jueves, 31 de diciembre de 2009

Nochevieja 2.9

Gracias a todos los q. estáis cerca y habéis compartido conmigo este año tan intenso.
Os deseo todo lo mejor para el 2010.
Millones de besos,
eve o if.

martes, 29 de diciembre de 2009

Como un flan


Soy un flan. Un flan de huevo que se tambalea a cada paso.
Hoy me he derretido dos veces, las dos leyendo el correo. La gente piensa q las relaciones en internet son de mentira, pero a mí me hacen temblar.
Un amigo se ha ido de viaje y antes de vagar de aeropuerto en aeropuerto me ha escrito. Yo no esperaba ya su mensaje pero al leerlo he tenido tal sensación de proximidad con lo que me contaba q se me han saltado las lágrimas. Para que no se me corriera el rimel que no llevo me he puesto a imaginar los resorts de arañas que debe haber en las esquinas de mi casa kosovar. Después leer su correo varias veces- si fuera de papel lo hubiera llevado todo el día en el bolsillo- me he lanzado a contestarle. Tenía tal terremoto de emociones entre las teclas que me he visto corriendo hacia él como Christian el león al reconocer a los hermanos que le adoptaron cuando solo era una mascota de unos grandes almacenes. (Christian es, después de Frida y Justine, el gato más dulce del mundo, en la foto se parece mucho a mi frida. A ella también le encanta abrazar). Mi amigo estará volando ahora mismo. No sé si sabe que desde hace unos meses el ha cambiado el paradigma de mi rutina con su claridad.
La historia de Christian me rompe en trocitos de yema batida. Supongo q la conocéis, si no, buscad el enlace -christian, leon- en youtube y no preguntéis si es un montaje . Sea o no sea algo preparado -truman maligno- yo me lo creo.
Ultimamente soy un flan que se derrite ante este tipo de acciones.
El día de Nochebuena, de mañana, me llamó al móvil una señora. Al principio no la reconocí. Después la calidez de su voz hizo q tartamudeara: Era la madre de un chico al que he querido- y quiero- con locura. Me llamaba para felicitarme la Navidad, como hacíamos todos los años. Estuvimos un rato hablando: yo sin voz de tanta emoción; ella, sin prisa, casi se le quema lo q tenía en el puchero. Cuando colgué recordaba q una de las cosas q hicieron q me enamorara de él fue cómo hablaba de su madre: "mi madre canta cuando guisa y en Semana Santa toda la casa se llena de los aromas de la cocina y de su voz". Hace mucho q no me llama pero hace más que echo de menos su ternura de gato grande, de león que no cabe en King's Road. Su madre me dijo q estaba muy guapo- seguro, siempre lo ha sido- y me mandó muchos besos antes de colgar. Le prometí q iría pronto a verla. Nunca nos hemos visto en persona, pero no dudo de que su afecto sea de verdad.
Tan real como mi vecino de rellano, Carlos. Un tipo fantástico, alegre y que cocina con el esmero de un delicado perfumista. Nos vemos poco porque los dos andamos muy liados con nuestras cosas, pero de vez en cuando me avisa si ha hecho algo bueno para cenar y me invita a un oloroso en la sobremesa. Carlos es un chico muy dulce y tiene un deje en la voz que a mí me traquiliza. A mí me gusta ver pasar las horas contra la madrugada hablando con él de viajes, sensaciones o psicoanálisis en zapatillas. Me gusta tener a Carlos al lado, aunque entre su puerta y la mía hayan más de ochocientos kilómetros de carretera, media península.
Christian el león se abraza a sus dueños en África, donde se tienen las granjas debajo de las colinas de...no quiere soltarse. No quiere pensar la vida sin ellos.
Yo quiero ser flan, dulce de leche, natillas cada vez q me tropiece con un gesto de cariño. Me da igual volverme vulnerable, exponerme demasiado, ser muy intensa. No quiero imaginar el futuro sin abrazos como estos que he contado de gente q no tiene por qué apreciarme, por qué regalarme su tiempo a cambio de nada.
Personas a las que yo nunca he visto. Pero en las que creo. Igual que creo en que los animales lloran y sienten nostalgia.
Termino el año como un flan gracias a los culpables de mis temblores- a estos y a los que no he citado expresamente, por muchas razones- y de la dulzura de muchas lágrimas.
Seguro q Christian les daría las gracias.

domingo, 27 de diciembre de 2009

Besos de gato



Estaban en el sofá: ella sentada sobre él, él con las manos acariciando su espalda. Estaban besándose. Hacía mucho que no se veían y más aún que no se besaban. Por eso habían quedado: para verse. Por eso querían verse: para besarse .

Él quería comprobar q ella seguía queriéndole aunque no se lo reconociera a nadie. Tardó tres horas, dos menús media botella de vino y un té de roca en conseguir que ella se quedara perdida al mirarle. Entonces adivinó cómo sería el resto y se tranquilizó: ella se taparía la boca al reirse - el dijo una tontería y ella se rió- después se quedarían los dos quietos, muy cerca, hasta que ella hiciera aquel gesto de flan de vainilla: subiría el hombro derecho, ladearía la cabeza y entornaría los ojos estirando la parte izquierda de su cuello, como si le enseñara la pista de aterrizaje para que cayera allí su boca. Así lo hizo y sin un sola modificación en el protocolo el piloto tomó tierra a eso de las siete de un viernes de invierno y la besó. A ella se le puso la carne de gallina.

Ninguno de los dos había ido a trabajar esa tarde. Subieron en el ascensor con un niño que arrastraba la mochila y el babero. Ella le cogió de la mano cuando el niño le dió al botón del segundo y se la metió en el bolsillo de su trenka. Él apretó sin mirarla y comenzó a silbar una canción que le grababa en todas las cintas. Era una melodía muy ñoña de un grupo asturiano, pero sabía q ella siempre la escuchaba en el coche mientras el viento entraba - verano- por las ventanillas. Ella apoyó su cabeza en el hombro de él al reconocerla.

El niño les miraba con disimulo y nadie hablaba. Cuando se bajó ellos se besaron. Les gustaba la intimidad del ascensor. Los besos que se abrían y se cerraban con las puertas y los vecinos-zas, zas- volver a su sitio con un mordisco en la oreja, mientras la señora del cuarto subía a la terraza para tender las sábanas.

A ella le encantaba recuperar uno a uno todos los gestos, sus "juegos reunidos geiper".Los tenía guardados entre fotografías y cartas: las despedidas en el portal, los casettes para el coche, billetes de autobús , anticonceptivos pasados de fecha, su mano por debajo de la falda, la tarjeta q acompañó a un ramo de tulipanes, las prisas en la habitación de un hotel en Baeza...todo en una caja debajo del sofá. Del mismo sofá en el que ahora estaban abrazados.

Uno, dos, tres, siete besos y en cada uno ella daba un paso. Dejaba una piedra en la memoria para que a él no se le borrara el camino, como sucedió unos meses atrás, temía volver a las semanas de los silencios y a los esemeses perdidos, temía que llegara al día - jueves era un puto jueves- en que su historia se había quedado en nada.

"Nada" era: el conjunto A {de peleas absurdas}; el conjunto B { opiniones contrarias-adas- excusas para no quedar tan a menudo, ganas de dejar el teléfono debajo del grifo cuando suena} y el conjunto C {"no lo veo, sara, yo esto no lo veo" "¿no ves qué?¿por qué no lo ves?¿qué has visto hasta ahora?"...variaciones sobre una palabra desafortunada que se queda grabada como asesina de la relación}.

Él dejaba que ella fuera recogiendo cada beso. Las piedras del muro de Nada se habían colocado con rabia y pena. Nunca es fácil tomar una decisión. A él no le había gustado tener que hacerlo pero no se había perdido, ni se había olvidado, él había decidido sabía alejarse de ella. De ahí que levantara ese muro. Ahora lo rompían juntos, poquito a poquito, lentamente, con la piel fría, los besos, los ritos...hasta que ella le miró a los ojos, él se asustó y para disimular el miedo le dijo:

- Hueles a gato.

Ella se quedó quieta y como si fuera un acto reflejo se bajó el jersey.Sintió vergüenza. Cerró los ojos y vió como Pablo parecía ajeno. Creyó que había vuelto a armarse para la intifada. Así que se levantó y buscó sus zapatos. No podía decir nada. Nada volvia a estar en su sitio, en el silencio.

- ¿Qué pasa?¿Te ha molestado?- él se reía.

Ella no le contestó. El sofá se había vuelto incómodo y tenía frío. Se levantó e intentó abrazarla pero ella le apartó.

- Te ha molestado, no puedo creérmelo- resopló- era una broma, Sara, una broma.

Su mirada no tenía gracia cuando encendió la luz del pasillo y le abrió la puerta: había dejado de brillar era opaca. Él intentó deshacer el enredo, le pidió disculpas, quiso darle un beso en la mejilla al irse, pero ella no quiso escuchar nada más. No entendió lo que decía, no quiso entenderlo. Él se fue, olvidándose la cartera en el sofá. Ella la encontró un rato más tarde, cuando ya se le habían acabado las lágrimas y regresó al comedor. Allí, Bowie - atigrado, mimoso y con un ojo de cada color, como el Duque- la tenía acorralada entre los cojines. La mordisqueó y le daba golpecitos, con las uñas. Ella no tenía ganas de reirse pero le gustaba que Bowie se vengara. Se tomó dos orfidales y se quedó dormida en telecinco. Ál día siguiente cuando se despertó no sabía cómo había llegado hasta su cuarto.

