Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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GUERRA


Un reguero de pólvora, Rebecca West, p. 301

En cuanto al gran proceso de Núremberg, el juicio de Göring y de los jerarcas nazis, se ha convertido en un desagradable foco de infección. Discutir al respecto con conocimiento de lo que pasó de verdad durante el juicio es una forma tan segura de volverse impopular como hablar en Inglaterra de asuntos americanos con un conocimiento mínimo de la Constitución de Estados Unidos; en este caso, el punto en que más irritación provocan los informados entre los desinformados es la condena de los acusados miembros de las fuerzas armadas. Los desinformados querían creer que los generales y almirantes nazis fueron juzgados por obedecer órdenes, órdenes como las que podría haber dado cualquier gobierno Aliado a sus almirantes y generales, aunque esto no sea cierto ni en un solo caso. Tan fervientemente desean creérselo los desinformados, que esa creencia debe responder a una profunda necesidad; de hecho, el cinismo acerca del juicio de Núremberg ejerce los mismos efectos sobre los supervivientes de la Segunda Guerra Mundial que el cinismo acerca del Tratado de Versalles tuvo sobre los de la Primera Guerra Mundial. Si en 1918 fuimos culpables del bloqueo de Alemania tras el cese de las hostilidades, y de condenarla a la hambruna por exigir avarientas reparaciones de guerra, si en 1946 fuimos culpables de condenar a los líderes nazis con cargos falsos, entonces no somos mejores que nuestros enemigos. Si no somos mejores que nuestros enemigos, quienes -en esto hay unanimidad- eran viles, entonces sería pura hipocresía por nuestra parte ir a la guerra por una cuestión moral. Esto no sólo impedirá que desencadenemos una guerra de agresión: hace ridículo que nos defendamos. ¿Qué importancia puede tener que los habitantes de otro país nos invadan para gobernarnos, puesto que no pueden ser peores que nosotros? Es éste un mecanismo que se pondrá en marcha cada vez que un poder victorioso inicie una gran actuación internacional después de una guerra. Podría llamárselo mecanismo defensivo, pero no puede defender a nadie contra nada. Muchos ingleses recurrieron a él en los años veinte y treinta, pero Hitler declaró la guerra de todas formas.


DE LA GUERRA


El reino, Gonçalo M. Tavares, p. 93
No estoy constatando un hecho bueno, decía, sino tan sólo un hecho. Me atrevería incluso a decir que es un hecho malo, un hecho negativo para una sociedad que aspira a ser justa, pues la justicia empezará por la igualdad en el acceso a la vida y a la muerte o, en este caso, en la igualdad de facilidades que la muerte tiene para llegar a cualquier cuerpo. Claro que ellos tienen tantos hijos, decía Leo Vast siempre en el mismo tono, ellos tienen tantos hijos que, en cierto sentido, esa facilidad que tienen también para morir es una compensación natural llegada del otro lado. Digamos que la guerra es una herramienta para mantener más o menos equilibrada la proporción de pobres y ricos, decía. Tras un largo periodo de paz, en el que los pobres procrean a un ritmo cuatro o cinco veces superior al de los ricos, que son avaros hasta en el reparto de sus genes, es decir, tras un periodo en el que la estructura del mundo deja que los pobres aumenten su masa de un modo brutal, surge una guerra, llegada de no se sabe dónde, para restablecer de nuevo una relación cuantitativamente tolerable entre el pueblo y las élites. Y es que, pese a todo, el dinero tiene sus límites frente a la fuerza física, y si los adversarios se van multiplicando la competición puede entrar en una pendiente irreversible que conduzca a nuestra derrota. Y que me perdonen los pobres y las viudas, decía Leo Vast divertido, pero a nadie, a nadie en absoluto le gusta perder. Ni siquiera a los ricos.

