Si
he de contar cosa alguna sobre mí, es que soy una persona de gustos bastante simples;
me gusta el café sin azúcar, mi cuarto con la televisión apagada, mi jardín muy
bien regado y el tiempo en línea recta sin escalas. Por esto me parece
pertinente contarles sobre este día cualquiera en el que me desperté un martes
5 de octubre con toda la disposición de seguir con mi rutina ya establecida con
los años. Pero como con todo suceso, los días están sujetos a arbitrariedades
intrínsecas a la materia misma que conforma el universo. Verán: sospecho yo que
por el mismo hecho de ser lunes y que es justamente el día que le sigue al tan
glorioso domingo, que el día nefasto mencionado con anterioridad es la victima
perfecta de las barbaridades que aquí se han insinuado.
Así
la vida: me encontraba en mi sala sirviéndome el café cuando de pronto abrí el
periódico y me di cuenta que no era martes. Y no es que tenga un especial
aprecio por los martes, días en los que invariablemente tengo que sacar la
basura, no. El problema es que abrí el periódico y para mi sorpresa el tiempo
había sufrido una descompostura: el día seguía siendo el lunes -apócrifo, cabe
destacar- pero los acontecimientos del domingo habían transcurrido de diferente
manera. Entonces aquí hay de dos: O el tiempo se ha puesto en huelga y alguien
distraído ha tomado su lugar para desatar un caos de proporciones anti
rutinarias, o al susodicho amo cronológico le ha parecido que el lunes 4 de
octubre (1) ha sido tan poca cosa que ha tenido que reescribirse. Sea cual sea
el caso, los adeptos a la mortalidad y al adecuado uso del espacio-tiempo
debimos de habernos sorprendido al enterarnos de que el Real Madrid no ganó el
domingo su último partido, sino que lo perdió, que barbaridad.
De
pronto me encontraba tomando mi café cuando empecé a hojear todo el diario solo
para confirmar mis sospechas, este lunes 4 de octubre (2) realmente se había desentendido
del mundo. Casi a la hora de salida de mi trabajo todo mundo hablaba sobre un
choque a las afueras del museo de antropología (accidente también apócrifo) y
cuando quise comentarles sobre el magnífico gol de Cristiano Ronaldo al minuto
94, nadie en la oficina sabía de qué estaba hablando. –No, no. El Madrid ha
perdido 0 a 1 – Ni hablar.
Me
pasé el resto de la tarde evitando una confrontación con este espurio lunes 4
de octubre (2). Ya por la noche me fui a mi cama con la tradicional
cena-informativa, pero con una duda aún más grande: ¿al despertar será que
existirá una compensación y caeré en un miércoles 6 de octubre, sin tener idea
alguna del martes?, ¿o por fin tendré mi martes 5 de octubre? Obviamente para
este entonces sabía que el lunes 4 de octubre (1) ya no me sería devuelto ni de
broma.
Es
curioso cómo funciona el mundo porque puedo jurar que uno no siempre obtiene la
recompensa que quiere. Yo suelo despertarme, desayunar, tomar mi café mientras
leo el periódico para después irme al trabajo. Por las tardes como, asisto a mi
jardín mientras escucho a Alejandro Sanz y me cercioro de que todo se encuentre
debidamente en su lugar. Más adentrada la tarde suelo leer un poco y revisar
pendientes del trabajo para después cenar mientras miro el noticiero y luego dormirme.
Dicho esto, espero que después de todas estas cosas, suceda lo mismo con el
transcurso natural del calendario, pero mi vida no ha tenido el efecto deseado.
Después
de intentar escapar de este lunes tautológico, me desperté un lunes 4 de
octubre (3). Después, arreglaba mi jardín y lunes 4 de octubre (4). Escuchaba a
Sanz, lunes 4 de octubre (5). Cenaba viendo el noticiero en mi día favorito, el
lunes 4 de octubre (n). Ahí estaba yo, fiel a mis costumbres, siendo acechado
por el fantasma del lunes 4 de octubre (1), clavándome su mirada por las
noches. Seguí el curso de los lunes como si la semana pasara naturalmente, y ya
hasta se me había olvidado cuanto tiempo ha pasado, pero hay algo que sigue
alimentando a ese fantasma: muy en el fondo me parece que toda la oficina
conoce el gol de Cristiano Ronaldo y los demás sucesos que han muerto las
noches de los lunes. He intentado por varios medios de hacerlos confesar o
dejarlos en una situación en la que resulten expuestos, pero solo hay indicios
pequeños que he tenido que ir armando como un rompecabezas. Ayer alguien
mencionó algo sobre una lata de atún descompuesta, siendo que hace dos lunes
hubo una gran escasez de atún en un mercado en Guadalajara. Antier, tracé las
pistas que me llevaban a un parque donde una señora vende kebabs después que un
colega comentó ese día sobre un futuro viaje a Turquía (que estoy seguro que no
sucederá) y para mi sorpresa, al llegar a casa encontré un partido en la
televisión: Turquía vs Alemania.
Por
estos días en los que ya no sé dónde estoy, me pregunto si me la pasaré todos
los días el resto de mi vida sacando la basura y comiendo pollo, a veces pienso
en los martes y lo delicioso que sería poder comer cerdo de nuevo, los
miércoles y la visita de la abuela o la noche sabatina de armar rompecabezas.
Veo en todos lados a la gente que me rodea, ajenos al nuevo ritual que ha caído
sobre nosotros y parece que han sido sometidos al arbitrio de crono.
Días
después, y llámenlo sincronicidad jungiana si quieren, desperté en un lunes 4
de octubre (n) que tenía un clima muy parecido al de un jueves que pasé en una
cabaña en Alemania y por fin después de mucho tiempo todo quedó muy claro en mi
cabeza: acto seguido, pongo alguna canción al azar en mi computadora y aparece
el concierto para violín de Schumman, mientras camino lento, tomo el periódico
sin leerlo y lo quemo sobre la mesa mientras me preparo un omelette lleno de tocino.