Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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SALO


M El fin y el principio, Antonio Scurati, p. 147

Cada una de las diversas fuerzas policiales, más o menos autónomas, más o menos ilegales, tiene su propio sótano enlodado de sangre y sus propias escuadras de sádicos. Se tortura en via Rovello y en la sede de la Muti en el cuartel Salines (inyecciones, apaleamientos, palizas), pero también se tortura en las lujosas habitaciones del Hotel Regina o en la «ratèra» de San Vittore, donde la Gestapo se ensaña (fracturas de miembros, descargas eléctricas, enemas envenenados). Asimismo torturan rutinariamente los especialistas de la oficina de investigación política de la Guardia Nacional Republicana en via Copernico 32, donde el tristemente famoso director de la sección supervisa personalmente las torturas (alfileres bajo las uñas, latigazos, quemaduras en los pezones), e incluso en las oficinas de la inspección especial de la policía antipartisana del cuerpo de policía republicana, en la jefatura de via Fatebenefratelli. Bajo todo tipo de uniforme se cela la sádica ferocidad de los torturadores. En via Pace 10 se halla un cuartel independiente de la aviación, donde los hombres del IX Batallón Antiparacaidista de los Osados, el llamado Batallón Azul, emplean sistemáticamente la tortura en los interrogatorios de los Combatientes de la resistencia, e incluso los «heroicos» infantes de marina de la X Flotilla MAS desgarran los cuerpos de sus enemigos en las salas más oscuras del cuartel de piazzale Fiume cuando consideran que han de arrancarles una confesión.


Pasolini

 


Mujeres elegantes, Milena Busquets, p. 57

 Pasolini

Ayer fui a ver una obra de teatro dirigida por Alex Rigola y basada en un poema de Pier Paolo Pasolini. No había leído a Pasolini, ni visto ninguna de sus películas; solo sabía (como todos los cultos incultos y los incultos cultos; cultos cultos quedan cinco o seis en todo el país) que era homosexual y extraordinariamente guapo (como los italianos, que cuando son guapos son los hombres más guapos del mundo, por esa combinación de virilidad, glamur, joie de vivre y profundidad tan difícil de conseguir), pero ni siquiera me acordaba de que había muerto asesinado. Sabía que era comunista, que en sus películas había mucho sexo, sexo difícil, político. El sexo le interesaba desde un punto de vista personal (era un apasionado y un loco. un hambriento), pero también social y cultural, como instrumento para cambiar y entender el mundo. Sabía que era un hombre muy comprometido con su época, los años sesenta y setenta, y sabía, claro, que era un mito. En fin, la verdad es que me daba un poco de pereza ir a ver una obra basada en un poema suyo.

 


EL PADRE DE PPP


Arca, Ricardo Menéndez Salmón, p.306

-Hay nombres tan evocadores –anuncia- que tenemos la sensación de que solo podrían existir dentro de una novela. Por ejemplo, el de Anteo Zamboni. Paladee el nombre. Las  reminiscencias mitológicas de Anteo. La musicalidad soberbia de Zamboni. Sucede sin embargo, que la vida es más sugestiva que cualquier novela. Más caprichosa y cruel. El 31 de octubre de 1926. en Bolonia. a ciento setenta quilómetros de este estudio, Anteo Zamboni disparó contra Benito Mussolini. Anteo era un jovencísimo anarquista de quince años. Las cosas sucedían de forma veloz en aquel tiempo. Uno se hacía hombre pronto. También envejecía deprisa. Claro que a Anteo no le dio tiempo a envejecer. Una turba de squadristi lo linchó tras el atentado. El periodista e historiador Marco Cesarini Sforza aporta detalles al respecto: innumerables patadas, huellas de estrangulamiento, un disparo de revólver, catorce puñaladas. Yo he visto, al menos, tres fotografias del cadáver de Zamboni. Le puedo asegurar que son pavorosas. ¿Me sigue?

 -Hasta aquí  -prosigue Zaggia- le he mostrado otra muesca más en el imaginario de la rebelión y de la violencia. Nada nuevo bajo el sol, por descontado: los humillados y los ofendidos, los tiranos y los verdugos, los mártires y los soldados. Pero la pirueta de la Historia se esconde entre líneas, como el lobo del cuento. Y dibuja un arco que solo se cerrará medio siglo más tarde del atentado fallido y el linchamiento del muchacho. Porque el hombre que detuvo a Anteo y lo identificó como el autor del disparo era un oficial de caballería que tenía igualmente un nombre novelesco. Se llamaba Carlo Alberto Pasolini. Su hijo, Pier Paolo, también sería linchado en el balneario de Ostia el día 2 de noviembre del año 1975.