Era sábado y tenía toda la mañana vacía. Desayunó sentada en el sofá del comedor. Miró el móvil : tres llamadas perdidas de él y un esemese que no abrió. Borró su número y se acordó de la caja de los juegos reunidos, apartó el sofá y metió dentro de ella la cartera. Al cerrar la caja pensó que olía a podrido así que dos horas más tarde la bajó al contenedor. Se encontró con el niño del segudo en el portal. Él la miró y se puso rojo. Subieron juntos en el ascensor. El niño no decía nada pero no dejaba de observarla con curiosidad.

- ¿Sabes? yo tengo un gato, se llama Bowie.- ella lo dijo todo seguido como si jusificara algo, un olor- Tiene un ojo de cada color, uno azul y uno verde, como tú.

El niño bajó la cabeza, no le gustaba que le trataran como a un niño.

-Bah...

Abrió la puerta y se despidieron. Sara llegó a casa y cambió el sofá de sitio. Bowie se acurrucó junto a ella. Se quedaron dormidos mirando por la ventana. Él canceló sus tarjetas y volvió a llamarla en navidad, para felicitarle las fiestas.

Pero no encontró nada.

Adicta a los besos redondos o en espiral.

"Vendrá cantando en voz muy baja,
buscando sombra por el bulevar.
Yo la esperaré en la plaza
y la sentiré llegar.

Vendrá cantando en voz muy baja,
la canción la guarda para sí,
que los demás no entienden nada
y, además, tampoco es tan indie.

Vendrá cantando,
vendrá cantando.

Con flores en su falda, niños alrededor,
se irán pasando el tiempo y el calor.
Yo me la imaginaba besando en espiral,
hoy no nos hace falta nada más.

Vendrá cantando en voz muy baja
con un libro que no terminará,
pasará como flotando
y yo la admiraré al pasar.

Ya de largo, me hago cargo,
sus poderes han vuelto a ganar.
Yo me bato en retirada,
hoy ya nada, mañana más.

Vendrá cantando,
vendrá cantando.

Con flores en su falda, niños alrededor,
se irán pasando el tiempo y el calor.
Yo me la imaginaba besando en espiral,
hoy no nos hace falta nada más.

Con flores en su falda, niños alrededor,
se irán pasando el tiempo y el calor.
Sonrisa plateada besando en espiral,
hoy no nos hace falta nada más."

"Vendrá cantando", Copiloto
de su disco "Un segundo luminoso"

sábado, 26 de diciembre de 2009

Alive como en un collage.

Understanding takes a while
so go back to sleep.
All this blue sky shining wild,
makes it hard to speak.
I looked down at the street
but I just couldn't keep my eyes
looking at the sky
with the birds flying high,
it makes me smile
so why it hearts...

I feel the same love as today
I'm at you today
makes in you from then...

I'm in love with everything that
I can see around.
I remember picking flowers
all of this town.
It was so beautiful
now and then I reckon
I can just see it all
as if it was yesterday...

And the past
is supposed to the last
time I saw you today
makes me wanna say:

I FEEL ALIVE

Alondra Bentley

viernes, 25 de diciembre de 2009

Aviones plateados.



Una tarde de mediados de julio descubrí una plaza preciosa. La ciudad había abierto sus ventanas y corría por las avenidas una brisa fresca q levantaba las faldas de mi vestido. Mientras esperaba en el semáforo miré hacia arriba, un avión rayaba el cielo. Avanzaba dejando una estela que parecía llena de espuma, de olas. Yo cruzaba la plaza Paraíso y creía que era mi propio presente- el tiempo que estaba viviendo de un modo intenso, en presente contínuo- el que sobrevolaba Zaragoza. De repente mi vida era ligera, tan ligera que pensé q podría levantar los pies del suelo y planear agarrándome a los picos de mi vestido. El avión seguía subiendo mientras abajo en la calle yo flotaba.
Otra tarde, esta de invierno, una pareja guardaba silencio por la autopista. No iba nadie más en el coche que ellos- tres años juntos, desde el final de la carrera y con su oposición- y la angustia del que se ve obligado a pasar por un experiencia temida y que nunca ha querido sumar a sus recuerdos. Cuando llegaron a la ciudad ella había consumido dos paquetes de pañuelos de papel con un llanto silencioso y él se quedó mirando, en el semáforo de la rotonda q abría las puertas de la ciudad un avión que se había detenido en el cielo. La luz verde les dió paso y avanzaron entre los coches mientras el avión estaba en el mismo sitio: parecía haberse parado. Él, que al principio lo había descubierto a través del parabrisas, acabó mirándolo por la ventanilla y después lo buscó sin éxito por el retrovisor. Se imaginó al piloto de aquel avión, cansado de su vida, con un ataque de tristeza q le impide continuar trabajando. Un piloto q se queda callado y sueña que deja los mandos y olvida la información metereológica, los datos q le envían desde Manises sobre la ruta, porque sueña con dar un salto y regresar a la placidez de su vida sin pasaporte ni horarios, a las noches en que sale a pescar con un amigo y se toman un pack de seis cervezas con un bocadillo de tortilla. El chico cree haber visto a ese piloto mientras su avión se detenía, cree haber sentido el mismo bloqueo q él al pagar el peaje de la autopista y descubrir a través del retrovisor que ella no ha dejado de llorar desde que se ha subido al coche. Cuatro horas más tarde, cuando les han robado todas las palabras y la operación que han elegido les ha roto los recuerdos, él llega a la rotonda de la salida y busca ese avión. Del piloto no queda ni la cicatriz que marca el bisturí del puente aéreo.
Hoy la navidad se ha despertado llena de sol. Cuando la mañana tiene un cielo tan azul se escapan los aviones de los aeropuertos. Yo me despisto mucho mirando hacia arriba, intentando descifrar ese jeroglífico de lineas que se cruzan porque imagino que tras las pinceladas blancas hay miles de historias ocultas: despedidas, huidas, regresos d gente inesperada, encuentros casuales...los aviones son conjuntos de Venn a los q dan ganas de asomarse sin tener que pagar una tarifa de turista. Solo para escuchar el rumor de lo q piensan los que están dentro. Aviones plateados, burbujas de metal.
Por eso esta mañana he cogido mi bici y me he acercado hacia el aeroclub. Sabía q antes de llegar a la playa iba a encontrarme con esta avioneta abandonada en la que ha crecido un jardín decadente. Qué hace aquí. Quién la abandonó. En qué pensaba el piloto cuando despegaba con ella y subía hacia las montañas del desierto, junto al mar. Quería fotografiarla y observarla de cerca. Inventarme un relato en el que ella fuera la protagonista.
Me gustan los aviones y sus paisajes. A veces los hago míos.

jueves, 24 de diciembre de 2009

Esta noche tan especial



"Todo ha cambiado,nada es lo mismo,
hemos perdido la razón.
Mira el cielo,cuántas estrellas,
piérdete en la inmensidad.
Quiero ver pasar la estrella
que ha de marcar mi rumbo,
formularé un deseo más.
El telescopio
nos aproxima,
casi la puedo alcanzar.
Camino solo,voy en su busca,
sólo la quiero contemplar.
Quiero ver pasar la estrella
que ha de marcar mi rumbo,
formularé un deseo más.
Pasa conmigoesta noche tan especial,
tengo mil confidencias
por estrenar.
Quiero ver pasar la estrella
que ha de marcar mi rumbo,
formularé un deseo más.
Quiero ver pasar la estrella
que ha de marcar mi rumbo,
formularé un deseo más.
Utiliza el catalejo,
fíjate qué estela deja,
durará un momento más"

La Estrella, Los Auténticos 1981.

Debajo del edredón hay un hueco donde escondo las canciones.
En noches como esta, en las que se me atragantan las palabras y solo se me ocurren nombres propios, sus versos salen volando y corren por el pasillo, bajan la escalera como pequeños tifones, se abrazan a los cristales hechos vaho, se columpian en las perchas de los armarios y juegan al fútbol con los calcetines.
En noches como esta, en las que el silencio está lleno de música, cierro los ojos y veo pasar la estrella.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

