hoy hace una semana que asia ha desaparecido.
- hoy también se me ha partido la cadena de la bici. -
cuando asia se fue yo estaba en málaga. así que en realidad no la veo desde el lunes. estoy casi segura de que le ha pasado algo, porque siempre que se va vuelve al día siguiente.. nunca más de dos días. estoy casi segura de que no va a volver.. y aún así no he podido llorar. aún así sigo soñando cada noche que aparece entre arbustos, maullando.. llamándome.
es una puta mierda en realidad.
en málaga, pasé todo el martes con mozart. bien entrada la tarde, necesité una ducha para despejarme de la decadencia del día. para prepararme para nuestra cena favorita. y para olerme a mí misma y sentirme bien -cabe decir que yo nunca huelo mal -. mientras cogía ropa limpia y toalla, mozart me pidió que le dejase un libro. apenas tengo libros en papel ahora que tengo el libro electrónico. así que es una tarea fácil. mozart es, como yo, un enamorado de la literatura de murakami y crónica del pájaro que da cuerda al mundo es casi el único libro no teatral que tengo. ya le había hablado de él.. es de los pocos de murakami que aún no ha leído. así que se lo entrego.. casi solemnemente.
.- ¿alguna vez has leído a murakami fumado?
.- no.. pero tiene que ser genial.
.- lo es. yo me leí sputnik dos veces, la primera normal y la segunda, de principio a fin, fumada. y, sin duda.. lo disfruté muchísimo más la segunda. lo que pasa es que como ya conoces el fondo, puedes centrarte más en la forma.. y te das cuenta de cosas en las que antes no habías prestado atención. te das cuenta de que la forma apoya totalmente al contenido. empieza crónica ahora.. aprovecha que lo estás y que yo me voy a duchar.
cuando volví de málaga, asia ya llevaba dos días enteros desaparecida. y cuando se lo conté a mozart me dijo: ostias.. como en crónica. y yo caigo de repente: es verdad.. así empieza.
—Bueno, tómate tiempo para pensarlo —dijo mi mujer—. Oye, ¿ya ha vuelto el gato?
El gato. Al oírlo me di cuenta de que no me había acordado de él en toda la mañana.
—No, todavía no ha vuelto.
—¿Te importaría mirar un poco por el barrio? Ya hace más de una semana que ha desaparecido.
Solté un gruñido como toda respuesta y volví a pasarme el auricular a la mano izquierda.
—Quizás esté en el jardín de la casa abandonada que hay al fondo del callejón. El jardín donde hay aquel pájaro de piedra. Lo he visto por allí algunas veces.
—¿En el callejón? —dije—. ¿Cuándo has ido tú al callejón? Nunca me habías dicho nada...
—Oye, lo siento, tengo que colgar. Tengo que volver al trabajo. Acuérdate del gato, ¿eh?
Y colgó. De nuevo me quedé unos instantes mirando el auricular.
«¿El
callejón? ¿Por qué razón habría tenido que ir Kumiko al callejón?»,
pensé. Para entrar hay que saltar un muro de bloques de cemento. Hacer
todo eso para entrar en aquel sitio no tiene ningún sentido. Fui a la
cocina, bebí agua, y luego salí al cobertizo y miré el plato del gato:
las sardinas secas estaban tal como yo las había dejado la noche antes y
no faltaba ni una. Era evidente que el gato no había vuelto. De pie
bajo el cobertizo, miré hacia nuestro pequeño jardín bañado por los
rayos de un sol de principios de verano. No era un jardín cuya
contemplación sosegara el espíritu. La tierra donde sólo tocaba el sol
una pequeña parte del día se veía siempre húmeda y oscura y, aunque
había plantas, sólo teníamos en un rincón dos o tres hortensias de
aspecto poco imponente. Además, la hortensia es una flor que no me gusta
demasiado. Desde una arboleda cercana llegaba el chirrido regular de un
pájaro, un ric- ric, como si estuviera dándole cuerda a algún mecanismo. Nosotros hablábamos de él como del pájaro-que-da-cuerda. Fue
Kumiko quien lo llamó así. No sé cuál es su auténtico nombre. Tampoco
sé cómo es. Pero, se llame como se llame, sea como sea, el pájaro-que-da-cuerda viene cada día a la arboleda que hay cerca de casa y le da cuerda a nuestro apacible y pequeño mundo.
«¡Uff! ¡Andando! ¡A por el gato!», pensé. Siempre me han gustado los gatos. Y
éste me gusta en particular. Pero los gatos tienen su propio estilo de vida. No son estúpidos.
qué gracioso y desesperado es cuando la vida te mueve a su antojo a través de casualidades y señales perdidas. es una alegría ver cómo todo encaja de una forma tan maquiavélica.
a asia le he cantado infinitas veces because we are your friends.. you'll never be alone again. sólo ese trocito. ella me miraba fijamente y yo pensaba que soy un poco idiota. hago esas cosas con los animales. ahora la canto a veces, tan flojito que sé que aunque estuviese a dos metros de mí no me oiría.. pero pienso que da igual.. que tal vez si yo lo canto ella lo sabrá y vendrá corriendo a mirarme con sus ojos de "eres idiota, eme.. "
pero de momento no.. no funciona. y estoy casi segura de que, como le pasó a noboru wataya, yo tampoco volveré a ver a mi gata.