Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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A LOS CRITICOS

Impón tu suerte, E Vila-Matas, p. 286
Articulistas que han conocido injustos linchamientos en la red; la forma innoble de acosarlos me ha remitido siempre a Robert Musil, Sobre la estupidez: “De modo especial, una cierta clase media-baja del espíritu y del alma pierde totalmente el pudor ante su necesidad de presumir tan pronto como ve que le está permitido -bajo la protección del partido, la nación, la secta o la corriente artística- decir nosotros en lugar de yo».
¿Y qué decir del infinito número de presumidas injerencias en lo que se escribe? ¿Se imaginan a su escritor favorito -pongamos Montaigne- interrumpido y corregido por las opiniones de sus vecinos más rústicos? ¿Qué habría sido de sus Ensayos?
Antes los articulistas aún podían concentrarse en su trabajo, pero hoy van camino de convertirse en esclavos de una concepción distorsionada de la participación, pues tienen acceso a reacciones inmediatas de lo que han escrito: en general, comentarios que muerden y excitan el espíritu de confrontación.
De esto hablaba Sergi Pamies -flamante y merecidísimo Premio Vázquez Montalbán- en un ya antiguo artículo en el que decía que ese espíritu de confrontación provoca que a veces el opinador dedique más tiempo a leer, responder, contradecir, matizar y debatir que al trabajo, lo que le aleja de lo más importante: meditar sobre el próximo artículo y, sin saber nunca cómo será interpretado, mantener el placer de trabajar para una mayoría de lectores que, con buen criterio, no sienten la necesidad de comunicarse con el autor.

Estas palabras de Pamies fueron glosadas en su momento por el veterano y gran articulista Josep María Espinas, quien, tras explicar que no tenía ordenador y por tanto no estaba felizmente al corriente de las injerencias de los pesados, concluía impasible, con envidiable flema británico-catalana: “Solo aspiro a seguir trabajando tranquilo. Por lo demás, siempre ha habido lectores que te aprueban y otros que te suspenden”.

A LOS CRITICOS

Jambalaya, Albert Forn, p. 231-232
La relación de amor-odio que vive Edward Albee con sus críticos me ha hecho pensar en la manía de interpretarlo todo. Cuando un crítico se zambulle en los miles de páginas de los diarios de Virginia Woolf en busca de alguna relación con la obra de Albee, está  sobreinterpretando, porque la frase ¿Quién teme a Virginia Woolf? no es suya, se la encontró pintada en la puerta de un lavabo. Cuando un académico escribe veinte páginas teorizando sobre por qué los protagonistas de tal obra se llaman como se llaman, está sobreinterpretando: si le preguntara a Albee sabría que no  hay misterio, que a menudo bautiza a los personajes con los nombres de sus perros. Una buena amiga de Albee decía que la interpretación nació cuando la ciencia venció a los dioses. Cuando dejamos de creer en las leyendas cristianas como algo real, cuando el éxodo de Egipto se convierte en una alegoría, empezamos a interpretar. El significado  original nos resulta inaceptable, “¡nadie puede vagar cuarenta años por el desierto!”, y en lugar de repudiarlo lo rehacemos, y le contamos a todo el mundo que finalmente hemos descubierto el verdadero significado de la parábola, aunque no tenga nada que ver con lo que dice el texto ni con lo que quería contar el autor. Esta tendencia a construir interpretaciones ya hace 2.000 años que dura, pero en el último siglo se ha fortalecido con el marxismo y con el psicoanálisis, según los cuales siempre existe un subtexto,siempre hay una intención oculta. Y contra tantos falos y tantos traumas paternofiliales es necesario recuperar en todas partes la inocencia con la que mirábamos el  arte primigenio: ver más, escuchar más, sentir más. “En lugar de una hermenéutica, necesitamos una erótica del arte”, defendía esta amiga de Albee, que casualmente también fue la intelectual norteamericana más respetada de todos los tiempos: Susan Sontag.
En la imagen "A mis críticos" de Klimt

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