San Ildenfonsos' time

Anaroseaba. Ayer por la mañana, con mis seis horas de sueño dispersas por el pijama y cogidas con imperdibles como si fuera un collage yo anaroseaba y veía el sorteo de la lotería. En la puerta de entrada una maleta casi vacía con lo mínimo para la huída. Destino Tokio. Para darle alegría a mi cuerpo, macarena, necesito ver el Fuji al comienzo del año. Debo hacer un cursillo intensivo en exclamaciones de gato- Oh, mioh- al estilo nipón. Quiero tres bragas rosas y un colgador de papel para el techo, como Scarlett Johansson. Navidad en Japón. Un sueño. ¿Quién no soñaba antes de que las niñas de San Ildefonso no cantaran el noséquénosécuántosCUATRO?. Yo soñaba anaroseando: fuga a Tokio, operación de estética (me quitaré las bolsas de los ojos, like Belén Esteban, pasaré por Barcelona y volveré niquelada hecha un melocotón en almíbar al facebook), regalos para amigos (otro viaje pero ahora all together) huiré de la justicia, brindaré con agua mineral, escribiré a las diez de la mañana, no santificaré los pleitos, invertiré en una casita en Peñíscola ( 5 Engaño street, si me dejan), bailaré en tus conciertos, arreglaré el campo de minas de mi terraza...anaroseaba.
Hasta que salieron las dos niñas y corriendo en cinco minutos se ventilaron los dos primeros premios. Los dejaron caer sobre Madrid- adoro madrid, tengo mono de madrid, necesito un pico de madrid, madrid en vena, e canal, en sueños, madrid a todas horas, madrid en los escaparates, todos los trenes llevan a madrid, en méxico se piensa mucho en tí, vente prima, vente pá madrit- y aparecieron las primeras imágenes de los afortunados. Hacía tiempo que no lloraba con un berrinche semejante. Quien me viera debería estar pensando que era familia de las loteras de Bravo Murillo. Lagrimones, hipidos, el emigrante que pasó tres veces por delante y al final se decidió a comprarlo, las botellas de cava entre los trabajadores de viajes Marsans, suspiros, los ojos hinchados, imaginaciones (ojalá le haya tocado a la madre de Jaffar que siempre intercambiaba conmigo un décimo, Madrid-Castellón, Castellón-Madrid; ojalá este con sus nietecitas dando saltos entre polvorones, vuelta a llorar de la ilusión) más lágrimas, qué alegría, ha tocado en Madrid, la señora q al quedarse sin casa había tenido q mudarse a casa de su suegra y ayer, con el décimo en la mano, lloraba ante las cámaras porque ya podía alquilar un piso. Se me vuelven a nublar los ojos, miles de lagrimitas pequeñas como bombillas en la rampa de salida.
La lotería de Navidad este año a mí me ha sabido distinta. Entre la crisis y el desencanto frente al futuro, el veintiuno veía a la gente hacer cola delante de mi despacho- administración número dos de castellón- con un montón de esperanzas liofilizadas en un billete de veinte euros. Yo casi destripo a Elmer, mi osito-hucha, para comprar varios décimos y estar más cerca de Tokio. No lo hice, me contuve. A mí la suerte este año ya me ha dado varios abrazos: tuvimos un transplante y mi primo disfruta del corazón nuevo, del ictus de mi padre no quedan ni los restos, de la operación más dura, uno de mis mejores amigos salió hecho un dandy, con una sonrisa irónica y sombrero de úrculo; pasó el verano de la rúbia, acabó con las sesiones de quimio; han empezado a volar los pájaros de Paula, me han hecho hija adoptiva por pesada de peñíscola, el facebook me ha presentado a gente que ahora cuenta en mi día a día, meriendo los domingos por la tarde chocolate en el chat, el raspa nos ha dado una mesa camilla con la forma de mimarnos de lunes a jueves, hay personas que estuvieron y quise y han reaparecido entre sonrisas, el equipo se mantiene, mi equipo gana todos los premios y ligas, que no se entere Guardiola. Fuera llueve, pero yo navideo. Las gotas de agua suenan a Belle&Sebastian. Ha desaparecido el poso de tristeza de la Bien Querida. He querido mucho y me han querido mucho. Mi décimo llevaba el gordo antes del sorteo.
Cómo no iba a pasarme el día de ayer llorando. Aún anaroseo, viva el cuatro. It's Christmas time.

sábado, 19 de diciembre de 2009

Christmas balls (pelotas de Navidad).



"Sin embargo, antes de llegar al verso final ya había comprendido que no saldría jamás de ese cuarto, pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los espejismos) sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres en el instante en que Aureliano Babilonia acabara de descifrar los pergaminos, y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre, porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra."
Gabriel García Márquez, "Cien años de soledad".
Mi madre tiene una libreta que es el tesoro de la familia. Se trata de un archivador pequeño- cuadros escoceses de plástico, cuatro anillas, tamaño cuartilla- en el que fue copiando, con su caligrafía las recetas que mi abuela, y sobretodo mi bisabuela- la que inició la saga y fijó las costumbres- habían recogido, creado y mejorado a lo largo de su vida.
La libreta está medio encriptada, no se entiende el sistema de medidas (cucharadas, cucharaditas, cucharitas, pizcas, pellizcos...)y es tan literal- mi madre escribió todo lo que le decían- que a veces se escuchan las voces de mi abuela- el pelo negro, la mirada japonesa, los labios rojos kioto- y mi bisabuela- el aroma a melocotón de sus ropas, la sonrisa tímida, los abrazo como cunas- dando consejos entre las líneas de cuadros. Mi tía también tiene un ejemplar de esa libreta, copia a su vez del original de mi madre o de las recetas sueltas que mi abuela escribía en los papeles que encontraba por casa.
Estos días, cuando la Navidad se nos cae encima, las dos se reúnen cada dos horas para celebrar la setenta y tantas cumbre gastronómica en casa: hacen listas de la compra, comparan tiendas y productos, tratan de establecer el ránking de los guisos del año pasado y organizan el menú navideño de estas fechas. Algo, por otra parte, que tiene más de rito que de acción porque desde que mi bisabuela- allá por los años treinta- lo estableció no ha admitido variación ni cambio alguno:

Nochebuena: Trufado de Navidad con huevo hilado. Espárragos (debieron ser la novedad en Castellón al principio del siglo pasado, porque en mi casa se valoran como manjar) Perdices en escabeche.Turrones y pastelitos de boniato.

Navidad: Entremeses (de los antiguos, arrasan los tipos de mortadela) Ensaladas. Arroz (admitimos, con el paso del tiempo, eso sí, cualquier variedad: desde la paella al de bogavante). Turrones y pastelitos de boniato.

Segundo día de Navidad (26 de diciembre): Langostinos con salsa romescu. Pavo relleno con guarnición de manzanas asadas (muy de acción de gracias). Los restos del turrón y de los pastelitos, a los que se incorporan polvorones, mazapanes etc.

Año Nuevo: Sopa de pelotas. El plato estrella de las fiestas, el resto no importa.
Así desde hace sesenta años, como mínimo. Fijo, inamovible. Al margen de las modas del cóctel de marisco, la langosta, el foie. Por nuestras Navidades no pasa ni el Bulli ni Arzak. Entre otras cosas porque ahora no podemos y supongo que, porque cuando podían, por puro sentimiento abertzale de Castellón- qué cerriles somos- no quisieron. No lo sé. Solo recuerdo que de pequeños introducir una pastilla de turrón de chocolate de suchard en casa supuso cuatro Navidades consecutivas de discusiones y peleas. Como el turrón artesano de la mejor pastelería de la ciudad- de yema- no había nada, sentenciaban mi abuela y sus hijos.De esta forma se acababa la discusión.
Así que esta semana pre-fiestas mi casa se convierte en un campo de batalla: mi madre y mi tía, armadas con su libreta (su bloc de anillas) su cazuela de barro y su cuchara de madera se encierran en la cocina y como en el libro de Laura Esquivel, "como agua para chocolate" la cocina se convierte en un lugar mágico al que no todo el mundo tiene acceso. Yo tengo muy restringida la entrada, porque no sé cocinar. Soy, en ese sentido (y en muchos otros), una mujer absolutamente trasto. Muy pocas veces me he puesto el delantal y me he enfrentado a un pescado, a un cocido, a una tortilla de patata. A mí me plantan cara hasta los espaghetti. No exagero. En la época de la universidad, ya en un piso con amigas, solía llamar a mi madre por teléfono para preguntarle alguna de sus recetas para tontos y así, como ella no me veía - estábamos a seiscientos kilómetros de distancia- y en mi piso teníamos hambre de guiso casero, utilizaba a mis compañeras o a nuestros invitados como cobayas. Tengo que decir q siempre fueron muy agradecidos y que celebraban el pollo al horno con una alegría propia de Ghana. Pero allí se acabó mi carrera entre los fogones. Después me hice vaga y nunca encontré la ocasión de cocinar ni para mí ni para nadie.
Lo que en principio fue pereza con los años se ha convertido en una invalidez.Algo que me reconcome cuando llega la Navidad, porque me muero de envidia al ver a mi tía y a mi madre riéndose entre los piñones, pesado el pavo antes de meterlo en el horno, espolvoreando la hierbabuena...Así que a veces hago playback y con mi mejor voluntad me escapo del despacho- suelen cocinar a primera hora de la tarde- para colarme en su territorio y aguantar que durante dos horas y con toda la razón del mundo, se burlen de mi torpeza.
Aguanto todo tipo de comentarios solo porque me admitan en su burbuja.
Entre esos días hay uno que destaca sobre el resto,el de, como antes ya he anunciado, las pelotas de navidad. Las pelotas de navidad son, para los que no viven en la aldea gala, algo parecido a las albóndigas que se ponen en algunos lugares en la sopa de cocido. Están hechas con magro y manteca pura de cerdo, hierbabuena, piñones y huevo, se guisan en cazuela de barro, a fuego lento. La gente de Castellón se divide, en cuestión de cocina, en dos tipos: aquellos a los que les gusta que la pelota esté ligada con sangre, y aquellos que la evitan en ese plato. Las dos formas de hacerlas son exquisitas, la verdad. Aunque dicho así lo de la sangre no suene nada bien, añadida a las pelotas está riquísima, pero claro, todo depende de lo escrupuloso que uno sea. En mi familia, como alguien debía de serlo mucho, se apartó lo de la sangre hace tiempo. Y las pelotas salen así, como se ven en la foto.
En general las pelotas se suelen añadir a la paella y le confieren un pelín de grasa al arroz, pero también un aroma y un sabor muy especial. Mi madre asegura que esta receta debemos haberla heredado de nuestros antepasados árabes y que de ahí que "los de fuera no la entiendan". No sé a quién se refiere con "los de fuera" porque todos los invitados que las han probado en casa se han hecho adictos a ellas de inmediato. Para mí que esa es su excusa para no exportarlas, para reservarse el secreto de su cocacola. En mi familia, además de hacerlas sin sangre, tenemos otra variación- común en la zona, que nadie piense que me las doy de creativa ni de talentosa- y es que con ellas hacemos la sopa de Navidad, que es un caldo (un buen caldo) con flan y las ya descritas, pelotas.
Aquí sí que debo parafrasear a Belén Esteban: Yo por la sopa de pelotas mato.
Ma-to.
Sin excusas absolutorias.
De hecho esa es la razón por la que mi madre (y antes mi abuela con ella, y antes mi biasbuela con los jóvenes de la casa), como reclamo, la deja como menú para el día de Año Nuevo. Así, con la excusa de que no existe nada mejor para la resaca, siempre me hace dudar- sí o sí- sobre el sitio al que me marcho para pasar la Nochevieja. Hay que volver a casa de mañana, le pese a quien le pese, a mí al menos, que tengo que llegar a la sopa de pelotas.
Las pelotas- christmas balls-para mí significan navidades en Castellón.
Uno de mis clientes favoritos, un médico que lleva las trenkas más bonitas del mundo, cuando llega esta semana también se encierra con su hermana en la cocina para hacer sus pelotas de Navidad. Su hijo, que es amigo mío, me contaba el otro día que existe un trapicheo de pelotas esos días que parece que todos en su casa estén delinquiendo:
- Yo quiero cuatro pelotas, que he prometido invitar a fulanito.
- A mí me faltan dieciséis que he quedado con...
- Hay que guardar cuatro para la tía....que vive sola...
- Pues si me das dos, yo le llevo las cuatro de la tía y ...
Esa conversación la viví el jueves al salir del trabajo. En cuanto abrí la la puerta de casa de mis padres ya escuchaba las voces del trueque. Con la ansiedad acumulada tras los doce meses de espera, me lavé las manos, entré en la cocina, encontré un tupper y metí las manos en la masa:
- Yo quiero ocho. Las tengo todas comprometidas. No vendo.
Mi madre me miró a punto de reñirme como hacía cuando era pequeña. Pero yo ya estaba rebozada de huevo, apretando un trozo de magro en el hueco de las manos:
- ¿Así bien?
- Hay que apretarlas más eva, para que no se rompan. La abuela siempre nos lo decía.
A mí se me escapaban los piñones entre los dedos.
- ¿A que están quedando bonitas?
Mi tía las miraba de reojo.
- Acuérdate de servirlas con dos pucheros, uno para el caldo con el flan hirviendo y otro para las pelotas, así se conservarán mejor.
- Si no se sirven muy calientes- apuntaba mi madre- las pelotas no valen nada.
Yo iba haciendo bolitas como si estuviera en la playa.
- Este año encuentro distinto el sabor del magro.
- ¿Les faltará hierbabuena?
- Eva, pruébalas.
Y yo con lágrimas en los ojos me acerqué a la cuchara de madera. La magdalena de Proust. Los labios tokio de mi abuela. Las fotografías antiguas de la masía. Los azulejos de la Plaza de España que dibujó mi bisabuelo. El castaño en el patio. Las rodillas descascarilladas de caerme en el pasillo. Los colchones de pluma. La botella de champán que mi abuela abría siempre tal día como el de hoy, cuando celebrábamos mi santo. La carta de los Reyes. Los juguetes esperándome en el balcón una madrugada de enero. La chimenea encendida. Luís, mi hermano, con las mejillas sonrosadas. El calor de los besos de mis sobrinos, Juan y Mar. Lo desafinados que somos todos los Segarra cantando villancicos. Los que se fueron sin querer.
Me atraganté.
Mi madre se dió cuenta y me dijo:
- He empezado a hacerte una libreta de cocina como la mía. La primera receta que te he copiado es la de las pelotas de Navidad.
Ahora espero una segunda ocasión en la faz de la tierra.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Diálogo para un palomar.