DE LA GUERRA


Iluminaciones, Walter Benjamin, p. 220
Las masas tienen derecho a exigir que se modifiquen las relaciones de propiedad, pero el fascismo procura que se expresen precisamente para su conservación. En consecuencia) el fascismo apunta a una estetización de la vida política. A la violación de las masas, que el fascismo impone por la fuerza con el culto al caudillo, corresponde la violación de todo un mecanismo que el propio fascismo pone al servicio de la producción de valores propios del culto.
Todos los esfuerzos llevados a cabo por la estetización de la política culminan en un solo punto. Y ese punto es la guerra. La guerra, y solo ella, hace posible ofrecerle una meta a los movimientos de masas a gran escala, conservando a la vez las relaciones heredadas de propiedad. Así es como se formula el estado de la cuestión desde la política. Desde la técnica, se formula del modo siguiente: solo la guerra hace posible movilizar todos los medios técnicos del tiempo presente, conservando a la vez las relaciones de propiedad. Claro que la apoteosis de la guerra en el fascismo no se sirve de estos argumentos. A pesar de lo cual, es instructivo echarles una ojeada. En el manifiesto de F. T. Marinetti sobre la guerra colonial de Etiopía se llega a decir: “Desde hace veintisiete años nos estamos alzando los futuristas en contra de que se considere a la guerra antiestética [ ... ]. Por ello afirmamos: la guerra es bella, porque, gracias a las máscaras de gas, al terrorífico megáfono, a los lanzallamas y a las tanquetas, funda la soberanía del hombre sobre la máquina subyugada. La guerra es bella, porque inaugura el sueño de la metalización del cuerpo humano. La guerra es bella, ya que enriquece las praderas florecidas con las ígneas orquídeas de las ametralladoras. La guerra es bella, ya que reúne en una sinfonía los tiroteos, los cañonazos, las pausas en el combate, los perfumes y olores de la descomposición. La guerra es bella, ya que crea arquitecturas nuevas, como la de los tanques, la de las escuadrillas formadas geométricamente, la de las espirales de humo en las aldeas incendiadas y muchas otras

VIETNAM


Trilogía de la guerra, Agustín Fernández Mallo, p. 349
Como es habitual en esa ciudad, los cables del tendido eléctrico no estaban sepultados, se enmarañaban en lo alto de los postes, nudos de plástico y cobre similares a los que había visto en los postes eléctricos de ciudades y pueblos de Vietnam, país donde no pocos soldados enemigos, sintiéndose acorralados, trepaban rápidamente a esos postes cuando nos veían y se enredaban  en esos cables con intención de electrocutarse. Casi nunca lo conseguían y allí arriba eran diana segura, les disparábamos a placer. Sus cuerpos sin vida permanecían días entre los cables. Por la noche echaban chispas, parecían  fuegos artificiales, nadie se atrevía a bajarlos por temor a electrocutarse, hasta que alguna alma caritativa cortaba  el suministro eléctrico, un interruptor general de la zona que sólo los lugareños conocían, y los familiares bajaban los cadáveres, descompuestos o comidos por los pájaros. Conservo la visión de una bandada de pequeñas aves picoteando uno de esos cuerpos, cubierta a su vez por otra nube de pájaros batiendo sus alas e inmóviles en el aire, esperando su turno pues ya no había en el cuerpo del muerto espacio disponible en el cual picar. En una ocasión disparé repetidas  veces a una de esas bandadas, es raro disparar a algo que no tiene cuerpo, a una estructura borrosa, sin consistencia y alada. Cayeron unos cuantos pero la nube permaneció intacta, como si no hubiera disparado una sola bala. Si no ves nunca al enemigo, si sólo es una presencia lejana o diferida, terminas por creer que no existe e irremediablemente asumes que el enemigo eres tú mismo, y eso era lo que en la selva vietnamita nos volvía locos, de modo que cuando veíamos al enemigo allí arriba, muerto en los cables del tendido eléctrico, no desaprovechábamos la ocasión de disparar sobre él, tan rotundo, tan a mano, tan, ahora sí, enemigo. Y en el fondo eso era algo que yo no podía soportar de aquella guerra, porque la muerte ha de generar algo, ya sea más vida o más muerte, pero algo, y disparar contra un cuerpo muerto es dejar el mundo tal como estaba; eso sí que es un crimen.

