Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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INCIPIT 1.629. A OSCURAS / THOMAS PYNCHON


    Cuando los problemas llegan a la ciudad, suelen venir por las vías férreas de la North Shore Line. Y dados los tiempos convulsos que vive el lago Michigan a la altura de Chicago, con los vientos cambiantes, la derogación de la ley seca a la vuelta de la esquina, Big Al Capone en la trena federal de Atlanta, y los asuntos de la Mafia de Chicago más alterados e imprevisibles, todo el mundo que necesita una excusa para salir pitando de la ciudad acaba viniendo aquí, a Milwaukee, donde, por lo general, lo más grave que te puede ocurrir es que te roben la pasta.

Hicks McTaggart ha estado dando vueltas por el distrito de Third Ward, la mayor parte del día sin quitar ojo a un par de turistas con sombreros Borsalino y gabanes de pelo de camello, procedentes sin duda de sus cuarteles generales, lago Michigan abajo, en el cruce de la Calle 22 y la avenida Wabash, pues la Mafia de Chicago se ocupa de todo lo que se precise en Milwaukee desde que Vito Guardalabene la palmó, aunque al sucesor de Vito, Pete Guardalabene, todavía se le considera el jefe en el Third Ward y sus fotografías aparecen en las páginas de sociedad, sonriendo en bodas y esas cosas.

Merodeando por el callejón al que da la parte trasera del Bella Palermo, el restaurante de Pasquale, Hicks oye la algarabía de un compadreo que enrolla fideos, le llega el olor a salsa de espaguetis, a ajo friéndose y a sfinciuni bagherese haciéndose sobre un fuego de ramas de olivo, y eso le da hambre, aunque hoy, tan cerca del día de cobro, el menú de su comida es un termo de café y un buñuelo de mantequilla que lleva metido en alguno de sus bolsillos.

 


Pynchon


Bartebly y compañía, Enrique Vila-Matas, p. 166

Pynchon se graduó en literatura inglcsa en la Universidad de Cornell en 1958 y trabajó como redactor para la Boeing. A partir de ahí, nada de nada. Y ni una foto o, mejor dicho, una de sus años de escuela en la que se ve a un adolescente francamente feo y que no tiene, además, por qué necesariamente ser Pynchon, sino una más que probable cortina de humo.

Cuenta José Antonio Gurpegui una anécdota que hace años le contó su añorado amigo Peter Messent, profesor de literatura norteamericana en la Universidad de Nottingham. Messent hizo su tesis sobre Pynchon y, como es normal, se obsesionó por conocer al escritor que tanto había estudiado. Tras no pocos contratiempos, consiguió una breve entrevista en Nueva York con el deslumbrante autor de Subasta del lote 49. Los años pasaron y cuando Messent se había convertido ya en el prestigioso profesor Messent —autor de un gran libro sobre Hemingway— fue invitado, en Los Ángeles, a una reunión de íntimos con Pynchon. Para su sorpresa, el Pynchon de Los Ángeles no era en absoluto la misma persona con la que él se había entrevistado años antes en Nueva York', pero al igual que aquél conocía perfectamente incluso los detalles más de su obra. Al terminar la reunión, Messent se atrevió a exponer la duplicidad de personajes, a lo que Pynchon, o quien fuere, contesté) sin la menor turbación:

—Entonces usted tendrá que decidir cuál es el verdadero.


PYNCHON

Bartebly y compañía, Vila-Matas, p. 174


79) Mucho más oculto que Gracq o que Salinger, el neoyorquino Thomas Pynchon, escritor del que sólo se sabe que nació en Long Island en 1937, se graduó en Literatura Inglesa en la Universidad de Cornell en 1958 y trabajó como redactor para la Boeing. A partir de ahí, nada de nada. Y ni una foto o, mejor dicho, una de sus años de escuela en la que se ve a un adolescente francamente feo y que no tiene, además, por qué necesariamente ser Pynchon, sino una más que probable cortina de humo.

