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EL ABC DE BYOBU, Ida Vitale

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IDA VITALE, El abc de Byobu, Adamar, Madrid, 2005, 78 páginas.

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ESTACIONES

   Las estaciones están hartas de nosotros y resueltas a hacer valer sus caprichos. Traslapándose unas sobre otras, imponen la Libertad de su desorden. Bajo los leves velos del otoño, que va para invierno, comparece de pronto el caprichoso verano, con ráfagas absurdas de bochorno, más intolerable porque atropellan a todos los desprevenidos envueltos en lanas, ahora sin razón. Byobu se siente ridículo con su bufanda y su sombrero riguroso. Pero en el mismo momento lo asalta el fantasma del enfriamiento: cuando un incauto se deja vencer por el sofoco y se despoja de la ropa protectora y ofrece su carne y más abajo su pleura delicadísima, aquél se precipita, el cuchillo invisible enarbolado para la agresión. Byobu se hace el sordo sagaz ante el reclamo ignaro de su cuerpo y sigue adelante como si gozara de una isotermia de la que carece. Al menos ese día no será vulnerable, aunque lo agobie la calígine.
   A veces —él mismo se asombra— tiene razón. En su casa, se olvida gustoso del tiempo. Pero a la mañana siguiente, la mirada sometida que lanza desde la ventana sobre el mundo. se lo muestra gris, en su lógica gris, desde el cielo hasta el espíritu de quienes caminan doblados bajo un paraguas y arrebujados, otra vez, en uniformes lanas.

LISTOS PARA LEER, Enric Satúe

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ENRIC SATÚE, Listos para leer, Sociedad Estatal D.DI, Madrid, 2005, 266 páginas.

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«Listos para leer nos ofrece una visión transversal, plural y absolutamente actual sobre el diseño de los libros en España», señala Miguel Ángel Moratinos sobre este catálogo de la exposición comisariada por Enric Satúe.
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   Más allá de unos pocos con unas connotaciones sentimentales o afectivas, ningún objeto, ya sea un electrodoméstico, una prenda de vestir, un coche o cualquier otra posesión, y más allá de unos pocos con unas connotaciones sentimentales o afectivas, nos acompaña más de diez o a lo sumo quince años. Sin embargo, los libros que acumulamos en nuestra vida difícilmente son «reemplazados», y sólo necesidades de fuerza mayor como mudanzas o traslados nos obligan a regalar nuestros libros, casi nunca a tirarlos.
   El libro, en la mayoría de las personas o de los hogares, ocupa en número el primer puesto en la relación de objetos poseídos: normalmente uno o a lo sumo dos frigoríficos, un máximo de tres televisores, uno o dos coches, no suelen llegar a la decena ni las sillas, ni las camas ni las lámparas. En el apartado de los objetos ornamentales (figuritas, floreros y jarrones, cuadros...) puede alcanzarse la veintena. En un esfuerzo artificial por ampliar la muestra podríamos extenderla hasta las piezas de la cubertería, que rondarán, supongo, el centenar. Y sin embargo, cuando llegamos a los libros, en la mayoría de los hogares, quiero pensar, hay más libros que tenedores y cucharas, no nos será difícil encontrar algunos donde los libros se cuentan por cientos, e incluso en un buen número de ellos, esta cifra superará el millar.
   A diferencia de los tenedores y las cucharas, los libros no permanecen ocultos en un cajón, sino que son expuestos y forman parte del paisaje doméstico, conformando un mosaico aleatorio donde las estridencias son especialmente molestas, visualmente hablando (no es lo normal ordenarlos por colores, aunque conozco a uno que así lo hace, siendo su biblioteca un sorprendente elemento cromático-decorativo, aunque de funcionalidad comprometida).
   Además, el aspecto estrictamente funcional del libro, que no es otro que ser leído, ocupa una nimiedad en el tiempo, acaso unos días, un par de semanas o tres a lo más; el resto del tiempo, esto es, toda una vida, el libro será sólo y sobretodo parte del entorno visual inmediato del individuo.
   Todos estos argumentos no son sino para reivindicar la importancia del diseño y la calidad de edición en el libro. Por descontado, el contenido del libro es lo esencial, pero en cada caso es el que es, a partir de la decisión de editar un texto determinado las opciones correctas en diagramación, criterios tipográficos, ilustración, cubiertas, elección del papel, encuadernación, etc. harán que esa edición sea memorable y perdure en el tiempo, o como sucede tantas veces, envejezca mal.
   Con todo esto sobre la mesa, a quienquiera que se le cuente, cómo son las pautas que en los últimos años rigen el mercado, quiénes toman las decisiones en las estructuras editoriales, cuáles son los criterios a la hora de definir los aspectos formales, pensará que algo no está funcionando correctamente. Los antaño «responsables de edición» han sido sustituidos por «product managers» para quienes los resultados inmediatos, esto es, el máximo de ventas en el menor tiempo posible, están llenando las estanterías de los hogares de productos anodinos, perecederos, caducos, que sólo unos años después (en cuanto cambien las modas y las tendencias) reclamarán a gritos ser eliminados del paisaje visual doméstico que afean con su estridencia coyuntural. A la escasa atención que se le da hoy a las «tripas», en una especie de todo vale que afecta a la disposición de elementos, a la composición tipográfica por no hablar de la ausencia de corrección de estilo y la descuidada corrección ortotipográfica o la pobre calidad de las traducciones, parece unirse un culto al despropósito en lo referente al aspecto exterior: hoy se diseñan cubiertas y colecciones que siguen estrictos criterios de packaging y reclamo, y la atemporalidad ha dejado de ser la auténtica obsesión y reto para el diseñador que fuera antaño. Salvo meritorias excepciones el resultado no puede ser más desolador.
   El libro, más allá de las superadas discusiones de sobremesa acerca de su futuro frente a la alternativa de los bytes, está pasando a ocupar el triste puesto de los objetos de consumo, libros de usar y tirar, elementos prescindibles en los que la relación persona-objeto no va más allá de la meramente funcional, y ni siquiera ésta vive sus mejores momentos. Los valores de percepción, posesión, plasticidad y proyección individual carecen de sentido. A quienes creen que el PDF es la amenaza, habría que preguntarles si no será que hacemos libros que parecen cada día más eso: PDF’s encuadernados.
   Espero que no se interprete como un arrebato de nostalgia, pero no estaría de más que revisáramos las ediciones de la segunda mitad del siglo pasado, donde encontramos en ediciones modestas realizadas durante unos años que no fueron peores que estos para el mercado del libro, valores y audacias que hoy son excepción y que han quedado reservadas a unas pocas ediciones de lujo y lo que se ha dado en llamar «libro objeto».
   En contraposición a todo lo expuesto, afortunadamente vemos cómo se mantienen y surgen nuevas iniciativas editoriales de momento escasas, casi testimoniales, que parecen dispuestas a no conformarse con el tedio general y luchan por mantener y reivindicar esa «cultura del libro» que pasa por horas bajas. Y de la mano de éstas, un puñado de diseñadores está bregando en esa misma línea. Sería deseable que, a unos y otros, les prestáramos algo más de atención. Los libros son más que palabras, y los lectores un patrimonio irrenunciable que se merece el esfuerzo. Somos lo que leemos. Pocas cosas influyen en nuestro ánimo y en nuestro modo de percibir cualquier asunto como lo que estamos leyendo. Este mismo texto, posiblemente sería completamente distinto si no fuera porque la semana pasada estuve leyendo, diría que devorando porque es uno de esos libros que atrapan, las Confesiones de una editora poco mentirosa de Esther Tusquets, a quien sin conocerla ahora admiro aún más. Y en estos días, mientras escribo esto, ando con los primeros capítulos de El diseño emocional. Por qué nos gustan (o no) los objetos cotidianos de Donald Norman, otro ejemplar capaz de darle la vuelta como un calcetín a la percepción que tenemos de los objetos. 