WE SALUTE YOU

Francamente, Frank, Richard Ford, p. 42-53
La otra lectura que hay en el coche es un ejemplar de We Salute You, la publicación que los voluntarios entregamos a cada retornado de Irak y Afganistán un momento después de estrecharle la mano y exclamar: «¡Bienvenido a casa! ¡Gracias por tu servicio!» We Salute You es una provechosa reserva de información imprescindible sobre cualquier cosa que el soldado de permiso pueda necesitar, querer o encontrar durante las primeras seis horas de su estancia en Estados Unidos (suponiendo que nadie vaya a buscarlo, lo que sorprendentemente ocurre gran parte de las veces). Lo publica en Ohio un conciliábulo de fanáticos de derechas de esos foros de la libertad que en el fondo, sin embargo, hacen un trabajo virguero porque no llenan nuestra revista de gilipolleces de la edad de piedra sobre el control de armamento, lo malo que es el aborto que si suelen incorporar a sus habituales circulares en contra de Obama. Lo sé porque en vista de que recibía tales publicaciones en casa puse una queja en Correos, después de lo cual siguieron viniendo hasta pasadas las elecciones, aunque para entonces los chiflados de Ohio ya debían de saber que el mensaje no había surtido efecto.

We Salute You se distribuye en todos los puertos de entrada de tropas de Estados Unidos: Los Ángeles, Nueva York-Newark, Boston, Houston, Seattle,  incluso Detroit. Se compone de veinte páginas de color gris (están preparando una edición en línea) repletas de importantes números de teléfono, direcciones electrónicas y postales para cualquier zona geográfica del suelo patrio en la que el soldado de caballería, infante de marina o integrante de las fuerzas aéreas ponga primero los pies. Se incluyen números de teléfono para ataques de pánico, suicidio, abuso de drogas y alcohol. […] Incluso el teléfono de Sócrates, Asociación para una Muerte Digna, donde psicólogos con títulos de Oberlin y Macalester intentan apartar del abismo al soldado al tiempo que parecen entender que la muerte puede ser la única solución.

LA BOMBA

Pureza, Jonathan Franzen, p. 27
Qué terriblemente fácil había resultado transformar el uranio que brindaba la naturaleza en esferas huecas de plutonio, rellenar esas esferas de tritio y rodearlas de explosivos y de  deuterio, todo ello con un tamaño tan minúsculo que la capacidad de incinerar a millones de personas cabía en la parte abierta de la camioneta de Cody Flayner. Qué fácil. Muchísimo más fácil que ganar la guerra a las drogas o acabar con la pobreza del mundo, que curar el cáncer o arreglar Palestina. Según la teoría de Tom, si los humanos no habíamos recibido todavía ningún mensaje de algún ser extraterrestre inteligente era porque todas las civilizaciones, sin excepción, terminaban destruyéndose en cuanto alcanzaban la capacidad de mandar mensajes y apenas aguantaban unas pocas décadas en una galaxia que tenía ya millones de años; dejaban de existir en un parpadeo tan rápido que, incluso si en la galaxia abundaban planetas parecidos a la Tierra, la posibilidad de que una civilización durara lo suficiente para recibir un mensaje de otra era casi nula de tan diminuta, y todo por lo condenadamente fácil que resultaba dividir el átomo. A Leila no le gustaba esa teoría, pero tampoco tenía una mejor. Su opinión a propósito de cualquier escenario posible del apocalipsis se resumía en «por favor, quiero ser la primera en morir»; sin embargo, se había obligado a leer algunas crónicas de Hiroshima y Nagasaki, sobre lo que significaba tener la piel chamuscada por completo y sin embargo seguir viva, tambaleándote por la calle. Si deseaba que la historia de Amarillo fuera importante no era sólo por el bien de Pip. El miedo que el mundo sentía ante las armas nucleares era inexplicablemente distinto del que a ella le provocaban las discusiones y los vómitos: cuanto más tardaba en llegar el fin del mundo entre hongos nucleares, menos miedo parecía tener la gente. La Segunda Guerra Mundial se recordaba más por el exterminio de los judíos, o más incluso por el bombardeo de Dresde o el sitio de Leningrado, que por lo ocurrido en Japón en dos mañanas de agosto.

