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Life of Buddha, de Lucius Shepard

Escribo mis reseñas con sólo una condición en mente, y es que no reseño textos que no me hayan gustado (y sí, eso quiere decir que bastantes cosas de las que leo no pasan por este blog). Y cada vez que me topo con una obra de Lucius Shepard me interrogo si será la primera que no reseñe. Hasta el momento, eso no ha sucedido. No es sólo cariño, o admiración. Simplemente, y ya con cierta perspectiva histórica, se puede afirmar que Shepard es el último de los grandes autores surgidos en el campo de la ciencia ficción, la fantasía y el terror (en los tres, puesto que todos los trata y porque a veces es difícil deslindar a qué género se adscriben sus obras, un dilema que en este Vida de Buda ha acometido a las antólogas). Es sorprendente en sus temas, siempre en su tratamiento, y si bien se pueden encontrar líneas argumentales (a veces muy subterráneas; lo que se llaman "obsesiones" de los escritores) comunes en algunos de sus relatos, lo cierto es que no acostumbra a repetirse y siempre el lector se encuentra con algo nuevo.
El tema en sí de este relato es, no nos engañemos, bastante sórdido. Buda en realidad no se llama así. Es un matón de un garito de mala muerte en uno de los peores barrios de la ciudad, negro, cuya vida en los bajos fondos hizo que su madre muriera prematuramente y su esposa se suicidara; la culpa lo ha llevado a ser drogadicto, para soñar lo que es un refugio inalcanzable, una África parecida a un parque temático. Si le llaman Buda es porque es grande, de vientre prominente y porque casi nunca habla, no porque no sepa, sino porque no quiere involucrarse con los demás. Conoce a una transexual, Taboo, que es una curandera que, de forma extraña, lo ha convertido en su confidente. Cuando un delincuente conocido ataca a Taboo, Buda sale de su solipsismo y la defiende.
A partir de ahí, el final se desencadena y, si saben ustedes inglés, pueden leer el relato en el enlace al pie de esta reseña.
Por descontado, Shepard no pone títulos ni llama a uno de sus personajes "Buda" de manera casual. No es su estilo. El protagonista del relato puede tener rasgos físicos que le valgan el mote, pero lo que Shepard realiza es justamente lo que promete en el título, una trasposición de la vida del buda a un escenario de una sordidez inusual en la literatura, incluyendo un alcanzar el Nirvana que es revelador para el protagonista, pero desolador para el lector.
Reitero que nadie escribe como Lucius Shepard, o por lo menos no las escribe con tanta asiduidad y consistencia. Su estilo es directo, gracias a sus poderes de descripción, pero tiene una facilidad enorme para transmitir situaciones y sensaciones, lo que da a sus historias un halo especial. Su originalidad radica en que jamás sigue por un camino conocido o trillado, y todo está al servicio de la historia.

En Demons and Dreams. The Best Fantasy and Horror 2
Legend / Random Century
Londres, 1990 [1988]
Ed. de Ellen Datlow y Terri Windling

Texto en inglés de Life of Buddha

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Delta Sly Honey, de Lucius Shepard

En Demons & Dreams. The Best Fantasy and Horror 1
Legend / Century Hutchinson
Londres, 1989 [1987]
Ed. por Ellen Datlow y Terri Windling

