viernes, 12 de noviembre de 2010
Cosas que se pueden escribir en una servilleta
En cuanto entré en el salón de aquella cafetería, me fijé en ella. No era una belleza en el sentido estricto de la palabra, como esas que salen en las pasarelas de modelos, pero había algo en ella cautivador. Una elegancia escondida y discreta, sofisticada. Sus movimientos, salpicados de una naturalidad singular; ese largo cabello caoba, que se precipitaba sobre sus hombros como una tormenta de verano, con brillos dorados y reflejos de color café. Pero de entre todas sus virtudes, había una que destacaba por encima de todas las demás: su sonrisa. Era como encender una vela en la oscuridad. Cándida, sincera, radiante de paz y serenidad, de confianza. Y me abrazaba como un cálido manto en el frío de una larga noche de invierno.
lunes, 1 de noviembre de 2010
Domingueras
Domingo por la tarde. Camisa nueva, chaqueta nueva.; en plan elegante, ya se sabe: el vestuario va en color pero el interior en blanco y negro, como en las mejores familias. Me acercaba por una calle peatonal a la estación de autobuses de Mágala, con el teléfono móvil en mano “¿Dónde estás?” “Entrando por una calle con muchos árboles, al lado de un Eroski”. Mi amiga Loli venía a verme aprovechando la boda de su prima, que habia sido en Anquetera.
Entré en la estación y allí estaba ella con una sonrisa y una bolsa de dulce de membrillo casero que pesaba no menos de 3 kg. y que hacen los padres en el pueblo . “Te veo diferente”, me dijo. “¿Cómo diferente?” respondí yo. “Si, no sé,... como más mayor”.
Así, sin anestesia ni nada.
“Te he visto siempre como con camiseta y ahora verte con camisa se me hace raro” continuó. Vaya, ya no soy un chaval, pero tampoco me veía como una persona de una cierta edad, más cerca de los treinta que de los veinte. Fuimos a caminar por el paseo marítimo, por ese que por el nombre debe de haber muchas banderas o algo así, y de paso a aprovechar para hacer algunas fotos. Las vistas de Mágala al anochecer, que podía ser Mágala, Gijón o cualquier ciudad costera no me decían nada en particular, pero a ella, acostumbrada a vivir en los últimos tiempos en Ciudad Real, le parecían preciosas. Se iba haciendo de noche y las estrellas empezaron a hacer su titiliante aparición, precedidas por Júpiter, que en estas fechas se ve muy brillante todavía. Nos sentamos en una mesa de ajedrez garabateada con decenas de frases del estilo “Te quiero moro, mucho, mucho... (mucho x20)”, y observando a la gente pasar, con los 16-18 º C del momento, con sus bufandas y gorros, poco acostumbrados al fresco, y miramos las fotos que nos habíamos hecho. La verdad es que no solo parecíamos mayores sino cuadros de Edward Hopper. Así nos van las cosas, claro.
Entré en la estación y allí estaba ella con una sonrisa y una bolsa de dulce de membrillo casero que pesaba no menos de 3 kg. y que hacen los padres en el pueblo . “Te veo diferente”, me dijo. “¿Cómo diferente?” respondí yo. “Si, no sé,... como más mayor”.
Así, sin anestesia ni nada.
“Te he visto siempre como con camiseta y ahora verte con camisa se me hace raro” continuó. Vaya, ya no soy un chaval, pero tampoco me veía como una persona de una cierta edad, más cerca de los treinta que de los veinte. Fuimos a caminar por el paseo marítimo, por ese que por el nombre debe de haber muchas banderas o algo así, y de paso a aprovechar para hacer algunas fotos. Las vistas de Mágala al anochecer, que podía ser Mágala, Gijón o cualquier ciudad costera no me decían nada en particular, pero a ella, acostumbrada a vivir en los últimos tiempos en Ciudad Real, le parecían preciosas. Se iba haciendo de noche y las estrellas empezaron a hacer su titiliante aparición, precedidas por Júpiter, que en estas fechas se ve muy brillante todavía. Nos sentamos en una mesa de ajedrez garabateada con decenas de frases del estilo “Te quiero moro, mucho, mucho... (mucho x20)”, y observando a la gente pasar, con los 16-18 º C del momento, con sus bufandas y gorros, poco acostumbrados al fresco, y miramos las fotos que nos habíamos hecho. La verdad es que no solo parecíamos mayores sino cuadros de Edward Hopper. Así nos van las cosas, claro.
viernes, 29 de octubre de 2010
Remedio reafirmante
La brisa de la mañana tiene que ser un remedio más que eficaz para poner bien tersa la piel del gluteo. Para que luego hablen de las Easytone aquellas.
jueves, 28 de octubre de 2010
¿Y si corazón no fuese más que el aumentativo de coraza? ¿eh? ¿qué? pues eso...