GRAN GUERRA

De Mi padre y yo de JR Ackerley
No obstante, he de decir, no vaya a parecer que estoy haciendo alarde de ello, que mi ascenso no se debió a que yo poseyera especiales dotes de soldado ni a que hubiera hecho méritos, sino al simple hecho de que casi todos los demás oficiales de mi batallón habían resultado muertos el 1 de julio de 1916 en la acción en la que yo había recibido mis heridas.

Esas heridas mías no dejan de tener interés, o por lo menos lo tienen para mí. Me enseñaron algo que iba a volver a notar muchas veces en mi carácter, que tengo un instinto de conservación bastante desarrollado, tanto en sentido físico como moral. ¿Qué habría pensado de mí el veterano de Tel-el--Kebir si hubiera sabido tanto como yo sabía acerca de mis heridas? La batalla del Somme, la operación maestra de Sir Douglas Haig ha sido descrita muchas veces. Ese ataque total, a fondo, se preparó mediante el bombardeo incesante de las líneas alemanas, prolongado durante muchos días y tan intenso que, según se nos dijo, toda resistencia iba a ser aplastada, las alambradas del enemigo destruidas, sus trincheras arrasadas, y los pocos alemanes que sobrevivieran iban a quedar reducidos a un estado de imbecilidad babean te. Para nosotros iba a ser un paseo. Pero muy diferente fue el recibimiento que nos hicieron. Cuando al fin salimos de las trincheras y nos lanzamos al ataque en plena luz del día, el aire estaba plagado de murmullos, zumbidos y plañidos que sonaban como enjambres de avispas y avispones, pero eran, naturalmente, balas. Lejos de haber sido aplastados, los alemanes estaban en pleno uso de sus facultades, que eran superiores a las nuestras; sus francotiradores y ametralladores más certeros nos estaban esperando con  absoluta sangre fría. El cuartel general, como después se supo, les había dado la batalla a ellos al distinguirnos, por un prurito esnob, a los oficiales de los soldados, pues nos habían dado revólveres en lugar de rifles y señalado nuestro grado claramente en los puños. De ese modo, los «imbéciles de baba» que se enfrentaron a nosotros pudieron matar primero a los oficiales, que eran las instrucciones precisas que habían recibido, y dejar así a nuestro ejército  prácticamente sin jefes.

EL VALOR EN LA GUERRA

De Mi padre y yo de J.R.Ackerley, p.72
Creo que habría sido ésa una manera de  obrar que le cuadraba. Y había precedentes de casos de desobediencia. Puesto que siempre he conservado el recuerdo de los hermanos Thorne -me acuerdo hoy todavía de sus caras como si las estuviera viendo-, es posible que los tuviera presentes entonces. Los dos eran oficiales subalternos, habían estado en mi batallón un año antes, y el más joven de los Thorne era uno de los chicos más guapos que había visto en mi vida. A él también lo destacaron para que realizara una incursión; tampoco él regresó, y su hermano, que lo adoraba, salió solo a buscarlo, haciendo caso omiso de las órdenes que había recibido, y se trajo su cadáver colgado del hombro, cuando ya amanecía, caminando lentamente por el peso. Este acto memorable de valor temerario debió de impresionar a los alemanes, porque no dispararon ni un tiro ... Pero tal vez yo le pareciera al comandante tan enigmático como él me lo parecía a mí, pues con el tiempo he descubierto que yo también llevo una máscara protectora, tengo un rostro impenetrable; cuando me creo que, debido al exceso de tensión, la expresión de mi cara deja traslucir la ansiedad depresiva y las fobias nerviosas que sufro a menudo, todos alaban mi serenidad y mi aplomo, sin sospechar que la procesión va por dentro. De modo que el comandante tal vez creyera que yo, en una situación tan desgarradora como aquélla, estaba dando pruebas de una entereza y un comedimiento admirables, otro tipo de valor. Habría sido interesante escuchar su versión de los hechos, tal vez durante una cena de reunión de ex combatientes ante una botella de vino, pero cayó poco después, siendo ya coronel, en el reducto de Schwaben, defendiendo una posición  indefendible, cubriendo con los restos exhaustos de su mando la retirada de su brigada, luchando cuerpo a cuerpo con una bayoneta contra unas fuerzas abrumadoramente superiores, alentando a sus hombres hasta el final con su ejemplo.
En la imagen Senderos de gloria

DE LA VIDA MODERNA

De El regreso del soldado de Rebecca West, p. 47-48
En aquella noche llena de frases interrumpidas porque terminarlas implicaba dolor siempre, de una existencia normal disuelta en lágrimas, los acordes de Beethoven sonaban serenos.
-Típico de ti, Jenny -dijo Kitty de pronto-, tocar Beethoven cuando la guerra es la que ha causado todo esto. Estaba segura de que, precisamente esta noche, elegirías tocar música alemana.

