[Fic Multichapter: D.Gray-man] Atracción Sanguínea (05)

Título: Atracción Sanguínea — Capítulo 05. Callejón
Fandom: D.Gray-man
Claim: Lavi/Allen en el transcurso del fic.
Extensión: En la primera versión: 2232 palabras. Luego de la edición quedó en 2940 palabras.
Advertencias: Universo Alternativo. Vampiros. Shonen ai en el transcurso del fic.
Notas de autora: Publicado con anterioridad en mi Fanfiction.net. Sin embargo, esta es la versión editada y, supuestamente, mejorada.

Atracción Sanguínea

05. Callejón

Apenas vio el portón de la desvencijada casa en la que vivía, sacó las llaves enseguida y, sin perder más tiempo, la introdujo por la cerradura. El viejo portón lanzó un chillido estridente y, apenas abierto, Allen pudo notar que una figura— dentro del jardín— lo miraba fijamente.

— ¿Qué haces aquí?— preguntó anonadado, ya que no se había esperado encontrar a esa persona en su casa el día de hoy.

— Vine a buscarte. Te necesito— le contestó, mientras lo tomaba del brazo.

— ¡¿Eh?!— gritó Allen, completamente confundido y agregó, tratando de comprender—. Podrías explicarte mejor, Lenalee.

— No hay tiempo que perder, Allen— respondió la chica que, a comparación de la ocasión anterior, mostraba un claro desaliño en su presentación personal, como si hubiese escogido cualquier prenda al azar, sin contar además con que llevaba el cabello suelto y desordenado, como si no se hubiese mirado al espejo antes de salir de casa. Ante la cara de estupefacción de Walker, la vampira decidió quitarle importancia al asunto—. No te preocupes por esto. Salí apresurada de casa, eso es todo.

Si esta hubiese sido la primera vez que la hubiese visto, quizá habría creído la excusa que le daba pero, el tono nervioso— y un poco desesperado— que se le escapó entre líneas no pasó inadvertido para Allen. Era un hecho que los vampiros continuaban sin simpatizarle mucho pero, un ser ¿vivo? no, esa no era la expresión correcta. Una criatura quizá sonaría mejor. No, eso tampoco se escuchaba bien. Por ahora no se le ocurría el cómo denominar a los vampiros, pero tenía una sola cosa en claro: no podía ignorar sin más a alguien que estuviera sufriendo.

Interrumpiendo sus cavilaciones, Lenalee le aconsejó que lo mejor sería que llevase algo consigo para protegerse del sol, por si se quedaba a dormir en su apartamento, cosa que el muchacho hizo sin chistar. Por lo visto, había ocurrido algo lo suficientemente grave como para que la vampira lo llevara al apartamento que compartía con Lavi sin anteponer la excusa de que “debería irse a vivir con ellos para que la relación entre él y Lavi no se complicase” o para que “no continuara viviendo en esa pocilga, ya que corría el riesgo de enfermar gracias a la insalubridad del lugar”. Era demasiado obvio que, ante esas razones él no tenía nada que hacer u objetar pero, realmente, no quería dejar esa casona.

No ahora, por lo menos.

— ¿Ya estás listo, Allen?— le preguntó la chica, a lo que el albino solo se limitó a asentir en respuesta, señal que ella consideró suficiente para poder continuar con su plan—. Apenas salgamos de aquí, nos iremos corriendo sin detenernos. Si me sigues, es imposible que te pierdas.

— ¡¿Corriendo?!— preguntó abrumado, recibiendo una mirada de extrañeza por parte de su interlocutora.

Por un momento la idea se presentó como una secuencia de palabras ridículamente cohesionadas hasta que lo recordó: él ya no era humano por lo que, ir de un extremo de la ciudad al otro corriendo sería mucho mejor que hacerlo en un automóvil. Sin embargo, no podía pensar que había varios fallos en ese plan tan simple.

— Lo siento pero, ¿no nos van a descubrir así?

