Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

ALTA SOCIEDAD ROMANA

De El cerco de Londres de Henry James. p.81
Había pasado el invierno en Roma, viajando directamente desde esta ciudad a Londres, con sólo una pequeña parada en París, para comprar algo de ropa. Roma, ciudad en la que había hecho muchos amigos, le había gustado mucho. Le aseguraba que conocía a la mitad de la nobleza romana.

-Son una gente encantadora; sólo tienen un defecto, se quedan demasiado tiempo -dijo ella. Y, en respuesta a su mirada inquisitiva, continuó-: Me refiero a cuando vienen a verte. Solían venir todas las tardes, y querían quedarse hasta el día siguiente. Eran todos príncipes y condes. Yo les solía ofrecer puros, etc. Conocí a tanta gente como quise -añadió, en un momento dado, descubriendo quizá en los ojos de Waterville algún rastro de la compasión con la cual seis meses antes había escuchado el relato de su desconcierto en Nueva York-. Había muchos   ingleses; conocí a todos los ingleses y tengo la intención de visitarlos aquí. Los americanos esperaron a ver qué hacían los ingleses para luego hacer lo contrario. Gracias a eso me libré de algunos ejemplares increíbles. Hay algunos, ¿sabe?, que son horrendos. Además, en Roma, pertenecer a la alta sociedad no es tan importante, si se es capaz de apreciar las ruinas y la Campagna; yo apreciaba muchísimo la Campagna. Siempre estaba paseando alrededor de algún húmedo templo antiguo medio transida de romanticismo. A excepción de los templos me recordaba bastante el paisaje de los alrededores de San Diego. Me gustaba repasarlo todo, cuando iba conduciendo por allí; andaba siempre meditando tristemente sobre el pasado.

INCIPIT 462. LA LEY Y LA DAMA / WILKIE COLLINS

CAPÍTULO 1
El error de la novia
“Porque, desde el principio de los tiempos, las mujeres santas que confiaban en Dios se honraban sometiéndose a sus esposos; Sara obedecía a Abraham, llamándole señor, y también sus hijas y las hijas de sus hijas”. Con estas conocidas palabras mi tío, el reverendo  Starkweather, puso fin a la ceremonia del matrimonio según el rito de la Iglesia anglicana. Luego, cerró su libro y me miró desde el altar, con una cariñosa expresión de interés en su ancha y colorada cara. Al mismo tiempo, mi tía, la señora Starkweather, de pie junto a mí, me  dio unos suaves golpecitos en el hombro y me dijo:
-¡Ya estás casada, Valeria¡
¿Por dónde vagaban mis pensamientos? ¿En qué se entretenía mi mente? Estaba tan confusa que me era difícil determinarlo. Me estremecí y miré al que ya era mi marido. El pobre parecía tan aturdido como yo. Creo que a los dos se nos había pasado por la cabeza la misma idea: ¿Era posible que, a pesar de la oposición de su madre a nuestra boda, fuéramos ya marido y mujer? Mi tía zanjó la cuestión con un nuevo golpecito en mi hombro.
-¡Cógete de su brazo!-susurró con el tono de una mujer que ha perdido la paciencia. Obedecí-. ¡Sigue a tu tío! -remachó.

Bien agarrada del brazo de mi marido, seguí al reverendo Starkweather y al vicario que le había ayudado en la ceremonia. Los dos clérigos nos condujeron a la sacristía. La iglesia estaba en uno de esos tristes y sombríos barrios de Londres que se extienden entre la City y el West End. 

INCIPIT 461. LOS VIEJOS AMIGOS / RAFAEL CHIRBES

Pienso que mientras que, aquí, los dedos del frío nos esperan a la salida del restaurante para pellizcamos, siguen creciendo las plantas y se abren las flores delante de mi adosado en Denia a pesar de lo avanzado de la estación, mediados de noviembre; o que el aire fue tenue la  pasada mañana y me envolvió con su respiración templada y húmeda mientras Pedrito aparcaba el coche ante mi casa y cargábamos el maletín que yo había preparado con un par de camisas, ropa interior, la bolsa de aseo, lo necesario para la excursión de dos días, al tiempo que él, de pie junto al coche, apoyando la mano derecha en la superficie de la puerta abatible del portamaletas, decía: “Es verdad que la casa es pequeña, pero tienes una vista grande.” Anotar en el cuadernito la sensación que me ha producido ese cielo azul intenso recorrido por nubes, como si hubiera un filtro en el paisaje y todo compusiera una secuencia de película: las ramas de los pinos pasando junto a la ventanilla del coche, la sierra pedregosa, pero en la que las primeras lluvias del otoño han puesto manchas verdes y en la que aún quedan pinedas que a simple vista apenas se distinguen, pero que, si uno se fija, descubre que ocupan buena