De manera que empecé una zarabanda de Pureen, una pieza alegre que te hace pensar en una mujer sana y regordeta bailando en un suelo de tierra en una vieja posada, rodeada de jarras de buena cerveza y de un mundo de sol y campos de mayo. Conforme tocaba me preguntaba si estas cosas existirían cuando Pureen compuso esta música, despojada de todo lo que no  sean risas o apetitos y satisfacciones básicas, como mucho el lamento del amor no correspondido. ¿Por qué la vida moderna había traído consigo estos horrores que hacen que las antiguas tragedias parezcan espectáculos de guardería? Tal vez se debe a que la ambición de algunos hombres ha alterado en exceso el mundo exterior, que es lo que engendra la vida. Ahora hay ciudades, e incluso los árboles y las flores ya no son como solían ser; las hojas de azafrán en el césped, cuyas aristas parecían blancas al iluminarlas el haz de luz que salía de la ventana que había abierto Chris, deberían brotar del suelo en acantilados mediterráneos; el alerce dorado un poco más allá debería estar proyectando su alargada sombra sobre pequeños hombres de piel amarilla que atraviesan una planicie china. Detrás de la cabeza de Chris, de pie, quieto frente a la ventana abierta, un reflector cortaba la oscuridad en todas las direcciones corno una espada blandida entre las estrellas.
En la imagen, Rebecca West

FAULKNERIANA

De Cartas escogidas de WF, p.349
No sé cuándo me pondré a trabajar de nuevo en ello, puede que entonces. La guerra no es buena para escribir, aunque no sé por qué te lo digo. Esta sublimación y glorificación de todos los instintos primitivos que creía el hombre haber enterrado salieron de nuevo a la luz, usurpando un lugar preeminente, en realidad todo el espacio, en la realidad y la constancia y la solidez del arte, de la literatura. Algo debe debilitarse con ello; ya sea la literatura o el arte,   como ha ocurrido otras veces y puede volver a suceder. Sin embargo, es terrible vivir en este momento. Todavía demasiado joven para permanecer impasible a los viejos e insidiosos súcubos de las trompetas, y también demasiado viejo para convertirme en uno de ellos, o para mantenerme impermeable, y por lo tanto demasiado viejo para escribir, para disponer del tiempo que me queda esperando a que hayan concluido las trompetas y los fulgurantes destellos de la gloria. Dispongo de un talento considerable, quizás tan bueno como el de cualquiera de mis contemporáneos. Pero actualmente tengo cuarenta y seis años. De modo que donde digo “tengo” pronto habrá que leer “tuve”.

Cuando me ponga a trabajar de nuevo en ello, y en el caso de que me ponga, ya te escribiré. Después de estar presente por un tiempo en el frenético esfuerzo del cine por justificar su existencia en una época de lucha y terror, estoy por concluir lo que no osan admitir: que la palabra impresa y todas sus ramificaciones y fotografías es nihil nisi fui; en una palabra, la huella de un dólar luchando frenéticamente

COLOMBIA, AÑOS 80

De El olvido que seremos de Héctor Abad Facciolince, p.213-214
Una vez, sin embargo, en un libro suyo, encontré un escrito de Bertolt Brecht que él dejó varias veces subrayado, un fragmento que me explica algunas cosas y me enseña a leer esos artículos suyos con la perspectiva del momento: “Íbamos cambiando de país como de zapatos,  desesperados cuando en alguna parte sólo había injusticia, pero no indignación. También el odio contra la bajeza desfigura las facciones. También la ira contra la injusticia pone ronca la voz. Ustedes, sin embargo, cuando lleguen los tiempos en que el hombre sea amigo del hombre, piensen en nosotros con indulgencia.»
Revisando sus artículos de esos años, publicados casi todos en el diario El Mundo de Medellín, y algunos también en El Tiempo de Bogotá, encuentro algunas de sus causas desesperadas. Hay uno particularmente duro y valiente contra la tortura publicado poco después de que un amigo y discípulo suyo fuera detenido y torturado por el Ejército en Medellín: “Yo acuso ante el señor presidente de la República y sus ministros de Guerra y de Justicia, y ante el señor  procurador general de la Nación, a los «interrogadores» del Batallón Bomboná de la ciudad de Medellín, de estar aplicando torturas físicas y psicológicas a los detenidos por la IV' Brigada .

