Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

INCIPIT 483. EL HOMBRE DE LOS CIRCULOS AZULES / FRED VARGAS

Mathilde sacó su agenda y escribió: <
Añadió en la agenda: “Está sentado demasiado cerca de mí, como si nos conociéramos, aunque jamás le había visto. Estoy segura de que no le había visto jamás. No se puede contar nada más de este tipo que lleva gafas negras. Estoy en la terraza del Café Saint-Jacques y he pedido una caña. La bebo. Me concentro en la cerveza. No tengo nada mejor que hacer”.
El vecino de Mathilde siguió tecleando.
-¿Pasa algo? -preguntó Mathilde.
Mathilde tenía la voz grave y muy cascada. El hombre dedujo que era una mujer y que fumaba todo lo que podía.
-Nada, ¿por qué? -preguntó el hombre.
-Me está empezando a poner nerviosa verle tamborilear en la mesa. Hoy me crispa todo.

Mathilde acabó la cerveza. Todo le parecía insulso, sensación típica de los domingos. 

INCIPIT 482. HOY HE CONOCIDO A ALGUIEN / MILENA TUSQUETS

«Nos pasamos la vida entera acercándonos y tomando distancias, en un vaivén continuo, respecto a uno mismo, a nuestros amores, a cosas menos importantes”, pensó Ginebra mientras esperaba que la clienta saliera del probador. «Un movimiento que se repite idéntico, primero una carrera hacia delante, a toda velocidad -siempre es a toda velocidad-, el vértigo, la cúspide de intensidad, y luego la marcha atrás, cuando la luz se ha apagado o la estamos  apagando nosotros o la ha apagado otro dejándonos a oscuras; cuando aquello que nos parecía único, importantísimo, excepcional, pasa a ser un capítulo más de nuestra vida, algo, por otra parte, que le ha pasado a casi todo el mundo - esto le ha pasado a todo el mundo, no te preocupes-, que ha sido narrado en multitud de novelas y de películas, unos sentimientos que podemos considerar sin que nos importen demasiado, mirar de lejos, sentimientos en ocasiones ya apenas recordados. Tal vez persistan más los hechos, las frases, y uno empiece a olvidar lo que sintió -el vértigo, la puñalada, el sol inundando la habitación

FEMINISMO

 De Campo de retamas de Ferlosio, p.62
(La nueva reina) La “ selección natural” propia del cine no hacía gran diferencia entre los sexos, aunque el factor selectivo preferido en ambos, la belleza, era casi excluyente para las actrices: hay multitud de guapas pésimas actrices, como Jacqueline Bisset, y poquísimas feas buenas actrices, como Anna Magnani o Bette Davis. En cambio, guapos pésimos actores, como Alain Delon, hay muchos menos que feos en general, pues para los varones, aparte la belleza, cuentan otros factores selectivos, como dureza o seminalidad. Clark Cable o Stewart Granger eran tan malos que ni por guapos los habrían cogido de no ser tan espesamente seminales que hoy todavía hasta a través de un vídeo hacen abrir las ventanas de la sala por el pestazo a semen que difunden. Pero con el supremo encumbramiento social de las modelos -hoy ya por encima de la gran actriz-, la alta costura, que prima la belleza como único factor de selección, exclusivamente femenino, marca el extremo en que la “selección natural” ha reabierto un  abismo entre los sexos. Pero si la más alta jerarquía social de una mujer es la que puede alcanzar como modelo -con la belleza como única medida de su “más valer”-, es que el papel de portadora de vestidos se considera la función más propia y más definitoria de su condición (como en los tiempos del “ocio vicario”, que ya en 1899 denunciaba Thornstein Veblen en su Teoría de la clase ociosa. Nadie me acuse de generalizar baremos  de la jet: esas figuras, por su omnipresencia, son categorías, tienen la enorme fuerza de los arquetipos; su pauta hace criterio, reconduce las representaciones y condiciona así el modo de ver y concebir a las mujeres no menos que el de verse y concebirse ellas mismas a sí mismas. Cada cultura crea su universal real; miopía nominalista es ver sus cambios como una mera anécdota estadística: por deprimente que el hecho nos resulte, la culminación social de la mujer y por ende su imagen ideal es hoy la de modelo. ¡Oh, nueva reina, portadora de vestidos, ¿qué se hizo de la emancipación?!

