14:45 horas
"LOS GUARDIANES DE LOS CUENTOS", CON DANIEL TEJERO Y ROBERTO MALO
CEIP Belia
Belchite
(Zaragoza)
blog del escritor
14:45 horas
"LOS GUARDIANES DE LOS CUENTOS", CON DANIEL TEJERO Y ROBERTO MALO
CEIP Belia
Belchite
(Zaragoza)
una mosca
una mosca se ha posado en mi brazo
es grande
grande y negra
quiero matarla
quiero aplastarla
pero no puedo
estoy paralizado
tengo todo el cuerpo paralizado
la mosca se mueve
yo no
la odio
la envidio
ella morirá pronto
yo no
Se podría decir que Sara y Jaime formaban un matrimonio
feliz... si no fuera porque Jaime era demasiado celoso. Jaime estaba
obsesionado con la idea de que Sara se la pegaba con otro. Y no lo podía
soportar. “¿Hay otro hombre?”, le preguntaba temeroso. “¡Claro que no!”, respondía
ella, tronchándose de risa. Jaime no aguantaba que les sonriera a sus amigos,
detestaba que hablara sola con otro hombre y, sobre todo, no toleraba estar sin
ella. Estaba convencido de que le engañaba, pero no había ninguna prueba,
ningún miedo en la expresión de ella, nada que le hiciera dudar de su
fidelidad. Estuvo a punto de pagar a un detective para que la espiara, pero no
lo hizo porque pensó: “¿Y si me la pega con el detective?”. Y debido a sus
continuos celos, que como todos saben no traen nada bueno, empezó a sufrir unos
terribles dolores de cabeza. El médico le recetó reposo absoluto, lo que agravó
todavía más su dolor de cabeza, pues al tener que estar constantemente dentro
de la cama no podía controlar a su mujer. “No me dejes solo”, le decía,
simulando estar peor. Sin embargo, una desgraciada mañana se despertó y vio que
ella no estaba. Encima de la mesilla de noche había una nota que decía: “Me voy
a ver a mi madre. Volveré mañana sin falta”. Jaime se sintió morir. “Mentira.
Estará con otro, aprovechando que estoy enfermo”, pensó. Y su cabeza ardió de
manera increíble, formándose un calor craneal impresionante, que se acentuaba
en dos puntos, uno a cada lado de la cabeza. Se levantó trabajosamente de la
cama y se miró en el espejo. Se habían formado dos diminutos bultos en la
cabeza. “¡Me están saliendo los cuernos!”, gritó asombrado. Pero necesitaba una
confirmación, así que llamó a un vidente que le habían recomendado en una
ocasión. “Siempre sospeché que mi mujer me engañaba”, le señaló al adivino en
cuanto llegó, “Ahora, como puede ver, me han salido los cuernos. Quiero saber cuántas veces me ha engañado”, exigió Jaime. “De acuerdo”, accedió
el adivino, conforme. Se sentó en la cama plácidamente, acarició las sábanas
con delicadeza extrema y cerró los ojos. El adivino se estremeció de pronto y
abrió los ojos. “Lo he visto claro”, empezó a decir, “Su mujer... nunca le ha
engañado. Los cuernos que le han salido se deben a otra cosa. Le han salido
porque en usted se está reencarnando un demonio”. “¡Buf!”, resopló Jaime, “No
sabe el peso que me ha quitado de encima”.
"El marido celoso", mi columna semanal en El Periódico de Aragón de hoy sábado 12 de septiembre.
Asimismo, podéis leer la columna "El marido celoso", de Roberto Malo, en el enlace de la web del Periódico de Aragón que pongo a continuación:
https://www.elperiodicodearagon.com/opinion/2026/09/19/marido-celoso-134439138.html
10:00 horas
CUENTACUENTOS DE "EL ÚLTIMO ABORDAJE DE MORGAN EL INVENCIBLE", CON ROBERTO MALO Y DANIEL TEJERO
Colegio Público
Novillas
(Zaragoza)
Todos tenemos alguna cicatriz. La mía, de treinta y tres puntos, tiene su historia. A mis tiernos cuatro años, empujé la puerta de cristal del portal de mi casa por el centro, en vez de girar el pomo como una persona con sentido común, y me la llevé por delante, rompiéndola. Al sacar el brazo de golpe, sin talento, los cristales me rajaron la muñeca por varias partes. De hecho, me cortaron la arteria radial y de la muñeca me empezó a brotar un chorro de sangre monumental. Parecía una fuente sanguinolenta. “Vaya bronca me va a caer”, recuerdo que pensé. Me acerqué a mi madre, que estaba en la calle de espaldas a mí, y le dije como si nada: “Mamá, mira”. Mi madre se volvió y, al observar la parábola de sangre que salía de mi muñeca, chilló aterrada. En ese momento, al ver su cara de horror, me eché a llorar comprendiendo que lo mío era algo gordo. Mis padres pararon un taxi al momento y marchamos a toda prisa hacia el hospital. (Pese a que me cubrieron el brazo como buenamente pudieron, el salpicadero del pobre taxista quedó perdido de sangre.) Los médicos les dijeron a mis padres que me tenían que operar de inmediato y que la cosa no pintaba nada bien. O perdía la mano o me quedaría la mano inútil, les dijeron todo optimistas. Afortunadamente, la operación salió de maravilla y sigo con mi mano derecha, y con una preciosa cicatriz de treinta y tres puntos; una cicatriz muy sexy (para aquellos que ven atractivas las cicatrices, claro). Estando en el hospital, me regalaron unas figuritas de indios y vaqueros (cómo me gustaban). Y ahora, viendo en el cine Toy Story 4 con mis hijos, he recordado nítidamente cuando tenía cuatro años y jugaba con indios y vaqueros. Ay, cómo pasa el tiempo. Sigamos jugando.
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