INCIPIT 1.444. PASOLINI, MASACRE DE UN POETA / SIMONA ZECCHI


EL PORQUÉ DE UNA NUEVA INVESTIGACIÓN

Investigar la muerte de Pier Paolo Pasolini en los últimos veinticinco años ha adquirido un cariz inesperado y turbulento. No ha sido una excepción la tercera y última serie de pesquisas  preliminares iniciadas en marzo de 2010 por la Fiscalía de Roma que, aunque ha dedicado más tiempo del habitual al análisis de los hechos, no ha logrado esclarecer uno de los casos más turbios de la historia de Italia. Un caso que siempre se ha querido confinar dentro de las convenientes murallas del «misterio» y que corre el riesgo de permanecer en esta situación para siempre. Estos cinco años de investigación parecían presagiar una conclusión diferente, pero no ha sido así. En mayo de 2015, el caso fue archivado, y de este modo, se mantiene la frustración de aquellos que todavía sienten la necesidad de entender lo que realmente ocurrió esa madrugada entre el 1 y el 2 de noviembre de 1975 en el Idroscalo de Ostia.

Las premisas de las últimas investigaciones eran numerosas. A las pruebas científicas, que constituyeron el principal elemento novedoso, se sumaron una abundante serie de exhaustivas indagaciones, impensables hace cuarenta y siete años. Del análisis de la ropa de Pasolini y de Pino Pelosi ( el único condenado por la muerte del poeta) y de algunos objetos surgieron cinco nuevos perfiles genéticos que se sumaron a los de los dos históricos protagonistas: un enorme paso adelante en la búsqueda de la verdad. Con el paso del tiempo, sin embargo, esta novedad resultó tener un «recorrido limitado». No solo porque no se ha podido determinar la fecha de los rastros identificados en los hallazgos, sino también porque fue imposible enlazar los cinco perfiles encontrados con los de los sospechosos presentes en las bases de datos.


PASOLINI

Pasolini, muerte de un poeta, Simona Zecchi, p. 225

Jóvenes enloquecidos, ebrios o neuróticos deambulan por las calles de Catania con el pelo enredado o revuelto, sus siluetas deformadas por pantalones que solo les sientan bien a los americanos: deambulan con un aíre satisfecho y provocador, como si fueran los depositarios de un nuevo conocimiento. En realidad, se conforman con la imitación perfecta del modelo de otra cultura. Han perdido la moral y su arcaica ferocidad se manifiesta informe




EL MONUMENTO A PASOLINI


Manual corsario, PP Pasolini, p. 404

El lugar donde mataron a Pasolini es, de verdad, deprimente. No está en la misma playa, como yo había supuesto, sino en una parcela vallada junto a la carretera, en un páramo rodeado de suciedad, basuras y hierbas secas que es la viva imagen del olvido. Un lugar para morir como un perro. Y en cuanto al monumento, tampoco es una estatua del autor de Poesía en forma de rosa, que era lo que yo esperaba encontrar, sino una obra abstracta formada por un círculo, un saliente curvo que lo mismo podría ser una asta de toro que una hoz, y una peana, todo ello de cemento rugoso y pintado de blanco. No hay ninguna inscripción, ningún verso de Las cenizas de Gramsci o Transhumanar y organizar, ninguna sentencia recortada de sus novelas, sus ensayos o sus películas. Nada, absolutamente nada. En resumen, que aquella tierra baldía era ninguna parte, el sitio idóneo para acabar con alguien a quien todo el mundo deseaba ver muerto.

Porque allí, cerca de la feísima playa de Ostia, en ese espacio tan anodino y tan desdeñado que constituye parte de la nada, resulta que a Pier Paolo Pasolini, aquel hombre a quien tantos querían eliminar, no lo mató nadie. O lo mató un don nadie, un chapero, uno de esos individuos que la sociedad considera simple escoria, gente tan despreciable que cuando comete un crimen contagia a sus víctimas, las transforma en parte del delito. ¿Quién mató a Pasolini?, se preguntaron muchos, y la respuesta más general fue: sus propios vicios. Así, el asesinato del autor de Teorema ultimó su descrédito. A partir de ahí, empezó la leyenda, que se parece a aquel ángel de un relato de Borges que volaba a la vez hacia Oriente y Occidente porque es, al mismo tiempo, hermana gemela de la verdad y de la  mentira. Las leyendas son el antídoto de los hechos.