Álvaro Sobrino 


ANIMALIA, Julio Cortázar

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JULIO CORTÁZAR, Animalia, Porrúa, Barcelona, 2005, 232 páginas.

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Alberto Manguel, en el prefacio (pp. 7-11) señala que «al rescatar de lo cotidiano lo marivilloso, Cortázar no se olvida de devolverlo después a lo cotidiano; es decir, no se olvida que el hombre transformado en axolotl sigue siendo el mismo hombre». Los textos reunidos por Aurora Bernárdez, recogen relatos de nueve libros de cuentos, entre los que están Bestiario, Final de juego, Historias de cronopios y famas.
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DISCURSO DEL OSO

   Soy el oso de los caños de la casa, subo por los caños en las horas de silencio, los tubos de agua caliente, de la calefacción, del aire fresco, voy por los tubos de departamento en departamento y soy el oso que va por los caños.
   Creo que me estiman porque mi pelo mantiene limpios los conductos, incesantemente corro por los tubos y nada me gusta más que pasar de piso en piso resbalando por los caños. A veces saco una pata por la canilla y la muchacha del tercero grita que se ha quemado, o gruño a la altura del horno del segundo y la cocinera Guillermina se queja de que el aire tira mal. De noche ando callado y es cuando más ligero ando, me asomo al techo por la chimenea para ver si la luna baila arriba, y me dejo resbalar como el viento hasta las calderas del sótano. Y en verano nado de noche en la cisterna picoteada de estrellas, me lavo la cara primero con una mano después con la otra después con las dos juntas, y eso me produce una grandísima alegría.
   Entonces resbalo por todos los caños de la casa, gruñendo contento, y los matrimonios se agitan en sus camas y deploran la instalación de las tuberías. Algunos encienden la luz y escriben un papelito para acordarse de protestar cundo vean al portero. Yo busco la canilla que siempre queda abierta en algún piso, por allí saco la nariz y miro la oscuridad de las habitaciones donde viven esos seres que no pueden andar por los caños, y les tengo algo de lástima al verlos tan torpes y grandes, al oír cómo roncan y sueñan en voz alta, y están tan solos. Cuando de mañana se lavan la cara, les acaricio las mejillas, les lamo la nariz y me voy, vagamente seguro de haber hecho bien.

EL PAÍS DE LAS PALABRAS, Daniel Morzinski

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DANIEL MORZINSKI, El país de las palabras, Roca Editorial, Barcelona, 2005, 180 páginas.

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Subtitulado Retratos y palabras de escritores de América Latina (1918-2005), dedica entradas desde Héctor Abad Faciolince a Carmen Yáñez. José Manuel Fajardo en El ojo que escribe (pp. 10-13) señala que el fotógrafo Daniel Morzinski «sabe mirar dentro de la mirada ajena». Los textos que acompañan a las fotos son de los autores fotografiados.
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ADOLFO BIOY CASARES

RAZONANDO UN AMOR

No creo que sea tan sólo por el pan y por el agua que yo quiero a Francia. 
Desde luego me gustan los petits pains, los longuets y las baguettes y no hay agua como la Badoit, si no es la de Evian; pero me cuesta creer que estos elementos esenciales basten para explicar el bienestar que Francia me depara.
Con el país, con su gente y con su literatura congenio. Al país lo he recorrido y puedo afirmar que en el norte, en el centro y en el sur me sentí a gusto; pero si debiera decir qué región prefiero, con la pena de renegar de las demás y de París, que me deslumbra y que amo, yo murmuraría: Pau y el resto del Bearn.