Yo quiero ser una señorita de provincias q se despierta a las diez, desayuna croissants, se despereza entre llamadas, duda qué medias llevar hoy y sale a la calle a eso de las doce, después de haber leído la prensa, para tomar el aperitivo, un dry martini o un vermut con aceituna...
Ir al casino y hablar con un terrateniente que la invita a una segunda, pero ella rechaza educadamente y regresa a casa, pensando que el en el fondo desearía ser una señorita de ciudad, tener un trabajo digno, estresarse, no descansar bien y estar pendiente del teléfono constantemente, pero se dedica sus baños; esos en los que sueña con "ser una señorita de provincias q..."
Gracias Uve, por este regalo.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

sábado, 12 de diciembre de 2009

Desfici




Desfici: agitació deguda a un mal físic o moral que provoca intranquil.litat.



Me quedan nueve páginas para acabar mi moleskine y como soy una fetichista absurda no encuentro una nueva para sustituirla. Mis moleskine del bolso, las q utilizo a modo de diario solía comprármelas en una ciudad que no fuera la mía (hace más de un mes que no me muevo de Castellón) tienen la tapa dura (ahora las hay de tapas blandas, pero para mí no tienen ni la mitad de gracia) la franja naranja (como los levi's de mis amigos) y la raya francesa, para no torcerme. En esta ocasión había decidido saltarme el requisito de buscarla en otra ciudad, pero después de peinar todas las papelerías, librerias y tiendas de regalos de mi aldea gala sin éxito, he decidido escaparme a cualquier sitio para traerme un cargamento. Las hojas van pasando y me veo escribiendo en los márgenes.

Por el camino me he encontrado esta moleskine conmemorativa de los 40 años del festival de Woodstock. He caído rendida a sus pies, aunque las páginas sean casi de cartulina. He decidido convertirla en una libreta canción-cuento, es decir, que voy a llenarla de las canciones que han sumado cosas a mi vida y textos con lo q se me ocurra. Me he despertado organizando listas de canciones, como Hornby en "Alta fidelidad". Estoy nerviosa: me ilusiono con cosas muy tontas.
En el blog de Agustín Fernández Mallo se ha formado una revuelta al hilo de su último post http://www.alfaguara.santillana.es/blogs/elhombre/2/blog-post/440/preambulo-a-las-instrucciones-para-dar-cuerda-al-ipod/. Sigo pensando que la gente está muy crispada y muy aburrida. A mi el texto me encantó. A una anónima "Literatura" no le gustó nada. Empezaron las borderías. Yo, que hacía mucho q no pasaba por su blog, le comenté mi afición por el ipod y me llevé el título de cheerleader. Me gusta: nunca pensé que con mis piernas pudiera llegar al equipo de las animadoras. A partir del comentario veintiséis me he perdido, porque los anónimos se multiplicaban como gremlins con nombres más genéricos. Me he quedado con esta respuesta de AFM que comparto al cien por cien:
"Después, hay algo que alguna gente a veces olvida: un blog no es un bar o un parque, sino que es una casa, la casa de quien lo mantiene y administra, de quien se preocupa de pensar y colgar gratis un post cada cierto tiempo, lo que equivale a decir que, como en toda casa, el dueño decide quién entra a su fiesta o no. Es así de simple. Como imagino que harás tú en tu casa. "

Esta tarde quiero ir a buscar postales de navidad. Me apetece escribir a algunos amigos a mano, como se hacía antes. Cuando una carta llega a mi buzón- ya lo he dicho otras veces- disparo un castillo de fuegos artificiales. El lunes una felicitación hizo que volviera el olor a la pólvora. Gracias Juan, por no fallar a la cita.

Sigue sorprendiéndome el Diario- antes El Diario de Patricia- con sus historias descorazonadoras. El otro día una chica de diecisiete años dijo medio llorosa, medio emocionada: "Soy virgen por convulsiones". La escuché y regresé a "Middlesex". Parecía que el guionista del diario fuera el propio Eugenides.


miércoles, 9 de diciembre de 2009

En serio.

Una niña que huele mal.
Un niño que mira por la ventana.
Árboles de troncos infinitos.
El cubo de rubik.
Felices sueños en alfabeto morse.
Una mujer que vive desangrándose entre sábanas rojas.
Un asesino que sufre matando.
Un abrazo de doce años eternos.

martes, 8 de diciembre de 2009

Asesinato en el euromed



Uno. Psicomotricidad.


El frío llegó tarde por culpa del cambio climático. Una suave neblina impedía ver a unos metros del cristal. La débil iluminación confería un aspecto fantasmagórico a la estancia. F. pasaba la mano por los surcos de los vinilos traídos de Chicago mientras J, con la delicadeza de quien intenta ocultar en el más leve parpadeo su angustia, se mesaba el cabello. Había anochecido casi sin darnos cuenta. Llevábamos horas encerradas en aquella habitación, acompañando los minutos con whisky escocés. Las tres guardábamos silencio hasta que la diabólica voz de J. quebró la quietud de las sombras :

- Es necesario encontrar la canción adecuada, no nos sirve cualquiera.


Un escalofrío recorrió la columna de F. que levantó la mirada que se había perdido entre los discos antiguos. J disimulaba mal su obsesión por la estética.


- ¿Tienes alguna predilección?- F. tensaba la mandíbula. La lámpara que tenía detrás iluminaba la cicatriz de su entrecejo.


- No, ninguna- añadió J. mientras se estiraba con lentitud - pero es fundamental hacer las cosas bien. Un asesinato no puede ser vulgar.
F. se quedó encallada en algún lugar del pasado, mientras J. dirigió hacia mí su mirada. Las dos eran completamente distintas. J. nació destinada a ser una mariposa púrpura en un barrio señorial mientras lo único que se sabía de F. era que había sobrevivido a una lucha desigual y que su acento no era común, que parecía extranjero, demasiado nasal para ser cercano. Al margen de sus diferencias el azar me había convertido a mí en un involuntario cruce de caminos donde se habían reunido las dos. Ambas sabían que yo era su bisagra, por eso volvieron a mirarme esperando una respuesta. Pero yo solo podía pensar en Dostoievski.
-Tendré fiebre y me mandarán a Siberia como a Raskolnikov- dije en voz alta.

- Pero tenemos que hacerlo, solo así sabrás qué significa matar- respondió con vehemencia J.

F. supiró sin apartar un milímetro sus gélidos ojos. Apuré el whisky dándome tiempo para una contestación adecuada.


- Y para matar es necesario un poco de estética- continuó argumentando J., como si quisiera convencerme.

- Tanto o más que un motivo, esa es la verdad- añadió F.


Mi vaso estaba vacío.El silencio volvió a llenar la estancia.