Comunismo y religión


Manual corsario, PP Pasolini, p. 472

Lo coexistencia del comunismo y la religión es concebible en una sociedad como, por ejemplo, la italiana. ¿Por qué? Porque Italia no es todavía un país completamente industrializado (el Sur forma virtualmente parte del Tercer Mundo) y, por lo tanto, para los campesinos y los últimos artesanos la religión es un fenómeno natural y sincero. También la burguesía italiana, que es muy reciente (casi todos nuestros abuelos eran campesinos: en 1870, cuando se alcanzó la unidad de Italia, el noventa por ciento de los italianos eran analfabetos), vive aún, con mentalidad rural, la religión como una necesidad. De los ocho millones de votantes comunistas, una gran parte no solo es católica por mentalidad, sino que además es practicante. El laicismo en Italia es un fenómeno aristocrático, cultivado por élites burguesas en el contexto europeo.

La Guerra Fría y el anticomunismo en Italia son, por lo tanto, dos cosas estúpidas, y el diálogo, instaurado por Juan XXIII, estaba ya en las cosas y en los hechos. Todo lo demás era herencia fascista.

Para los países totalmente industrializados y con grandes y viejas burguesías (Inglaterra, Estados Unidos) el asunto es muy distinto. El laicismo (que es la religión del liberalismo) tiene una gran difusión, también entre la clase trabajadora. Así pues, la religión (el protestantismo, religión tradicional de la burguesía) se ha liberalizado; comunistas, hay pocos. La cuestión del «diálogo» no está de actualidad; o en todo caso es un problema de asuntos exteriores.

Por tanto, comunismo y religión pueden coexistir en los países preindustriales, en los que comunismo y religión se oponen en concreto como dos ideologías distintas. En los países industrializados (capitalistas o socialistas) tal coexistencia no es más que un hecho teórico, porque en realidad no se da una coexistencia histórica y objetiva.

Para terminar, quisiera decir, no obstante, que lo contrario de la religión no es el comunismo (que, aunque haya tomado de la tradición burguesa el espíritu laico y positivista, en el fondo es muy religioso); lo contrario de la religión es el capitalismo (despiadado, cruel, cínico, puramente materialista, causa de la explotación del hombre por el hombre, cuna del culto al poder y nido horrendo del racismo).


INCIPIT 1.333. MANUAL CORSARIO / PP PASOLINI





Pier Paolo Pasolini nace en Bolonia el 5 de marzo de 1922. Es el primogénito de Cario Alberto Pasolini, teniente de infantería, y de Susanna Colussi, maestra de educación básica, con quien el padre, heredero de una antigua familia de Rávena cuyo patrimonio ha malgastado, se casa en diciembre de 1921 en Casarsa, para luego trasladarse a Bolonia. Susanna, primogénita de seis hijos, es católica no practicante y tiene una clara aversión por la retórica política, algo que dificulta la relaci6n con su marido, un militar que, en cambio, ha hallado en los mitos nacionalistas su imagen pública, haciendo de él un hombre sin duda valiente, pero al mismo tiempo patético y temible debido a su pasi6n liberada de todo vínculo cultural o religioso.

debo recordar

 que, junto con el amor inicial por mi madre,

 ha habido también un amor por él: y de los sentidos.

Debo recordar mis pasitos de niño de tres años,

en una ciudad miserablemente perdida entre los montes,

 con un aire ya algo austriaco,

 casi en los manantiales de un río con nombre de museo y de guerra

y de miseria,

un río celeste entre gravas extensas al pie de las montañas,

 mis pasitos a la vera de una carretera

azotada por un sol que no era de mi vida

sino de la de mis padres,

 hacia el arcén donde mi padre, hombre

joven,

 orinaba ... 