RELATOS DE BOLSILLO, Patricia Calvelo

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PATRICIA CALVELO, Relatos de bolsillo, EDIUNJu, San Salvador de Jujuy, 2015.

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NO TE DUERMAS

   Se ha despertado transpirada y temblando y por unos minutos le cuesta entender que está de este lado del sueño, que ha sido sólo una pesadilla. Algo abominable la perseguía por túneles oscuros y húmedos, tratando de engullirla con sus enormes fauces malolientes, hasta que pudo llegar a una puerta y, al cruzarla, despertó. Más calmada, se dispone a dormir nuevamente. Pero antes de apagar la luz, sólo para confirmar que ha sido un sueño, se mira el brazo donde la mordió y entonces ve la huella, nítida y profunda, de los enormes dientes de ese ser que la está esperando, del otro lado, hambriento.

HORAS EN UNA BIBLIOTECA, Virginia Woolf

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VIRGINIA WOOLF, Horas en una biblioteca, El Aleph, Barcelona, 2005, 286 páginas.

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JANE AUSTEN Y LOS CISNES

   De todos los escritores que han sido, Jane Austen, convendría tenerlo presente, es la que menos motivos de queja tiene con la crítica. Sus principales admiradores siempre han sido los que escriben novelas además de ser críticos, y desde los tiempos de Walter Scott hasta los tiempos de George Moore ha recibido toda clase de elogios, siempre con una distinción poco corriente.
   Convendría tenerlo presente. Deberíamos haberlo supuesto. Sin embargo, el libro de la señorita Austen-Leigh nos demuestra que habríamos pecado de optimistas y habríamos sido confiados en exceso. Nunca habíamos tenido ante nosotros prueba incontestable de la incorregible estupidez de los críticos. Desde que Jane Austen se hizo famosa, los críticos no han hecho sino mascullar inanidades a coro. No le gustaban los perros, no tenía ningún aprecio por los niños; Inglaterra le daba lo mismo; era indiferente a cualquier asunto público; no tenía erudición, no había leído apenas; no era una mujer de religión; era alternativamente fría y áspera; no conocía a nadie fuera de su círculo familiar; extraía su pesimismo sobre la vida familiar por haber observado a fondo las diferencias existentes entre su padre y su madre. La señorita Austen-Leigh, cuya piedad es natural y comprensible, aun cuando sus desvelos a la fuerza han de parecernos excesivos, se halla persuadida de que existe algún «malentendido» en torno a Jane Austen, y se ha propuesto deshacer el entuerto tomando uno por uno a todos esos cisnes de engañoso plumaje para retorcerles el pescuezo. Alguien, debidamente resguardado en el anonimato y preciso es suponer que bastante fantasioso, ha manifestado su opinión de que Jane Austen no reunía las condiciones necesarias para escribir acerca de la nobleza rural inglesa. Lo cierto, dice la señorita Austen-Leigh, es que por parte de padre descendía de los Austen, que surgieron, «como tantas otras familias de rancio abolengo, del poderoso clan de los sastres»; por parte de su madre descendía de Leigh de Addlestrop, quienes recibieron en su casa solariega al rey Carlos. Por si fuera poco, ella misma asistía a los bailes de buen tono. Se movía a sus anchas en la buena sociedad. «Jane Austen estaba en todos los sentidos muy bien preparada para escribir sobre la vida y los sentimientos de la nobleza rural inglesa». Con esa conclusión estamos plenamente de acuerdo. Con todo, el hecho de que una esté bien preparada para escribir acerca de una determinada clase social, podría aducirse como prueba concluyente para demostrar que no está bien preparada para escribir acerca de otra. Tan profunda observación hay que acreditársela a otro cisne, o ganso, no menos anónimo que el primero. No: con toda sinceridad, la señorita Austen-Leigh también consigue acallarlo. Jane Austen, nos asegura, ha dispuesto de oportunidades de conocer la vida en toda su amplitud mucho mayores de lo que suele ser habitual en el caso de cualquier hija de clérigo. Un tío político suyo residió en la India y fue amigo de Warren Hastings. Sin duda tuvo que escribirles para hablarles tanto del juicio como del clima. Un primo carnal se casó con una noble francesa que fue guillotinada. Sin duda tuvo algo que decir sobre París y la Revolución. Uno de sus hermanos realizó el Grand Tour, y dos estuvieron en la Marina. Es, por lo tanto, innegable que Jane Austen pudo «complacerse en sus románticos caprichos poniendo la India o Francia por telón de fondo», pero no es menos innegable que Jane Austen jamás hizo tal cosa. En cambio, es difícil negar que, de haber sido no solo Jane Austen, sino también Lord Byron y el Capitán Marryat, sus obras habrían poseído méritos que, tal como son las cosas, en verdad no podemos decir que se encuentren en ellas.
   Dejando a un lado estas exaltadas regiones de la crítica literaria, los reseñistas vituperan ahora su carácter. Era fría, dicen, y «daba la espalda a todo lo que fuera triste, desagradable o doloroso». De esto es sencillo dar cuenta. Los archivos familiares contienen sobradas pruebas de que cuidó a una prima cuando tuvo el sarampión, y «cuidó a su hermano Henry, en Londres, de una enfermedad que por poco le cuesta la vida». Según las mismas fuentes, es igual de fácil dar cuenta y descartar de plano la malévola afirmación de que era la hija analfabeta de un padre analfabeto. Cuando el reverendo George Austen dejó su casa en Steventon, vendió quinientos libros. El número que sin duda conservó es más que suficiente para demostrar que Jane Austen era una mujer leída. En cuanto a la calumnia de que su vida familiar fue un cúmulo de desdichas, bastará con citar las palabras de un primo que tenía por costumbre pasar temporadas en casa de los Austen. «Cuando me hallo en esta sociedad liberal, siempre me vienen a la memoria la sencillez, la hospitalidad y el buen gusto que por lo común prevalecen en distintas familias residentes en los deliciosos valles de Suiza». El crítico maligno y machacón de turno aún insiste en que Jane Austen era una mujer carente de moralidad. Desde luego, es una acusación difícil de rebatir. No bastará con citar su propia declaración: «Me gustan muchísimo los sermones de Sherlock». El testimonio del arzobispo Whately no nos convence. Tampoco podemos suscribir personalmente la opinión de la señorita Austen-Leigh, según la cual en todas sus obras «salta a la vista una línea de pensamiento, un motivo de elegancia, una cualidad positiva, una necesidad. Se llama Arrepentimiento». La verdad se nos antoja bastantísimo más complicada.
   Si la señorita Austen-Leigh no arroja demasiada luz sobre ese problema, hace en cambio algo por lo que es preciso estarle agradecidos. Da a la imprenta algunas notas que tomó Jane a los doce o trece años de edad en los márgenes de la Historia de Inglaterra de Goldsmith. Son ligeras y son infantiles, no sirven de gran cosa, diríamos, para refutar a los críticos que sostienen que carecía de emociones, de sentimientos, de pasiones. «Mi querido señor G., llevo en este mundo tiempo suficiente para saber que siempre ha sido así». Enmienda la plana al autor con verdadera gracia. «¡Oh, oh! ¡Malvados!», exclama en contra de los puritanos. «Querido Balmerino, no sabría expresar cuánto lo siento por ti», anota cuando llega la ejecución de Balmerino. En esas notas no hay nada más que eso. Oír a Jane Austen decir cosas sin sustancia con su voz natural, cuando los críticos han debatido largo y tendido si era una dama, si decía la verdad, si sabía leer, si tenía alguna experiencia personal en la caza del zorro, es sumamente descorazonador. Recordamos que Jane Austen escribió novelas. Tal vez a sus críticos les sentara bien dedicar un rato a leerlas.