Empieza noviembre. Si si, he dicho noviembre... ¿Cómo? ¿Ya estamos en noviembre? Pero tío, ¡qué está pasando? ¿qué está pasando? Es que hay que ver, membrillo, que no te das ni cuenta. O más bien te haces el despistado. ¿No es cierto que hace un par de días, paseando por el centro, te diste cuenta de que había adornos navideños ya colocados? ¿Ves? Lo que yo decía, que no te quieres dar ni cuenta. Un par de tortas es lo que te vendría bien. Así, plas, plas. Si es que al final tienes lo que te mereces, así que venga, ya te puedes ir espabilando. Quítate ese halo de autocompasión. ¡A tomar por saco, verga...! digo... ¡venga!.
Allá por diciembre, me convencí de un amor que desembarco en una mudanza, así, a pelo, a una ciudad a mil kilómetros de distancia de la que era mi casa. Mi familia, mis amigos, la tierra en la que me crié. La seguridad del hogar. Un cinco de marzo cogí mis bártulos y me planté en Mágala. En apenas una semana, me di cuenta que había cometido uno de los errores más memorables de mi existencia; una de esas experiencias que seguramente uno recordará toda la vida. Anécdotas que se podrán contar más adelante, a medida que uno envejezca. Mentiras, indiferencia y soledad, eso es lo que me encontré en Mágala. Llegó Junio, acabé la carrera y escuché su voz una última vez. Y ahora me doy cuenta que desde junio ya han pasado cinco meses, más tiempo del que mantuve relación con él una vez llegado a Mágala. Llegó junio y lo borré de mi vida. Y hoy me he prometido a mí mismo que será el último día que lo mencione o que le otorgué el honor de aparecer por mi mente. Que no quede ninguna traza ni en el ordenador, ni en el móvil, ni en ninguna parte. ¡Alé! ... ale jandro.
Así que lávate la cara y mírate al espejo. Total, ¿cuánta gente hay tan friki como tú que se mire al espejo y lo que se le venga a la cabeza es que el tiempo que tardas en ver el reflejo de ti mismo es aproximadamente 3,35·10E-9 segundos? Pues eso.
La foto, desde la ventana de mi casa, esta tarde.
El título del post, de una amiga de un compañero de la facultad. La frase no es mía.
Allá por diciembre, me convencí de un amor que desembarco en una mudanza, así, a pelo, a una ciudad a mil kilómetros de distancia de la que era mi casa. Mi familia, mis amigos, la tierra en la que me crié. La seguridad del hogar. Un cinco de marzo cogí mis bártulos y me planté en Mágala. En apenas una semana, me di cuenta que había cometido uno de los errores más memorables de mi existencia; una de esas experiencias que seguramente uno recordará toda la vida. Anécdotas que se podrán contar más adelante, a medida que uno envejezca. Mentiras, indiferencia y soledad, eso es lo que me encontré en Mágala. Llegó Junio, acabé la carrera y escuché su voz una última vez. Y ahora me doy cuenta que desde junio ya han pasado cinco meses, más tiempo del que mantuve relación con él una vez llegado a Mágala. Llegó junio y lo borré de mi vida. Y hoy me he prometido a mí mismo que será el último día que lo mencione o que le otorgué el honor de aparecer por mi mente. Que no quede ninguna traza ni en el ordenador, ni en el móvil, ni en ninguna parte. ¡Alé! ... ale jandro.
Así que lávate la cara y mírate al espejo. Total, ¿cuánta gente hay tan friki como tú que se mire al espejo y lo que se le venga a la cabeza es que el tiempo que tardas en ver el reflejo de ti mismo es aproximadamente 3,35·10E-9 segundos? Pues eso.
La foto, desde la ventana de mi casa, esta tarde.
El título del post, de una amiga de un compañero de la facultad. La frase no es mía.
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