ROMA MALANDRINA


Manual corsario, PPPasolini, p. 152

 Le digo siempre a todo el mundo, cuando tengo ocasión, que Roma es la ciudad más hermosa del mundo. De las ciudades que conozco, es aquella en la que prefiero vivir: es más, a estas alturas, no puedo concebir siquiera el vivir en otra parte. Mis peores pesadillas son aquellas en las que sueño que tengo que abandonar Roma para volver a la Italia del norte. Su belleza es, por supuesto, un misterio: podemos recurrir cuanto queramos al barroco, a la atmósfera, a la composición, toda depresiones y alturas del terreno, que le confiere continuas e inesperadas  perspectivas, al Tíber que la surca y la abre en corazones maravillosos vacíos de aire, y sobre todo a la estratificación de estilos que en cada esquina donde uno gire se ofrece la vista de una sección diferente, que es un verdadero trauma debido al exceso de belleza. Pero ¿sería Roma la ciudad más hermosa del mundo si, al mismo tiempo, no fuera la ciudad más fea del mundo?

Como es natural, belleza y fealdad están vinculadas: la segunda vuelve a la primera patética y humana, la primera nos hace olvidar la segunda.

Los lugares de la ciudad que son «solo» hermosos y los lugares de la ciudad «solo» feos son raros. Cuando la belleza se aísla tiene algo de arqueológico en el mejor de los casos: pero más a menudo es una expresión de una historia no democrática, en la que el pueblo está ahí para aportar color, como en una estampa de Pinelli.

Y del mismo modo -y por el contrario-, la fealdad, cuando se aísla y llega casi a lo atroz, nunca es completamente depresiva y arisca: el hambre, el dolor son allí alegoría, la historia es nuestra historia, la del fascismo, la de la guerra, la de la posguerra, toda trágica, pero en progreso, y por eso llena de vida. La esperanza no es tampoco política, puesto que el subproletariado que vive allí profesa un comunismo confuso y bastante extraño. Es una esperanza pura; la de aquellos que, al vivir antes de la historia, tienen aún toda la historia ante ellos: condición anárquica e infantil. Los crímenes acerca de los que se lee cada día en la crónica negra de Roma son todos de gente débil, aterrorizada: matan para que no los maten, previenen el mal con el mal. Quien sale antes va el primero con ventaja, piensa un chico del pueblo romano que se va de paseo «dentro de Roma», siempre en guardia para liarse a mamporros, para buscar follón; su moral es una moral de la jungla por ser, precisamente, un débil.


PPP


Manual corsario, Pier Paolo Pasolini, p. 20

Es de aquellos años el pasaje, conocido como «teta veleta», que más tarde Pasolini explicará de la siguiente manera:

Sucedió en Belluno, yo tenía poco más de tres años. Lo que más me chocaba de los chicos que jugaban en los jardines públicos enfrente de mi casa eran sus piernas, sobre todo la parte convexa del interior de las rodillas, donde, al doblarse en la carrera, los nervios se tensan en un  gesto elegante y violento. En aquellos nervios yo Veía un símbolo de la vida que aún debía alcanzar; aquel gesto de jovencito corriendo representaba para mí el ser mayor. Ahora sé que se trataba de un agudo sentimiento sexual. Si lo recuerdo siento perfectamente, en mis vísceras, la ternura, la ansiedad y la violencia del deseo. Era el sentido de lo inalcanzable, de lo carnal; un sentido para el que aún no ha sido inventado un nombre. Yo lo inventé entonces y fue “teta veleta”, Al ver aquellas piernas dobladas en la furia del juego me dije a mí mismo que sentía, ”teta veleta”, algo parecido a un cosquilleo, una seducción, una humillación.

 Este fragmento y el siguiente pertenecen a los cinco Quaderni Rossi redactados por Pasolini en Friul entre el verano de 1946 y el otoño de 1947. En el tomo Romanzi e racconti I946-I96I (Mondadori, Milán, 2004) estos aparecen como apéndice a la novela inacabada Atti impuri (1947-1950).


