos en apéndices y márgenes.

CUADERNO DE LA NOCHE, Inka Martí

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INKA MARTÍ, Cuaderno de la noche, Atalanta, Girona, 2011, 159 páginas.
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Finales de abril

El desván y las rosas
       
   En este sueño tengo de mí misma una imagen indefinida, soy la niña que fui y la mujer que soy.
   Me encuentro sola en un desván; es una gran sala con suelo de madera vieja, con ventanales altos y alargados. Curiosamente está vacía y, además, muy limpia, algo que me llama la atenclon; se supone que es un lugar al que no accede nadie desde hace tiempo, así que debería de estar polvoriento y repleto de cachivaches. Oigo unos ruidos y aparece un hombre mayor, muy afable, que tiene aspecto de ser un hombre muy antiguo. Me explica que forma parte de un grupo de personas que viven ocultas en aquel lugar. Le pregunto a qué se dedican y me responde que cultivan rosas. Le replico que me parece muy raro cultivar rosas en un desván, sin tierra. Pero él insiste en que cultivan rosas preciosas y, como si fuera un mago, me muestra una que lleva escondida detrás de la espalda.

EL ARTE DE CONVERSAR, Óscar Wilde

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OSCAR WILDE, El arte de conversar, Atalanta, Girona, 2007, 238 páginas.
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Roberto Frías, responsable de la traducción y la edición, explica en Las declaraciones de Óscar Wilde (pp. 13-18) y en El marco y la ventana (pp. 73-74) los orígenes de los textos por él compilados: la procedencia oral de los relatos (registrados por personas diversas: W. B. Yeats, G. B.Shaw, André Gide...) y el "marco" (siempre referenciado) del que han sido entresacados sus aforismos. Completa el volúmen Una especie de autobiografía (pp. 217-230).

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EL ESPEJO DE NARCISO

Cuando Narciso murió, las flores del campo se vieron embargadas por el dolor y le suplicaron al río algunas gotas de agua para llorarlo.
—Si todas mis gotas de agua fueran lágrimas—respondió el río—, no me alcanzarían para llorar por Narciso. Yo le amaba.
—¿Cómo hubieras evitado amarlo? –preguntaron las flores—. Era tan hermoso.
—¿Era apuesto? –pregunto el río.
¿Quién podía saberlo mejor que tú?—preguntaron las flores—. Si cada día se recostaba en tu orilla y reflejaba su belleza en tus aguas.
—Pero yo le amaba –respondió el río— porque al inclinarse sobre mí podía ver el reflejo de mi propia belleza en sus ojos.

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Uno siempre puede ser amable con la gente que no le importa.
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Hoy día la gente conoce el precio de todo y el valor de nada.
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Todo arte es inmoral. La emoción por la emoción es la meta del arte. Y la emoción por la acción es la meta de la vida.
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La vida imita al arte mucho más que el arte imita a la vida.
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El arte es nuestra vigorosa protesta, nuestro heroico intento de enseñarle su sitio a la Naturaleza.
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Vivir es la cosa más rara del mundo. La mayoría de la gente sólo existe.
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El mundo es el escenario, pero la obra tiene un pésimo reparto.
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Amarse a uno mismo es el comienzo de un romance para toda la vida.