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Miles Gloriosus, de Plauto

El Militar Fanfarrón, o Miles Gloriosus en su título original es una de esas obras clásicas cuya modernidad es tal que asombra.
El argumento, ciertamente sencillo por una parte pero enrevesado en su desarrollo, se centra en la figura de Pirgopolinices, el militar fanfarrón y desmesurado que no tiene rebozo alguno en atribuirse las hazañas militares y amorosas más desmesuradas, hasta llegar al disparate, y que es despreciado por todos aquellos que lo conocen. Pirgopolinices ha rapatado a una muchacha, Filocomasia, y la tiene como concubina en su casa de Éfeso. Palestrión, esclavo que ahora sirve por fuerza a Pirgopolinices, pero que lo era de Pleusicles, el enamorado de Filocomasia, traza un plan para que ambos se encuentren en la casa vecina a través de un agujero en la pared, con la connivencia de su propietario Periplectomeno, quien está deseoso por dar un escarmiento al militar.
La situación, sin embargo, se tuerce cuando Esceledro, sirviente también del militar y guardián de Filocomasia, ve en esta casa vecina a Filocomasia besando a Pleusicles. Ante el riesgo de ser descubiertos, Palestrión traza un plan a toda velocidad: convencerá a Esceledro de que no ha visto lo que ha visto, y lo explicará mediante el arribo a Éfeso de la hermana gemela de Filocomasia.
Finalmente resuelto el inconveniente, Palestrión se pone a organizar la jugada maestra: presentándole los amores de la esposa de Periplectomeno (que interpretará la prostituta Acroteleucia), inducirá a Pirgopolinices a despedir a Filocomasia, con lo cual esta podrá recuperar su libertad.
Ya hemos dicho que parece enrevesado. Representado en escena, en cambio, el desarrollo es tan sencillo y estruendosamente cómico como anuncia.
Y es que en El Militar Fanfarrón hallamos elementos de las modernas comedias de enredeo, del vodevil a la Lubitsch, de las comedias sexuales, del juego de puertas y dobles identidades que talmente parecen extraídos de una obra del siglo XX.
La modernidad de tema y tratamiento de Plauto es asombrosa, insisto; su lenguaje, directo, hasta procaz; la sátira de los tipos, en particular del capitán petulante, sangrante. Y tengo la impresión de que la acción se sitúa en Éfeso no tanto para respetar una anterior versión griega del tema que dicen que existió como para evitarse las susceptibilidades de algún miles gloriosus romano que pudiera haber entre el público.
Si siempre recomiendo paciencia a la hora de leer los clásicos, en este caso no es necesaria. Esta obra es fresca, vivaz y tan actual como las comedias cinematográficas que se estrenan hoy. Háganse un favor y lean a Plauto.
Ediciones Clásicas / Ajuntament de Lleida
Madrid, 2006 [desconocida circa siglo II a.C.]

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L'Art de la Cuina, de Marco Gavio Apicio

(De Re Coquinaria)
Fund. Bernat Metge, col. Escriptors Llatins
Barcelona, 1990 [s. I d. de C.]
Trad. y rev. de Joan Gómez i Pallarès
Edición bilingüe

Este texto es, ni más ni menos que un libro de recetas de cocina romana. Uno de los pocos que perviven, si no el único. En un libro de estas características la lectura se puede realizar a varios niveles, todos válidos: en primer lugar, como texto histórico. No en vano las últimas tendencias de la Historia prestan atención a esa pequeña historia que contribuye a comprender el constructo mental de una época; la vida cotidiana, en suma. En este aspecto, el texto de Apicio es de valor, puesto que no se centra en la alta cocina, sino en todas ellas: la de los grandes banquetes, que pueden evocarnos peplums hollywoodienses sin cuento (por ejemplo, en las recetas de carne de avestruz) como la de la mera cocina cotidiana (véase la receta de los humildes brotes de col). Pero, y más importante para el historiador, la lista de elementos empleados en la cocina da una idea clara de la agricultura romana y su comercio.
El segundo nivel de lectura es el de la curiosidad. Alguien ha dicho que somos lo que comemos, y por tanto cabe preguntarse si nosotros, que nos preciamos (sobre todo en la Europa meridional) de ser herederos de la cultura latina, comemos igual, de forma parecida o disimilar a la de nuestros ancestros. La respuesta es que (y salvando las incorporaciones de alimentos "nuevos" como la patata, el maíz, el tomate, etc.) es que comemos básicamente, si no lo mismo, sí de la misma forma (el asado, la fritura, el estofado, la pastelería) pero con unas variantes importantes: la cocina romana era especiada en extremo, un hecho que podría tener su justificación en las carnes, pero difícilmente en otros productos, como la sandía y el melón, que se tomaban aderezados con pimienta, poleo, miel o vino de pasas. También la bebida era diferente: el vino se tomaba aguado o mezclado con miel diluída y, a menudo, con el añadido de las inevitables especias.
Una tercera lectura que sed puede hacer es, por supuesto, la gastronómica, no teórica, sino práctica. La principal dificultad para ella es que los romanos sentían auténtica debilidad por un condimento misterioso y desconcertante, el garum. Para aquellos que duden de la pérdida de conocimientos que supuso la Edad Media, que los británicos denominan "Edades Oscuras", baste decir que la receta del garum se ha perdido. Y no, Apicio no la recoge. Por lo visto, era tan utilizado y común que no hacía falta recordar cómo se hacía el garum, así como nuestros recetarios modernos no recogen cómo hacer vinagre (no cómo aromatizarlo, sino hacerlo) o cómo se fabrica la sal de apio. El garum, según unas fuentes es un condimento realizado con vísceras de pescado fermentadas; según otras, se trataba de pescado marinado empleado como salsa. Y así otras veinte o treinta versiones. En lo único que se ponen de acuerdo es que al parecer se hacía con pescado y que éste requería un cierto grado de, hablemos claro, podredumbre. Cosas peores he comido, créanme.
Sin embargo, y prescindiendo de un condimento que hoy día podría resultar poco paladeable para nuestros gustos, las recetas son curiosas, y hay otro aspecto distintivo, como es la miel. Los romanos cocinaban mucho con miel. Con las dificultades que ello conlleva. Uno de los mejores conocedores de la cultura romana que me he encontrado en la red y fuera de ella, Volker Bach, me confesaba que había hecho repetidas pruebas de esta cocina melífera, con resultados dispares: demasiada cocción y el plato resulta incomible, empalagoso y un desastre para los cacharros de cocina. Demasiado poca, y tanto daba que cocinaras la receta y a posteriori vertieras la miel por encima.
Porque, por supuesto, en la época no existían los relojes de cocina, y no todos los romanos tenían la suerte de tener una clepsidra a mano. Tampoco se recurría, al parecer, al método de rezar tres oraciones a Juno para hacer un huevo pasado por agua (igual es que no los hacían; las recetas para huevos son: fritos (con garum de vino); duros (con aceite, vino puro y garum); y hervidos (con pimienta, seselí y piñones reblandecidos; por encima se echa miel y vinagre y se liga con... garum, por supuesto)). De modo que no hay indicaciones de tiempo en Apicio. La cuestión de los tiempos de cocción es terra incognita.
Pueden ver que este libro de Apicio no son las recetas de la abuela, sino que lleva una carga de posibilidades inmensas, Tantas como para hacer de su exploración (una lectura seguida y consecutiva es impensable, salvo para cocineros profesionales) algo curioso, instructivo y entretenido.