No sé cuál es el truco para aguantar medianamente bien todo un FIB, pero sospecho que no basta con la fórmula beber y comer cuanto te apetezca. No si has entrado en la treintena.No si eres español- es decir, noinglés- y que te cobren tres euros por una cerveza te duele más que si te hubieran pellizcado con una langosta los dedos gordos de los pies.
Ayer era el día grande. El de los mitos: Morente, Morrisey y Cohen. Muchos decían que no tenían sentido en un FIB, que la falta de temática o de una razón que uniera la música indie con ellos los convertía en un ejemplo de la lucha de festivales, en un momento amalgama del Rockinrio.Para mí eran tres grandes, de los míos además y una razón por la que seguir agradeciendo a los Morán- aunque ultimamente parezcan los Dalton- que eligieran Benicàssim para montar, hace ya quince años o al borde estamos, su festival. Nunca hubiera imaginado que escucharía "Suzanne" con el paisaje de los atardeceres de mi infancia (el desierto de las Palmas y las Agujas de Santa Agueda) de fondo. No si era el mismísimo Cohen quien cantaba. Por momentos así ya está todo justificado. Todo.
Llegamos pronto, a eso de las seis, para que no nos sorprendiera la cola en el parking ni al cambiar la entrada por las pulseras. Las mismas caras del jueves nos recibían con la desesperación del que está agotado de este rallye de canciones, grupos, gente etiquetada como imporrtante e inglesas. Hay inglesas por todas partes: inglesas con las tetas caídas, inglesas de porcelana con pies delicados y nariz de chocolatina; inglesas enormes que se esconden detrás de unas gafas adquiridas aún en Camden; inglesas gritonas, con chicle de melón y colgante de la abuela; inglesas negras con una piel tan oscura y tirante que parecen de lycra; inglesas prepúberes, nínfulas como lolitas, con ese aire de soledad escogida que hace a los hombres volverse vampiros; inglesas disfrazadas de los Roper, con la ropa del mercadillo de Oxfam, inglesas con alitas, e inglesas panza arriba moviendo sus piernas blancas entre las zarzas del margen del camino...Hay tantas inglesas que una se siente africana entre tantas damas del Imperio.
Y mucha gente acreditada: casi la mitad del FIB es alguien, porque llevan la acreditación roja, azul o la pulserita negra (zona altamente restringida) que hace morirse de envidia al resto. Por eso no me salen los cálculos: si la mitad del festival son ingleses- inglesas diría yo, pero no quiero contradecir a la organización- y la otra mitad gente vip, enchufados, los que se cuelan por la patilla, prensa y técnicos...¿cuántos españoles pagamos la entrada?¿cuántos valencianos? Y por último ¿había alguien de Benicàssim que disfrutara del descuento? No lo sé, pero no estoy para sumas después de aguantar la paliza física de ayer, ni siquiera hoy sirvo para eso. Tampoco conducen a nada mis elucubraciones, así q borrad esto último.
Bueno, llegamos a las seis, compramos tickets y comenzamos a inspeccionar la zona. A ver qué nos sorprende este año. En el librito- guía anuncian la existencia de unas insatalaciones con forma de antiguas cabinas donde se puede disfrutar del silencio. He ido dos noches, he dado mil vueltas y no las he encontrado. Tal vez me pasaran desapercibidas. Tal vez lo del silencio entre tanto watio resultara inviable y las quitaran.No lo sé. Pasamos junto a un tunel de lavado, eso sí, en el que entraban parejas y se anunciaba como "Túnel del amor". Yo para que no detectara que soy un caso perdido ni me acerqué; los trapos sucios los lavo en casa.
La comida tampoco aporta ninguna novedad: hamburguesas, pizzas, fallafells, cous-cous y paella de un intenso amarillo. Nada que sorprenda, pero eso sí: dá mucha hambre. Debe ser que le ponen algún aditivo o una sustancia que estimula las papilas gustativas hasta que gritan "dáme de comer". Algo así debe ser, porque de los que nos encontrábamos todos decían lo mismo: "Bien, los conciertos bien...¡pero tengo un hambre!" Yo misma parecía haber llegado el día antes de la isla de Supervivientes, todo me apetecía. A todas horas. Horroroso. Menos mal que por el lado del consumismo- el mercadillo- no había nada que me atrajera, porque si no me gasto el presupuesto de un viaje al Caribe sin salir de mi pueblo. Que a punto estuve con estos precios y con la tenia que duerme en mi intestino desatada.
Pero voy a los conciertos, que era de lo que se trataba. Los primeros de la tarde nos dejaron un poco indiferentes. "The national" sonaban a "ya lo he oído, no sé cuándo, pero ya lo he oído" y hacía demasiado calor bajo la carpa, mientras "Noise is the best revenge" parecía precisamente eso, un ajuste de cuentas con alguien. No los pudimos aguantar. Sin embargo, por casualidad acudimos a escuchar a "Moriarty" media hora antes de que saliera Cohen y nos hipnotizaron. Puesta en escena, directo, canciones...todo fue increíblemente bueno.Un descubrimiento.