EL LIBRO DE LOS SUEÑOS, Esther Tusquets

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ESTHER TUSQUETS, El libro de los sueños, RqueR Editorial, Barcelona, 2005, 160 páginas.

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Esther Tusquets edita este libro en el que reúne múltiples sueños: desde Josefina Aldecoa, a Pedro Zarraluki, pasando por Miguel Delibes, Cristina  Fernández Cubas, Pablo D'Ors o Eloy Tizón. En Por qué un libro de sueños (pp. 9-12) recuerda que «los sueños predicen lo que va a ocurrir, muestran lo que ocurrió o está ocurriendo en otro lugar, advierten de los peligros, y transmiten órdenes y consejos de los dioses o de los hombres».
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UN SUEÑO CON COSACOS Y UNA PESADILLA


   El sueño de los cosacos es un sueño maravilloso que yo dirijo, porque yo dirijo mis sueños. Hay gente que se los inventa, pero yo los dirijo. Empiezo despierta a pensar en cuando me duermo lo sigo en sueños.
   Es un sueño fabuloso y me proporciona mucha felicidad. Los cosacos van todos a caballo, y con ellos va el pequeño cosaco, que soy yo, y al frente de todos va el jefe, el viejo, que lleva un gran sombrero de pieles, y vamos hasta una gran pradera, y entonces los cosacos encienden una gran hoguera, y quitamos las sillas a los caballos, las ponemos en el suelo, las dejamos allí, y los cosacos se ponen a cantar. Y aquí es donde yo me empiezo a dormir de verdad, y a entrar en el sueño con los cosacos, cantando... Es una verdadera maravilla. Una acampada de cosacos, que comen y cantan y bailan horas y horas.
   No pasa nada más. Los sueños generalmente no tienen argumento; tienen situaciones.
   Recuerdo otro sueño, un sueño que tuve, y que se repitió una segunda vez, aunque con variantes, con matices distintos. Por una extraña razón, yo estaba condenada a muerte —o sea, que yo sé lo que es estar condenado a muerte—, estaba condenada a muerte y estaba desesperada, y lo más absurdo es que estaba condenada a muerte porque me había puesto una falda. Y yo gritaba: «¡Por favor, sacadme de aquí!». Y Julio me decía: «Bueno, qué le vamos a hacer, las cosas son así». Y yo: «Pero que me van a matar mañana, ¡que es mañana cuando me van a matar!». Y Julio: «Sí, ya, pero qué quieres...» Y mi hijo Juan Pablo igual. Se reía.Y yo les agarraba desesperada. Se marchaban, y a mí me iban a matar mañana.Y, en efecto, venían con bata blanca, me aferraban por las manos y se me llevaban. Pasábamos por un sitio rarísimo, con canalillos en el suelo, como si fuera un matadero, canalillos para que corriera el agua o la sangre. Y yo me resistía, y me resistía, y me resistía. Y Julio me decía, al otro lado de la puerta: «No te preocupes, porque cuando mueras estarás ya en el otro mundo y no te enterarás de nada». Y yo desesperada, horrorizada, gritando, gritando: «¡ Socorro, Julio!». Tuve dos veces este sueño... Y no era un sueño dirigido por mí, claro.

OBRA ESENCIAL, José Bergamín

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JOSÉ BERGAMÍN, Obra esencial, Turner, Madrid, 2005, 460 páginas.

