Yoko Suzuki comenzó tocando una pieza de Chopin.
Sus dedos volaban sobre el piano de cola que cabía sin problemas en el inmenso living del departamento de los Barraquer, mientras sesenta personas la miraban y escuchaban, todas invitadas al cumpleaños dieciocho de Alexandra, la primogénita de la familia. Yoko había ido esa noche contratada para interpretar cuatro temas.
Abundaban las humitas, los abanicos y las joyas. Toda una población muestral de la más alta sociedad de Barcelona.
Los hijos de estos invitados peleaban con sus corbatas de uso obligatorio esa noche y las hijas con el vestido, el escote y los tacos. Se aburrían un poco con música que nunca habían escuchado antes (como sus padres, que en postura rígida intentaban demostrar interés y hasta placer) y todos comenzaban a agobiarse con el calor.
En Europa tener nana es cosa cara y la familia Barraquer tiene dos. Esa noche, cuatro más ayudaron a servir la cena tras el pequeño concierto de Yoko.
Todo era lujo.
Todo parecía perfecto, si acaso no lo era.
- Felicitaciones Yoko, me ha gustado mucho.
- Oh muchas gracias -me respondió.
Sí.
El invitado 60 era yo.
Me sentía muy extraño.
No tenía atados con cómo iba vestido porque me veía muy guapetón con mi traje azul profundo (de esos que uno dice que es negro pero el sastre te insiste en que es azul).
Al sentarnos en las mesas para comer cada puesto tenía una foto de Alexandra a los dos años y abajo el nombre de la persona que correspondía se sentara en esa silla.
Pedro Pineda decía la mía.
- Chucha -pensé- acá me siento yo. Este puesto es mío, pero cómo, entonces sí que es cierto que he sido invitado, que han pensado en mí y que más encima han escrito una tarjetita con mi nombre ¿pero y yo qué hice?, ¿cómo es que estoy acá?
- Me alegra mucho que nos haya tocado juntos -me dice tomándome del brazo la abuela de la familia e interrumpiendo mi angustia, mi inquietud.
Sus ochenta y tantos años me acompañaron de un modo tan simple, honesto y simpático que me cuesta poder transmitirlo por escrito.
El problema en su páncreas que decidió no operarse y que acabará con ella probablemente este año, ¡su páncreas!, me daba una lección de vida. Me mostraba cariñosamente que todo alrededor, las joyas, el dinero, la elegancia, todo, no tenía real importancia. Que ella, una vieja multimillonaria, disfrutaba de la velada tomando del brazo a un sudaca asustado con el cual quería conversar.
Me agachaba un poco para escuchar bien cuando empezaba a decir "
esa señora es...", "
la persona sentada al lado es..."
- A mí me gusta más la gente sencilla -me dijo.
Y cada vez que me presentaba ante no sé qué médico oftalmólogo, empresario transnacional o abogado famoso, lo hacía con tal habilidad que siempre terminaban interesándose por saber algo de mí.
- ¿Y se vino a Barcelona por amor? No puede haber mejor razón.
- Pues sí. No la hay.
Reconozco que anoche yo hablaba de modo distinto, mis gestos no eran los comunes. Me sentía una especie de actor bien vestido que comienza a representar su papel.
Todo era una gran obra de teatro.
Días antes, la mamá de Alexandra insistía.
- Venga este sábado Pedro.
- Me da un poco de vergüenza.
- Venga, venga, va a haber mucha gente de su edad y así quién sabe, termina usted conociendo a alguien.
Era la tercera vez que me invitaba para participar de esta obra de teatro en la que finalmente me había atrevido a entrar.
Y aunque me daba mucha vergüenza, no haber aceptado hubiese sido muy roto.
- Por cierto, espéreme tengo algo para usted.
Me extrañé.
¿Qué podría tener ella para mí?
Ella, mamá también de Anton, a quien yo le hago clases de matemáticas y física (escribí un post sobre ella hace tres semanas antes de irme a Finlandia).
- Tome, el otro día hablamos de literatura y le he comprado este libro.
Yo sencillamente no lo podía creer.
¿Qué se supone que uno dice en una situación así?
- Oh! Muchas gracias... muchas gracias.
- Espero le guste, nos vemos el sábado.
El libro, una joya.
Años que no leía algo que me gustara tanto, aunque a veces dudara del real motivo de mi entusiasmo por el libro.
- Cuénteme sobre su hija Marinka -le dije a la abuela que ya había canjeado mi brazo por los cubiertos y el salmón con calabacines de la entrada.
Se lo pregunté porque quería entender, enterarme si Marinka, la mamá de Anton y Alexandra, veía en mí algo de su experiencia de vida.
Y cuando comenzó a contarme quizá entendí un poco.
- Ella se vino de Croacia a España a estudiar sola a los 23 años, y luego conoció a Rafael acá...
- Entiendo, y luego ella ¿qué fue...
La noche siguió llena de sorpresas.
Llena.
Y cuando me fui, sin quererme ir pero con mi hermano esperando para entrar al departamento, me despedí diciéndole.
- Yo todavía no entiendo porqué me ha usted invitado esta noche... pero te lo agradezco -le dije y me puse nervioso cuando se me escapo el "te".
Eran las dos y cuarto de la madrugada.
Las humitas se retiraban a medida que los escotes se ponían a bailar.
Yo caminaba por uno de los barrios más exclusivos de Barcelona, y escuchaba todavía la música que arrancaba por los balcones de los Barraquer.
Sonaban los Beatles.