EL AZUL DEL CIELO

De Campo de retamas de Ferlosio, p. 61
 (Supremo bien) Lázaro Carreter va equivocado al tener por impropio que en España, donde la lluvia es más que en otras partes bendición del cielo, los meteorólogos usen la expresión “riesgo de lluvias''· Cien expresiones, como “promete sereno” y “amenaza nublado", demuestran que el criterio del Buen Tiempo no es lo propicio para la necesidad, sino el gusto del cuerpo a la intemperie. No mira al cielo pensando en la cosecha sino en la hospitalidad del exterior, y el inocente egoísmo del presente elige siempre el cielo azul. La gratitud del cuerpo al cielo azul enciende la alegría. El cielo azul es alegre por sí mismo; no puede ser un símbolo de la alegría, pues según la certera concepción escolástica –“algo que está en lugar de algo”-, el símbolo ha de ser -por convención, por mimesis o por metáfora- un sustituto de lo  simbolizado, y el cielo azul no puede estar en lugar de la alegría, porque tiene en sí mismo, y aun por excelencia, la cualidad de lo alegre en cuanto tal. El cielo azul es la visión primordial a que remite la idea más general de la alegría: todas las alegrías son como el cielo azul. La reflexión de la felicidad debe empezar por la alegría, su fainómenon; error de Savater dejarla a un lado como un accesorio. La relación entre alegría y felicidad consiste en que ésta es condición de posibilidad de aquélla: el infeliz no puede alegrarse con el cielo azul y a los desesperados puede llegar a series hasta doloroso. Pero una nube que empaña el horizonte es la figura más elemental, trivial, de la felicidad amenazada: es como si se quisiese la felicidad no por sí misma, sino por la alegría que hace posible. “Perder los ojos" dicen los italianos por “morir”; ¿es por las cuencas vaciadas de la calavera o porque poder ver el cielo azul, el día luminoso, es tal vez, a la postre, el bien mínimo y máximo, primero y último, de todo anhelo humano? 

BUENA EDUCACION

De Hoy he conocido a alguien de Milena Busquets, p. 167
Había una jarra de limonada recién hecha. Ofelia sirvió dos vasos y le tendió uno a Ginebra.
-Gracias. Sí, sí, estoy bien. Un poco cansada quizás. Y un poco desesperada. He roto con Norman.
-¡Vaya! ¿Qué ha pasado?
-Me dijo que se acostaba con su mujer.
Ofelia se la quedó mirando unos segundos, con cara de incredulidad, y acto seguido se echó a reír a carcajadas. Intentó hablar pero se atragantó y se puso a toser. Ginebra, convencida de que lo que acababa de contar era algo horrible, en absoluto divertido, pensó que no la había entendido bien. Cuando por fin se recuperó y pudo hablar, Ofelia dijo:
-Pero, criatura, al margen de las necesidades físicas de cada uno, acostarse con el marido, o con la mujer, es cuestión de cortesía, de buena educación. Seguro que contigo es totalmente diferente.
-¿Cuestión de cortesía irse a la cama con alguien?
Ofelia se echó a reír de nuevo.
-¿Cómo puedes ser tan ingenua para algunas cosas, y tan lista y retorcida para otras?
-No lo sé, le dije cosas horribles. Le dije que su mujer debía de ser gorda y fea, como todas las inglesas. Nunca me lo perdonará.
Ofelia se volvió a atragantar con la limonada, unas gotitas le mancharon la chaqueta. Siguió riendo.
-¡Pobre hombre!
-¿Tú crees?
-Yo creo que se merece una disculpa.