Las últimas palabras


Pasolini, Miguel Dalmau, p.472

“El rechazo ha sido siempre un gesto esencial. Los santos, los eremitas, pero también los intelectuales, aquellos pocos que hicieron la historia, son los que dijeron que no, y no los cortesanos y los asistentes de los cardenales. Para ser efectivo, el rechazo ha de ser total,  no  tiene que ser grande o pequeño, no sobre este punto o aquel otro, ha de ser absoluto. “iCuántos artistas o intelectuales de su época, también de la nuestra, están moviéndose como él en el planeta inhabitable del rechazo total? Pasolini sigue interpretando ante Colombo esta pieza que podría llamarse «Pavana para una humanidad difunta». Le dice al entrevistador: «Yo solo pretendo que mires a tu alrededor y que percibas la tragedia. iQpé tragedia? La tragedia consiste en que ya no hay seres humanos; hay extrañas máquinas que chocan entre sí». Desde este ángulo Pasolini confiesa que lo que le queda es él mismo, «estar vivo, estar en el mundo, ver, trabajar, comprender». Evidentemente le gustaría asistir a una revolución, entendida como un acto puro y directo de la gente oprimida que acaricia el sueño de ser libre, de ser  dueña de sí misma. En nombre de esta revolución soñada advierte:

“Quiero decirlo con todas las letras: desciendo al infierno y veo y conozco cosas que no alteran la paz de los demás. Pero tened cuidado. El infierno está saliendo de vosotros. Es cierto que llega con máscaras y banderas distintas; es cierto que sueña su propio uniforme y su propia justificación. Pero es verdad, también, que el deseo de ese infierno de dar palos y agredir, de matar, adquieren hoy más fuerza y se extienden a todas partes.”

iDebemos recordar ahora que, antes de seis horas, Pasolini será la víctima de esos palos que surgen del Infierno? En todo caso el profeta no tiene rubor en señalar a los verdaderos  culpables: «No os hagáis ilusiones. Vosotros sois, con la escuela, la televisión, con la prensa mojigata, los grandes guardianes de este orden horrendo basado en la idea de poseer y en la voluntad de destruir». Antes de dar la entrevista por terminada, Pasolini declara algo que sigue dando pábulo a demasiadas conjeturas: «No quiero hablar más de mí; ya he hablado demasiado. Todos saben que pago personalmente el precio de  mis experiencias. Pero existen mis libros y mis películas. Quizá soy yo el que está equivocado. Pero sigo afirmando que todos estamos en peligro». La voz se apaga. Será la última advertencia de Pasolini. Todos estamos en peligro. Entonces y ahora.


PASOLINI


Pasolini, Miguel Dalmau, p. 432

Al final este fenómeno de homogeneización ha destruido los pueblos a cambio de un bienestar frágil y dudoso. El verdadero fascismo, por tanto, es este poder de la cultura del consumo que está destruyendo la tierra de nuestros mayores. Dice Pasolini:

“El proceso ha ocurrido tan rápidamente que no nos hemos dado cuenta. Sucedió en estos últimos diez, veinte años ... Ha sido una especie de pesadilla en la que hemos visto cómo Italia desaparecía. Ahora, acaso, al despertarnos de esta pesadilla y mirando alrededor, nos demos  cuenta de que ya no hay nada que hacer.”

La falta de esperanza no solo obedece a este escenario, sino al hecho de que las personas que podrían obrar el milagro ya han sido abducidas por el sistema desde la cuna. Cuando Pasolini se lamentaba de la pérdida de los antiguos ritos, se refería también al hecho de que los niños de hoy ya nacen consumidores. No hay una iniciación a la sociedad de consumo: no hace ninguna falta. Los jóvenes tienen la misma autoridad como consumidores que los ancianos. O más. Por tanto ya no es necesario que los jóvenes sean personas educadas, decentes y con valores humanos. Basta con que sean buenos consumidores, alimentando la rueda que permite la producción tan necesaria para el sistema. Ello explicaría la grave crisis pedagógica, por ejemplo, la perversión de la escala de valores, la incultura, la superficialidad, la falta de verdadero compromiso político de la masa juvenil, etcétera. Para el Nuevo Poder ya no es preciso que un individuo se convierta en ciudadano libre. Al contrario, cuanto más esclava e inculta sea la persona, más cerca estará del consumidor ideal. Esta nueva realidad se convierte en la base de la obsesión del profeta. Pasolini dice en una entrevista televisiva:

“Detesto todo lo que se refiere al «consumo», lo odio en el sentido físico del término ... Tengo conciencia de participar en el usufructo de esta sociedad que produce bienes de consumo. Pero lo esencial es que yo compruebo ese asco en mí mismo. La antipatía que percibo en mi fuero personal es tan insoportable que ya no consigo fijar mi mirada más de unos instantes en una pantalla de televisión. Es una cosa física, me da náuseas. Toda la cultura de consumo me resulta insoportable.”