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Nigel Dennis selecciona una antología de este «intelectual vencido, desterrado y ninguneado». Además de a sus ensayos, poemas o dramas, conviene prestar interés a sus aforismos.
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Una sola cosa importa para que puedan importar todas.
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Se puede vacilar antes de decidir, pero no una vez decidido.
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La belleza es la fermentación ideal de los elementos que la componen.
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La sensualidad sin amor es pecado; el amor sin sensualidad es peor que pecado.
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Existir es pensar; y pensar es comprometerse.
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El arte verdadero procura no llamar la atención, para que se fijen en él.
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Limitarse no es renunciar, es conseguir.
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Sé apasionado hasta la inteligencia.


HORAS EN UNA BIBLIOTECA, Virginia Woolf

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VIRGINIA WOOLF, Horas en una biblioteca, Seix Barral, Barcelona, 2005, 368 páginas.

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El traductor y editor Manuel Martínez-Lage recuerda que Woolf sólo editó en vida dos libros de ensayos. Esta recopilación completa esa tarea.
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SHELLEY Y ELIZABETH HITCHENER

   Los amantes de la literatura una vez más han de dar las gracias al señor Dobell por el cumplimiento de uno de esos servicios humildes y llenos de paciencia que solo con auténtica devoción puede alguien tomarse la infinita molestia de llevar a buen fin. Las cartas de Shelley a Miss Hitchener ya estaban impresas, desde luego, pero en una edición privada. Ahora las encontramos publicadas con una hechura deliciosa y enriquecidas con una introducción y abundantes notas del propio Dobell, con todo lo cual otro capítulo más en la vida de Shelley resulta más sencillo de conocer y con más enjundia que paladear. Tampoco cabe objetar que la piedad en este ejemplo sea excesiva, pues si bien las cartas son notables sobre todo porque ilustran la naturaleza de un muchacho que, cinco o seis años después de serlo, iba a escribir una poesía requintada, el carácter de Shelley siempre es asombroso. Y a pesar de la verbosidad y de las perogrulladas de su estilo en 1811, es imposible leer esta colección de cartas sin que al punto se tenga una exquisita percepción de escenas difusas, pero revividas de nuevo, y de personajes más o menos tediosos que vuelven a conversar, y de todas las casas de campo y las muy respetables vicarías de Sussex, que vuelven a cobrar vida y a llenarse de damas y caballeros que exclaman «¡Cómo, si un Shelley es ateo!», y que añaden su peso a la intensa comedia, a la intensa tragedia de su vida.
   Elizabeth Hitchener era una maestra de escuela de Hurstpierpoint. Shelley la conoció en 1811, cuando tenía diecinueve años y ella veintiocho. Era hija de un hombre que regentaba una taberna y que era o había sido contrabandista. Toda su educación se la debía a una tal Mrs. Adams, a la que, en el lenguaje de las cartas, llama «la madre de mi alma». Miss Hitchener era delgada, alta, morena, una mujer austera e intelectual, imbuida por el deseo de que las cosas fuesen mejores que las que la sociedad de una provincia pudo proporcionarle, si bien no era, como Shelley se interesó en asegurarle, ni una deísta ni una republicana. Pero probablemente sí era la primera mujer inteligente a la que conoció el poeta; era una mujer oprimida, solitaria, incomprendida y necesitada de alguien con quien pudiera hablar de las placenteras agitaciones de su alma. Shelley entró en la correspondencia con verdadero entusiasmo; ella, no cabe duda, aunque un tanto perpleja y desmañada en su huida, se sintió conmovida y ansiosa por resultar tan apasionada, tan filantrópica y casi tan revolucionaria como él. La primera carta de Shelley es buen indicio de la naturaleza de la amistad; le habla de ciertos libros que, como era natural en los jóvenes ardientes de su calibre, le había prestado: La maldición de Kehama, de Locke, y Sobre la educación nacional, de Ensor. Pasa a atacar su fe cristiana, exclama que «La verdad es mi único Dios» y termina por decir «Pero vea lo que dice Ensor sobre la poesía». Sería delicioso que tuviéramos además las respuestas de Miss Hitchener, ya que algunas alusiones en las réplicas de Shelley muestran de qué modo, en algunas ocasiones, trató ella de poner coto a sus especulaciones. «Toda la naturaleza, salvo la de los caballos —escribió ella—, es armónica, y nace en la desdicha quien ha nacido siendo caballo.» Una «Oda a los derechos de las mujeres» comenzaba diciendo:
   
   ¡Todos, todos somos hombres, las mujeres y todos!
   