Dos. Cómplices

Ayer en el sofá las tres discutíamos. Cuando digo "las tres" empiezo a preocuparme: no sé si presento algún tipo de trastorno límite de la personalidad o es que me estaré volviendo tan freak como el japonés que se ha casado con su personaje favorito de un manga y se la ha llevado de luna de miel a Disneyworld ( lo he leído hoy en un blog y de golpe, ese japonés se ha convertido en mi ídolo. Me parece una historia de amor maravillosa. Espero que dentro de poco pueda enviarle un esemese a Humprey Bogart para que regresemos a París). "Las tres" somos mis dos gatas y yo. De ahí mi desazón.
Ayer "las tres" discutíamos sobre el interés que despierta el crimen. Estrenábamos diciembre mientras nos íbamos acostumbrando al frío. Frida, Justine y yo- entre siestas- casi a oscuras en el comedor.
Yo terminaba de leer el último relato de una recopilación local " Más crímenes de Castellón .12 plumas negras y Ripollés" publicado por la editorial El Full y les comentaba lo diferente que es matar aquí de matar en Barcelona. Pero no me refería a la calidad delictiva, ni a la literaria. Les hablaba de dos libros, el que acabo de citar y la antología "Matar en Barcelona"- Alpha Decay ya lo ha colocado en casi todas las librerías del planeta Fnac- editado por Ana S.Pareja y Jordi Corominas i Julián. Dos recopilaciones muy distintas pero con un sustrato común: matar. Matar a alguien. Homicidio, accidente o asesinato. El fascinante universo del crimen desde dos ciudades y veinticuatro perspectivas diferentes.
La de "Más crímenes de Castellón . 12 plumas negras y Ripollés" debería ser la más próxima a mí, ya que se firma en Castellón, por doce escritores vinculados con la ciudad que construyen sobre sus calles un entramado de muertes ficticias y sin embargo, en general me resulta lejana, de otra época. En el prólogo el Presidente de la Audiencia Provincial cita a los clásicos del género- Hammet, Chandler, Mankell...-a modo de jurisprudencia con la finalidad de avalar unos relatos cargados de buenas intenciones y de mayor o menor acierto. No son necesarias las sentencias de los grandes del género, pero los que trabajamos en los juzgados tenemos dificultades para quitarnos la toga incluso al escribir.Entre los cuentos hay de todo, mejores y peores, regulares y mediocres. Tampoco es nada que llame la atención, suele pasar con las antologías, es muy difícil mantener el corte de calidad. La de Alpha Decay, con mayores pretensiones- al menos de distribución- también peca, a mi modo de ver, de irregular. Pero volviendo a las doce plumas de castellón hay que reconocer el trabajo de sus autores, que han mejorado bastante desde la edición anterior: han perdido el vértigo y han ganado en destreza, pese a que muchos siguen amparándose en el sabor de la coca de tomate.
Y tal vez esa, que es su mayor baza de cara a las ventas, sea su mayor defecto. Me explico. Me vuelve loca la coca de tomate. Moriría empachada de la coca de tomate que hace Emilieta, la de la panadería que hay frente a mi casa. Pero la coca de tomate no lo es todo en la cocina. Hay vida más allá del huevo duro, el atún y la masa quebrada de hojaldre. A mí también me gustaría exportarla. Que en los mercadillos del puerto de Helsinki se vendiera salmón y coca de tomate; que en Nueva York desplazara a los huevos benedictine en los desayunos; que en Londres además del takeaway soup o takeaway noodles hubiera una cadena de takeaway coca de tomate....Sería encantador. Pero aún así, no podríamos ni podemos pensar que no existe otro manjar en el planeta comparable a nuestra coca de tomate porque corremos el riesgo de quedar atrapados en la burbuja de nuestra pequeña aldea gala.
Y algo similar les ha sucedido a los autores de algunos de estos cuentos :que se han quedado encerrados en el parany del localismo y han perdido el sentido de sus historias. No es suficiente ambientarlos en lugares comunes para que se puedan leer, para que resulten atractivos, ni muchísimo menos para que tengan algo en común con la novela negra. Como pasatiempo resulta entretenido creerse personaje y ver, más allá de los siete tonos de verde de las fachadas de la Calle Mayor, una trama de Hitchcok, pero esa emoción warholiana- los famosos cinco minutos de fama- no se sostiene durante trescientas páginas. De ahí que, por muy conocidos nuestros que sean los dieciocho eurazos que cuesta el libro nos resulten un poco excesivos. Al menos estas navidades. Pese a ello, debo reconocer que yo los he disfrutado. Ha habido cuentos que me han mantenido en vilo casi, casi hasta el final- Siroco, de Francisco Fernández Beltrán- otros que han encontrado la medida perfecta de composición- Dos bonitos cadáveres de Juan Carlos Enrique- y uno que me ha parecido fantástico, tan delicioso que su autora, Lidón Barberá, me ha matado de envidia.
"Mr.Witty y un gin-tonic de pepino" es arsénico en copa de balón.







3. Irreal->Posible
Real->Imposible
Irreal->Imposible
Real->Posible







"Mi infancia son recuerdos de un patio
matemático"

un tren sale de
y otro
desde el mismo punto
a la misma hora
¿cuál es el problema?



Gonzalo Escarpa






El último euromed sale de Castellón a las 21.38 . Pasada la medianoche llega a Barcelona, estación de Sants. El billete en preferente cuesta 58,30 euros. Pueden acompañarme Frida y Justine si consigo meterlas en sus transportines. El trayecto es corto- apenas dos horas y media- y de cara a la noche la gente pierde su capacidad de observación. No resultará tan llamativa mi presencia. Ni la de las gatas. Si todo sale como hemos previsto será una buena forma de huir de la ciudad. Compraré el billete por teléfono con la tarjeta de otra persona- ya tengo una- y después bastará con recogerlo y deshacerme del plástico. He localizado un hotel de una conocida cadena cercano a las Ramblas en el que no piden documentación pasadas las once. Basta con que les pagues por adelantado y en efectivo. Parece fácil.



Matar parece fácil. Pero no lo es. Hay quien cree que para matar uno debe estar hecho de otra pasta. Que existe un recóndito lugar de nuestra anatomía capaz de activarse y de quitar la vida a otra persona. Yo no lo sé. Hay muertes y asesinos, y con estos últimos no es fácil conversar. Nuestros puntos de referencia parecen corromperse cuando los utilizan ellos. La sangre de sus cadáveres mancha los parámetros comunes, con lo que el diálogo resulta, de entrada, imposible. Es muy difícil tratar de meterse en la piel de un criminal. Nunca se llega a saber si es distinta. La empatía no funciona. Tampoco la cita de Moravia en el final de "La romana" ("cualquier mujer puede ser una puta y cualquier hombre un asesino"). Siempre hay un salto. El de convertir lo irreal en posible, o el de su reverso darle a lo posible y cercano un halo de irrealidad.

"Matar en Barcelona" proponía a los autores que paraticipan en esta antología un juego perverso: partir de la realidad para construir ficción. Esa es la principal diferencia con la recopilación de los escritores de castellón. Los locales inventaban y trataban de dar verosimilitud. Hacían real lo imposible o lo posible que nunca sucedió. Por el contrario, el equipo seleccionado por Ana S. Pareja (que casualmente es de Castellón) y Jordi Corminas buscaba exactamente la otra cara del casette: convertir en literatura la realidad. La diferencia de parámetros ya daba un valor añadido a "Matar en Barcelona". Dentro de los límites legales, la memoria colectiva y las crónicas de sucesos había que descomponer la estructura del crimen para convertirlo en cuento. Complicado, pero fascinante como el mapa del tesoro. En este sentido resultaba acertadísima la Nota a la edición que firman los editores :

"Todos los relatos de esta antología son puramente ficticios y se nutren de noticias aparecidas en prensa y sentencias judiciales"



Oximorón en vena y si no que Corominas me lo explique. Aunque no es necesario, ya que después de viajar el libro por la península he caído en una espiral psicodélica. Adoro a Javier Calvo por encima de todas las letras, creo que es de otro sistema solar; brillantísimo su "Festival de las luces", inquietante, gótico, emocionante... A Manuel Vilas lo esperaba así y no me ha decepcionado, he deseado reencarnarme en Any Vilas . Gabriela Wiener resulta mejor, mucho más interesante en esta pose que en la de sus "Sexografías", me la creo más en el silencio a gritos de la Estación de Naves. Antonio Luque, pese a mi ilusión- qué ganas de cuentos chinarristas, que fueran de todo su montón, qué nervios- me ha parecido automático, sentidos al texto sin que me deje meterme en su engranaje de razón. Medel sin más, que es lo menos. Sabino Méndez sorprendente y talentoso, cómo no. Argemí clásico y con cierto olor a Ruiz Zafón. Y vuelta al bolígrafo - aunque en este caso sea como traductor- de Javier Calvo en otro relato para ojipláticos "Cuando más apuesto es el león es cuando anda buscando comida" de Mara Faye Lethem, con una parada obligatoria en "La vergüenza" de Llucia Ramis que, al igual que Lidón Barberá en la otra colección, me ha clavado el puñal de la envidia más insana y viscosa.
Pese a ello, si la bandeja de pasteles de Castellón padecía el síndrome de "coca de tomate" a los de Barcelona les encuentro demasiado pendientes de conseguir o de mantener el certificado de modernidad, que a veces pesa más que el carácter lúdico de cualquier historia. Algo que me extraña conociendo un poco a Mr. Corominas, que se lo pasa bien haciendo literatura y le sale como la paella a mi madre, estupenda. En cualquier caso...¿Cuál es el problema?
No hay problema, solo versos y líneas de comunicación: la vía de un tren que sale de Barcelona-Sants y llega a mi ciudad dos horas y media más tarde; la de una editorial pequeña y acertada que es Alpha Decay; la de dos bandas de escritores que se esconden en los callejones del crimen. Dos iniciativas diferentes que se agradecen y que al menos, desde mi sofá, un domingo por la tarde, se complementan. Cómplices entre cadáveres.
Sí.
Bcna-Cs.
Oh yeah.