Cuenta José Antonio Gurpegui una anécdota que hace años le contó su añorado amigo Peter Messent, profesor de literatura norteamericana en la Universidad de Nottingham. Messent hizo su tesis sobre Pynchon y, como es normal, se obsesionó por conocer al escritor que tanto había estudiado. Tras no pocos contratiempos, consiguió una breve entrevista en Nueva York con el deslumbrante autor de Subasta del lote 49. Los años pasaron y cuando Messent se había convertido ya en el prestigioso profesor Messent -autor de un gran libro sobre Herningway- fue invitado, en Los Angeles, a una reunión de íntimos con Pynchon. Para su sorpresa, el Pynchon de Los Angeles no era en absoluto la misma persona con la que él se había entrevistado años antes en Nueva York, pero al igual que aquél conocía perfectamente incluso los detalles más insignificantes de su obra. Al terminar la reunión, Messent se atrevió a exponer la duplicidad de personajes, a lo que Pynchon, o quien fuere, contestó sin la menor turbación:

-Entonces usted tendrá que decidir cuál es el verdadero.

ENTROPIA, PYNCHON


Los lenguajes de la verdad, Salman Rushdie, p. 267

Las dos grandes ideas opuestas en la obra del solitario novelista estadounidense Thomas Pynchon son la paranoia y la entropía. Sus numerosos personajes paranoicos, como Herbert Stencil en V. y casi todos los de La subasta del lote 49, están convencidos de que se les oculta la verdadera forma y el verdadero significado del mundo, y que unas fuerzas colosales -Gobiernos, empresas, extraterrestres- están actuando y manejan el mundo al mismo tiempo que ocultan su existencia tras pantallas impenetrables. Estos personajes existen en contraposición con otro grupo de arquetipos, como el marinero Benny Profane y sus amigos de «Toda la tripulación enferma» en V., para quienes la vida parece ser una fiesta de la cerveza que va decayendo lenta y casi catatónicamente sin llegar nunca a acabar.

La segunda ley de la termodinámica nos dice que el calor siempre fluye del objeto más caliente al más frío, de modo que, gradualmente, el más caliente se vuelve menos caliente y el más frío se calienta más. Cuando este principio se aplica a escala universal, se da a entender que  la energía calorífica de todos  los objetos calientes -es decir, las estrellas- se disipará lentamente, extendiéndose a la materia menos caliente, hasta que, al final, toda la materia del universo estará a la misma temperatura y no quedará energía utilizable. Todo el cosmos será víctima de un enervamiento terminal. Esto es lo que William Thomson, el primer barón Kelvin ( una persona de carne y hueso, y no una invención pynchoniana) describió en 1851 como «la muerte por calor del universo». Con la disipación universal de la energía habría un momento en el que cesaría todo movimiento. La interminable fiesta de la cerveza de Benny Profane por fin acabaría.


PYN CHON


Esta bruma insensanta, Vila-Matas, p. 184
Me lancé a recordar una historia relacionada con Peter Messent, profesor de literatura norteamericana en la Universidad de Nottingham. Hizo su tesis sobre Pynchon y, como cabía esperar, se obsesionó por conocer al escritor que tanto había estudiado. Tras no pocos contratiempos, consiguió una breve entrevista en Nueva York con el autor de La subasta del lote 49, es decir, con Pynchon, y estuvo hablando con él a lo largo de un par de horas que él siempre recordó como muy intensas. Pasaron después los años, y cuando Messent se había convertido ya en el prestigioso profesor Messent, fue invitado en Los Ángeles a una reunión de amigos entre los que estaba el propio Pynchon. Para su gran sorpresa, el Pynchon de Los Ángeles no era en absoluto la misma persona con la que él se había entrevistado años antes en Nueva York, pero, al igual que aquél, conocía perfectamente incluso los detalles más insignificantes de su obra. Fue raro. Y, al terminar la reunión, Messent se atrevió a exponer su problema o dilema ante la existencia de dos Pynchon. Y Pynchon, o quien fuera que estaba ante él, sin turbarse lo más mínimo, dijo: “Entonces usted tendrá que decidir cuál es el verdadero”.