   Pero parece que está bastante claro, sin las réplicas de ella, que Shelley no estaba particularmente preocupado por el estado de ánimo que ella tuviera. Dio por sentado con toda tranquilidad que era de un temperameto más exaltado que él, de modo que no iba a ser necesario investigar los detalles, pues podría destinarle a ella, como si se tratara de una deidad impersonal, todos los descubrimientos sorprendentes, todas las ardientes conlvicciones que se le ocurriesen con extraordinaria, asombrosa rapidez, cuando por vez primera el mundo formulase una pregunta concreta y la literatura aportara un gran variedad de respuestas. La pobre maestra de escuela cabe deducir, se alarmó un tanto cuando descubrió con qué corresponsal se había vinculado, a qué especulaciones iba a llevarla, qué opiniones tendría que respaldar con todo y con eso, en todo ello no pudo dejar de percibir un extraño, si no risible alborozo, que le servía de acicate. Por si fuera poco, la relación pronto quedó justificada a raíz del matrimonio de Shelley con Harriet Westbrook. quien dio su visto bueno a la correspondencia. Iba a tratarse de un compañerismo espiritual, de ningún modo inspirado en el amor carnal de ese «bulto de materia organizada que hace de relicario de tu alma». Para colmo, preciso es tener en cuenta el cebo insidioso que tendió Shelley, con su curiosa falta de humanidad, en la carta en la que le explicó el porqué de su boda con Harriet. Rogaba a su «hermana del alma» que le ayudase a educar a su esposa. «Cúlpame [por el matrimonio] si así lo deseas, mi queridísima amiga, pues todavía sigues siéndome mucho más querida; apiádate si quieres de este error, caso de que de él hayas de culparme.» Miss Hitchener, es evidente, era sumamente susceptible a todo elogio de su intelecto, que sutilmente entrañaba un vínculo más estrecho. Sus cartas se fueron tornando más voluminosas, además de mostrar, según declaración de Shelley, «el embrión de un poderoso intelecto». Ahora bien, la profetisa no dejó de tener muy en cuenta la tierra que pisaba, y lo hizo con un ojo astuto, sensato y, debe añadirse, honorable. Era muy consciente de que Harriet podría ponerse celosa, y tampoco quiso pasar por alto las maliciosas chácharas de Cuckfield y atender solamente, como le pidiera Shelley, a la majestuosa aprobación de su propia conciencia. La tragedia, de un tipo tan sórdido como sustancioso, a la fuerza tenía que producirse tarde o temprano, para disolver esta incongruente alianza entre el poeta tempestuoso, cuyas alas eran más fuertes a cada día que pasaba, y la mujer meticulosa pero estrechamente maniatada. La ilusión se sostuvo solo mientras Shelley estuvo en Gales o en Cumbria o en Irlanda, mientras la dama permaneciera en Hurstpierpoint ganándose la vida con sus clases, lo cual ya era noble de por sí, enseñando a los niños chicos, lo cual era más noble si cabe, no en vano enseñar es «propagar el intelecto... domeñar todo error, esclarecer toda mentalidad, y así es mucho lo que se aporta al progreso de la perfectibilidad humana». Así quedó terriblemente destruida la primera de las ilusiones del poeta; se descubrió la traición de Hogg, y el pobre Shelley, más necesitado que nunca de comprensión, recurrió por completo «a quien es prácticamente mi única amiga», como la llama en la que le refiere el duro golpe sufrido.
   Su deseo, reiterado con un énfasis machacón, era que Elizabeth se sumara sin más dilación a su errante grupo doméstico. Harriet, en algunas de las cartas más interesantes del volumen, añadió su encarecida petición a la de su esposo, en un tono que trata, no sin cierto patetismo de imitar su entusiasmo y su generosidad, pero que fácilmente recae, como era de esperar, en mero sentido común más bien quejumbroso tan pronto él deja de oírla. Miss Hitchener rechazó el ofrecimiento durante mucho tiempo, amparándose en variadas razones. Tendría que abandonar la escuela, que era su único medio de subsistencia; pasaría a depender por entero de Shelley; tendría que desafiar a su padre y, además, la gente hablaría mucho y mal. Pero todos estos argumentos, añadidos a la apasionada y nutrida retórica, iban a ser inadmisibles. «El odio del mundo —declara Shelley— es para ti despreciable. Ven, ven y comparte con nosotros el más noble de 1os éxitos, o bien el más glorioso de los martirios. Reafirma tu libertad... Tu pluma... debiera trazar los caracteres que traza para que la nación entera pueda examinarlos.» Fuera cual fuese la razón, ella terminó por ceder, y en julio de 1812 emprendió una desastrosa expedición al condado de Devon. Durante un tiempo todos actuaron a la altura de sus encumbradas misiones. Portia (pues «Elizabeth» ya era un nombre consagrado a la hermana de Harriet) hablaba con Shelley de «pasiones innatas, de Dios, del cristianismo, etc.»; salía a pasear con él, y condescendió hasta el extremo de cambiarse el nombre de Portia, que a Harrier no le gustaba —«pensé que habría resultado más corriente y más plácido de oír»—, por Bessy. El profesor Dowden nos ofrece un singular retrato de época. Shelley y la mujer alta y morena, que no pocos toman por una sirvienta, caminan juntos por la orilla del mar, y lanzan botellas y arquetas llenas de panfletos revolucionarios con la esperanza de que lleguen a una orilla acogedora, pronunciando extáticas profecías en ese ritual. De puertas adentro, ella escribía al dictado de él y leía lo que él indicaba. Pero el declive de esta artificiosa virtud era ineludible; las mujeres fueron las primeras en descubrir que todos los demás eran unos impostores; el propio Shelley no tardó en virar en redondo, presa de una pasión infantil. La hermana espiritual, la profetisa, pasó a ser simplemente «el demonio moreno», «una mujer de planteamientos desesperados y de pasiones horribles», de la que era preciso deshacerse a toda costa, incluso si costara una pensión anual de un centenar de libras. No se sabe si alguna vez llegó a recibir el estipendio; hay una tradición muy verosímil en el sentido de que recobró la cordura tras su asombrosa caída en desgracia, y de que llevó una vida respetable y laboriosa en Edmonton, endulzada por la lectura de los poetas y el recuerdo de sus románticas indiscreciones con el más poeta de todos ellos.

AUTORRETRATO, Emilio Gavilanes

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EMILIO GAVILANES, Autorretrato, Punto de Vista, Madrid, 2005.
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SOBRE EL ABISMO DEL MAR

   Siendo ya un anciano, Turgueniev recordó que de joven hizo una vez la travesía de Hamburgo a Inglaterra en un mercante en el que era el único pasajero, si exceptuamos una hembra de mono que un comerciante hamburgués le enviaba a su corresponsal en Londres. La mona iba encadenada y se pasaba el tiempo forcejeando con la cadena y gimiendo. Cuando el joven Turgueniev pasaba delante de ella, la pobre extendía hacia él su manita. Turgueniev se la tomaba y el animal dejaba de quejarse y se tranquilizaba. El mar y el viento se mantuvieron en calma durante todo el viaje y solo avanzaron porque el barco tenía un motor de vapor. A veces veían alguna foca que asomaba a la superficie y se volvía a zambullir sin conseguir remover el agua. El capitán, que constantemente escupía sobre el mar inmóvil, frustraba con monosílabos los intentos de entablar conversación del joven Turgueniev, que siempre acababa buscando la compañía de la monita. Esta le alargaba la mano y abandonaba su agitación. Se apoyaba en él y así permanecían horas, contemplando el mar. A veces Turgueniev sentía que él era la madre para aquella hembra.