DESCRIPCIONES

De A este lado del paraíso de FS Fitzgerald, p.72
Descriptivo
Amory tenía ya dieciocho años, medía algo menos de un metro ochenta y era excepcional aunque no convencionalmente guapo. Tenía una cara juvenil, con una expresión ingenua contrastada por sus penetrantes ojos verdes, orlados de largas pestañas oscuras. En cierto modo carecía de ese intenso magnetismo que acompaña siempre a la belleza del hombre o la mujer, su personalidad radicaba sobre todo en algo mental, no estaba en su poder abrirle o cerrarle el paso como si se tratara de un grifo. Pero la gente no olvidaba su rostro.
Isabelle

Todas las impresiones e ideas de Isabelle eran muy caleidoscópicas. Tenía en su haber esa curiosa mezcla de talento artístico y social que sólo se encuentra en dos clases de mujeres, las actrices y las damas de sociedad. Su educación o, mejor dicho, su amaneramiento lo había   absorbido de los jóvenes que la habían rodeado; su tacto era instintivo y su capacidad para aventuras amorosas estaba solamente limitada al número de llamadas telefónicas posibles. La aventura parecía ofrecerse en sus grandes ojos oscuros y brillaba a través de su intenso magnetismo.
Traducción de Juan Benet

SEXO ORAL

De Plegarias atendidas de Truman Capote, p.21
Me puse a hacer auto-stop sin tener pensado ningún destino particular. Me cogió un hombre que conducía un Cadillac blanco descapotable. Un tipo robusto con la nariz partida y enrojecida y pecosa de un irlandés. Nadie lo habría topar un marica, y sin embargo lo era. Me preguntó adónde dirigía, y yo me limité a encoger los hombros. Quiso saber mi edad y le dije dieciocho, aunque en realidad tenía tres años menos. Con una sonrisa forzada me dijo:
-Bueno, no quisiera corromper la moralidad de un menor
Como si yo tuviera alguna moralidad.
Después, de un modo solemne dijo:
-Eres un muchacho bien parecido.
Y era verdad, de baja estatura, uno setenta (y al final uno setenta y dos), pero fuerte y bien proporcionado, con el pelo castaño claro rizado, ojos pardos y un rostro espectacularmente anguloso. Observarme en el espejo me resultaba siempre una experiencia reconfortante. De modo que cuando Ne se lanzó al ataque, pensó que tenía fruta fresca entre sus manos. iJa! iCon lo temprano que había empezado yo! A los siete u ocho años, más o menos, ya había conocido toda la gama, desde numerosos chicos mayores, hasta varios curas pasando incluso por un guapo jardinero negro. En realidad yo era una especie de puta barata. Había pocas cosas que no hubiese hecho por cinco centavos de chocolate.

Aunque viví varios meses con él, no me acuerdo del apellido de Ned. ¿Ames? Era masajista jefe de un gran hotel de Miami Beach, una de esas guaridas de judíos inactivos de color pastel y nombre francés. Ned me enseñó el oficio, y después de abandonarle me gané la vida como masajista en una serie de hoteles de Miami Beach. De ese modo tuve un buen número de clientes particulares, hombres y mujeres a quienes daba masajes y les enseñaba ejercicios corporales y faciales, aunque los ejercicios faciales sean todos una estafa. Chupar pollas es el único eficaz. No es ninguna broma. No hay nada como eso para dar firmeza a las mandíbulas.