… Yo los acuso de colocarlos en medio de un cuarto, vendados y atados, de pie, por días y noches enteras, sometidos a vejámenes físicos y psicológicos de la más refinada crueldad, sin dejarlos siquiera sentarse en el suelo un momento, sin dejarlos dormir, golpeándolos con pies y manos en distintos lugares del cuerpo, insultándolos, dejándolos oír los gritos de los demás detenidos en los cuartos vecinos, destapándoles los ojos solamente para que vean cómo simulan violar a sus esposas, cómo introducen balas en un revólver y sacan a los detenidos a dar un paseo por los alrededores de la ciudad amenazándolos de muerte si no confiesan y delatan a sus presuntos “cómplices”; contándoles mentiras sobre pretendidas «confesiones» en relación con el torturado, obligándolos a ponerse de rodillas y haciéndolos abrir las piernas hasta extremos límites físicos imposibles, para causarles intensísimos dolores, agravados por parárseles encima para seguir así el continuo, extenuante, intenso «interrogatorio»;  dejándoles las ventanas abiertas, sin camisa, en altas horas de la madrugada para que tiemblen de frío; permitiendo que sus miembros inferiores· se edematicen por la forzada posición …

CONSECUENCIAS DE LA GUERRA

De El balcón en invierno de Luis Landero, p.129-130
Siempre me ha intrigado, como un rasgo significativo y misterioso de la psicología humana, que la vida de diario encuentre un cauce para seguir fluyendo como si tal cosa durante las guerras, que los niños sigan jugando, los músicos haciendo música, los bailarines danzando, los escritores (que acaso ni siquiera hacen mención en sus libros al momento histórico que viven) escribiendo, las muchachas poniéndose guapas, los novios bailando incansablemente a media luz ... Es inquietante, y reveladora de los fondos turbios de nuestra alma, la facilidad que a veces tenemos para convivir con el horror y para reajustar o acomodar a las circunstancias, de un día para otro, nuestra tabla usual de valores.
En estos casos, siempre me acuerdo de la siguiente historia. Dos jóvenes filósofos alemanes se encuentran un día de finales de julio de 1914. ¿ye has enterado ya de lo sucedido?, pregunta Falkenfeld, trémulo de ansiedad. Sí, claro, Sarajevo, dice Herbert Marcuse, que es quien cuenta el suceso. No, no, dice Falkenfeld, escandalizado, que mañana se suspende el seminario de Rickert. ¿Qué pasa, que está enfermo? No, es por la amenaza de la guerra. Y precisamente mañana me tocaba a mí exponer el trabajo sobre Kant. Falkenfeld fue llamado a filas. Me va bien, como siempre, le escribe a Marcuse desde las trincheras, solo que el ruido de los cañones me ha dejado casi sordo. Más abajo dice: Sigo opinando que la tercera antinomia de Kant es más importante que toda esta guerra mundial. Más abajo especula sobre la posibilidad de que una granada francesa hiera su cuerpo empírico, y acaba diciendo: iViva la filosofla  trascendental! A Falkenfeld lo mataron en  el frente poco tiempo después.

Cuando conocí esta historia, pensé de inmediato en mi padre, que regresó de la guerra derrotado no por la armas sino por las letras, por la visión alucinada de una  realidad desconocida y ni siquiera imaginada o soñada hasta entonces por él. Descubrió el ancho mundo, y con él el progreso, los prodigios de la modernidad, las complejidades y el brillo de la vida urbana, la invitación a la aventura de los barcos que zarpan hacia los confines oceánicos, y la ilustración y el saber, claro está: el hombre que sabía hablar en francés o en inglés, el que sabía tocar el acordeón o la guitarra, el que sabía hacer versos, el que sabía expresarse con una elocuencia que te embelesaba y persuadía ya de antemano, el que sabía escribir a máquina con todos los dedos a la velocidad del rayo, el que sabía ser ingenioso, el que sabía pintar, el que sabía juegos de manos, el que sabía de mecánica, de medicina, de leyes, de política ...

