Y de la noche a la mañana me vi expatriada en El Cairo, viviendo entre pirámides, gatos resabiados y turbantes blancos...
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martes, 10 de marzo de 2009

Yacoubian, Asswany. De azares y probabilidades


Ya os conté en cierta ocasión que un día, paseando por el downtown cairota, me paré frente a un inmueble antiguo con la extraña sensación de estar ante el edificio Yacoubian.

Cuando llegué a casa y miré la dirección que uno de los protagonistas menciona en la novela, comprobé que me había equivocado sólo por un número. Me qued
é maravillada por semejante coincidencia y porque mis pasos, se pararan en aquella calle y no en otra de las miles que trazan una ciudad de más de veinte millones de habitantes.

Pues bien, parece ser que esta casualidad no iba a ser la única y el caprichoso azar dispuso que mi camino se cruzara de nuevo con esta fantástica historia.


Así que el otro día, después de aquella divertida reunión con mariachis y tequila, me volví a encontrar de manera inesperada, mientras sorteaba el tráfico de la ciudad cruzando callejuelas menos transitadas, con otro edificio cuyo cartel de neón me hizo pegar un brinco.

Lo vi de refilón. El cartel estaba encendido y colgaba revirado de la fachada. Me pareció leer su nombre, Asswany, dentista. Me quedé boquiabierta, estaba segura de que era la consulta del autor del "Edificio Yacoubian", que además de escritor es médico.

En cuanto tuve oportunidad volví a pasar por allí. El libro me pareció tan interesante que estuve valorando la posibilidad de dejar sacarme una o varias muelas y
aprovechar el momento para hablar con él, aunque fuera entre babas y alcoholes, pero qué queréis que os diga, la idea no me sedujo lo suficiente y preferí quedarme con su literatura. Vida y azares.




martes, 20 de enero de 2009

El edificio Yacoubian.

Me dio un vuelco el corazón. La semana anterior, sin conocer la ubicación del inmueble, había estado en esa misma calle y señalando el edificio colindante le dije a P. mira, el Yacoubian debe ser algo así. Durante aquella tarde me urgió la idea de visitarlo y me pregunté si realmente existiría. Cuando llegué a casa, busqué la novela y miré la dirección que Taha, uno de los personajes, escribía en su carta al presidente:

"Vuestro fiel servidor
Taha Mohamed Shazli
Documento de identidad: 19578 Kasr el Nil
Dirección: Edificio Yacoubian, 34 calle Talaat Harb, El Cairo"

Entonces supe que sólo me había equivocado por un número.

Levanté la vista hasta el cielo y lo miré con sorpresa y nostalgia. Así q
ue aquí tenía sus "reuniones" Zaki Bey el Desouki...pensé. Para tener mejor perspectiva, me paré en la acera de enfrente, en medio de oleadas de transeúntes que me adelantaban apresuradamente sin verme, casi zarandeándome y para asegurarme volví a preguntar al dependiente de la camisería, pero es el número 34, verdad? es el edificio Yacoubian, no? Sí, sí, me sonrió echando una pomposa nube de humo entre los dientes.

Crucé a toda prisa, esta vez no me dio tiempo a calcular el tráfico, sin más, serpenteé a toda velocidad esperando llegar sana y salva al otro lado. Delante del por
tal, unos grandes escaparates de ropa iluminados de neón me recordaron la exposición de joyas que Yacoubián debía tener en la época más glamurosa de la ciudad.

El bauab estaba dentro, barriendo un portal que no me dejó imaginarme tiempos más esplendorosos. Subí una escalinata y me di la vuelta disimulando, miré hacia la calle y entonces lo vi. Tejido en un delicado tuvo de neón, en esos momen
tos apagado y cubierto por unas cuantas telarañas leí: N. Yacoubian.

Saqué la cámara y el bauab, que me pareció se tomaba demasiado en serio sus funciones, me dijo con el dedo que no. Por suerte pasaba un inquilino que le quitó autoridad y asintiendo con la cabeza, autorizó comprensivo mi intromisión.

Salí antes de haber saciado mi curiosidad, porque el hombrecillo del turbante y la escoba no me quitaba ojo. Me imaginé que el pobre andaría loco pensando por qué en los últimos tiempos aquel destartalado inmueble despertaba tanto interés.


No había caminado ni dos metros y me arrepentí de haber tirado la toalla tan rápido. Entonces engatusé a P. para que entrara y persuadiera al guardián con una propina. Salió rápido. "Que te sube en el ascensor si quieres" dice levantando
las cejas inquisitivamente. Entonces corrí de nuevo escaleras arriba y salté en un cacharro en evidente decadencia. Mi gozo acabó rápido, porque el viejo taimado me subió y me bajó a golpe de botón sin dejarme ver más que entre rejas, los antiguos y generosos apartamentos de antaño, convertidos hoy en oficinas y locales comerciales de mala muerte.

Salí de nuevo y miré a la azotea intentando descubrir entre los camaro
tes alguno de los secretos no contados en la novela. Así me quedé un rato y descubrí el viejo cine que Aswany refiere ya en la primera página. Hay cosas que sobreviven más de lo previsto.

De vuelta a casa me alegré de no haber visto la película y de haberme confrontado a aquella historia con los paisajes que fabricó mi imaginación a lo largo de sus páginas.