4. Cronología
"Matar en Barcelona", ediciones Aplha Decay salió a la venta en Octubre de 2009.
"Más crímenes de Castellón", se presentó el 2 de diciembre en la Sala Opal del Grao de Castellón.
Frida fue brutalmente apaleada por unos perros en Ceuta en septiembre de 2006.
Justine cazó un saltamontes en marzo de 2008 y jugó durante un día con el a meterlo y sacarlo de su bebedero de agua.
evamaring nunca ha publicado más allá de este blog.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Árboles y flores

Hoy he soñado con árboles y flores como las de este vídeo. La casa huele a Navidad.

viernes, 27 de noviembre de 2009

Una señorita de provincias que nadie recomienda.











"Yo sólo busco
que me tiemblen las piernas
que seas de esas
que nadie recomienda
Yo sólo busco
que nadie lo entienda
que nos rajen
la espalda al pasar
y nos siga la prensa
Encendernos con las manos
fue más de la cuenta
y yo que creía que estaba ...
que estaba de vuelta...
Aviones a punto de salir
pasiones de gitanos
pequeña sonrisa de Amelie
me tienes ganado.
Yo sólo busco
que me tiemblen las piernas
que seas de esas
que nadie recomienda.
Yo sólo busco
que nadie lo entienda
pero cuando esté roto escuchar
que merece la pena.
Encendernos con las manos
fue más de la cuenta...
y yo que creía que estaba...
que estaba de vuelta
Aviones a punto de salir,
pasiones de gitanos
pequeña sonrisa de Amelie
me tienes ganado
Canciones a punto de parir
nacieron un verano
pequeña sonrisa de Amelie
me tienes calado
Aviones a punto de salir,
pasiones de gitanos
pequeña sonrisa de Amelie
me tienes ganado
pequeña sonrisa de Amelie
me tienes calado."
"Pequeña sonrisa de Amelié", Pereza.
Balada que se apropia desde este mismo viernes una señorita de provincias q nadie recomienda.
Sin otrosí digo que valga.

jueves, 26 de noviembre de 2009

El blog de Cecilia Lisbon

Supimos qué se siente al ver a un muchacho con el pecho desnudo,una sensación que indujo a Lux a llenar con el nombre de Kevin, escrito con rotulador Magic Market de color púrpura, su libreta de tres anillas e incluso el sostén y las bragas, y por esto comprendimos que se pusiera como una furia el día que llegó a casa y se encontró con que la Sra.Lisbon había puesto sus cosas en remojo con Clorox a fin de hacer desaparecer todos los "Kevins". Supimos de la rabia que da que el viento de invierno te levante la falda y que las rodillas acaben doliéndote a fuerza de mantenerlas en clase y de lo fastidioso y cargante que resulta tner que saltar a la comba cuando los chicos juegan a béisbol. Nunca llegamos a entender por qué a las chicas les preocupaba tanto hacerse mayores ni por qué se sentían obligadas a dedicarse cumplidos, pero a veces, cuando uno de nosotros había leído en voz alta una larga parte del diario, debíamos reprimir la necesidad de echarnos los unos en los brazos de los otros o de decirnos que estábamos guapísimos. Supimos de esa cárcel que es ser chica, de los impulsos y sueños que genera y por qué acaban sabiendo qué colores combinan y cuáles no. Supimos que las chicas eran gemelas nuestras, que todos existíamos en el espacio con idéntica piel y que si ellas lo sabían todo de nosotros , nosotros en cambio no podíamos sacar nada en claro de ellas. Supimos, finalmente, que las hermanas Lisbon eran en realidad mujeres disfrazadas de niñas, que sabían del amor e incluso de la muerte y que nuestra función se reducía simplemente a emitir una especie de ruido que parecía fascinarlas"

"Las vírgenes suicidas", Jeffrey Eugenides 1993.

Ayer mi barrio me regaló una sorpresa. Sesión de cine los martes en uno de los bares más chulos, "Four seasons", galletitas, un par de cervezas y para el estreno del que, me temo, será un vicio: "Las vírgenes suicidas". Mi barrio se está convirtiendo en el centro cultural, musical y más trendy de la ciudad. Yo le llamo el "downtown", aunque ese nombre confunde porque ni está en el sur de la ciudad, ni hay bahía que lo delimite ni centro financiero que lo levante. Tal vez sería mejor bautizarlo como "el village", porque está en el este, pero aún no tenemos suficientes hippies ni siquiera una tienda de arte. Eso sí, en mi barrio antes estaba el Ricoamor, así que la cultura musical de la ciudad se puede decir que nació aquí. También podemos ir ahora al Raspa y al Four seasons, que son junto con Spoonful, dos de los bares más bonitos de Castellón. Pero Downtown o Village, de los bares hablo otro día, hoy quería escribir sobre las Lisbon.

Apenas recordaba nada de la primera vez que ví la película. Debió pillarme agotada, o entre sueños, porque solo me resultaba familiar la fotografía- la luz dorada, de margaritas y bailes hawaianos entre el trigo- y la música de Air. Poco más. Pero hace un par de veranos, gracias a un taller de escritura, cayó entre mis manos el libro y entonces mi verano, que era un verano normal y corriente, de los de apartamento, gazpacho y piscina, se convirtió en un verano lisbon y entre los días del calendario encontraba las pulseras de Cecilia, los discos que los chicos les ponían por teléfono, las escapadas de Lux al tejado y los vestidos del baile de graduación.

Ayer quería volver a aquel verano. Quería subirme en el coche de trip Fontaine convertida en el fantasma de Cecilia- q era el personaje con el que yo me identificaba: se mordía las uñas, tenía un diario muy parecido a las moleskines y se arrinconaba en las fiestas- para regresar al universo Lisbon. La película superó mis expectativas: me caí de bruces en el cesped, frente al olmo, y aunque estaba en el Four seasons y había cerveza con palomitas, yo había viajado hasta aquel verano en que todo el pueblo olía a jazmín podrido, a flores agostadas por el miedo.

No quiero hacer una lectura feminista sobre el tema, pero después de dos días lisbon, me doy cuenta de que pocas películas hacen que se acerquen tanto el universo masculino y el femenino. El descubrimiento de las Lisbon es la conquista de otro mundo, de una forma diferente de ver las cosas. De todos modos, a las películas de Sofia Coppola, en mi opinión no es necesario darles explicación alguna, porque están tan llenas de detalles, de guiños, de gestos ínfimos pero cargados de significado que no hay q desmontarlas, porque si no se arruinan. Las películas de Sofia Coppola son alas de mariposa, si les pasas el dedo por encima les quitas el polvo que les da el vuelo.

Sigo volando. Os dejo.

domingo, 22 de noviembre de 2009

Espejo de ranas IV: sin título aún.

Con el máximo respeto y con todo el cariño,

porque me reconoció



Vive en una esquina, en una casa vacía que se desvela sobre un callejón en el que tú y yo nos besamos alguna vez. Tiene cara de haber follado mucho: una piel muy pálida, una sonrisa que se multiplica bajo la lluvia y en el carnet de identidad, un nombre de ópera. No trabaja, no bebe y si no fuera porque ocupaba la mesa junto al ventanal el día de nuestro aniversario, pensarías, pensaríamos, que tampoco come, sino que flota.
Antes, apenas la veíamos. Se metía en las grietas de los edificios, se mimetizaba con los azulejos de los balcones, se escondía entre las cajas de fresas en los ultramarinos y a mediodia, cuando todos regresábamos a casa hechizados, siguiendo el aroma del hervido (dos patatas, una cebolla, media zanahoria y un puñadito de judias verdes; pelar las patatas, limpiar las verduras y poner en abundante agua caliente al fuego hasta que hierva; sírvase acompañado de un buen aceite, vinagre a discreción y un poco de sal) ella llenaba las paralelas del centro vestida de indie, cuando nadie era indie, ni se habían inventado los festivales, ni soñabamos con que cenicienta perdiera una zapatilla, ni nada de nada. Ella sin maquillaje, falda de tablas, calcetines, cazadora burberrys, y adidas.
La trenza hasta la cintura la mantiene atada a la infancia. Fue la segunda y tras la tragedia deseaban que naciera chico, así que, como Rilke, hasta que tomó la comunión el día del Corpus llevaba el pelo muy corto y desde mucho antes se sabía diferente del resto. Aquel día el milagro era su melena negra que cepilló doscientas veces ante el espejo del baño.
Ese día celebraba que era distinta.
Porque nadie vivía en el caserón más grande de la calle principal, justo en la esquina. Porque desde su ventana la madre, ya enferma, ya sín título de universidad, encontraba que el mundo se había torcido y le decía a la niña que no se asomara porque le iban a partir los tobillos, las rodillas o las caderas de cristal. Ella callaba y a veces sonreía mientras la acompañaba en los rezos. O se asustaba hasta que le arañaban la piel las pestañas de la violencia con que la madre le advertía, bajaba las persianas y se escondía en la cocina, donde le protegía el ruido del hervido (sírvase en días de vigilia con atún en aceite y sustituirá a una comida). Hasta que ella murió.
Se quedó sola. Sin carrera, ni trabajo, ni marido ni amigas. Con medias negras de simago, sayas y un abrigo negro que huele a alcanfor. Sin más luz que la que recibía cada mañana cuando la desvelaba todo lo que no había vivido en el callejón. Se miró en el espejo y cepilló doscientas veces su pelo negro en el baño, salió al balcón y descubrió que el vecino de enfrente había plantado margaritas. Ilusionada hizo mariposas y aviones con los manteles que había bordado. Fue sola al cine. No se perdió ni un solo concierto y uan tarde, en el museo de arte contemporáneo se enamoró de uno de los hermanos Oligor.
Ahora sale a menudo, ¿no te has dado cuenta? Sigue caminando entre las grietas de los edificios, si no te fijas la confundes con los azulejos y más de una noche la has tenido al lado, precisamente ahí, en esa mesa dando sorbitos a un vaso de agua. Sonríe, tiene una voz pálida, cristalina y a veces me pregunto, nos preguntamos, con qué sueña su piel.

martes, 17 de noviembre de 2009

Cóctel y cerdas

El domingo por la tarde Frida y Justine jugaban a indios y vaqueros. Justine disparó una flecha a Frida y se escapó hacia lo alto del cañón . Pretendía esconderse detrás de la Cima Oscura de las Mariposas Aztecas, es decir, mi lámpara preferida, la "Garbo" de Santa&Cole (un regalo de Anahada). Pero iba tan asustada que no lo consiguió y del salto derribó su trinchera : el pie de la lámpara - que era de cristal- se hizo añicos en el suelo. Adiós mariposas, adiós objeto de diseño, adiós mi conversación de teléfono, adiós calma dominical. Bienvenida factura de reparación. No hay que cogerle cariño a los objetos, me repito mientras recojo los pedazos. No hay que depositar en ellos nuestro afecto. Que luego se rompen. O se inundan.