TANATOIDE

Vineland, Thomas Pynchon, p. 165
-¿Qué es un tanatoide? Vale, en realidad es una abreviatura de «personalidad tanatoide». «Tanatoide» significa «como la muerte, sólo que distinto».
-¿Tú lo entiendes? -preguntó Takeshi a LO.
-Por lo que yo sé, viven todos juntos, en edificios de apartamentos tanatoides, o en casas tanatoides en pueblos tanatoides. Vivienda modular y más bien poco amueblada, no tienen muchos estéreos, cuadros, alfombras, muebles, chucherías, vajillas, cuberterías, nada de eso, porque para qué preocuparse, ¿me equivoco, OB?
--Uh ee ahkhh uh akh uh Oomb -dijo el chaval, con la boca llena de la comida de Takeshi.
-«Pero vemos mucha tele» -tradujo LD. Mientras esperaban los datos necesarios para satisfacer sus necesidades y cumplir sus objetivos entre los a6n vivos, los tanatoides pasaban al menos parte de cada hora de vigilia coa un ojo en la tete.

-Jamás habrá una comedia situacional tanatoide -predijo Ortho Bob, lleno de confianza-, porque lo único que podrían enseñar serían escenas de tanatoides viendo la tele. Dependiendo de lo desesperado que se sintiera el espectador de ese tipo de programas, incluso aquello podría haber sido marginalmente interesante de no haber aprendido los tanatoides recientemente, antes de la profusión ininterrumpida de vídeos, a limitarse exclusivamente, como ya hacían en otras esferas, a las emociones que contribuyeran a arreglar lo que les impidiera progresar hacia la condición mortal. Entre esas emociones, constreñidos como estaban los tanatoides por la historia y por las reglas del desequilibrio y la restauración a sentir poco más que sus necesidades de venganza, la más común era con mucho el resentimiento.

NON FINITO. MAXON Y DIXON / THOMAS PYNCHON

Los copos de nieve, que vuelan trazando arcos, han cuajado de estrellas las paredes de los edificios anexos, y también la ropa de los primos, cuyos sombreros ha arrebatado el fuerte viento que sopla, procedente de Delaware. Los muchachos ponen los trineos a cubierto, secan y engrasan con esmero los patines, depositan los zapatos en el zaguán de la entrada trasera y, con los pies enfundados en las medias, bajan a la gran cocina, donde desde la mañana reina una agitación en absoluto improvisada, un bullicio acentuado por las resonantes tapaderas de varias ollas y cacerolas con estofado, y por la atmósfera, que huele a las especias que se utilizarán para los pasteles, a frutas peladas, a sebo y azúcar caliente. Los muchachos, tras bajar precipitadamente y, entre golpes rítmicos de batidor y de cuchara, pedir y birlar lo que pueden, prosiguen su camino, como hacen cada tarde de este nevado Adviento, hacia una confortable sala que hay en la parte trasera de la casa, cedida desde hace años a sus alegres desmanes. Aquí han venido a parar una larga mesa con caballetes, llena de muescas e incisiones, y dos bancos desparejados, procedentes de la rama familiar del condado de Lancaster, algunos muebles Chippendale construidos en la calle Segunda de Filadelfia, donde se concentran las ebanisterías, entre ellos una versión del célebre Sorn Chino, provisto de un alto dosel de varas y varas de tela violeta que se pueden desplegar para formar una tienda cómoda y penumbrosa, y unas pocas sillas, todas ellas distintas, enviadas desde Inglaterra antes de la guerra. 