Apuramos las últimas canciones y de lejos se escuchaba su voz. Conjurados por su tono espectral llegamos hasta la explanada del escenario verde. Muchísima gente sentada, a medio camino entre la siesta y el trance. Mar en calma y la figura del maestro de poesía confundida con los colores del escenario: el fondo iba en negro, Leonard Cohen con sombrero y chaleco de gris. Me senté a escribir en la moleskine. La tarde caía lenta, como los veranos de antes. En ellos pensaba y sobre ellos escribía cuando sonó "Everybody Knows" y salí corriendo por la banda hacia las primeras filas del lateral, justo donde está la grada de los Vips. Creo que era la única por allí que no estaba acreditada.Emoción ante los grandes éxitos de toda la vida: "I'm your man", "Suzanne", no recuerdo si "Tower of song"- ahora dudo- y "First we take Manhattan, then we'll take Berlin". Arturo Valls que se escapa de Camera Café y se pone cerca. El chico negrito con el pelo afro de "No disparen al pianista" dando palique a una chica escueta y delgadísima. Qué aburridos los famosos. Hasta Oscar Jaenada- que el jueves llegaba al Voramar con sombrero y aires, bueno más que aires, de artista- me producía bostezos. Y de repente cuando Cohen se vuelve más Cohen con su "Hallellujah" me olvido de todo lo que me rodea, de que estoy en Benicàssim, de que Guillermo se ha ido a escuchar a los "Death cab for cube" porque se aburría y que no puedo compartir con nadie la emoción de este momento y con la lágrima ante tal derroche de poesía y de belleza, empiezo a echar de menos a los que hubieran sabido disfrutarlo como yo y me dan ganas de coger el móvil y hacer cinco llamadas, solo cinco lo prometo, pero indispensables porque eran las cinco personas a las que necesitaba coger de la mano en ese instante y apretarles levemente como si fuera un guiño Sthendal, un instante descolgado en el que flotas en "Rojo y negro", pero estoy sola, arrebatada en mitad de desconocidos, con la carne de gallina y el sol sobre los hombros, la tarde que se derrite y Cohen que me recuerda a Michael Corleone en "El Padrino" o al revés, el cine que imita a la vida y no la vida la que imita al cine, o sí, y esa mano que se escurre como un holograma, y la espalda que me abrazaba se aleja entre las sombras, envío un par de mensajes, llamo a Belu q desde el tren- a ráfagas- me lo agradece, se marcha ese lord de la canción, ese atraco de corazón en Chicago, esa voz en la nuca se marcha entre aplausos y aunque creo que nada me va a conmover ya después de este instante, la humildad de Morente y su fuerza logran destemplarme. Otra de las que pueden ser grandes, como es su hija Estrella, nos regala complicidad y un pedazo de Albaicín- el de tasca y callejón- que a ella yo no le conocía que se le escapa al cantar Manhattan. Los astros alineados en Omega. Tantos de espaldas al eclipse de luna que no salgo del desconcierto y es Morente un aprendiz de brujo, pero ya un mago consumado que se bate en palmas por Lorca y por Cohen, que no se parte la camisa porque derrocha clase y elegancia, la que le falta a Morrisey, la que nunca aprenderá el de Manchester porque nada en la vanidad y la ha puesto por encima de su música.
Morente disfruta y se convierte en el rey de la noche. Los que no estaban no pueden cuestionarlo y no éramos tantos los que le observábamos asombrados cómo se ganaba el trono del escenario verde. Al final con el "Pequeño vals vienés" se rompen los tópicos, estalla el público en un bramido de dolor por tanta poesía y se acaba el hechizo.
Morrisey se ha dado cuenta y nos lanza discursos para ofendernos, de niño malcriado, de inglés con complejo de clase y de Imperio. "No sé hablar español- repite- sé hablar argentino, mexicano y portugués, pero no sé hablar español." "Benicàssim es una ciudad condenada: no puede salvarse porque no es vegetariana"- pues no, Morrisey, va a ser que nos cuesta olvidar el sabor del jamón, de las croquetas de cocido del Lipizano y del pescado, lo siento; a mí ser vegetariana me gustaría, es más, comparto muchas cosas con los que lo son y me gusta su cocina, pero no me deshaucio por ello ni pienso lacerarme a golpes de látigo- "Sé que los grupos que hacen música pop en España, son realmente malos..." continúa declamando entre canción y canción. Ha perdido su tripa talle imperio que lucía en su última visita, cuando se vestía con la bandera española- no hay que ser tan histriónico, no tanto- cuando aún cantaba "There's a light that never goes out", "Girlfriend in a coma" o "The more you ignore me, the closer I get", cuando el rayo verde sacudía nuestra médula al escuchar el comienzo de "First of the gang to die":
"...You have never been in love,
Until you've seen the stars,
reflect in the resevoirs
And you have never been in love,
Until you've seen the dawn rise,
behind the home for the blind..."
Entonces aún le perdonábamos la pájara de un año (o dos antes) cuando se intoxicó de tal manera- la leyenda urbana afirma y sostiene que se intoxicó en esta ciudad condenada, más concretamente en su zona VIP y que no podían reanimarlo, ni mantenerlo en pie ni sabían cómo mandarlo de vuelta a cas, porque el que estaba en coma era él- que perdió su vuelo en Londres, o estaba enfermo de Inglaterra o la historia que fuera, pero que no vino siendo cabeza de cartel. Entonces se lo perdonábamos todo, pero después de la muestra de respeto, talento y arte que dieron ayer los dos señores- Morente y Cohen- cuando terminó de cantar, ya en el suelo, con la tercera camisa empapada (los de la banda salieron a pecho descubierto y a tripa de chiringuito, con los pantalones únicamente y mensajes escritos entre los pezones, como "poeticism" en general pasaban con nota el examen estético, pero hubo más de un plano de alguno que daba pena, pobrecillo) solo daban ganas de acercarse y decirle: "venga morrisey va, levántate y coge tus cosas. Tu público inglés está entregado, pero esto no se hace" y que cuando se pusiera altivo, la barbilla elevada, la nariz en primera de ballet le dijéramos con aire circunspecto: "Si Morrisey, the queen is dead".
Y los sanfermines, segunda patria de los americanos, no era lo de ayer, dear children, sino otra fiesta. Aunque ya de lo que fue y era el FIB no queda nada.O casi nada.