NAZIS

De Un reguero de pólvora de Rebeca West, p.22-23
Algunos de los demás seguían siendo individuos. Streicher era patético, porque obviamente era la comunidad la culpable de sus pecados, no él. Era un viejo rijoso de los que causan problemas en los parques públicos, y una Alemania sana lo habría encerrado en un manicomio mucho antes. Baldurvon Schirach, el líder de las juventudes, sorprendía porque parecía una mujer de una forma que no es común entre los hombres que parecen mujeres. Era como ver sentada ahí a una institutriz pulcra y apocada; bonita no, pero siempre perfectamente aseada y en quien se podía tener total confianza de que nunca interrumpiría cuando hubiese visitas: podría ser Jane Eyre. Y aunque todo el mundo llevaba años leyendo noticias sorprendentes acerca de Góring, aún conseguía sorprender. Era tan blando. Ocasionalmente vestía uniforme de las Fuerzas Aéreas alemanas y a veces un liviano traje veraniego del peor gusto, y ambos le estaban muy anchos, dando la impresión de que estaba preñado. Tenía el cabello castaño espeso y juvenil, la tosca piel brillante de un actor que lleva décadas usando maquillaje y las arrugas preternaturalmente profundas del drogadicto. El conjunto venía a ser algo así como la cabeza del muñeco de un ventrílocuo. Parecía infinitamente corrupto y actuaba de forma  ingenua. Cuando los abogados de los demás acusados se acercaban a la puerta para recibir instrucciones, intervenía a menudo e insistía en instruirlos él en persona, a despecho de la evidente cólera de los imputados, que, en verdad, debía de ser muy intensa, puesto que la mayor parte de ellos bien podían pensar que, de no haber sido por Góring, nunca habrían tenido que contratarlos en absoluto. Uno de los abogados era un hombrecillo diminuto de aspecto muy judío y cuando se ponía en pie ante el banquillo, llegándole la cabeza a duras penas a la parte superior del mismo, y sacudía la toga con irritación, porque la sonriente máscara inexpresiva de Góring se cernía entre su cliente y él, parecía como si un ventrílocuo hubiese organizado una pelea entre dos marionetas .

La apariencia de Goring remitía con fuerza, aunque de forma oscura, al sexo. La historia ha demostrado que sus líos amorosos con mujeres desempeñaron en varias ocasiones un papel decisivo en el desarrollo del Partido Nacional Socialista, pero él tenía el aspecto de una persona que jamás alzaría la mano contra una mujer, salvo para algo mucho más peculiar que la gentileza. No se parecía a ningún tipo reconocido de homosexual, pero resultaba femenino. A veces, particularmente cuando estaba de buen humor, recordaba a la madama de un burdel. A última hora de la mañana, se puede ver a sus semejantes asomadas a las puertas de las empinadas calles de Marsella, con la máscara de la afabilidad profesional aún fija en el rostro, aunque estén relajadas y ociosas, con sus gordos gatos restregándose contra sus faldones. Ciertamente, en él se había producido una concentración de todo lo que era apetito y elaborados proyectos para saciarlo, y aun así daba la sensación de sed en el desierto. No importa qué acueductos hubiese mandado levantar para acarrear agua hasta su campamento, alguna aberración de la arquitectura había permitido que ésta se saliese y derramase por las arenas mucho antes de llegar a él. En ocasiones, incluso ahora, chascaba los gruesos labios como si fuese un hombre bien alimentado al que ailn no le hubiese llegado la noticia de que se iban a suspender sus comidas. De todos esos acusados, era el único que, de haber tenido la oportunidad, habría salido del Palacio de Justicia y vuelto a apoderarse de Alemania, para convertirla en la representación de la fantasía privada que lo había llevado al banquillo.

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