EL ESPEJO DE LA DIOSA, Francisco Giménez Gracia

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FRANCISCO GIMÉNEZ GRACIA, El espejo de la diosa, Biblioteca Nueva, Madrid, 2005, 64 páginas.
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Todo empieza por una putada (el nacimiento) y termina en otra mayor (la muerte). Entre medias aún hay gentuza que pretende que nos pongamos a dieta.
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Cualquier persona sensata termina por darse cuenta de lo poquísimo que le une al resto de sus semejantes.
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Que los Evangelios son obra de unos individuos de lo más siniestros es algo que se desvela desde el mismo título. En efecto, el que se califique de “buena nueva” el anuncio de que el fin de los tiempos está próximo; que muchos serán los llamados, pero muy pocos los elegidos, y que para esos muchos será el fuego eterno, el llanto y el crujir de dientes, que se tenga todo esto por una grata noticia, digo, es algo que sobrepasa todos los límites del resentimiento.
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Me gustaría saber de qué podrida región del cerebro puede nacer la vocación de predicar.
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El bajo índice de suicidios demuestra que el hombre padece un síndrome de Estocolmo con la vida.
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¿Cómo no desconfiar de todos esos que gustan de hablar en nombre de los demás?
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Las caricias que te han negado, ¿te han endurecido o son la raíz de tu fragilidad?
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Cualquier persona sensata termina por darse cuenta de lo poquísimo que le une al resto de sus semejantes.

LECCIÓN DE MAGIA, Pelayo Fueyo

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PELAYO FUEYO, Lección de magia, Oviedo, Eikasia, 2005, 76 páginas.

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Tergiversar la realidad sin que la realidad cambie: he aquí el misterio de la poesía.
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Toda poesía coherente tiende a una poética.
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Hay una forma de "democracia" en la poesía, que consiste en respetar a todo poeta, por muy distinta de la nuestra que fuera su visión del mundo, si es que goza de un estilo propio.
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Todo poema, aunque su tema exponga la tristeza de su autor, produce, no obstante, el placer de ser representación de una realidad personificada.
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Hasta el poema más austero tiene por origen inconsciente un "collage" de imágenes.
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Escribir poesía como "pasar a limpio" un desastre microhistórico, conjurado por la belleza expresiva de esa evasión.
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Concebir la poesía como un espejo formante y como un cuadro deformante; o, si acaso, como un cuadro que va diluyendo la expresión del rostro hasta convertirse en la falsilla del espejo, que es lo saben los lectores de nosotros.
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Cuando escribimos poesía tratamos, bajo cualquier pretexto humano, recrear nuestra personalidad en relación a las cosas del mundo, a fin de crear un canon intemporal que lleve nuestro nombre como referencia.
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La lectura esencial de todos mis poemas no revela la figura de lo que he sido, sino de lo que debí ser.
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No es que el tema favorito para los poetas sea el amor de forma directa, sino que todos los objetos poéticos están en armonía metafísica con un amor por todo lo humano.

UN ABECEDARIO DE EL QUIJOTE, Cervantes

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MIGUEL DE CERVANTES, Un abecedario de El Quijote, Brosquil, Valencia, 2005, 60 páginas.


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Alejandro G. Schnetzer elige grabados de distintos artistas para acompañar pequeños textos tomados de El Quijote organizados alfabéticamente. 
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USANZA

Llegó la de la fuente, y con gentil donaire y desenvoltura encajó la fuente debajo de la barba de don Quijote; el cual, sin hablar palabra, admirado de semejante ceremonia, creyendo que debía ser usanza de aquella tierra en lugar de las manos lavar las barbas, tendió la suya todo cuanto pudo, y al mismo punto comenzó a llover el aguamanil, y la doncella del jabón le manoseó las barbas con mucha priesa, levantando copos de nieve, que no eran menos blancas las jabonaduras, no sólo por las barbas, mas por todo el rostro...

PARTE II

CAPÍTULO XXXII

T. Johannot [Imprenta de Antonio Bergnes, Barcelona, 1839]

NO ES NADA VIVIR, Fernando Sánchez Clelo

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FERNANDO SÁNCHEZ CLELO, No es nada vivir, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, Puebla, 2005, 60 páginas.

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EL REGRESO I

Después de todas las tribulaciones vividas durante los últimos años, Ulises se siente cada vez más cerca de Penélope. Mira nostálgico el paisaje con lágrimas en los ojos, está feliz y no puede contenerse.
―Ítaca… ¡Ítaca! ―grita conmovido.
―Esto no es Ítaca, señor ―le dice un hombre desde una carreta.
―¿Qué lugar es este? ―pregunta alterado.
―¡Esto es Comala señor, Comala! ―contesta el arriero Abundio mientras se aleja.
Ulises, desconsolado, comprende que una nueva odisea está por comenzar.

AFORISMOS Y HAIKUS, Rodolfo Modern

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RODOLFO MODERN, Aforismos y haikus, Nueva Generación, Buenos Aires, 2005, 76 páginas.

