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TRECE VECES TRECE, Gonzalo Suárez

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GONZALO SUÁREZ, Trece veces trece, Papeles de Son Armadans, Palma de Mallorca, 1972,  174 páginas.
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TRES: DONDE SE DEMUESTRA QUE LA TIERRA ES ESFÉRICA

   El hombre no tenía nariz, ni ojos, ni boca.
   Y el rostro estaba cubierto de pelo.
   Me llamaron a mí, para que investigara.
   La encuesta no fue tan sencilla como posteriormente pudierais imaginar.
   Me proporcionaron el pasaje de avión, y volé hasta las antípodas. Y de allí volví al punto de partida.
   Por la otra cara del mundo.
   Era preciso actuar con cautela, puesto que en ello estribaba el éxito de la empresa.
   Sólo así pude averiguar lo que averigüé, y redacté un informe de setenta y siete páginas.
   Del cual se deducía que aquel hombre estaba de espaldas.

LAS CIUDADES INVISIBLES, Italo Calvino

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ITALO CALVINO, Las ciudades invisibles, Minotauro, Barcelona, 1974 (1983), 176 páginas.

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LAS CIUDADES Y LOS OJOS. 4

   Al llegar a Fillide, te complaces en observar cuán­tos puentes distintos uno del otro atraviesan los canales: convexos, cubiertos, sobre pilastras, sobre barcas, colgantes, de parapetos calados; cuántas va­riedades de ventanas se asoman a las calles: en ajimez, moriscas, lanceoladas, ojivales, coronadas por lunetas o por rosetones; cuántas especies de pavimentos cubren el suelo: cantos rodados, lastro­nes, grava, baldosas blancas y azules. En cada uno de sus puntos la ciudad ofrece sorpresas a la vista: una mata de alcaparras que asoma por los muros de la fortaleza, las estatuas de tres reinas sobre una ménsula, una cúpula en forma de cebolla con tres cebollitas enhebradas en la aguja. «Feliz el que tiene todos los días a Fillide delante de los ojos y no termina nunca de ver las cosas que contiene», exclamas, con la pesadumbre de tener que dejar la ciudad después de haberla sólo rozado con la mirada.
   Te ocurre a veces que te detienes en Fillide y pasas allí el resto de tus días. Pronto la ciudad se decolora a tus ojos, se borran los rosetones, las estatuas sobre las ménsulas, las cúpulas. Como to­dos los habitantes de Fillide, sigues líneas en zigzag de una calle a la otra, distingues zonas de sol y zonas de sombra, aquí una puerta, allá una esca­lera, un banco donde puedes apoyar el cesto, una cuneta donde el pie tropieza si no te fijas. Todo el resto de la ciudad es invisible. Fillide es un espacio donde se trazan recorridos entre puntos suspendi­dos en el vacío, el camino más corto para llegar a la tienda de aquel comerciante evitando la ventanilla de aquel acreedor. Tus pasos recorren lo que no se encuentra fuera de los ojos sino adentro, sepulto y borrado: si entre dos soportales uno sigue pare­ciéndote más alegre es porque por él pasaba hace treinta años una muchacha de anchas mangas bor­dadas, o bien sólo porque recibe la luz a cierta hora, como aquel soportal que ya no recuerdas dónde estaba.
   Millones de ojos se alzan hasta ventanas puentes alcaparras y es como si recorrieran una página en blanco. Muchas son las ciudades como Fillide que se sustraen a las miradas, salvo si las atrapas por sorpresa.

CRÍMENES EJEMPLARES, Max Aub

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MAX AUB, Crímenes ejemplares, Lumen, Barcelona, 1972, 77 páginas.

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La edición de Lumen cuenta con las ilustraciones de Ángel Jove.
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Íbamos como sardinas y aquel hombre era un cochino. Olía mal. Todo le olía mal, pero sobre todo los pies. Le aseguro a usted que no había manera de aguantarlo. Además el cuello de la camisa, negro, y el cogote mugriento. Y me miraba. Algo asqueroso. Me quise cambiar de sitio. Y, aunque usted no lo crea, ¡aquel individuo me siguió! Era un olor a demonios, me pareció ver correr bichos por su boca. Quizá lo empujé demasiado fuerte. Tampoco me van a echar la culpa de que las ruedas del camión le pasaran por encima.

EL GRAFÓGRAFO, Salvador Elizondo

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SALVADOR ELIZONDO, El grafógrafo, Joaquín Mortiz, México D.F., 1972, 112 páginas.