— Eso no es importante ahora, Allen. Si te preocupa que no nos vean, haremos algo muy sencillo: iremos saltando de techo en techo, lo más rápido que podamos, para que los transeúntes crean lo que ven sólo es parte de su imaginación.

— ¡Wo! ¡Como en las películas!— la interrumpió de golpe, mientras se imaginaba a sí mismo saltando, a una velocidad considerable, como si pudiera volar sobre toda la ciudad.

— Creo que eso no es lo más importante en este minuto— murmuró Lenalee atónita, ante el cambio de actitud repentina del chico, para luego recuperar el aplomo—. Por ahora, lo mejor será darnos prisa— lo apremio, tomándolo de la mano para guiarlo.

Sin siquiera advertirle con alguna señal saltó, jalándolo sin consideración en un largo salto hacia el cielo. Con una habilidad sorprendente ambos saltaron sobre techo de la casona, para darse el impulso necesario, provocando que una gran parte del tejado cayera con estrepito al suelo.

— ¡Mi casa!— fue lo único que alcanzó a gritar antes de que Lenalee lo tironease, sin soltarlo de la mano, para que no se desviase del camino.

Allen, casi en un punto de terror absoluto, podía imaginarse a su maestro llegando de improviso y topándose ese desastre. Seguramente lanzaría una de esas sonrisas confiadas que tanto lo molestaba antes de darle el fuerte castigo que se merecería por cualquier cosa, según el mismo Cross, menos que por el tejado roto.

Al pensar en eso, no pudo evitar temblar de miedo.

— ¡No te preocupes, Allen! ¡Después te ayudaremos a arreglarla!— exclamó su acompañante para tratar de tranquilizarlo, mientras aterrizaban en otro techo y volvían a impulsarse para seguir adelante.

Al percatarse del nosotros que había empleado la vampira en la conversación, no pudo evitar preguntarse mentalmente en donde podría encontrarse Lavi, pues se le hacía muy extraño— por no decir sospechoso— que él no estuviera presente en esos momentos, tomando en cuenta todo lo que le habían explicado de la relación Cazador-Presa.

Hubiese querido preguntar algo así como “¿dónde está Lavi?” pero algo en su interior— su intuición quizá— le recomendaba abiertamente no hacerlo. En vez de ello, hizo una pregunta mucho más fútil:

— ¡¿No nos van a descubrir si seguimos gritando así, Lenalee?!

— ¡Claro que no! ¡Hice una burbuja de aire alrededor de nosotros que impide que nuestras voces se escuchen en el exterior!— explicó, mientras le soltaba la mano ya que, al parecer, Allen se había acostumbrado al ritmo que llevaban.

— ¡¿Cómo rayos puedes hacer burbujas de aire?!— consultó, con un tinte de emoción embargando sus palabras—. ¡¿Todos los vampiros pueden hacerlo?!

— ¡Después te explicaré bien, Allen! ¡Ahora no es el momento!— le reprochó, mientras pisaban la azotea de un edificio para luego continuar su camino hacia el apartamento de los vampiros.

Mientras estaban en ello, la noche había aprovechado para ceñirse sobre toda la ciudad, provocando que todo el alumbrado público comenzara a funcionar, convirtiendo a la gran ciudad en un enorme mar de luciérnagas. Pequeños puntillos luminosos se movían de acá para allá, cual corrientes oceánicas, cosa que obnubiló a neófito, pues nunca había podido tener tal vista panorámica de la ciudad. Continuó saltando, mientras contemplaba deslumbrado esa imagen hasta que recordó que se dirigían con suma urgencia al apartamento de los vampiros. Sería genial si las circunstancias recientes no lo obligasen a apartar la mirada, pero ya habría tiempo de disfrutar de ese espectáculo, algún día.