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Melancolía
portales de la noche
llanto de estrella

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La experiencia es uno de esos errores que la vejez viene acumulando.
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Polvo eres y al polvo volverás (Lema adoptado por la Liga Internacional de Polillas).
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Guitarras y mujeres. De formas parecidas, ¡qué difícil en ambos casos dar con la nota justa!
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Me gustaría ponerle pintura amarilla a la luna para crearle un conflicto cósmico al sol.
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Cuando el cielo se harta de lo que ve aquí abajo, llora. Ese es el sentido de la lluvia.

REY SECRETO, Pablo de Santis

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PABLO DE SANTIS, Rey secreto, Ediciones Colihue, Buenos Aires, 2005, 128 páginas.
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EL VIEJO ACTOR

   Tuve que interpretar grandes  personajes. 
   Y arrastrar la capa, la corona, la espada de utilería.
   Dicen que grito demasiado y sobreactúo.
   No comprenden: tengo que hacerme oír, tengo que simular que hay alguien ahí arriba, bajo el telón, la capa y la corona,
   Además, vivir es sobreactuar.

365 ZEN UNA ILUMINACIÓN PARA CADA DÍA, Francis Amalfi

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FRANCIS AMALFI, 365 zen. Una iluminación para cada día, Océano Ámbar, Barcelona, 2005, 380 páginas.

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En 365 Zensaciones para la vida diaria, Francis Amalfi presenta El pequeño libro del «aquí y ahora», «como un manantial de iluminaciones diarias para vivir con plenitud, atención y serenidad».
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«Que tu mano izquierda no sepa lo que hace la derecha: esto se conoce en la vida zendo como la puesta en práctica de la "virtud secreta". Es también el espíritu de servicio. La virtud secreta reside en el acto que se realiza en sí mismo, sin buscar ningún tipo de compensación, ni en el cielo ni en la tierra».

D. T. Suzuki

LA CIUDAD DEL CANGREJO Y OTROS CUADROS ARGENTINOS, Carlos Santos Sáez

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CARLOS SANTOS SÁEZ, La ciudad del cangrejo y otros cuadros argentinos, Ediciones Lea, Buenos Aires, 2005, 224 páginas.

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PICHONES

   El pelado se trepaba a los árboles que rodeaban la estación, para robar pichones de los nidos. Eran horribles esos trozos de carne casi emplumada, con la boca exagerada y los ojos pegados.
   Las manos del pelado parecían las garras de un gigante sobre las alitas desplegadas de esos pequeños cristus.
   Arrancaba de un solo tirón para que apenas sangraran y dejaba los cuerpitos calientes sobre la tierra. Chillaban gelatinosos los pajaritos, y saltaban con pasos cortos sin rumbo aparente. Los gatos nos rodeaban hambrientos, y luego de gozar de la danza de esas aves sin vuelo, las despedazaban y las comían sin dejar rastros.
   El espectáculo que ofrecían los pichones, los gatos y el pelado, era más atractivo que el picado de fútbol en el potrero, o el televisor del almacenero (el único del barrio)
   Los gorriones viejos presenciaban el acto sin preocupación. Sabían (por gorriones y por viejos) que el pelado crecería para abandonar su perversión infantil, o que el objeto de su crueldad se desviaría, con el correr de la vida, hacia otros horizontes más trascendentes. Sabían los viejos gorriones que los gatos, de todos modos, llegarían a los nidos para tragar a alguno de los pichones. Sabían que, sin embargo, en el mundo hay muchos más gorriones que gatos, y que los gatos nunca podrán volar.
   Sabían muchas cosas esos pájaros. Nosotros no sabíamos nada. 

animaLhada, Luis Eduardo Aute

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LUIS EDUARDO AUTE, aninaLhada, Siruela, Madrid, 2005, 758 páginas.

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Libro-objeto ilustrado por el polifacético artista, incluye un CD con canciones inéditas y un DVD con animaciones. Firma Prólogo y Epílogo Carlos Edmundo de Ory: "la rapsodia de dibujos y poemigas, en paralelos literarios-iconográficos, forja un afrodisíaco Magnificat encabezado con un canto triunfal pormenorizado el orgasmo al compás de la música del verso de Paul Eulard: "...sexo líquido, universo de licor".
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REFLEXIONES DE CUPIDO EN LA BAÑERA O AUTORRETRATO CON INFAUSTA FAUNA EN LA SAUNA

El sueño del amor
produce espejismos donde me miro  
y me veo mirándome entre vapores
de espumas y plumas, reflejos
y espejos, ligeramente pez,
mas pescado por el amor
a los sueños.




HACIA LO FRAGMENTARIO: 1, D .R. Mourelle

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D. R. MOURELLE, Hacia lo fragmentario: 1. Apuntes de escribir y suburbio | ruido textual, AdamaRamada, Madrid, 2005, 136 páginas.

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EL POEMA

Una palabra implica una voz, cada voz delata un tono —como en la red que sostiene la melodía de una canción—. Estas armonías se deslizan, se desgarran incluso, contra el terreno que el lector les provee. Cada poema es la voz que lo mantiene suspendido, es decir: en suspenso, detenido entre tiempos y lugares fantasmáticos.

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INSISTIR

Hasta la repetición; confiando en que se trate de un espejismo. Repetir o copiar hasta el engaño vuelto sobre el sujeto —imagen de un fantasma que, con gesto minucioso, encuentre las nueve diferencias que separan un segundo de otro.

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LA VOZ

   Para encenderla, hay que lanzarla fuera de nosotros; para que cumpla su fin (justamente), debe acabarse —no importa si con rapidez o después de muchos ecos, o entre los pliegues de alguna teoría de la propagación del sonido.
   Es en tanto lanzada hacia afuera y abandonada; aunque, también, fuera posible que deba dejarnos atrás como un modo de mutuo resplandecer.