Vomitar conejitos es un lujo comparado con atorarse con ellos. El personaje de CortÃĄzar debiÃģ sentirse muy afortunado de poder ir enterrÃĄndolos por ahÃ, aunque al final quedara estampado junto a unos once mÃĄs.
Me faltan maceteros para que se animen a salir. Pero no tengo, que estÃĄn muy caros. Igual que los remedios que me van faltando. Los que quedan son tantos que algunos hace tiempo se repiten y ya han caducado.
Pensar ahora en desatorarse es tan difÃcil como rascarse la espalda, ahà donde nadie nunca alcanza. Porque sin importar las vueltas, los dibujos, tantas imÃĄgenes grabadas desde los dedos hasta el papel, la sensaciÃģn de que esos conejitos no quieren salir, se mantendrÃĄ. Porque no alcanza. Hay una o dos fuerzas que no alcanzan.
HabrÃĄ que tragÃĄrselos y esperar a que un dÃa vuelvan, mÃĄs negitros que nunca, asomando sus orejas ridÃculamente adorables.
Las palabras para los cuerpos que saltan antes del paso de los colegiales, tambiÃĐn son unos discursos absurdos absurdamente agradables.
Con un poco de esfuerzo tal vez, quizÃĄ.