Dio tres saltos más e hizo un cambio de ruta siguiendo a Lenalee, al parecer. Allen volvió la vista al frente, para ver en qué dirección se dirigía su guía pero, para su horror, ya no estaba en el lugar en el que debería encontrase. Con el nerviosismo carcomiéndole las entrañas, comenzó a mirar a todos lados, impaciente, pero no había nada: Lenalee mágicamente había sido tragada por alguna nube, tal y como al teniente Bello le ocurrió(1) alguna vez, pues no había ni rastro de ella.

Deteniéndose de golpe, decidió parar en la azotea del edificio más cercano para pensar mejor en alguna posible solución o, en su defecto, lograr evitar perderse más. Lo primero que se le vino a la mente fueron las películas sobre vampiros que estaban tan de moda. Tal vez podría usar algo de ellas para encontrar a Lenalee. Estaba consciente de que probablemente no funcionaria, pero no perdía nada con intentarlo: fue ahí cuando comenzó a olisquear el aire, tratando de encontrar el olor de Lenalee impregnado en él pero, después de un rato de hacerlo sin buenos resultados, decidió examinar visualmente toda la ciudad desde ahí arriba.

— Las películas de vampiros son un asco— murmuró molesto—. Son una sarta de mentiras.

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— Allen, ya llegamos— murmuró Lenalee, apenas hubo descendido sobre la terraza del edificio en el que vivía. Al darse cuenta de que Allen no respondía, se dio media vuelta y descubrió, para su infortunio, que el albino no estaba.

Comenzó a olisquear el aire para poder detectarlo, pero no había ni rastro de su aroma. Al parecer, ya se habían separado desde hace un buen rato. ¿Cómo había sido tan tonta para no darse cuenta? ¿Qué haría ahora?, se preguntó, esperando que la solución llegase a su mente, cosa que obviamente no sucedió. Hubiese querido que la situación no fuese tan crítica, para así poder pensar en alguna forma confiable de encontrar al neófito pero, lo fundamental en estos momentos, era rogar para que Lavi no hubiese perdido ya la razón. Ya que había llegado hasta ahí, sería preferible cerciorarse del estado de su Presa y, después, salir en busca de Allen.

Sí, eso era lo mejor en este caso.

Bajó las escaleras con diligencia, una tras otra, sin vacilar (no podía darse ese lujo en estas circunstancias, de todas formas). Apenas llegó a la puerta del apartamento en el que vivían, comenzó a buscar las llaves, con el nerviosismo tocándole cada fibra de sus dedos. El simple hecho de recordar el estado en el que había dejado a Lavi era más que suficiente para llevarla a un estado alarmantemente creciente: una cosa era que se preocupase por el estado emocional de su Presa y otra era llegar al extremo exagerado de dejarse consumir por la locura, gracias a la abstinencia que llevaba por tanto tiempo.

¡Era demasiado inconsciente!

Apenas encontró las llaves, abrió la puerta y se dirigió rauda a la habitación en la que Lavi se encontraba, rogando en su interior que no hubiese perdido la batalla contra su deseo de sangre. Apenas puso un pie adentro, quedó paralizada, pues no se esperaba la sorpresa que le había estado aguardando: Lavi, al igual que a Allen, le había dado la gana de desaparecer, pues su cama estaba completamente vacía aunque, debido a los sucesos recientes, tal vez se trataba de algo peor: aunque no lo quisiese aceptar, Lavi quizá había perdido su batalla contra el deseo de sangre.

Si las cosas estaban así, tenía que encontrarlo y ocultarlo cuanto antes porque, si no lo hacía, lo matarían sin duda alguna.

— ¡Eres un tonto, Lavi!— gritó, mientras se deslizaba una lágrima por su mejilla.

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Allen, después de que tratara de encontrar a su acompañante sin buenos resultados, decidió bajar de la azotea. Aún no estaba seguro de a dónde dirigirse para poder encontrarla, pero quedarse ahí arriba no estaba siendo de mucha ayuda. Abordando el ascensor, para no provocar sospechas, descendió piso por piso, tratando de pensar en alguna forma de buscarla, cosa que tampoco sirvió de mucho.

Debí haberles pedido a cualquiera de los dos su número de celular(2), pensó, chasqueando la lengua.