BECKETT Y GUGGENHEIM

De Plegarias atendidas de Truman Capote, p.78
¿Se acuerdan de Hulga, mi esposa? Si no hubiera sido por Hulga y por el hecho de que estábamos legalmente encadenados, me habría casado con la Guggenheim, aunque era treinta quizá más años mayor que yo. Y si lo hubiera hecho, no habría sido porque me hacía gracia, a pesar de su costumbre de hacer sonar su dentadura postiza- y de que tuviese todo el aspecto de una Bert Lahr con el pelo largo. Era un placer pasar toda una tarde de invierno veneciano en el sólido y blanco Palazzo dei Leoni donde la Guggenheim vivía con once terriers tibetanos y un mayordomo escocés, el cual continuamente estaba escapándose a Londres para ver a su   amante, hecho del que su patrona no se quejaba ya que era una snob, y se decía que el  amante era un criado del príncipe Felipe. Era un placer beber el vino tinto de la dama y escucharla rememorar en voz alta sus matrimonios y aventuras, y me asombró oír entre aquella brigada de gigolós el nombre de Samuel Beckett. Es difícil imaginarse un acoplamiento más extraño, la judía rica y mundana, y el monacal autor de Molloy y de Esperando a Godot. Hace que uno se cuestione la pretenciosa soledad y austeridad de Beckett. Ya que si un escritorzuelo inédito y en la miseria, que es lo que era Beckett en el momento de la liaison, se echa como amante a una heredera del cobre, americana y fea, no lo hace sin pensar en algo más que en el amor. Yo mismo, no obstante mi admiración hacia ella, supongo que habría estado bastante interesado por su riqueza. Pero la única razón por la cual no me comporté según acostumbro, intentando sacarle algo, fue porque la vanidad me había convertido en un simple y maldito idiota.
En la foto Peggy, una amiga y Beckett

INCIPIT 481. A ESTE LADO DEL PARAISO / F.SCOTT FITZGERALD

1. Amory, hijo de Beatrice
Amory Blaine había heredado de su madre todos los rasgos que, con excepción de unos pocos inoperantes y pasajeros, hicieron de él una persona de valía. Su padre, un caballero inútil y desgarbado que unía la afición a Byron a la costumbre de dormitar sobre la Enciclopedia Británica, se hizo rico a los treinta años gracias a la muerte de sus dos hermanos mayores, afortunados agentes de Bolsa de Chicago; en su primera explosión de vanidad, creyéndose el dueño del mundo, se fue a Bar Harbar, donde conoció a Beatrice O'Hara. Fruto de tal encuentro, Stephen Blaine legó a la posteridad toda su altura -un poco menos de un metro ochenta- y su tendencia a vacilar en los momentos cruciales, dos abstracciones que se hicieron carne en su hijo Amory. Durante años revoloteó alrededor de la familia: un personaje dubitativo, una cara difuminada bajo un pelo gris mortecino, siempre pendiente de su mujer y atormentado por la idea de que no sabía ni podía comprenderla .. .

En cuanto a Beatrice Blaine ... , ¡vaya mujer! Unas viejas fotografías tomadas en la finca de sus padres en Lake Geneva, Wisconsin, o en el Colegio del Sagrado Corazón de Roma  -llevada allí por esa extravagancia pedagógica reservada, en

INCIPIT 480. UNA PALABRA TUYA / ELVIRA LINDO

CAPITULO 1

No me gusta ni mi cara ni mi nombre. Bueno, las dos cosas han acabado siendo la misma. Es como si me encontrara infeliz dentro de este nombre pero sospechara que la vida me arrojó a él, me hizo a él y ya no hay otro que pueda definirme como soy. Y ya no hay escapatoria. Digo Rosario y estoy viendo la imagen que cada noche se refleja en el espejo, la nariz grande, los ojos también grandes pero tristes, la boca bien dibujada pero demasiado fina. Digo Rosario y ahí está toda mi historia contenida, porque la cara no me ha cambiado desde que era pequeña, desde que era una niña con nombre de adulta y con un gesto grave. Digo Rosario y parece que estoy oyendo a mi madre, cuando aún pronunciaba mi nombre por este pasillo, cuando aún recordaba mi nombre y venía a traerme la comida en la bandeja con ese vaivén con el que andaba penosamente, siempre torcida hacia la izquierda, siempre con un aire de desilusión que se disipaba cuando hablaba con mi hermana por teléfono. 

PEREZA

De Campo de retamas de RS Ferlosio, p. 56
 (¿Libre albedrío?) ¿De qué me serviría a mí ser libre si soy tan perezoso? Contestar que la pereza es mi cadena sería tanto como identificar la libertad co