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AVISO
i. m. Julio Torri

   La isla prodigiosa surgió en el horizonte como una crátera colmada de lirios y de rosas. Hacia el mediodía comencé a escuchar las notas inquietantes de aquel canto mágico.
   Había desoído los prudentes consejos de la diosa y deseaba con toda mi alma descender allí. No sellé con panal los laberintos de mis orejas ni dejé que mis esforzados compañeros me amarraran al mástil.
   Hice virar hacia la isla y pronto pude distinguir sus voces con toda claridad. No decían nada; solamente cantaban. Sus cuerpos relucientes se nos mostraban como una presa magnífica.
   Entonces decidí saltar sobre la borda y nadar hasta la playa.
   Y yo, oh dioses, que he bajado a las cavernas de Hades y que he cruzado el campo de asfódelos dos veces, me vi deparado a este destino de un viaje lleno de peligros.
   Cuando desperté en brazos de aquellos seres que el deseo había hecho aparecer tantas veces de este lado de mis párpados durante las largas vigías del asedio, era presa del más agudo espanto. Lancé un grito afilado como una jabalina.
   Oh dioses, yo que iba dispuesto a naufragar en un jardín de delicias, cambié libertad y patria por el prestigio de la isla infame y legendaria.
   Sabedlo, navegantes: el canto de las sirenas es estúpido y monótono, su conversación aburrida e incesante; sus cuerpos están cubiertos de escamas, erizados de algas y sargazo. Su carne huele a pescado.

LAS CIUDADES INVISIBLES, Italo Calvino

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ITALO CALVINO, Las ciudades invisibles, Siruela, Madrid, 1994 (1972), 176 páginas.

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LAS CIUDADES Y LA MEMORIA. 2

   Al hombre que cabalga largamente por tierras agrestes le asalta el deseo de una ciudad. Finalmente llega a Isidora, ciudad donde los palacios tienen escaleras de caracol incrustadas de caracolas marinas, donde se fabrican con todas las reglas del arte catalejos y violines, donde cuando el forastero está indeciso entre dos mujeres siempre encuentra una tercera, donde las peleas de gallos degeneran en riñas sangrientas entre los que apuestan. En todas estas cosas pensaba el hombre cuando deseaba una ciudad. Isidora es, pues, la ciudad de sus sueños; con una diferencia. La ciudad soñada lo contenía joven; a Isidora llega a edad avanzada. En la plaza hay un murete desde donde los viejos miran pasar la juventud: el hombre está sentado en fila con ellos. Los deseos ya son recuerdos.

EL HACEDOR, Jorge Luis Borges

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JORGE LUIS BORGES, El hacedor, Alianza Editorial, Madrid, 1997 (1972), 134 páginas.

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El propio Borges en el epílogo (pp. 128-129) califica como la más personal de sus obras a esta "colecticia y desordenada silva de varia lección". Las referencias históricas, filosóficas, oníricas o literarias se entrecruzan en los diferentes relatos, ensayos y poemas, erigiendo así una miscelánea en forma de universo que el hacedor argentino dispone para disfrute del lector.

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DIÁLOGO SOBRE UN DIÁLOGO

A. —Distraídos en razonar la inmortalidad, habíamos dejado que anocheciera sin encender la lámpara. No nos veíamos las caras. Con una indiferencia y una dulzura más convincentes que el fervor, la voz de Macedonio Fernández repetía que el alma es inmortal. Me aseguraba que la muerte del cuerpo es del todo insignificante y que morirse tiene que ser el hecho más nulo que puede sucederle a un hombre. Yo jugaba con la navaja de Macedonio; la abría y la cerraba. Un acordeón vecino despachaba infinitamente la Cumparsita, esa pamplina consternada que les gusta a muchas personas, porque les mintieron que es vieja... Yo le propuse a Macedonio que nos suicidáramos, para discutir sin estorbo.

Z (burlón). —Pero sospecho que al final no se resolvieron.

A (ya en plena mística). —Francamente no recuerdo si esa noche nos suicidamos.

SENOS, Ramón Gómez de la Serna

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RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA, Senos, Editorial AHR, Barcelona, 1972 (1917), 352 páginas.
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Antes de los relatos de este libro "hecho al desgaire", un "Antecesorio" (pp. 5-20) y dos prólogos de Ramón (pp. 21-34). Intercaladas, las reproducciones de los cuadros de Leonor Fini. Las páginas 253-343 las ocupan "Variedades y observaciones", "Expiación epilogal", "Post Scriptum", "Epílogo" y "(Razonada respuesta a Ramón Gómez de la Serna por lo que dice y deja de decir sobre "Los senos"). Aquí se puede leer una acusación lapidaria: "El Eterno Femenino (que Goethe, Milosz y la ligereza de Laforgue han presentido) se escapa a vuestros sentidos de hombre destetado".
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LA TEMEROSA

Tenía los senos más bellos del mundo. Había ido a un tasador a que se los tasase y el tasador le había dicho que valían veinte millones. Las mujeres, que son las más entendidas se recreaban con sus senos, y la célebre baronesa —por algo era baronesa en vez de «feminesa»— los había querido para ella.
Ella con gran miedo de que se los robasen los guardaba en un cofre-fort y a veces los llegó a guardar en las cajas subterráneas del Banco.
Sólo en las grandes solemnidades, en las grandes fiestas del gran mundo, rescataba sus senos y se los ponía.
—Irá la de Rosalda —se decían en voz baja los invitados— y llevará sus dos senos, únicos en el mundo...
El salón que elegía para ir se llenaba de gente, desde muy temprano, pues se podía dar una fortuna sólo por verla subir las escalinatas, todos los invitados en la plataforma de museo del alto y ancho balcón del descansillo que daba a las escaleras de mármol.