ALTA SOCIEDAD

De El cerco de Londres de Henry James, p.60
Sin embargo, volvió al Hotel Meurice, y en la siguiente ocasión llevó a Waterville con él. El secretario de Legación, que no estaba acostumbrado a tratar con damas de tal ambigüedad, estaba dispuesto a considerar a la señora Headway como representante de una clase muy curiosa. Temía que pudiera ser muy peligrosa; pero, en términos generales, se sintió seguro. El objeto de su devoción en aquel momento era su país, o por lo menos el Departamento de Estado no tenía ninguna intención de dejarse desviar de esa lealtad. Además él tenía su propio ideal de mujer atractiva: una persona de tono mucho más suave que esta brillante, sonriente, susurrante charlatana hija de los Territorios. La mujer que a él le gustaría sería reposada, con cierto gusto por la intimidad; a veces le gustaría dejarlo solo. La señora Headway hacía alusiones personales, familiares, íntimas; siempre estaba suplicando o acusando, pidiendo explicaciones y promesas, diciendo cosas a las que uno tenía que contestar. Todo ello acompañado de mil sonrisas y atenciones Y otras gracias naturales, pero el efecto general era algo fatigoso. Tenía sin duda un gran encanto, un deseo inmenso de complacer y una  maravillosa colección de vestidos y chucherías; pero estaba impaciente y preocupada, y era imposible que otras personas compartieran  su impaciencia. Si bien era cierto que ella quería entrar en la alta sociedad también lo era que no había ninguna razón para que sus visitantes solteros desearan verla allí; porque era precisamente la ausencia de los estorbos sociales habituales lo que hacía tan atractivo su salón. No cabía duda de que era varias mujeres en una, y que debería contentarse con esa especie de victoria numérica. Littlemore le dijo a Waterville que era una torpeza por parte de ella desear escalar las alturas, debería saber cuánto mejor estaba en su lugar, mas bajo. Parecía que la actitud de la señora Headway le irritaba  vagamente. 

DE SEBALD

De El mal de Montano de E.V-M., p.188-189
Sebald es un gran lector de Borges, de quien siempre alaba que supiera comprender muy temprano el error que supuso expulsar a la metafísica de la filosofía. Porque de hecho, dice Sebald, hay cosas que no nos podemos explicar fácilmente, y porque, más allá de lo social, forma parte de nuestra condición humana, antes más que ahora, mantener cierta relación con los que nos antecedieron. Recordar a los muertos es algo que nos distingue de la animalidad. Soy un espía y constante lector de Sebald, de sus largas caminatas a lo Robert Walser, de su exploración del mundo de los muertos, de sus incursiones fantásticas en el espacio de los excéntricos. Comentando el caso raro de los polacos de la estación periférica, dijo Sebald: “No son casualidades, sino que en alguna parte hay una relación que de cuando en cuando centellea por entre un tejido ajado.”

Estoy aquí en el Café Acinel, al anochecer, junto a los pasajeros de los ferrys, trabajando una vez más en este diccionario de escritores de diarios íntimos y tratando de relacionado con El mal de Montano, intentando recomponer el tejido ajado de esas relaciones entre los dos textos distintos, intentando que de nuevo algo centellee y nos recuerde que hubo en otros tiempos un tejido joven y perfecto, de hilo sereno y lenguaje lógico en el que carecían de sentido las casualidades porque todo era nítidamente casual. Pasa otra gaviota y esta vez no la sigo, me quedo dentro del mundo de Sebald, que me trae a la memoria otra casualidad, también posiblemente nada casual, que me dejó pensativo en febrero de este año en la isla de Faial, la noche en la que acabamos dejando el Café Sport y saliendo a la calle tras haber brindado por los muertos de las islas, por esa leyenda que dice que las alminhas se refugian en el fondo de los pozos y los patios y su voz es el canto de los grillos. Le gustaría a Sebald conocer esta leyenda de las Azores. Sigo sus paseos por el mundo de las ruinas, de lo muerto. Y también sus contactos con una estimulante tendencia de la novela contemporánea, una tendencia que va abriendo un territorio a caballo entre el ensayo, la ficción y lo autobiográfico: ese camino por el que circulan obras como Danubio de Claudio  Magris, por ejemplo, o como El arte de la fuga de Sergio Pitol.