Apenas llegó al primer piso, salió del edificio, sin tener un rumbo fijo en particular al cual dirigirse. Mientras se abría paso entre el gentío, divagaba en lo que le había ocurrido hace semanas atrás. Pudo recordar que, la vez que Lenalee y Lavi lo habían llevado de vuelta a su casa, lo habían hecho en autobús pero, por el asunto de su nuevo estado de cadáver viviente, se había dedicado a hacer preguntas en vez de fijarse en la trayectoria, por lo que no recordaba que bus tomar para llegar ni, mucho menos, el cómo llegar por su cuenta. Conociéndose, lo más probable era que se perdiese en el camino hacia ese apartamento, por lo que lo único que se alzaba como una buena opción era regresar a su casa: si Lenalee lo necesitaba con tanta urgencia, regresaría a esa casona a buscarlo.

Sus pies continuaron avanzando a paso lento mientras que, contradictoriamente, su pulso se comenzaba a acelerar. Parecía como si estuviese corriendo una carrera de cien metros planos cosa bastante extraña pues, desde que se había transformado en un vampiro, nunca se había agitado de esa manera.

Continuó caminado, sin fijarse ni en el camino que estaba tomando ni en las personas que transitaban a su lado, dejando que sus pies lo guiasen, confiando en ellos como si tuviesen la capacidad de pensar por sí mismos. Cuando decidió volver— si es que lo había decidido por cuenta propia, claro está— se halló sentado en un vagón del metro. Un poco desconcertado, se limitó a mirar por la ventanilla, mientras intentaba reaccionar y volver en sí cuanto antes ya que, el no recordar para nada cuando había entrado al metro, lo comenzaba a preocupar porque, ni siquiera mirándolo desde un punto de vista torcido, esa acción podía ser normal.

Su corazón, a pesar de que se encontraba sentado, seguía aumentando sus pulsaciones.

Cuando el vagón se detuvo en una de las estaciones, Allen comenzó a buscar el nombre de la estación, para enterarse del lugar en el que se encontraba. Apenas lo comprobó, se dio cuenta de que había tomado en dirección equivocada. Su casa quedaba del otro lado de la ciudad. Dándose cuenta de su error, intentó pararse para bajarse cuanto antes y cambiar de andén, pero no pudo.

Algo en su interior, quizá alguna especie de premonición o impulso, le decía que hiciera lo contrario.

Unas tres estaciones después, se levantó de un salto y abandonó el vagón apresuradamente para encontrarse, cinco minutos después, fuera de esa estación de metro. Caminó y caminó, sin rumbo predestinado, hasta que dio a un callejón en penumbra. Fijando su vista en la estrecha callejuela, trató identificar alguna cosa que fuera lo suficientemente importante como para haberlo atraído hasta ahí, cosa que al principio no pudo hacer. Sin embargo, mientras inspeccionaba el lugar con la mirada, se encontró con una sombra sentada en el suelo, la cual podía notar que respiraba con cierta dificultad.

Mientras más se acercaba a ese bulto desvalido, más se apaciguaba el pulso que, hasta hace poco rato atrás, latía desbocado en su pecho. Continuó avanzando, paso a paso casi con serenidad, casi con su pulso mortalmente detenido. La sombra, esa figura humanoide apostada en el callejón giró su cabeza y, al advertir su presencia, pareció alarmarse.

— ¡No te acerques!— le ordenó, desde las profundidades de la oscuridad. No pudo evitar detenerse ante la orden, pues el tono de voz que la sombra humanoide había empleado sonaba espeluznantemente familiar aunque, lo más certero sería decir que, era aterradoramente idéntica a la voz de Lavi, su Cazador.

Era imposible que olvidara su voz, por lo que estaba seguro de ello.

— ¿Por qué?— fue lo primero que se le ocurrió preguntar en esas circunstancias.