INCIPIT 813. LA SUBASTA DEL LOTE 49 / THOMAS PYNCHON

Una tarde de verano, al volver de una fiesta organizada por TuppeiWare donde la anfitriona había puesto quizá demasiado kirsch en la fondue, la señora Edipa Maas se enteró de que la habían nombrado albacea de la herencia de un tal Pierce lnverarity, un magnate californiano de las inmobiliarias que cierta vez había perdido dos millones de dólares en su tiempo libre pero cuyos restantes bienes eran aún lo bastante numerosos y complicados como para que el trabajo de clasificarlos fuese algo más que simbólico. Edipa se detuvo en la sala de estar y, bajo la atenta mirada del ojo apagado y verdoso de la pantalla del televisor, invocó el nombre de Dios y se esforzó por sentirse embriagada al máximo. No dio resultado. Pensó en la habitación de cierto hotel de Mazatlán cuya puerta se había cerrado de golpe, por lo visto definitivamente, despertando a doscientos pájaros que dormitaban en el vestíbulo; en un amanecer en la cuesta de la biblioteca de la Universidad de Cornell que nadie más había visto porque dicha cuesta daba a poniente; en una melodía triste y sin adornos del cuarto movimiento del Concierto para Orquesta de Bartók; en un busto encalado de Jay Gould que Pierce tenía sobre la cama, en un anaquel tan estrecho que a ella siempre le asaltaba el temor de que se les cayera encima. ¿Habría muerto así, pensó, sumido en sueños, aplastado por la única escultura de la casa? Sólo se le ocurrió echarse a reír, a carcajadas, con impotencia: qué morbosa eres, dijo para sí, o para la habitación, que estaba al tanto.

JARDIN DEL EDEN

De Vineland, Pynchon, p. 161
Esto es importante, así que escucha. Ocurre en el Jardín del Edén. Entonces, hace mucho, no había hombres. El paraíso era femenino. Eva y su hermana, Lilith, estaban solas en el Jardín. Después colaron en la historia a un tipo llamado Adán, para que los hombres parecieran más legítimos, pero de hecho el primer hombre no fue Adán ... fue la Serpiente.
-Me gusta esta historia -dijo Takeshi, acurrucándose sobre la almohada.

-Fue el hombre, sórdido y escurridizo -prosiguió Rochell. Quien inventó el “bien” y el “mal”, cuando hasta entonces las mujeres se habían conformado simplemente con ser. Entre otros timos, los hombres nos convencieron de que éramos administradoras naturales de ese asunto de la moral, que acababan de inventar. Nos metieron a la fuerza en el desastre que habían hecho de la creación, toda subdividida y etiquetada, nos dieron las llaves de la iglesia y ellos se fueron a los salones de baile y los puticlubes. En fin ... detrás de esas gafas de Osear Goldman de pacotilla pareces lo bastante listo como para comprender que me estoy refiriendo a Louise Darryl. Por mucho que se distancie personalmente de la gente, no le será fácil andar por ahí fuera contigo, porque nunca le ha sido fácil, y tal vez no estuviera mal que de vez en cuando le dedicaras algún pensamiento simpático. 