LOS EUROPEOS SEGUN LOS CHINOS

De El Hijo del Cielo: crónica de los días soberanos de Victor Segalen
Los otros, los que no vienen de Corea, ni de Mongolia, ni del nuevo Kansu, ni de los montes K'uen-luen occidentales, son llamados bárbaros extranjeros --o diablos, por el pueblo--, pues son tan diferentes de los hijos de Han como los hombres  (si por tales puede tenérseles) lo son del tigre, y el tigre del dragón.
He aquí cómo pueden ser descritos. Grandes pelos en la barba. La frente, manchada de cabellos incultos, o bien demasiado depilados. Una nariz de la que se mostrarían orgullosos los elefantes que arrastran los carros. Una piel semejante a la de la quisquilla cocida. Cada uno de estos enviados (y son diez) pretende ser enviado por tal o cual gran reino de los anglos, de los francos, de los teutones, de los rusos y de otros que no tienen títulos definidos. Los anglos habitan en una isla extremadamente occidental, que abarrotan. Como no tienen arrozales ni campos disponibles, recorren los otros países intentando someter a los más débiles para comer de su hambre. Tienen el pelo rojo. Los teutones están hechos de brutalidad y rudeza. Tienen el pelo rubio. Las gentes del país franco se tienen por los más correctos y educados. Toman su exuberancia y su facundia por usos verdaderamente ceremoniosos. Están lejos de nuestros camelleros. Otros, que hablan unas veces el lenguaje franco y otras el de los teutones, participan de unos y otros. Ocupan, por lo visto, un pequeño distrito intermedio. Disponen de muchos lingotes. En cuanto a los hombres del país ruso, no se pueden considerar en el número de los muy-occidentales, pues habitan en el norte de Mongolia . Su proximidad al Imperio sin duda les ha ayudado a adquirir hábitos mejores.

Pese a todas las diferencias una costumbre los une: el respeto que manifiestan por el Emperador, vista su insistencia en verle, en prosternarse ante El, en ofrecerle tributo,  insistencia repetida día tras día. Una vez más, digamos que pese a sus diferencias, todos ellos son, no los hijos, sino los súbditos lejanos del Emperador Unico. Pueden contar (pese a sus defectos y, a veces, a sus rebeliones) con Su benevolencia. Quienes entre ellos pasen hambre serán saciados. Los que gobiernen mal, serán bien aconsejados. El Hijo del Cielo vierte los favores del Cielo sobre toda la tierra, incluso sobre los más y salvajes de sus lejanos súbditos.

¡SOLO ES UNA MUJER¡

De La ley y la dama de Wilkie Collins, p. 120-121
Apoyada en la ventana, evoqué otra noche luminosa en la que Eustace y yo paseábamos por el jardín de la vicaría antes de casamos; fue aquella noche, de la que ya he hablado, en la que surgieron serios obstáculos a nuestra boda y Eustace me ofreció liberarme del compromiso. De nuevo vi su rostro querido, mirándome a la luz de la luna. Una vez más oí sus palabras y las mías. “Perdóname, me había dicho él, por haberte amado apasionadamente, devotamente. ¡Perdóname y deja que me vaya”. Y yo le había contestado: “¡Eustace, sólo soy una mujer! ¡No me vuelvas loca! No puedo vivir sin ti, y voy a ser tu esposa¡. ¡Tengo que serlo¡ Y ahora,  después de que el matrimonio nos hubiera unido para siempre, ¡estábamos separados! Separados aunque nos amábamos más apasionadamente que nunca. ¿Y todo por qué? Porque él había sido acusado de un crimen que no había cometido y porque aquel condenado tribunal escocés había fracasado en el cometido de probar su inocencia.
Miré la luz de la luna, rodeada de recuerdos. Me quemaba un nuevo ardor. “¡No!, me dije. Ningún pariente, ningún amigo hará que le falle a mi marido. A partir de ahora, la única razón de mi vida será la proclamación de su inocencia. ¡Y comenzaré esta misma noche!
Bajé las persianas y encendí las velas. En aquella noche tranquila, estando sola y sin ayuda, di el primer paso en el arduo y penoso camino que tenía ante mí. Desde el titulo hasta la última página, sin un momento de descanso y sin saltar una sola línea, leí el informe oficial del proceso contra mi marido por el asesinato de su primera esposa.