Desde hace un mes vivo con la sensación de que todo es extremadamente frágil, que nada sobrevive al paso del tiempo. Y lo voy digiriendo con la mejor de las sonrisas. Desde el domingo lo que llevo fatal es pasarle el parte del último siniestro a mi madre.

Vamos a ver, puntualicemos: mi casa es mía y a los treinta y ocho años no tengo que explicar nada. Eso como principio. En realidad bastaría con contarle que ayer por la tarde, presa de un ataque de ansiedad o de aburrimiento, decidí organizar una partida de bolos en casa. Y que hice pleno en mi primer lanzamiento. Mi madre se quedaría tan contenta y mis gatas no tendrían remordimientos. ¡Ja! Pero no, desde hace un mes todo ha cambiado y como mi casa, tras la inundación y las filtraciones- alegrías del constructor- se ha convertido en una pequeña maqueta de Kosovo, mi madre que sufre por mí más de lo que está permitido en los límites de velocidad, no levanta cabeza. Así que me preocupa enormemente el cómo se lo digo, porque no está la mujer para disgustos. Ni yo para hacerle daño.

Todo lo que acabo de escribir es de lo más superficial. Lo sé. Lo hago conscientemente. Ojo: lo de mi madre es verdad y lo de la lámpara también, pero lo que sucede es que busco un disfraz. Un vestido de cóctel para esconder la tristeza y es que los últimos días me los he pasado bajo el síndrome Coixet, preocupada por "Cosas que no te dije" o por "La vida secreta de las palabras". Me planteo mil dilemas. ¿Es tan necesaria la sinceridad?¿Qué valor tiene la delicadeza en las formas?¿ Cuánto estamos dispuestos a pagar por una verdad?¿Por qué las palabras deben tener un precio?

Entre mi caos personal y el sofá me entero del revuelo que se ha formado con una columna de Elvira Lindo. La escritora publicaba el pasado 11 de noviembre en el País "Comunistas", una crítica inteligente y clara a la entrevista realizada en el mismo periódico a dos jóvenes comunistas. Yo la había leído y me había gustado mucho. Elvira Lindo ultimamente gana puntos en mi ranking, hace unos años Elvira Lindo me parecía una redicha pero ahora si me falla a la hora de misa- los domingos, de mañana, con el periódico y desayuno- me dan ganas de escribir una carta al director para que le ponga falta. La columna del otro día me pareció brillante y acertada, y como no quiero jugar al teléfono estropeado, pongo el link y quien quiera que juzgue y después, si le apetece opine. Opinar, algo que debiera ser libre. http://www.elpais.com/articulo/ultima/Comunistas/elpepiult/20091111elpepiult_1/Tes
Pues ahí surge el conflicto. El 14 de noviembre le replicaba en el mismo medio Esther López Barceló, con su "Comunistas II". Yo lo leí con retraso, interesada por la polémica. (Soy morbosa, no lo puedo negar) . Me pareció una respuesta previsible y fácil, un poco demagógica, de panfleto. Ya está. Ahí se acababa para mí el asunto. Pero no, el domingo me enteré de que ese "II" no era el final de la saga, sino que alguien decidía lapidar a Elvira Lindo enrolándose en la guerra de no sé qué galaxia. Cómo no, ese alguien se escondía en un seudónimo- valiente y brillante, como era de esperar- "Stalin" y comenzaba su alegato con un "cerda" que ya resume la ideología de quien lo firmaba.
Cerda. Acabo de hacerme fan de una página en Facebook creada para la ocasión: "Yo también soy una cerda". Claro que sí, una cerda libre de hacer y decir lo que opine desde el respeto, sin caer en el insulto ni en la comodidad de quien no cuenta nada. Seguimos otra vez con el clima de crispación e intolerancia de los últimos meses. Los debates se afilan cada vez más. Las palabras tienen más picos y las recibimos en orejas laceradas. ¿Por qué?¿Por qué nos cuesta tanto escuchar o hablar?¿Por qué hay que callarse si queremos dar nuestra opinión? ¿Por qué no podemos decir las cosas con cuidado?
Mi fin de semana ha sido un cóctel: entre copas de cava, presentaciones y sonrisas. Todo era fácil, todo era brillante. Pero en la intimidad me preocupa lo de las cerdas. No voy a entrar en el análisis de los insultos, para qué. Desde el "hijo/a de puta" hasta las "cerdas" la semántica nos la tiene jugada a las mujeres, o a las hembras. Pero esa no es la cuestión. La cuestión es la tristeza que nos queda después, cuando una voz se calla o cuando alguien deja de darnos su opinión porque no quiere discutir con nosotros. Algo se nos ha ido de las manos en ese momento. Algo que ha convertido lo sencillo en complicado.
Cerdas y cócteles. Figuritas del Belén aparentando dar conversación. Opiniones mulliditas, críticas de diseño, tan philipp stark, blancas, de formas limpias, que no incomoden, que den una alegría a la vista. No se coman las margaritas, por favor. No. Que las cerdas vuelvan a su pocilga y Carrie Bradshow a Nueva York, que era suyo. Pero que una cerda no puede hacer lo mismo.
Justine, Frida y yo estamos indignadas con lo que le ha pasado a Elvira Lindo. Las tres nos declaramos cerdas desde este mismo momento. Y también amantes de los cócteles, porque no puede ni debe estar reñido disfrutar de la vida y analizarla. Qué manía con colocarnos en departamentos.
Y pensamos seguir dando nuestra opinión de todo lo que se nos ocurra con respeto.
Así que, brindemos.

Recuerdo de bolsillo

"Oh, oh, oh, oh, oh.
It must have been cold there in my shadow,
to never have sunlight on your face.
You were content to let me shine, that's your way.
You always walked a step behind.

So I was the one with all the glory,
while you were the one with all the strength.
A beautiful face without a name for so long.
A beautiful smile to hide the pain.

Did you ever know that you're my hero,
and everything I would like to be?
I can fly higher than an eagle,
'cause you are the wind beneath my wings.

It might have appeared to go unnoticed,
but I've got it all here in my heart.
I want you to know I know the truth, of course I know it.
I would be nothing without you.

Did you ever know that you're my hero?
You're everything I wish I could be.
I could fly higher than an eagle,
'cause you are the wind beneath my wings.

Did I ever tell you you're my hero?
You're everything, everything I wish I could be.
Oh, and I, I could fly higher than an eagle,
'cause you are the wind beneath my wings,
'cause you are the wind beneath my wings.

Oh, the wind beneath my wings.
You, you, you, you are the wind beneath my wings.
Fly, fly, fly away. You let me fly so high.
Oh, you, you, you, the wind beneath my wings.
Oh, you, you, you, the wind beneath my wings.

Fly, fly, fly high against the sky,
so high I almost touch the sky.
Thank you, thank you,
thank God for you, the wind beneath my wings."

Bettle Midler, de la película "Beaches".

Gracias, Charo. Por tu "culpa" he recuperado uno de esos momentos que debería contarle a San Pedro nada más llegar al cielo. Sé que soy una cursi y una macarra- Rosa me pide por nuestra reputación que no la cuelgue- pero para mí ella es eso, bueno y mucho más. Mi mejor amiga no me cabe en esa expresión, así que me guardo nuestros recuerdos en el bolsillo.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Últimos bailes sin Teresa