Círculo de las manías


Pasolini, Miguel Dalmau, p. 415

PASOLINI: Durante la edad «represiva» el sexo era una delicia, porque se hacía a escondidas y era una burla a todas las obligaciones que imponía el Poder. En cambio, en las sociedades tolerantes como se declara la nuestra, el sexo produce neurosis, porque la libertad concedida es falsa y, sobre todo, es concedida desde arriba y no ganada desde abajo. Por lo tanto, no es vivir una libertad sexual sino adecuarse a una libertad que viene concedida. Y entonces, en cierto punto, uno de los personajes de mi film dirá exactamente: «Las sociedades represivas reprimen todo, entonces los hombres pueden hacer todo». Pero agregué este concepto que para mí es lapidario: «Las sociedades permisivas permiten algo, y se puede hacer solo aquel algo». Es terrible, ¿no? Hoy, en Italia, se pueden hacer algunas cosas ... Ahora nos conceden algo: conceden fotos de mujeres desnudas, pero no de hombres. Son neuróticos los italianos. En una época, durante la represión, eran sexualmente equilibrados. Con la tolerancia se volvieron todos neuróticos.
Después, hay una gran libertad en las parejas heterosexuales, «libertad» por decirlo de algún modo, porque debe ser esa y no otra y además es obligatoria. Como es concedida, se convirtió en un deber. Ante un regalo así, un muchacho no puede desaprovechar la ocasión. Entonces se siente obligado a estar siempre en pareja, y la pareja se ha convertido en una pesadilla, una obsesión, en vez de una libertad. ¿Has visto que está de moda la pareja ahora? Pero es una pareja falsa, de una insinceridad espantosa. Mira estos chicos que están presos de una fiebre romántica, caminan de la mano o abrazados, un chico y una chica. «¿Qué es este súbito romanticismo?», preguntarás. Nada. Es la nueva pareja relanzada por el Consumismo, porque las parejas consumistas compran. Ahí están, cogiéndose de la mano camino de las tiendas y los grandes almacenes.

Bye, bye, love


Pasolini, Migel Dalmau, p. 386

Asombrados por el giro drástico de su cine, los medios extranjeros se interesan cada vez más por las opiniones de Pasolini. Ya no es solo la palabra de un director al uso que acude a los festivales, sino de un intelectual cuyas ideas sorprenden, irritan, interpelan al público. A decir verdad, no hay un solo director de cine con palabras tan deslumbrantes fuera del plató. En junio de 1970, el director concede una entrevista a Lui, legendario magazine francés para hombres. En el transcurso de dicha entrevista, se le pregunta cuál es su definición del amor. Y Pasolini recoge el guante. Vale la pena:

“Cuando falta el amor, la gente deja de vivir. Es aniquilada. Es la melancolía, el final de todo. La sociedad se ha dado cuenta y por eso se empeña tanto en exaltar el amor. Es una llave de la productividad, porque sin el amor el hombre no puede producir. Pero, al mismo tiempo, todo tipo de sociedad reprime el mundo sexual porque la energía que gasta el ser humano en hacer el amor no va en beneficio del capital. Cada sociedad es ante todo puritana. Nosotros creemos vivir en una época de completa libertad sexual, pero es una ilusión. El día en que la humanidad alcance la industrialización completa, asistiremos a la llegada de un  drástico moralismo propio de las sociedades más retrógradas y puritanas.”

Indudablemente Pasolini recoge aquí los ecos de Eros y civilización, de Herbert Marcuse, pero su aportación personal dibuja bastante nuestra época. En esta revista erótica se atreve a decir que las relaciones sexuales que comenzaban a imponerse entonces -y que son la marca de nuestro tiempo- no son otra cosa que una licencia del Poder que nos recompensa, así, por nuestro esfuerzo laboral a favor de la industrialización. La consecuencia terrible, claro, es que no se prioriza el amor sino la satisfacción sexual. De este modo, la sociedad moderna nos impide que conozcamos a fondo la potencia del amor y aplicarla de verdad en la vida. Concluye: «La sociedad sugiere en el individuo un concepto falso de sus deseos y de su libido. Quiere que el hombre tenga una idea equivocada del amor, como la tiene de sí mismo».