INCIPIT 573. VINELAND / THOMAS PYNCHON

Una mañana de verano de 1984, máis tarde de lo habitual, Zoyd Wheeler se despertó flotando entre rayos de sol que atravesaban una higuera trepadora colgada de la ventana, mientras un escuadrón de arrendajos azules caminaba ruidosamente sobre el tejado. En su sueño, los arrendajos eran palomas mensajeras de algún lugar lejano, allende el océano, que aterrizaban y despegaban de nuevo una por una, todas ellas con un mensaje para él y una vibración de luz en las alas, pero no podía alcanzar a tiempo a ninguna. Comprendió que era otro poderoso empujón de fuerzas invisibles, relacionado, casi con seguridad, con la carta que había llegado con su último cheque por discapacitado mental, recordándole que si no hacía alguna locura en público antes de una fecha para la que ya faltaba menos de una semana, perdería el derecho a percibir prestaciones. Se levantó de la cama gimiendo. En algún lugar indeterminado, al pie de la colina, se afanaban martillos y sierras, y en la radio de algún camión sonaba música popular americana. A Zoyd se le habían acabado los pitillos.
En la mesa de la cocina, al lado de la caja de ChocoDrácula, que resultó estar vacía, encontró una nota de Prairie. «Papá, me han vuelto a cambiar el tumo, así que me fui con Thapsia. Tienes una llamada del Canal 86, dijeron que urgente, les dije que trataran ellos de  despertarte. De todas formas te quiero, Prairie.»
-Me temo que tendrán que ser Froot Loops otra vez -murmuró, hablando  a la nota. Con suficiente Nesquick encima no eran tan malos, y varios ceniceros rindieron media docena de colillas fumables. Después de demorarse cuanto pudo en el cuarto de baño, se decidió  finalmente a localizar el teléfono y llamar a la emisora local de televisión para recitarles el comunicado de prensa de ese año. Pero «será mejor que pregunte, señor Wheeler. Nos dicen que le han cambiado la hora».
-¿Preguntar a quién, el que lo hace soy yo, no?
-Nos han dicho que vayamos todos al Cucumber Lounge. 
-Pues yo no pienso ir, estaré en el Log Jam de Del Norte. –iQué demonio les pasaba? Zoyd llevaba semanas planeando el asunto.

MAS SOBRE EL 11S

De Al límite de Pynchon, p. 345-346
-Parece que lo de salir con policías se ha terminado. Todas las chicas de la ciudad, independientemente de su coeficiente intelectual, se han transformado de la noche a la mañana en desamparadas estúpidas que se desviven por que las cuide uno de esos grandes y fuertotes uniformados de emergencias. ¿Modernas ellas?, ¿modernillas de pitiminí? Puaj. Unas descerebradas que no se enteran de nada, eso es lo que son.
Reprime las ganas de preguntar si Carmine, incapaz de resistirse a tanta atención, ha estado engañándola:
-Pero ¿qué ha pasado exactamente?, bueno, no, mejor exactamente no.
-Carrnine ha estado leyendo los periódicos, se ha tragado la historia entera. Ahora se cree que es un héroe.
_¿y no lo es?
-Es un detective de comisaría. No ve las emergencias ni en pintura, para cuando él llega ya se han ido todos. Se pasa la mayor parte del tiempo en la oficina. El mismo trabajo que ha hecho siempre, los mismos ladronzuelos de siempre, los mismos camellos, los mismos maltratadores domésticos. Pero ahora Carmine cree que está en primera línea de la Guerra contra el Terror y que yo no me muestro lo debidamente respetuosa.
-Pero (lo has sido alguna vez?, ¿acaso antes no se daba cuenta? -Él apreciaba que una mujer tuviera carácter, una personalidad fuerte. Eso decía. Y eso creía yo. Pero desde el ataque ...

-Sí, ya, se nota lo mucho que se han agriado algunos caracteres. -Los policías de Nueva York siempre han sido arrogantes, pero últimamente aparcan siempre en la acera, gritan a los civiles sin motivo; cada vez que un chaval intenta saltarse un tomo, se suspende el servicio de metro y vehículos policiales de todas las clases, de superficie y aerotransportados, convergen en la zona y ahí se quedan. En Fairway han empezado a vender mezclas de café con los nombres de los distritos policiales. Las panaderías que sirven a las cafeterías han inventado un gigantesco bollo relleno de mermelada llamado «Héroe», con la forma del conocido sándwich del mismo nombre, para cuando aparecen los coches patrulla. Heidi ha estado trabajando en un artículo para el journal of Memespace Cartography que ha titulado «Estrella  heteronormativa en alza, compañero oscuro homófobo", en el que argumenta que la ironía, que se supone que es un rasgo básico del humor gay urbano y era muy popular en los 90, se ha convertido ahora en una víctima colateral más del 11S porque no habría impedido que ocurriese la tragedia.