Los resurrectos (a partir de un poema de Manuel Forega)
Nosotros, vástagos de la autarquía
hijos del cuando tengas trabajo comprarás un piso
crías de la mediocridad y los exilios
freakies, amanerados dandies de todo a cien>
tímidos conquistadores de muchachitas indies,
devoradores de kebabs de madrugada,
asustados por la culpa judeocristiana,
devotos del Candy y el Bacharach,
ladrones de minutos en televisión,
de la cáncana discentes eximios,
masturbadores salvajes,
adoradores de los discos perdidos,
lectores clandestinos del jueves (cuando era el jueves)
estudiantes del BUP y del COU:
todos los raros fuimos al concierto
del gran telépata de Dublín,
tanto nos daba ocho como ochenta
a los fanáticos del niño Juan y los rompedores de coco)
Nosotros: divinos Voladores o Domadores
onanistas de fotos de Jane Birkin
rayones de vinilos de Cohen
aprendices de idiomas,
aspirantes a Guinda, Forega o Vilas
farsantes ilustrados con Alan Moore en bandolera
remedos de Dylan, plantillas de Truffaut
irredentos suicidas
balubas de la guerra
apóstatas, agnósticos, ateos y creyentes
dileantes de una revolución
que nunca llegó a empezar
los que buscaban un enemigo
porque así es más fácil pelear.
moradores de los ergástulos por el morro
apéndices de Federico
estetas de Algora y el Polaco
inocuos seguidores de Jean Paul,
espadas de Garci, de Chiquito, de Luis Sánchez Pollack
mansos fandangos de Ibiza, de Hydra y Euroville
Nosotros: incendiarios mutados en bomberos,
padres de los próximos junkies y malditos
opositores, mentirosos, volubles censores,
domadores de adolescentes bestias,
altísimos farloperos sin medida,
porreros, cocainómanos, alcohólicos,
reciclados por Franz Ferdinard y la Velvet
tardíos revelados en Fresán y Handke
diputados sin partido, alcaldes de habitación,
herméticos maricas...
eternos deudores del deseo insatisfecho
nosotros: los del medio, los eclécticos,
los postmodernos irredentos,
los que seguimos buscando
el lugar donde solíamos gritar.
los que nos dejamos caer
sabiendo que nadie nos ayudará a levantar,
los que esperamos en la parada
un autobús que hace mucho que pasó,
los que cuando quisieron besos
sólo recibieron abrazos,
los del medio, los de los tebeos,
los que nunca servirán para trabajar,
los de Perico Fernández,
los que vieron jugar a Santi Aldama,
los que nunca te sacaron a bailar.
Octavio Gómez Milián

martes, 10 de noviembre de 2009

Todas las minifaldas que no he llevado


La maleta de Irma no tenía ruedas. Parecía que la hubiera comprado en un mercadillo: de color hueso, con las correas desgastadas y cuadrada. Era evidente que tenía más de tres décadas. Eso fue lo primero que me llamó la atención. Después me fijé en el cansancio de su rostro. No era el normal de un viaje, daba la impresión de que arrastraba años tras sí.
Irma llegó a la hora de cenar, lo recuerdo porque Javier-el cocinero- me acababa de sacar un plato de ternasco y la recepción olía a guiso de patatas. Dejé la cena en el despacho y salí a atenderla: era una mujer que no se parecía a la fotografía de su carnet, algo que sucede a menudo, por otro lado. Llevaba el pelo recogido en una coleta, un abrigo negro abierto y un jersey rojo que se notaba usado. Pagó dos noches y apenas habló. Le pregunté si quería que le subiera la maleta pero me sonrió debilmente mientras me decía que no con la cabeza. Desapareció en el ascensor y pensé que podría desmayarse en cualquier momento.

Cuatro dos cuatro. Repito las tres cifras. Cuatrocientos veinticuatro, cuatrocientos veinticinco, cuatrocientos veintiséis...a veces me da por contar. O por repetir frases absurdas, como si rezara por las noches. La repetición de palabras o de números me da tranquilidad: me agarro a esa sensación a veces. Debería aprenderme algún mantra, así todo sería más fácil, pero no conozco ninguno. Por eso cuento, o digo en voz alta lo que leo en los carteles. Hasta que me canso. Eso si no estoy nerviosa, porque estando nerviosa no hay repetición que me valga. Incluso en situaciones de agotamiento no consigo borrar aquello que me preocupa. Cuatrocientos veinticuatro. Me pesa la puerta, hoy no puedo más.He salido de casa más tarde de lo previsto. No quería cruzarme a nadie en el portal, ni en el ascensor. Tenía la reserva hecha por internet. Es la primera vez que estoy aquí y no conozco la ciudad, así que me ha costado un poco encontrar la calle del hotel. De todas formas no tenía prisa, nadie me espera y no pienso hacer turismo. En realidad me da lo mismo estar aquí que a doscientos kilómetros. Lo único que deseo es distancia. Busco borrarme durante dos días. Eso no puede ser tan difícil.He apagado el móvil. No tiene sentido mantenerlo encendido si lo que busco es desaparecer. Apenas he metido ropa en la maleta, está casi vacia, pero da igual. En la habitación no hace frío, de hecho se nota mucho la calefacción. ¿De hecho? ¿Con quién estoy hablando? A veces creo que de la única que consigo alejarme es de mí.
A las once terminó mi turno. La mujer del abrigo negro no había vuelto a bajar. No le comenté a Santos que me había extrañado su silencio. Para qué. No parecía peligrosa. No tenía pinta de esconder tres botellas de whisky en la maleta y era demasiado joven para cualquier otro problema. A mí lo que me había perturbado era el nombre: era el de una de mis películas favoritas, "Irma la dulce". Estuve a punto de decírselo pero pensé que estaría harta de escucharlo. Además, había descubierto que tenía una mirada de color caramelo y eso me había dejado sin saber cómo reaccionar. Me fuí a casa pensando en la chica y en su maleta.
La habitación está entelada con un falso damasco color turquesa. Si entorno los ojos un poco parece que esté en el agua. En mitad del mar, sin cielo ni playa . Nada de horizonte. Me mareo. Desde que hablé con Alba ayer tengo esa sensación de vértigo contínuo. Necesito poner el pie en el suelo para no vomitar. Pienso en las últimas veinte horas y me entran náuseas. No creo que sea capaz de asumir lo que se avecina. Ni creo que pueda resistir las lágrimas de Alba sin contárselo. Tampoco me salen las palabras. Pero sé que no puede durar. Que este vacío no tiene presente ni espacio en el futuro. Pedro me buscará en cualquier momento y yo no sabré qué decir. Ni qué hacer. Tanto tiempo para esto, para salir corriendo y esconder la cabeza debajo del edredón. Del edredón de un hotel sin aeropuerto.
Marta me lo comentó en cuanto llegué: "Hay una mujer en la cuatrocientos veinticuatro de la que no sabemos nada". Le pregunté aunque ya sabía a quién se refería: "¿En cuál, has dicho? "Veinticuatro, cuatrocientos veinticuatro". Asentí y siguió dándome las instrucciones que nos ha inculcado Gonzalo. "Mira a ver si está bien. Yo la he llamado varias veces y no me coge el teléfono. Las de la limpeza no han podido entrar y no le han subido nada de comida". Entendí lo que estaba pensando. Suicidio, alguna cosa similar. Y me lo dejaba a mí, para que empezara bien la noche. Tampoco fue eso lo que pensé- eso lo advertí mas tarde, lleno de rabia- en aquel momento solo me acordé de los ojos toffee y del cansancio. Debía haberle dicho algo la noche anterior. De repente me empezó a temblar la mano. No quise que Marta se diera cuenta, así que la despedí con un "Ya me ocupo yo". Cuando estaba en la puerta me repitó lo que siempre nos aconseja Gonzalo: "Si ves algo raro no lo dudes, llama a la policía".
Se me ha olvidado el pijama. Me miro las piernas y aún conservan algo del moreno, aún quedan restos del verano. Me duele esa palabra "verano", está llena de nudos. Pero me abrazo a las piernas porque empiezo a tener frío. No puedo dormirme con frío por muchas pastillas que me tome. Tampoco quiero hincharme con somniferos: solo quiero encontrar un poco de calma y así poder pensar. Debo decidir. Debo saber qué quiero hacer. Pero lo único que se me ocurre es lamentarme por todas las minifaldas que no he llevado. Miro mis piernas, las examino bajo la luz de la mesilla y no entiendo por qué. No son tan feas. Y a mí me hubiera encantado conducir un mini, tener el pelo largo, una minifalda amarilla, por pedir...Lo del coche tampoco era fundamental, pero lo de la minifalda me jode. A Pedro nunca le han gustado mis piernas. Yo las veo normales. Como yo. Dentro de la normalidad.
Me pregunté cuántos años tendría mientras pulsaba el cuatro en el ascensor. En el espejo me noté un poco demacrado. Respiré fuerte y me dí ánimos por dentro. Seguía temblándome la mano, así que me la llevé al bolsillo del pantalón. Hice un gesto de lo más mecánico: me ajusté el nudo de la corbata. Después cerré los ojos y me puse a contar: cuatrocientos veinticuatro, cuatrocientos veinticinco, cuatrocientos veintiséis...Intentaba concentrarme en las cifras para agarrarme a algo porque temía lo peor. Y lo peor estaba rodeado de silencio, tenía los labios morados. La imaginé. Confieso que estaba seguro de que iba a encontrármela tendida en el suelo o sobre la cama, sin el abrigo, con el jersey rojo manchando las sábanas. Cuatrocientos veinticuatro, me repetí mientras me acercaba a la puerta. No se escuchaba ningún ruido en el pasillo. "Irma la dulce". Casi se me saltaban las lágrimas cuando llamé. Nadie respondía desde el otro lado.
A Pedro no le gustan mis piernas. A Alba tampoco. A mí no es que me apasionen, pero siempre me compro pantalones. No sé por qué. De todos los tipos, pero pantalones: estrechos, vaqueros, de lino, de pana. Pantalones. Qué rabia. Qué rabia. Qué rabia. Odio ser tan estúpida.Odio los pantalones. Llaman a la puerta. No sé qué hora es. Me quito las lágrimas, no quiero que me vean llorando. Vuelven a llamar. No me sale la voz. Me incorporo y hay tanta agua dando vueltas. Agua y mis piernas, que se van corriendo a buscar una minifalda. Me caigo. Odio el verano.

Escuché el golpe cuando ya había metido la llave en la cerradura.Dudé. Respiré nuevamente- seguía temblando- y empujé la puerta con suavidad. Irma estaba tendida en el suelo. Llevaba el jersey rojo sobre una camiseta y unas braguitas de algodón. Respiraba. Respiramos los dos. Busqué agua en el minibar. La cogí entre mis brazos tratando de reanimarla, estaba fría, pero al fin abrió los ojos. Me miró y sonrió. Dejé de temblar en sus ojos caramelo.