APOLOGIA DEL PERDEDOR


Pasolini, Miguel Dalmau, p. 348

Pero estas contradicciones no deben hacemos perder de vista un hecho irrevocable: Pasolini amaba a la juventud por encima de todo. Venía demostrándolo desde los lejanos días de Casarsa, donde los alumnos pudieron gozar de su extraordinario magisterio inaugurando una larga lista de jóvenes que se formaron al amparo de su luz. Versuta, Valvasone, Ciampino, Donna Olimpia ... Solo años después el poeta haría un balance de su experiencia docente en esta conclusión que se mantiene incólume:

“Los chicos y los jóvenes son en general seres adorables, llenos de esa sustancia virginal del hombre que es la buena voluntad y la esperanza. En cambio, los adultos son en general unos imbéciles, se han hecho viles e hipócritas, dependientes de las instituciones sociales, en las que, creciendo, han llegado lentamente a quedar prisioneros. Por eso el esquema de la crisis juvenil es siempre idéntico: se repite en cada generación.”

Y aún irá más lejos en su juicio: «Pienso que es necesario educar a las nuevas generaciones en el valor de la derrota. En no ser un trepador social. Ante este mundo de ganadores vulgares y deshonestos, de prevaricadores falsos, ante esta antropología del ganador prefiero mil veces al que pierde». Antropología del ganador contra Apología del perdedor. ¿ Qué maestro de los años sesenta, incluso de hoy mismo, hablaría así? Solo un verdadero profeta que intuye los peligros que va a traer la idolatría del triunfo para la humanidad.


PASOLINI Y LA JUVENTUD


Pasolini, Miguel Dalmau, p. 348

Pier Paolo amaba la paradoja, como cuando defendió a los policías: era su forma de ponerse a contracorriente. Esto formaba parte de la complejidad de su persona y de las contradicciones. Era un hombre que vivía hasta el fondo sus contradicciones, que eran muy profundas. Él las conocía, no las ignoraba. Y esta era una de ellas: ser marxista y amar la riqueza, por ejemplo, o propugnar una nueva moral, incluso sexual, y luego “comprar” cuerpos. Eran las contradicciones que él vivía hasta el límite.

Pero estas contradicciones no deben hacernos perder de vista un hecho irrevocable: Pasolini amaba a la juventud por encima de todo. Venía demostrándolo desde los lejanos días de Casarsa, donde los alumnos pudieron gozar de su extraordinario magisterio inaugurando una larga lista de jóvenes que se formaron al amparo de su luz. Versuta, Valvasone, Ciampino, Donna Olimpia ... Solo años después el poeta haría un balance de su experiencia docente en esta conclusión que se mantiene incólume:

“Los chicos y los jóvenes son en general seres adorables, llenos de esa sustancia virginal del hombre que es la buena voluntad y la esperanza. En cambio, los adultos son en general unos imbéciles, se han hecho viles e hipócritas, dependientes de las instituciones sociales, en las que, creciendo, han llegado lentamente a quedar prisioneros. Por eso el esquema de la Crisis juvenil es siempre idéntico: se repite en cada generación.”

Y aún irá más lejos en su juicio: «Pienso que es necesario educar a las nuevas generaciones en el valor de la derrota. En no ser un trepador social. Ante este mundo de ganadores vulgares y deshonestos, de prevaricadores falsos, ante esta antropología del ganador prefiero mil veces al que pierde». Antropología del ganador contra Apología del perdedor. ¿ Qué maestro de los años sesenta, incluso de hoy mismo, hablaría así? Solo un verdadero profeta que intuye los peligros que va a traer la idolatría del triunfo para la humanidad.


INCIPIT 1.265. PASOLINI / MIGUEL DALMAU


Pórtico

Cuando hace casi medio siglo el cuerpo masacrado de Pasolini apareció en una playa solitaria a las afueras de Roma, nadie pareció reparar en el hecho de que el mundo había perdido quizá a su último profeta. Abrumados por la noticia, sus amigos y seguidores resaltaron unas virtudes suyas que estaban en boca de todos: el talento polifacético y la gran capacidad de provocación. El elogio vibrante y emocionado de Alberto Moravia en el funeral vino a recordar a los italianos que habían perdido a un gran poeta, uno de esos raros poetas que aparecen con suerte cada cien años. Otros resaltaron la desaparición del cineasta y del intelectual con voluntad de acero. La triste realidad es que el mundo había perdido algo doblemente valioso: una de las pocas voces que se alzaron contra el Poder de su tiempo, una época convulsa y de inminentes transformaciones que empezaba también a ser la nuestra.