De los numerosos escritores mque estuvieron en la guerra del Vietnam, todos la han reflejado de una u otra manera en sus escritos. Casi todos, en algún momento u otro, han escrito escenas que tienen un componente de una aparente irrealidad en ese contexto (a ese respecto, incluso Despachos de Guerra, de Michael Herr, unas crónicas periodísticas, comparte esa sensación en algún escenario). Algunos, dando un paso que parece lógico, han situado esa irrealidad en el terreno de lo sobrenatural. Lucius Shepard ha sido uno de los que más asiduamente ha frecuentado ese territorio.
Delta Sly Honey [un título que es una clave de radio y que se puede traducir como "Delta Taimada Dulzura" o "Taimada Dulzura Delta", pero también, clave alfa-bravo-charlie modificada, puede ser DSH, que correspondería a Deliberate Self-Harm, Autolesión Deliberada] es uno de esos relatos.
Randall J. Willingham es un soldado apocado, tímido, salvo cuando está ante un aparato transmisor de radio. Entonces se vuelve locuaz, soñador, fabulador, recuerda su terruño, su perro, su familia, estableciendo una especie de programa radiofónico ampliamente seguido. Como casi todos los soldados retraídos, Randall tiene su bestia negra, un sargento maltratador llamado Moon. Entre la guerra y los abusos de Moon, la única válvula de escape para Randall es "su" programa de radio, en donde se convierte en «el Sumo Sacerdote de la Verdad del Alma y el Espíritu Santo del Zumbido de los Sesenta Ciclos».
Una noche, Randall llama a una de las unidades que regularmente se inventa, esta vez a Delta Sly Honey, a los que dice que puede «veros clro, caminando por las alturas cercanas a la montaña Virgen Negra, moviéndoos por entre remolinos de niebla que parecen humo de la batalla y sintiéndoos un poco asustados, porque habéis desaparecido del mundo, hay un mundo de miedo entre aquí y el más allá. [...] Tal vez penséis que no comprendo vuestros problemas, hermanos. Pero ciertamente los entiendo.» Y Delta Sly Honey responde. Todo queda como una broma, una humorada de algún soldado de otro puesto avanzado. Pero poco después Randall desaparece y días más tarde Moon es "ajusticiado" por un extraño comando de soldados americanos desconocidos para todos. Y una semana después Randall vuelve. Amnésico, o eso dice él.
Reintegrado a su puesto, una noche la radio crepita con un mensaje de Delta Sly Honey para Randall: debe volver, o si no...
Muchas veces (casi siempre, de hecho), el género fantástico opera narrando una cosa que significa en realidad otra distinta. Aquí podríamos tener una conseja de ámbito moderno, una historia narrada alrededor del fuego con soldados de Vietnam en lugar de campesinos que, pongamos, ven a la Santa Compaña gallega. Sin embargo, y comprobado el ambiente verista (Shepard coincide inevitablemente en los escenarios, situaciones y ambientes de todos aquellos que han narrado su estancia en Vietnam) la conclusión de este cuento de fantasmas es más profunda; la guerra, nos dice, crea sus propios fantasmas, fantasmas en vida. Hay personas que fueron a Vietnam y nunca lograron abandonarlo del todo, por muy lejos que fueran o por mucho tiempo que pasara. Y Shepard, como acostumbra, narra esta historia y su subtexto sin concesiones, comprometido a la vez con la realidad y la trama que cuenta; con momentos de una poesía feérica y otros de una brutalidad descarnada. Con maestría inusual.

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How the Wind Spoke at Madaket, de Lucius Shepard

En The Mamoth Book of Short Horror Novels
Robinson Publishing
Londres, 1988 [1985]
Ed. de Mike Ashley

Lucius Shepard vendrá más veces a este blog; material tengo (aunque muy poco traducido al español), estilo y originalidad le sobran, y su ficción, a veces declaradamente de género, a veces imbuida de un cierto realismo mágico, a veces basada con firmeza en el realismo, pero pasada por el monólogo interior y modificada por la perspectiva del protagonista, es interesante y reminiscente de muchos ismos, pero con un paso adelante que la hace propia.
En el caso de Cómo el Viento Habló en Madaket, Shepard entra en el cuento de terror sobrenatural, pero como acostumbra va más allá del estereotipo.
En Madaket, población vecina a nantucket, isla ballenera y feudo de Edgar Allan Poe desde que escribiera su Arthur Gordon Pym, vive un escritor con un problema sentimental pasado, una situación de pareja que no sabe si tiene futuro y un presente creativo muy fructífero.
Conforme crece en él un sentimiento de inquietud, en el pueblo empiezan a producirse desapariciones inexplicables en principio. La respuesta parece hallarse en un cúmulo de basura flotante que ha aparecido en un punto muerto entre corrientes. Y la respuesta es que un elemental del aire ha ido tomando entidad; algo que se hará evidente, incluso para el escéptico policía del pueblo, cuando este elemental, como un niño malcriado que prueba sus poderes y se divierte con ellos, provoque una orgía de muerte y destrucción en el pueblo. Shepard empieza a desmontar tópicos, aquí: los elementales, figuras míticas de la religión natural, siempre han sido representados como ajenos, ausentes e ignoradores de la raza humana. O bien, en un fenómeno de domesticación psicológica, integrados en la magia y la religión. Shepard, en cambio, describe un ser que es consciente de la presencia humana; le importamos poco, pero algunos de nosotros puede que excitemos su curiosidad. En ambos casos, la conclusión es terrible. Y también, y sin tratarlo como tal directamente, considera al elemental como un personaje. Difícil de expresar por escrito, pero lo logra, y es una vuelta de tuerca que se agradece.
La ficción de Shepard es siempre difícil de describir, porque por una parte depende mucho de las impresiones que el lector siente, y por otra porque puede combinar la descripción detallada con la ambigüedad de conceptos y su expresión en el relato. Que ningún lector espere más explicaciones de las necesarias; el resto serán impresiones, sentimientos, conceptos expresados más entre líneas que sobre el papel. Esto pone una carga, de trabajo si quieren, sobre el lector, pero también abre las posibilidades de interpretación a cada uno, con lo que le hace partícipe en el desciframiento del relato. Es una técnica difícil de conseguir sin convertirse en tramposa (demasiada ambigüedad, y el autor se reiría del lector) o en intrusiva (demasiado poca, y el lector se encontraría con una lectura dirigida). En hallar ese punto justo, en el que el lector mismo se encuentra incitado por lo que el autor le cuenta, es en lo que Shepard ha conseguido una excelencia que es casi su marca de fábrica. Y que sólo los grandes escritores pueden conseguir.