A pesar de que no podía ver bien el rostro de Lavi se notaba con demasiada simplicidad, gracias a su respiración lastimera y entrecortada, que no se encontraba en perfectas condiciones: lo único que se le ocurría hacer, en estos momentos, era llevarlo cuanto antes donde Lenalee, pues ella se erguía como la única capaz de saber lo que podría padecer Lavi y, lo que era aún más importante, conocer alguna cura a su mal.

— No… quiero morderte…a la… fuerza— balbuceó apenas, tratando de explicarse—. Se suponía que yo no… ten… dría… que… estar aquí… pero,… p-por… lo visto la atracción… es más fuerte… ¿patético, no?

Walker se quedó estupefacto ante sus palabras, las cuales evocaron— casi por arte de magia— pequeñas memorias, fragmentos casi impolutos de recuerdos que se arremolinaban en su cabeza, a la superficie de su cerebro, proyectándose dentro de sí como un antiguo y claroscuro video:

— ¿En serio?— expresó Lavi, con extrañeza, mientras se señalaba a sí mismo—. ¡No me había dado cuenta!— exclamó despreocupado para añadir, con desenfado—. De todos modos, no tienes de qué preocuparte. Ya escuchaste a Lenalee, ¿no? Yo sería incapaz de hacerte algo malo. Eres muy importante para mí.

— Allen, si no me lo quieres decir ahora, no importa— murmuró Lou fa, mientras le alcanzaba un jugo en caja sin mirarlo a la cara—. Recuerda que, cuando me necesites, estaré ahí para ti.


Ahora que pensaba con más detención en ello, a pesar de que— la mayoría del tiempo— le pasaban cosas malas, siempre había alguien a su lado que se preocupaba por él (no, por supuesto que no se refería a Marian Cross) y, sólo ahora, venía a caer en cuenta de ello. Se sentía realmente estúpido por haberse victimizado durante todo ese tiempo y haber preocupado a todas esas personas que lo querían. Aún no digería ni, mucho menos, aceptaba la idea de ser un vampiro, pero si seguía así, seguramente nada mejoraría.

El recuerdo de la primera mordida de Lavi, con todo el dolor que implicó en su momento, aún estaba latente en su memoria, puesto que había sido incapaz de olvidarlo pero, por ahora, prefería hacer caso omiso de su miedo por lo que se acercó a Lavi tratando de no dudar antes de llegar hasta donde se encontraba tendido.

— Muerde— le dijo, mientras se abría un poco la camisa, para dejar su cuello expuesto. Sus manos aún temblaban al imaginarse nuevamente ese dolor, pero resolvió que lo mejor sería aguantar todas esas sensaciones, ya que no podía seguir evitando este proceso.

No podía seguir huyendo de lo que ahora era parte de su nueva naturaleza.

Aún así— por un minuto— se le cruzó por la mente que Lavi se resistiría a la sed pero, sin piedad, su pequeña esperanza fue rota. El pelirrojo incrustó, sediento, sus colmillos en el pálido cuello del adolescente y comenzó a succionar el liquido purpureo desde aquella zona, con la voracidad de un animal mientras Allen, para poder soportar mejor el dolor, se aferraba a la espalda de su Cazador.

Fin Capítulo 05. Callejón

Por: Nana Walker

***

Aclaraciones

(1): En Chile, un refrán que se usaba frecuentemente, por lo menos en mis tiempos de juventud(?), era este: “más perdido que el teniente Bello”. Dicho refrán deriva de un hecho verídico que ocurrió hace bastantes décadas en Chile. Cuenta la crónica(?) que un teniente apellidado Bello subió a su avioneta, si no mal me equivoco, y se elevó en ella. Estuvo unos cuantos minutos sobrevolando el terreno hasta que la avioneta se escondió detrás de una nube. Lo misterioso del asunto es que nunca salió de la nube ni tampoco descendió después a tierra. Buscaron restos de la avioneta, por si se hubiese estrellado, pero tampoco encontraron nada. Simplemente desapareció.

(2): Con celular me refiero a los teléfonos móviles.