Desde el primer momento, la trágica muerte de Pasolini despertó sospechas e inspiró demasiadas preguntas que nadie se atrevía a responder. La ley intervino en distintas ocasiones a lo largo de los años; pero ante la reticencia de la justicia italiana a esclarecer su muerte, la figura de Pasolini fue quedando atrapada en un limbo donde se mezclaban  el purgatorio artístico y el misterio policial. Cada vez que volvía a hablarse de Pasolini, regresaba «el caso Pasolini» y resurgía la hipótesis del crimen de Estado, como si el sentido final de su apasionada y escandalosa existencia hubiera quedado reducido al argumento de un thriller italiano de los años setenta. Lamentablemente las circunstancias atroces de su muerte, que los medios transformaron en un espectáculo sensacionalista, vinieron de algún modo a cerrar todo lo que en la obra pasoliniana era una indagación continua y abierta.


PASOLINI Y LA POLICIA


Pasolini, Miguel Dalmau, p. 346

Cuando ayer, en Valle Giulia, os habéis liado a golpes

con los policías,

iyo simpatizaba con los policías!

Porque los policías son hijos de pobres.

Vienen de los suburbios, rurales o urbanos, da igual [ ... ].

Tienen vuestra edad, queridas y queridos.

Obviamente estamos de acuerdo contra la institución de la policía.

Pero desafiad a la Magistratura, iy veréis!. ..

Es el eje de una declaración donde el artista expone un argumento que nadie quiere ver: los sucesos de Valle Giulia son en el fondo un episodio de lucha de clases: los estudiantes tienen razón, pero pertenecen al bando de los ricos, mientras que los policías militan en el bando equivocado, pero son condenadamente pobres. Exclama Pasolini: «iQué gran victoria/ la vuestra! En estos casos, amigos, a los policías se les ofrecen flores».

Este ataque de Pasolini fue la mecha de un incendio que todavía se recuerda como uno de los más intensos de su vida. El poeta venía a decir que aquellos jóvenes policías eran en realidad los malditos de la Tierra, los desheredados, un último resto de lumpen que el poder había absorbido para mantenerse a salvo. Aunque Pasolini nunca estuvo al lado de las fuerzas del orden, obviamente, en este caso invertía el reparto de roles tradicional entre buenos y malos de la obra. Para ello fijaba la atención sobre esos jóvenes de uniforme a los que el poder vestía «como payasos», a cambio de cuarenta mil liras al mes, y lo peor de todo, a los que reducía a un estado psicológico inhumano. A partir de ahí, esos parias patrullaban las calles sin sonrisa, sin amistad con el mundo, separados, excluidos de la tribu, condenados a seguir siendo odiados por el pueblo. iY solo con veinte años! En el polo opuesto, en el bando oficial de los «buenos», se alineaban estudiantes de clase media, en el fondo «hijos de papá», convertidos en gamberros de salón. Comparados con los primeros, eran vástagos de la élite, como si todos hubieran crecido en barrios ricos como Pratti o Parioli. Y en parte era así.


PASOLINI


Pasolini, Miguel Dalmau, p. 16

¿Pasolini profeta? En efecto. Conviene recordar aquí que el profeta no adivina el futuro: no es aquel arúspice romano que consultaba las vísceras humeantes de las bestias para anunciar luego oscuros presagios o acontecimientos felices, desde el altar del sacrificio. El profeta no es un adivino: es una voz que viene del pasado, un personaje que se instala en el presente y lo observa desde la tradición, antes de elaborar un discurso de advertencia para la comunidad. El profeta nos descubre algo que no hemos visto, se pronuncia con valentía y nos advierte de los peligros de nuestra ceguera. No otra cosa hizo Pasolini en la segunda mitad de su vida, señalar todo el desastre que entonces se anunciaba en el horizonte: la corrupción política, la pérdida de valores, el abandono del mundo rural, la destrucción del paisaje, el genocidio cultural sobre las sociedades y pueblos primitivos, el poder omnímodo y manipulador de los medios de comunicación, la mansedumbre de los intelectuales, la vulgaridad de la subcultura de masas, la homogeneización de la sociedad, la pérdida de libertades del individuo ... Esta crónica de un desastre anunciado hace medio siglo es el mundo en el que vivimos ahora.


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