Seguimos en la ciudad antigua de Jerusalén. El barrio árabe se transforma en judío en sólo un par de metros. El cambio es sorprendente. Es como saltar de un mundo a otro sin que nada lo advierta. Ya no hay calles llenas de tiendas, ni vendedores zalameros, el bullicio del mercado oriental desaparece como en un sueño.El ambiente es tranquilo, las calles limpias. Hay varios museos, escuelas de tora, sinagogas y una antigua calzada romana que atraviesa parte del barrio con gran encanto.
Me cruzo con hombres de rostros graves, barbas largas y patillas con tirabuzones, pantalones hasta la espinilla y abrigos negros. La mayoría lleva un kipá de terciopelo y encima un sombrero de ala que debe ser, por lo menos, 2 tallas menos porque deja a la vista toda la frente. Un comerciante me señala con el dedo hacia arriba. Sube esas escaleras y tendrás las mejores vistas de la ciudad, me dice, luego vienes y visitas mi tienda.
Las escaleras que me indica no prometen nada sorprendente, pero me equivoco. De un brinco, me coloco encima de los tejados de Jerusalén, con vistas magníficas y descubro una singular ciudad paralela.
Veo gente transitando de un lado a otro, por unas improvisadas "calles" que discurren sobre los tejados. Es como si se tratara de un microcosmos vecinal. Camino por aquel mundo sorprendente y me asomo a muchos barandales. Desde uno de ellos descubro, por casualidad, el muro de las lamentaciones. Hay hombres y mujeres rezando, separados por un muro de ladrillo. Qué imagen tan común en las mezquitas, veo que semejante costumbre segregacionista debe tener más que ver con hombres que con dioses.
Me siento en un saliente a contemplar la cúpula dorada de la mezquita de Al Aqsa, más dorada que nunca por la luz del atardecer. Los gatos, haraganeando, están en su ambiente. Cuando más apacible se muestra todo, veo que se acerca un hombre judío con una pistola en la mano. Leches! eso no es lo que uno espera encontrar ahí arriba, no?
El tipo en cuestión, se acerca vigilante. El estómago me da un vuelco, me quedo helada. Intento levantarme sin llamar mucho la atención, arrgggg quiero volver a la calle. Le agarro a P. y me acerco a las mismas escaleras estrechas por las que subí. Cuando me dispongo a bajar, de cabeza si hace falta, una veintena de soldados armados hasta los dientes, quieren subir y me tengo que hacer a un lado, las armas me convencen.
No sé si alegrarme o directamente desmayarme. El tipo del "kit" pistola-kipá, da media vuelta y receloso, se va en dirección contraria y yo, libre ya el camino, vuelo escaleras abajo y me adentro en otra realidad. De lo que pasó arriba, sé tan poco como vosotros.


